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Su Mujer Murió Y Lo Dejó Solo Con Dos Hijos… Halló Techo En El Rancho Que Nadie Había Querido.

La mañana en que Leonardo Campo salió de aquella casa con sus dos hijos de la mano, el sol ya picaba fuerte y los pájaros estaban en lo suyo como si el mundo siguiera siendo el mismo de siempre. cargaba dos bultos atados con correas de cuero, una caja de herramientas que había comprado con su primer sueldo de adulto y que no habría dejado atrás ni a cambio de nada, y la sensación espesa y sorda de que el piso se había abierto debajo de sus pies y que todavía no había terminado de caer.

Ismael, el mayor, tenía 8 años y caminaba a su lado con la mandíbula apretada y los ojos fijos al frente, imitando, sin saberlo, la misma postura que su padre usaba cuando las cosas se ponían difíciles y no había espacio para derrumbarse. Sofía, la menor, tenía 5 años y no entendía del todo lo que estaba pasando, pero entendía lo suficiente como para no preguntar nada y eso de alguna manera le pesaba a Leonardo más que cualquier pregunta que ella pudiera haber hecho.

 Leonardo tenía 31 años y llevaba 3 meses viudo. Su mujer Carmensa, había muerto de una fiebre que empezó como un resfriado y que en dos semanas se la llevó entera con esa velocidad brutal que tienen algunas enfermedades que parecen no tener prisa hasta que de pronto tienen demasiada. La había querido desde que la conoció, con esa clase de amor tranquilo y constante que no hace ruido, pero que está en todo, en la manera de pasarle el café por la mañana sin que ella lo pidiera, en la forma de esperarla despierto cuando llegaba tarde de

visitar a su madre, en el hábito de dormirse con una mano sobre su espalda que él ni siquiera notaba que hacía hasta la primera noche que durmió solo, cuando la mano buscó ese lugar en la oscuridad y no encontró nada. Los tres meses desde que Carmensa murió los había pasado funcionando más que viviendo, levantándose cada mañana a la misma hora porque los niños necesitaban comer, haciendo los oficios porque los niños necesitaban ropa limpia y comida caliente, durmiendo cada noche con el mismo peso en el pecho que no se iba,

pero que aprendió a cargar porque no había otra opción que cargarlo. Había sido carpintero desde los 16 años cuando su padre lo puso a aprender el oficio con un tío que tenía un taller en el pueblo de al lado. Aprendió a trabajar la madera con la paciencia que requiere ese oficio, que es mucha, porque la madera tiene su propio carácter y sus propios tiempos, y no admite apuro sin cobrarlos.

 La madera le había enseñado que las cosas bien hechas requieren ir despacio, que la prisa produce grietas que no aparecen de inmediato, sino meses después, cuando uno ya creía que la pieza estaba lista. Sabía hacer puertas, ventanas, muebles de comedor, cajones, marcos de cama, lo que hiciera falta. Era bueno lo que hacía, no brillante, pero bueno de esa manera sólida y confiable que vale más en el campo que cualquier clase de brillo.

 Caminó todo el día sin rumbo fijo, con los hijos siguiéndolo por el sendero que salía del pueblo hacia el norte, un camino que él nunca había recorrido entero, pero que sabía que pasaba por varias propiedades y que eventualmente llegaba a tierras más abiertas donde la gente vivía más esparcida y las casas tenían más distancia entre sí. No tenía un plan.

tenía las herramientas, los hijos y la determinación de no quedar sepse parado donde lo habían dejado. El sendero era de tierra roja que el calor había endurecido hasta parecer piedra, bordeado a trechos por cercas de alambre de púas cubiertas de enredaderas. Ismael no preguntó a dónde iban. Sofía preguntó tres veces y después de la tercera respuesta dejó de preguntar y se dedicó a recoger piedras del camino según criterios que solo ella conocía.

 A media tarde, cuando el calor empezaba a bajar un poco y las sombras de los árboles se estiraban hacia el oriente, Ismael le dijo que tenía sed. Leonardo miró alrededor buscando señales de agua y vio que el sendero bajaba hacia una vaguada donde crecían álamos y sauce, lo que significaba que había un arroyo o por lo menos humedad cerca.

 Dejó los bultos en el borde del camino y bajó con los niños por la ladera suave hasta encontrar un hilo de agua que corría entre piedras planas. Mientras los niños bebían en cuclillas, Leonardo levantó la vista y vio a unos 200 met ladera arriba, entre árboles y matorrales, la silueta de una construcción.

 Paredes de adobe gris, techo de lámina oxidada, una cerca de madera vencida que rodeaba lo que alguna vez había sido un corral, sin humo, sin sonido, sin señales de que hubiera alguien. Se acercó despacio, por costumbre más que por precaución, y caminó alrededor de la construcción antes de asomarse por la puerta. que estaba abierta porque las bisagras habían cedido y la hoja de madera descansaba en diagonal apoyada contra el marco interior.

 Dentro había una sola habitación grande con el piso de tierra apisonada, un fogón de piedra en una esquina, una repisa de madera clavada a la pared y nada más, excepto polvo, telarañas en los rincones y el olor cerrado de un lugar que lleva mucho tiempo sin que nadie le entre aire fresco. Ismael se asomó por detrás de su padre.

 ¿Vive alguien aquí? Leonardo miró el fogón, la repisa, las paredes y ninguna marca de uso reciente. No dijo, “creo que nadie vive aquí.” Esa noche durmieron en la construcción abandonada, los tres juntos en el centro del piso, con los bultos como almohadas y el cielo estrellado entrando por los huecos del techo de lámina donde faltaban piezas.

Sofía se durmió rápido, agotada de caminar, acurrucada contra el pecho de su padre con la confianza total de quien todavía no sabe que hay cosas de las que su padre no puede protegerla. Ismael tardó más. En algún momento, cuando el silencio del campo ya era completo y solo se oían los grillos y el sonido lejano del arroyo, le preguntó a su padre en voz baja si iban a quedarse allí.

 Leonardo miró el techo y pensó un momento antes de responder. Le dijo que por ahora sí, que mañana verían. Ismael no dijo nada más, pero Leonardo sintió como el cuerpo del niño se relajaba un poco, como si saber que había un por ahora fuera suficiente para poder dormir. La mañana siguiente, Leonardo salió a explorar el terreno con más cuidado.

 El rancho ocupaba una extensión generosa de tierra que había sido trabajada tiempo atrás. Quedaban los hurcos de antiguas siembras, ahora invadidos de maleza, y los postes de lo que alguna vez fue una cerca más amplia que la del corral. Había frutales silvestres que nadie había podado en años y un arroyo estrecho que bajaba por el indero norte, suficiente para que el terreno nunca se secara del todo.

 Lo que más lo detuvo fue lo que encontró detrás del cerro pequeño que quedaba a espaldas de la casa. Un chiquero viejo de paredes de adobe derrumbadas a medias con el techo de paja podrida y la puerta arrancada de las bisagras. Dentro no había nada, pero en el monte cercano, entre los matorrales espesos que bordeaban el arroyo, encontró rastros que reconoció sin saber muy bien como osaduras en la tierra, excrementos frescos, marcas en la corteza de los árboles a la altura de un lomo de animal grande, cerdos, silvestres o escapados,

no sabía, pero cerdos al fin. No sabía nada de criarlos. Sabía que se comían y poco más, pero miró las huellas en el barro un rato largo y hubo algo en aquel hallazgo que le pareció un punto de partida, aunque no era hombre de señales y nunca lo había sido. Pasó los primeros días haciendo lo más urgente.

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