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Noor de Jordania: la mujer que nunca encajó en la realeza

Pero Princeton también fue el escenario de sus primeras tensiones con la identidad. Lisa era hija de un padre árabe en una época en que el mundo árabe era visto con una mezcla de exotismo y desconfianza. El conflicto árabe israelí dominaba los titulares y las raíces de su padre la colocaban en una posición incómoda en muchas conversaciones de campus.

No era árabe del todo porque había crecido en América y pensaba en inglés, pero tampoco era americana del todo porque llevaba un apellido que levantaba preguntas y una herencia que no podía ni quería ignorar. Esa doble pertenencia, que no era pertenencia completa a ningún lado, se convertiría en uno de los ejes de su vida entera.

Se graduó en 1973 y comenzó a construir una carrera profesional en el campo del diseño urbano y la planificación. Trabajó en proyectos en distintos países con una movilidad que era natural en alguien criada en la cultura del logro y la ambición. Pasó por Australia, por el Reino Unido, por distintas ciudades norteamericanas, siempre con la sensación de que el lugar en el que estaba era un punto de partida, no un destino.

Lo que no sabía era que el verdadero destino estaba ya esperándola en una región del mundo donde su historia familiar tenía raíces mucho más profundas de lo que ella misma había imaginado. Jordania en los años 70 era un país que caminaba sobre una cuerda tensa, pequeño en extensión. rodeado de vecinos en conflicto permanente, con recursos naturales escasos y una historia política que podía resumirse como una secuencia de crisis superadas por los pelos.

El reino achemita sobrevivía y de alguna manera prosperaba gracias a la figura de un hombre que llevaba en el trono desde 1952. El rey Hussein bin Talal había subido al poder con apenas 17 años tras la trágica historia de su padre y la sombra de un abuelo asesinado ante sus propios ojos. Gobernaba un país en el que cada decisión podía tener consecuencias regionales y lo hacía con una mezcla de astucia política, valentía personal y un carisma que desafiaba toda descripción fácil.

Hussein era también un hombre que había amado profundamente y perdido de maneras que dejaban cicatrices visibles. Su primer matrimonio con la princesa Dina había durado apenas un año. Su segunda esposa, la británica Antoinette Gardiner, conocida como la princesa Muna, le había dado cuatro hijos, incluido el que eventualmente se convertiría en rey, Abdullah.

Pero ese matrimonio también había llegado a su fin. Su tercer matrimonio con la joven Alía Toucá había sido quizás el más apasionado y el más devastador, porque Alía murió en un accidente de helicóptero en febrero de 1977, dejando a Hussein destrozado, con hijos pequeños y un país que necesitaba a su rey entero, aunque su corazón estuviera roto.

El duelo de Hussein fue real y profundo, pero un rey no puede permitirse el lujo de quedarse indefinidamente en la oscuridad. Jordania necesitaba estabilidad y la corte necesitaba ver en el horizonte la posibilidad de una nueva reina, no por capricho protocolar, sino porque la institución monárquica en ese contexto regional dependía en parte de la imagen de solidez que proyectara su familia.

Jusin lo sabía y cuando comenzó a mirar de nuevo al mundo con ojos abiertos, lo hizo con la conciencia de que la mujer que eligiera no solo compartiría su vida, sino que cargaría con el peso de representar a un país entero ante los ojos del mundo. Fue en ese contexto donde los caminos de Lisa Halabi y Hussein comenzaron a cruzarse, impulsados en parte por los proyectos de aviación que el padre de Lisa desarrollaba en colaboración con Jordania.

Alía Royal Airlines, la línea aérea Jordana que llevaría el nombre de la reina fallecida, estaba en proceso de modernización y Nayib Halabi tenía un papel relevante en esas negociaciones. Lisa había llegado a Amán en ese contexto profesional, no como candidata a nada, sino como una joven arquitecta y planificadora urbana, con trabajo que hacer y ninguna expectativa más allá de eso.

Pero los encuentros con el rey, al principio protocolares y breves, fueron adquiriendo una densidad diferente que ninguno de los dos supo ignorar. La primera vez que Lisa Halabi y el rey Hussein conversaron de verdad, sin el filtro de la protocolo ni la distancia de los roles, algo cambió en el aire de la sala. Quienes estuvieron presentes en aquellos primeros encuentros describieron a Hussein como un hombre que escuchaba con una atención poco común, que tenía la capacidad de hacer sentir a su interlocutor como si en ese momento no existiera nada más importante en el

mundo que lo que esa persona tenía que decir. Era un talento político, sin duda, pero también algo más personal, más genuino. Y Lisa, que había crecido rodeada de hombres inteligentes y poderosos, sin nunca dejarse intimidar por ellos, encontró en el rey una presencia que le resultó a la vez familiar y completamente nueva.

Jusin tenía 42 años cuando conoció a Lisa. Ella tenía 26. La diferencia de edad era considerable, pero en ese contexto particular resultaba menos relevante que la diferencia de mundo. Él era un rey que había vivido guerras, traiciones, intentos de asesinato, duelos y victorias diplomáticas que habrían agotado a cualquier hombre.

Ella era una mujer joven, formada, independiente, con una visión del mundo construida desde la academia y la experiencia profesional. no desde el palacio. Y sin embargo, o quizás precisamente por eso, la conexión fue inmediata y poderosa. El cortejo fue discreto por necesidad. Hussein era un personaje demasiado visible para permitirse una historia de amor que se desenvolviera a la vista de todos.

Y Lisa era demasiado consciente de las implicaciones de lo que estaba comenzando como para actuar con digereza. Pero hubo vuelos compartidos. Porque Hussein era un piloto apasionado que encontraba en los cielos una libertad que la tierra rara vez le ofrecía. Hubo conversaciones largas en las que él le hablaba de Jordania con el amor y la angustia de alguien que lleva décadas intentando salvar algo frágil y precioso.

Hubo momentos en que ella le habló de arquitectura, de ciudades, de la forma en que los espacios pueden dignificar o humillar a quienes los habitan. Y él la escuchó con una intensidad que le dijo que aquel hombre no estaba simplemente siendo cortés. La propuesta llegó en la primavera de 1978. Fue directa, sin rodeos, con la sencillez de alguien que ya no tiene tiempo que perder en ambigüedades.

Jusin le preguntó si quería casarse con él y convertirse en reina de Jordania. Elisa Jalabi, la niña que nunca había encajado del todo en ningún lado, la estudiante que había aprendido a moverse entre culturas sin anclar completamente en ninguna, se encontró mirando a los ojos a un rey viudo con cuatro hijos, líder de un país inmerso en una de las regiones más inestables del planeta, y dijo que sí.

La conversión al Islam fue el primer gran umbral, no una exigencia impuesta desde afuera con frialdad institucional, sino un paso que Lisa comprendió necesario desde el momento en que aceptó la propuesta, porque ser reina de Jordania implicaba ser la cabeza femenina de una monarquía árabe musulmana y esa responsabilidad no podía ejercerse desde la distancia cultural.

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