Posted in

“Si Me Da Techo, Hago de madre para su Bebé” Dijo La Joven sin hogar Al Viudo Solitario.

 Vamos a comenzar. Celia Vargas había nacido en un pueblo del interior donde las casas se conocían por el nombre de quien vivía en ellas y no por número de calle, hija de don Próculo, carpintero de oficio y hombre de pocas palabras y mucho trabajo, y de doña Amparo, que cocía, bordaba y hacía conservas de frutas del huerto que vendía los sábados en el mercado del pueblo.

 Doña Amparo le había enseñado a Celia desde que podía sostenerse en pie que el trabajo hecho con las manos es el único que nadie puede quitarte porque vive adentro de quien sabe hacerlo y no en el lugar ni en la situación ni en el hombre que uno tenga al lado. Celia creció con eso en el cuerpo, con los ojos siempre buscando que hacía falta y las manos yendo hacia eso sin esperar que nadie se lo pidiera, porque así era su madre y así la había hecho la vida desde muy temprano.

 Doña Amparo murió cuando Celia tenía 17 años de una infección que el médico del pueblo no alcanzó a tiempo. Murió una mañana temprano con Celia a su lado, sosteniendo la mano de su hija con esa fuerza que los cuerpos que se van guardan para el último momento, como si quisieran dejar grabada en la piel de quien se queda la certeza de que estuvieron ahí.

 le dejó el delantal de trabajo que usaba todos los días, la caja de madera con las herramientas de costura y la frase que le dijo la última tarde con voz todavía clara, que donde Celia pusiera las manos bien puestas, ahí iba a estar su casa. Celia lo entendió después, con los años, de la manera en que uno entiende las cosas que parecen simples, pero que cargan todo el peso del mundo adentro.

 Don Próculo siguió con la carpintería tres años más después de que murió doña Amparo, lo suficientes para ver a Celia establecerse con trabajo propio cosciendo ajeno para las familias del pueblo. Y después se fue también en paz con las herramientas colgadas en su orden. Celia quedó sola a los 20 años con la caja de costura de su madre, el delantal doblado en el baúl, un cuarto rentado al fondo del patio de una señora viuda y la costumbre del trabajo que era lo más concreto que tenía.

 Fue en ese pueblo donde apareció Gonzalo, empleado de una ferretería, 30 años. de esos hombres que tienen una conversación fácil y una sonrisa que llega antes que las palabras y que saben exactamente qué decirle a una muchacha que lleva tiempo sin que nadie le diga nada que valga la pena escuchar.

 La cortejó 4ro meses con una paciencia que Celia interpretó como interés genuino porque era joven y porque la gente que quiere de verdad también es paciente y las dos cosas se parecen hasta que el tiempo las distingue. Se casaron en el juzgado sencillo con dos vecinas de testigos. Iselia pensó que estaba empezando la vida que había imaginado cuando imaginaba una vida.

 Gonzalo era hombre que quería sin comprometerse del todo, que estaba sin estar del todo, que prometía con facilidad y cumplía a medias porque cumplir del todo requería una constancia que él no tenía. Los primeros dos años fueron de esa mediocridad soportable de quien espera que las cosas mejoren, porque no tiene todavía referencia clara de cómo son cuando están bien.

 Celia hacía lo que siempre había hecho, trabajaba, sostenía lo que hacía falta sostener, llenaba los huecos que Gonzalo dejaba sin anunciar que los llenaba porque esa era su naturaleza y porque no sabía todavía que llenar los huecos de alguien que no pone de su parte es la forma más lenta de vaciarse uno mismo.

 Al tercer año, Celia dejó de esperar cambios, porque ya había aprendido que esperar cambios en alguien que no quiere cambiar es la forma más lenta de perder el tiempo propio. Al cuarto año descubrió que Gonzalo había estado gastando el dinero de la renta en deudas de juego que ella no sabía y que el dueño del cuarto les daba un mes para salirse.

 Esa noche, cuando se lo dijo a Gonzalo, él no peleó, no se defendió, no prometió resolver. Dijo que necesitaba tiempo para pensar. Iselia supo en ese momento, con esa claridad que no necesita explicación porque viene del fondo del cuerpo antes que de la cabeza, que el tiempo de Gonzalo no era para pensar, sino para irse sin tener que decir que se iba. Tenía razón.

 A la semana Gonzalo hizo la maleta y se fue a casa de su madre en otro pueblo, sin más explicación que un hasta luego, que era adiós. Celia se quedó en el cuarto con la caja de costura de su madre, 23 años, y el mes que le quedaba antes de que viniera el dueño a preguntar. no lloró esa tarde se sentó en la silla de la cocina y se quedó mirando la llave del cuarto que Gonzalo había dejado en la mesa porque ya no la necesitaba y pensó con la cabeza clara que tenía cuando no había nadie cerca que la enturbiara. Usó

ese mes para seguir cociendo, para juntar lo que pudiera, para pensar en que había al otro lado del cuarto rentado, que había dejado de ser su casa mucho antes de que el dueño dijera que tenía que salirse. Y lo que pensó fue lo mismo que su madre le había dicho, que donde pusiera las manos bien puestas, ahí iba a estar su casa, que el cuarto rentado de Gonzalo nunca había sido eso y que había que irse a buscar el lugar donde si lo fuera, aunque no supiera todavía dónde quedaba.

 Metió en la maleta lo que cabía, dos vestidos. la ropa de cambio, el delantal de su madre, la caja de herramientas de costura envuelta en una manta y las monedas que había guardado en el cocido del bolso, porque guardar era costumbre que venía de doña Amparo y que Celia no había podido soltar aunque el dinero fuera poco.

 Dejó sobre la mesa la llave del cuarto y salió una mañana de junio con el sol ya arriba y el camino de tierra delante sin saber a dónde llevaba, pero sabiendo que cualquier lado era mejor que quedarse. Caminó el primer día con esa determinación de quien no tiene destino, pero sí dirección. En un rancho al borde del camino le dieron agua y frijoles a cambio de lavar la ropa de la semana.

Iselia lo hizo bien y rápido como hacía todo. El segundo día siguió. El tercero paró en un pueblo a coser un surcido urgente que una señora necesitaba para esa tarde y la señora le pagó con monedas y con un pan que Celia comió sentada en la orilla del camino. La tarde del cuarto día llegó por la vereda que llevaba al rancho.

 Lo oyó antes de verlo. Un llanto que venía de entre los árboles. Ese llanto específico de bebé que lleva mucho tiempo llorando y que ya no tiene fuerza para el llanto fuerte, pero que tampoco puede parar porque el cuerpo pequeño no sabe todavía cómo hacer eso. Celia conocía a ese llanto. Lo había escuchado en las casas donde cocía con los hijos de las patronas y sabía lo que significaba que quien estaba cargando a ese bebé no sabía cómo calmarlo.

 Caminó hacia el sonido sin pensarlo, porque el llanto de una criatura no da tiempo para pensar. Y así llegó al portón. Y así vio al hombre parado en el corredor bajo el sol de la tarde, con el bebé sostenido, los brazos extendidos y los hombros tensos de quien lleva horas en esa posición, sin atreverse a cambiarla por miedo a que empeore el llanto.

Read More