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Abandonada Junto A Su Niña, Heredó La Finca De Su Bisabuela… Y Tuvo Que Cultivar Para Sobrevivir

Inés respiró el aire que olía a tierra mojada y a algo dulce y amargo al mismo tiempo. Lo que no sabía todavía era que ese olor era el cacao y que el cacao iba a ser la diferencia entre lo que la había llevado hasta ahí y lo que estaba a punto de empezar. Déjame tu like ahora mismo, suscríbete al canal, activa la campanita para no perderte ninguna historia y cuéntame en los comentarios desde qué rincón del mundo nos estás escuchando. Vamos a comenzar.

 Tres meses antes, Inés vivía en un cuarto rentado en el barrio de los curtidores del pueblo de Soledad de Doblado con Florencia y con un hombre llamado Tobías, que era el padre de la niña y que había sido durante 4 años todo lo que Inés conocía como vida estable. Tobías trabajaba en la curtiembre de don Pancracio.

 No era hombre malo, era hombre limitado, que es distinto y a veces más triste, porque del malo uno se aleja con razón clara y delimitado uno se aleja con razón que cuesta más explicarse. Tobías llegaba a casa, comía, dormía, salía, a veces traía dinero, a veces lo traía menos, a veces lo perdía en la cantina del barrio antes de llegar y entraba con la cabeza baja.

Y si mirar a Inés porque sabía que ella sabía, y porque saber sin que nadie te diga nada es la peor manera de saber. Florencia había nacido en ese cuarto con la partera del barrio y con doña Praxedes, la vecina, sosteniéndole la mano a Inés porque la madre de Inés llevaba 7 años muerta y porque el padre de Inés, que vivía a media hora de ahí, no había venido a conocer a su nieta y no había mandado preguntar siquiera si era niño o niña.

 La mañana en que Tobías se fue era una mañana de mayo que olía a polvo y a leña recién encendida en los fogones del barrio. Inés estaba en el patio del cuarto lavando la ropa de la semana en la pileta común con Florencia jugando a sus pies con tres piedras lisas que se había encontrado el día anterior y que se habían vuelto sus tesoros más importantes.

 Tobías salió del cuarto vestido de trabajo. Le dijo que iba a la curtiembre. le dijo también, sin mirarla a la cara, que esa tarde no llegaba a comer. Inés dijo que bien y siguió lavando porque a Tobías le había dado por no llegar a comer dos veces por semana en los últimos meses y porque pelear por eso ya no servía de nada.

 Pero esa mañana, cuando Tobías salió por el portón del patio, Inés levantó la vista del jabón y vio que él llevaba un costal hombro que no llevaba siempre. Y supo, sin razonarlo, sin juntar las pruebas, sin ordenarlas en la cabeza. supo de la manera en que las mujeres saben las cosas cuando los cuerpos hablan más que las bocas, que Tobías no iba a la curtiembre, que el costal era su ropa y que no iba a volver.

 Lo confirmó al final del día cuando entró al cuarto a guardar la ropa seca y vio que el cajón del rincón donde Tobías guardaba sus cosas estaba vacío, que se había llevado las dos camisas buenas, el pantalón nuevo, las botas que casi no usaba, que había dejado la navaja vieja porque ya no servía y la chaqueta gastada porque era invierno todavía, pero no tanto, que había sido cobarde hasta el final, lo suficiente para no decir adiós, lo suficiente para irse cuando ella estaba ocupada con Florencia para que ella no preguntara, lo suficiente para no dejar ni una nota

explicando. Inés se sentó en la orilla del catre con la ropa seca en las manos y respiró. No lloró. Lloraría después, sola en otra noche, cuando Florencia ya estuviera dormida y nadie pudiera escucharla. Pero esa primera tarde no lloró. Lo que hizo fue contar lo que tenía, el dinero del cajón pequeño donde guardaban para imprevistos, que era poco pero alcanzaba para dos semanas si era cuidadosa.

 Las costuras que le habían encargado dos vecinas y que iba a poder cobrar al entregar, la ropa de Florencia, que estaba bien todavía, y el cuarto, que era de renta y que tenía pagado el mes corriente. Eso era todo. Tobía se había llevado lo que había podido y le había dejado lo que pesaba. No era cálculo cruel. Era cobardía simple.

 Inés había aprendido temprano en la vida que la cobardía y la crueldad pueden parecerse en los efectos, pero son muy diferentes en el origen. Y que con la cobardía uno se enoja y se cansa, pero no se llena de odio. Mientras que con la crueldad sí. Tobías no merecía odio, merecía olvido. Y eso era lo que Inés iba a darle con el tiempo, con paciencia, sin apurarlo.

 Pasó un mes así, costuras de día, lavados de noche, Florencia siempre cerca porque no había con quien dejarla. Doña Praxedes le dio una semana de leche de cabra para la niña sin cobrar. La señora del puesto de tortillas del mercado le bajó el precio sin que Inés le pidiera nada. La gente del barrio sabía y la gente del barrio era de las que ayudan en silencio cuando alguien lo necesita, sin hacer ruido, sin convertir la ayuda en historia para contar.

 Inés iba a poder durar otro mes con cuidado, pero después no iba a poder. Y entonces llegó la carta del notario. La trajo el cartero del pueblo, hombre delgado y serio que recorría los barrios todas las mañanas y que tocó la puerta del cuarto de Inés. Con esa formalidad que tenía para las cartas oficiales, distintas de las cartas comunes, Inés recibió el sobre con el sello del juzgado de Tlapacoyan, ciudad que había escuchado nombrar, pero a la que nunca había ido.

 Lo abrió sentada en la mesa de la cocina con Florencia en las piernas. Y lo que leyó fue lo que cambió todo, que doña Eulalia Cárdenas, bisabuela materna, había muerto, que en su testamento, registrado 15 años antes, había dejado a su única descendiente directa, Inés Vargas Cárdenas, una finca de 3 heas con plantación de cacao en el Valle del Río en el municipio de Tlapacoyan, que para tomar posesión legal de la propiedad debía presentarse en el juzgado con identificación, que la finca llevaba abandonada los seis meses transcurridos desde la muerte de doña

Eulalia y que el plazo para reclamar la herencia vencía en 60 días desde la fecha de la carta, que ya tenía 32. Inés leyó la carta tres veces. Le habló a Florencia en voz baja, no porque la niña fuera a entender, sino porque a veces uno necesita escuchar lo que está pensando para creerlo. Le dijo que tenía una bisabuela, que la bisabuela tenía una finca, que la bisabuela había muerto y que la finca ahora era de ellas.

Florencia preguntó que era una finca. Inés le dijo que un lugar con tierra, un lugar con árboles, un lugar donde podían vivir. Florencia preguntó si tenía perros. Inés le dijo que no sabía, pero que iban a averiguarlo. Tardó dos semanas en preparar el viaje, dos semanas de vender lo que no podía cargar, de empacar lo que sí, de despedirse de doña Praxedes, que lloró más que ella, porque doña Praxedes era mujer que lloraba con facilidad y que no se avergonzaba de eso.

 Dos semanas de preguntar en el barrio si alguien sabía algo de Tlapacoyan, de cómo llegar, de cuánto cobraba el camión que iba para allá. Dos semanas de juntar el poco dinero que tenía y de calcular si alcanzaba para el camión. para los gastos del viaje, para los primeros días en la finca antes de saber qué iba a producir y cómo.

 Y al final de las dos semanas, cuando ya no quedaba nada que ordenar, salieron del barrio una mañana de junio con la maleta, una bolsa de tela con algo de comida para el camino y Florencia de la mano. El camión las dejó en Tlapacoyan al final del segundo día. Inés se presentó en el juzgado a la mañana siguiente, el secretario revisó los papeles, le pidió la identificación, le hizo firmar dos documentos y le entregó las llaves de la finca con un mapa dibujado a mano que indicaba cómo llegar desde el pueblo.

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