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Frida Kahlo: Por ESTO Diego le Negó a Sus Cenizas el Último Deseo Que Pidió Antes de Morir

casa de su mamá, si fue una pintura que vieron de niñas y no entendieron, si fue una clase en la escuela,  cualquier cosa. Leo todos los comentarios. Para entender cómo llegamos hasta el polvo de oro sobre el cuerpo de Frida en aquella tarde de septiembre. Hay que volver al principio. Hay que volver a la casa pintada de azul añil en Coyoacán, ese azul tan específico de México que tenía un nombre y una función,  porque se decía que ese color ahuyentaba a los espíritus y marcaba la frontera entre lo de adentro

y lo  de afuera. Esa casa azul existe todavía. Hoy es museo. Hoy entran ahí turistas japoneses y mexicanas  y francesas y americanas con la cámara del celular lista.  Pero en 1907, cuando nació Magdalena Carmen Frida Calo Calderón, era simplemente la  casa de una familia, una casa donde se hacía mole los domingos y se casan canciones a las niñas chiquitas  y se rezaba el rosario porque la mamá, doña Matilde Calderón, era oasaqueña y católica y no concebía la vida sin  Dios. El

papá era otra cosa. El papá era Guillermo Calo, un hombre que había llegado a México desde Alemania siendo todavía joven, huyendo de algo que nunca nombró del todo, con un acento que nunca terminó de perder, con esa precisión cuidadosa de quien aprendió el español de adulto y no podía darse el lujo de la aproximación.

Era fotógrafo, no de retratos de familia, no de bodas, no de bautizos. Guillermo Calo fotografiaba edificios, iglesias coloniales, conventos,  haciendas, monumentos. El presidente Porfirio Díaz lo había contratado para documentar  el patrimonio arquitectónico de México. Y don Guillermo recorría el país con su cámara aparatosa, con sus placas de vidrio, con esa paciencia de los fotógrafos antiguos  que tenían que esperar minutos enteros para captar una sola imagen.

Y Guillermo Calo  tenía un secreto que en aquella época no se hablaba en voz alta. Tenía epilepsia. Los ataques  le llegaban sin aviso: en mitad de la calle, en mitad de la mesa, en mitad de una sesión fotográfica. Caía al suelo, convulsionaba, regresaba a sí mismo confundido y avergonzado. En el México de principios del siglo XX, un hombre con epilepsia era un hombre marcado.

La sociedad lo veía con piedad y con miedo a partes iguales. Pero Guillermo Calo no lo escondía dentro de su propia casa. Y esa honestidad de su padre sobre la fragilidad del cuerpo. Esa honestidad, mi  gente, fue la primera lección que Frida aprendió antes de saber que la estaba aprendiendo.  Frida fue la tercera de cuatro hijas, Matilde y Adriana, las mayores.

Frida en medio y Cristina, la más  chiquita, la consentida, la que iba a hacerle pesar a Frida durante toda la vida la palabra hermana. Guarden ese nombre, comadres. Cristina Calo, porque vamos a volver a ella en un rato y lo que va a pasar les va a quitar el aliento. Cuando Frida tenía 6 años, le llegó la primera factura, la poliomielitis.

La enfermedad que mataba niños en aquella época, la enfermedad para la que todavía no existía vacuna, la enfermedad que se llevaba por delante a unos y dejaba a otros marcados para siempre. Afrida la dejó marcada. sobrevivió, pero la pierna derecha nunca se desarrolló igual que la izquierda. Quedó  más delgada, quedó ligeramente más corta.

La diferencia no era enorme, no le impedía  caminar, no le impedía correr. Pero los niños notan y los niños no son piadosos cuando notan.  En la escuela le decían Frida la coja, le decían pata de palo,  dos palabras nada más, sin adorno, sin compasión, con esa crueldad sin imaginación que tienen los niños cuando deciden que algo distinto significa  algo defectuoso.

Y Frida aprendió desde muy temprano lo que significa que el mundo decida señalarla, lo que significa que su cuerpo, lo más suyo de todo lo suyo, se convierta en motivo de risa para personas a quienes ella no les ha hecho nada. A lo mejor ustedes también se acuerdan de eso, comadres, si fueron a la escuela en los años 50 o  60, si crecieron en un pueblo o en un barrio donde todos se conocían, si fueron las chaparras o las gorditas  o las que tenían lentes o las que tenían acento.

A lo mejor ustedes también se acuerdan de lo que es que te miren como algo que no salió del todo bien. Esa herida  no cierra. La persona a quien señalaron por su cuerpo cuando tenía 6  años se lleva esa señal hasta el último día. Y Frida Calo la cargó toda la vida.  Pero su padre, ese hombre que había llegado de Alemania con la maleta  de los cuidadosos, ese hombre que había visto el mundo desde detrás de una cámara, hizo algo que ningún padre de aquella época hacía con sus hijas.

La trató exactamente igual que si fuera su hijo varón. La llevaba con él a los museos, no de paseo, no a mirar cuadros bonitos, a aprenderlos. Le explicaba lo que veían, le hacía preguntas y esperaba respuestas reales, no respuestas de niña chiquita. le enseñó filosofía cuando los maestros de las niñas de su edad estaban enseñando bordado.

Le explicó cómo la luz entra a una cámara y se convierte en imagen, como la realidad se vuelve fotografía. Cómo una piedra puede contar  una historia si uno sabe mirarla. y la metió al deporte, a  nadar, a montar bicicleta, a boxear, boxear, comadres, boxear en 1915 a una niña mexicana con una pierna más delgada que la otra.

Esto era el escándalo del barrio de Coyoacán. Las señoras se persignaban cuando veían pasar a la hija del fotógrafo alemán con  guantes de boxeo. Pero Guillermo Calo no veía a una niña a la que había que proteger. Veía a una niña a la que había que enseñar que el cuerpo que tenía era el cuerpo que era y que ese cuerpo podía mucho más de lo que el mundo esperaba.

Guillermo Calo fue el único amor de toda la vida de Frida que nunca la traicionó. Eso es importante decirlo porque todo lo que viene después tiene más sentido  cuando se entiende que Frida supo desde muy joven lo que era ser vista de verdad, no como adorno, no como apéndice, no como hija o esposa o modelo, sino como alguien con cabeza propia y con derecho a esa cabeza.

Su padre le dio eso  y ningún otro hombre en su vida iba a poder sostenerse a esa altura. A los 15 años, Frida consiguió una de las cosas más difíciles  que podía conseguir una muchacha en el México de 1922, una beca en la Escuela Nacional Preparatoria, la institución más prestigiosa y más exigente del país. Para que se hagan a la idea, en esa escuela había 2000 estudiantes matriculados.

De esos 2000,  solo 35 eran mujeres. 35. Y una de esas 35 era Frida. Llevaba el pelo cortado al agarzón. Esa moda  que las señoras decentes consideraban escandalosa. Fumaba cigarrillos en los pasillos. Discutía de política con los muchachos con esa frontalidad que descolocaba a quienes esperaban que  una chica de 15 años se callara y bajara la mirada.

se metió en un grupo de estudiantes  que se hacían llamar los cachuchas, jóvenes que leían filosofía europea,  que debatían sobre comunismo y nacionalismo mexicano, que hacían bromas que a veces  cruzaban la línea y que lo sabían y les daba risa cruzarla y quería  ser médica. Ese era el plan, la medicina.

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