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La CASA de RAMÓN VALDÉS Y La Vida que Nadie te Contó de Don Ramón

Es en ese ambiente donde Ramón Valdés da sus primeros pasos, donde aprende a hablar, donde empieza a entender cómo funciona el mundo, donde observa a la gente con esa atención particular que después, décadas más tarde convertiría en el material de un personaje que duraría para siempre. Pero hay algo en estos años de infancia que marca a Ramón más profundamente que la ciudad donde creció, más profundamente que la escasez del hogar, más profundamente que cualquier otra circunstancia de su formación. Hay alguien en su propia casa

que lo cambia todo. Su hermano mayor, Germán Valdés. El mundo lo conocería después como Tin Tan. Y Tin Tan no era cualquier hermano mayor, era el tipo de persona que cuando entra a un cuarto, el cuarto cambia. Carismático desde niño con una naturalidad que no se puede fingir ni aprender en ninguna escuela. Talento para la música, para el baile, para imitar, para hacer reír, para convertir cualquier momento ordinario en algo que la gente querría recordar.

Los vecinos lo recordaban, los maestros de la escuela lo recordaban, la gente en la calle lo recordaba, aunque solo lo hubiera visto pasar una vez. Todo el mundo que conoció a Germán Valdés en esos años supo desde el principio que ese muchacho iba a llegar lejos y Ramón lo sabía también. Crecer al lado de alguien así tiene  dos caras que no siempre se cuentan juntas.

La primera cara es el privilegio. Tienes cerca a alguien extraordinario. Ves de primera mano cómo funciona el talento de verdad. Aprendes observando, absorbes sin darte cuenta de que estás absorbiendo. Germán fue el primero de los hermanos en entrar al mundo del espectáculo, y ese camino que él abrió sería después el camino que Ramón y otros hermanos usarían para entrar al medio.

La segunda cara es más difícil de hablar. Crecer al lado de alguien extraordinario significa crecer sabiendo que hay alguien en tu propia casa que brilla más que tú. No porque tú no tengas luz, no porque tú no tengas talento, sino porque él tiene ese tipo de luz específica que no admite comparación, que llena el espacio antes de que la persona entre, que hace que los demás te pregunten siempre las mismas cosas.

Oye, ¿cómo está Germán? ¿Ya viste lo que hizo Germán? ¿Sabías que Germán? Ramón vivió dentro de esa luz durante toda su infancia y gran parte de su juventud. Cuando alguien preguntaba por los valdés, preguntaba por Germán. Cuando había algo que celebrar, los ojos iban hacia Germán. Cuando el mundo artístico mexicano empezó a notar a la familia, notó primero a Germán.

Ramón era el hermano de Germán. todavía no era nadie por sí mismo. Y eso que podría haber aplastado a una persona menos decidida en Ramón Valdés sembró algo diferente. Sembró una hambre específica y silenciosa de encontrar su propio lugar, de descubrir que tenía el que nadie más tuviera, de llegar un día a ser reconocido, no como extensión de otra persona, sino como él mismo.

Esa hambre lo acompañó durante décadas y fue el combustible de todo lo que construyó después. La familia regresa a la ciudad de México cuando Ramón es ya un joven adulto y Germán, que para entonces tiene una presencia artística que todos en el medio está notando, empieza a abrirse paso en el cine mexicano con la velocidad y la naturalidad de quien nunca tuvo duda de que ese era su destino.

Ramón lo observa y decide que él también quiere construir algo. El camino más directo era el obvio y Ramón lo tomó sin pretender que no existía. Germán ya tenía contactos, ya conocía productores, ya era conocido en los círculos donde se tomaban las decisiones. Para alguien que quería entrar al medio artístico, tener a Tintan como hermano mayor era una puerta entreabierta. Ramón empujó esa puerta.

En 1949, con 24 años, Ramón Valdés hace su debut en el cine mexicano. La película se llama Calabacitas tiernas, una comedia dirigida por Gilberto Martínez Solares, el mismo director que trabajaría con los hermanos Valdés en múltiples producciones a lo largo de los años. El protagonista es Germán, la estrella es Germán, el cartel dice Germán, los cines se llenan por Germán.

Ramón aparece en un papel secundario, pero Ramón está ahí con esa cara que el tiempo y las caricaturas harían inconfundible, con ese físico delgado, de complexión ligera, con los rasgos particulares que la sangre italiana del lado paterno le había dado y que lo hacían diferente al resto,  con esa expresión entre resignada y socarrona que en los años siguientes se convertiría en su sello más reconocible y con algo más que resultaba inmediatamente evidente para cualquiera que lo viera trabajar.

Ese timín, ese timín cómico que los actores de verdad tienen y que no se puede enseñar en ninguna escuela ni aprender en ningún libro porque o está en ti desde que naciste o no está. En Ramón Valdés estaba. Sus compañeros de set lo notaron desde el primer día. Lo que siguió durante la primera mitad de los años 50 fue una carrera que avanzaba, pero siempre en el mismo carril.

películas con Germán, papeles de apoyo, roles que llegaban porque su hermano estaba en el proyecto y alguien necesitaba llenar un espacio con alguien de confianza y de talento probado. No era el protagonista, no era la estrella, era el hombre en el segundo plano que de repente, en el momento menos esperado, robaba la escena con un gesto o con una línea dicha de la manera exacta en que tenía que decirse para que funcionara.

Ser memorable en un papel que no está diseñado para ser memorable es un talento muy específico y muy difícil. Ramón lo hacía con una facilidad que resultaba desconcertante. Pero los papeles secundarios tienen un techo. Puedes vivir ahí durante años. Puedes tener trabajo consistente y ganarte el sustento y ser reconocido dentro del gremio como alguien serio y confiable.

Pero nunca llegas a ser completamente tuyo. Siempre eres el apoyo de alguien más. Siempre estás ahí para hacer que el protagonista brille sin que nadie te recuerde cuando ya terminó la función. Ramón pasó la mayor parte de los años 50 y los 60 en esa zona trabajando, siempre trabajando. Eso es algo que absolutamente todos los que lo conocieron en esa época repiten sin excepción.

Ramón Valdés era un trabajador de una seriedad y una consistencia que pocos en el medio podían igualar. llegaba puntual, llegaba preparado, no daba problemas, no generaba conflictos, no tenía los caprichos ni los dramas que otros actores de su generación convertían en parte de su imagen pública. Era profesional en el sentido más exigente de esa palabra, pero el primer plano no llegaba.

Y mientras él esperaba con su paciencia y su disciplina y su hambre silenciosa, su hermano Germán se convertía en una leyenda. Tintán en los años 50 era posiblemente el cómico más importante de México. Sus películas llenaban los cines desde el primer día de exhibición y Ramón era el hermano de Tin Tan. Esa frase tiene un peso que es difícil de describir sin haberlo sentido.

Ser conocido principalmente como la extensión de otra persona. Llegar a un lugar y ver que la primera pregunta que alguien te hace no es sobre ti, sino sobre él. Escuchar tu propio apellido y saber que en la cabeza de quien lo escucha aparece inmediatamente otra cara, no la tuya.  Ramón cargó con eso durante años.

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