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Fernando Maximiliano de Habsburgo se creía INTOCABLE, hasta que Benito Juárez firmó su EJECUCIÓN

Esa combinación de ignorancia deliberada, arrogancia dinástica y necesidad personal de creer en algo grande fue la firma con que Maximiliano selló su propio destino esa mañana en el castillo de Miramar. 3 años y dos meses después, en la mañana del 19 de junio de 1867, en el cerro de las campanas de Querétaro, bajo el Sol de junio, que no hace concesiones ni a los emperadores ni a los peones, el mismo hombre que había firmado el tratado de Miramar con la caligrafía elegante de los príncipes repartió monedas de oro entre los

soldados del pelotón de fusilamiento y les pidió que apuntaran al pecho, no al rostro, al pecho, para que su madre en Viena pudiera reconocerlo cuando llegara el cuerpo. El hombre que se creía intocable había aprendido en los tres años más costosos de su vida lo que ningún título dinástico puede enseñar, que la ley de la República que había venido a reemplazar era más real que cualquier decreto que hubiera firmado con la caligrafía elegante y que el indio zapoteca, que lo había juzgado desde la diligencia en el norte de

México, era exactamente el tipo de hombre que los príncipes Absburgo nunca aprenden a reconocer a tiempo, porque el sistema que los produce los entrena para ver el poder donde está el título y nunca donde está la convicción. Esta es la historia del archiduque que se creyó intocable, de cómo llegó a México convencido de que lo esperaban, de lo que encontró cuando llegó, de lo que hizo cuando entendió que lo que había encontrado no era lo que le habían prometido.

y de cómo Benito Juárez, que gobernaba desde una diligencia en el desierto, sin ejército ni palacio, ni reconocimiento de ninguna potencia importante, firmó la ejecución de representante de la familia imperial más antigua de Europa con la misma ley para todos. Empecemos por entender quién era el hombre antes de que se convirtiera en el emperador de México.

Porque la historia de Maximiliano no empieza en Miramar ni en Veracruz. Empieza en Viena, en el Palacio de Hofburg, en la educación que la casa de Absburgo le dio al segundo hijo de Francisco Carlos y de la archiduquesa Sofía. y en lo que esa educación produjo en un hombre que era simultáneamente brillante y profundamente ingenuo sobre el modo en que el mundo realmente funciona.

Maximiliano era genuinamente culto, no en el sentido de los nobles que coleccionan títulos universitarios como objetos decorativos, sino en el sentido de los que leen porque las ideas les interesan, que hablan idiomas porque los mundos que esos idiomas describen les interesan, que tienen opiniones sobre botánica y sobre arquitectura y sobre la manera en que los pueblos sin privilegio merecen ser tratados porque han pensado genuinamente sobre esas cosas.

Era también, y esto es lo que el brillo de su cultura ocultaba a los que no lo conocían bien, profundamente producto del sistema que lo había formado, el sistema que divide el mundo en los que mandan porque nacieron para mandar y los que obedecen porque nacieron para obedecer y que no puede concebir que esa división sea contingente antes que natural.

Su hermano Francisco José era el emperador de Austria. Maximiliano era el archiduque sin trono. El segundo hijo brillante que en cualquier familia ordinaria habría sido el que construye su propio camino. Y en la familia Absburgo era el que espera que la historia le proporcione el papel que merece. Esperó.

Y la historia en la forma de Napoleón Io y de los conservadores mexicanos, que habían decidido que la única salvación para sus intereses era una monarquía extranjera, le proporcionó el papel. El papel era el de emperador de México. Lo que nadie en el castillo de Miramar le explicó completamente o lo que él decidió no procesar completamente era que el papel que le ofrecían no era el papel de gobernante de una nación que lo había elegido, sino el papel de figura decorativa de un proyecto imperial francés que necesitaba un nombre aristócrata en la etiqueta para no

parecer lo que era. Una invasión. Napoleón Iero necesitaba a Maximiliano con la misma lógica con que los productos de marca necesitan el logo. No porque elo produzca el producto, sino porque sin el producto no se puede vender en ciertos mercados. El mercado en que Napoleón Iero necesitaba vender la invasión de México era el mercado de la legitimidad internacional, una potencia europea que invadía una República americana en el siglo XIX, cuando la doctrina Monroe había establecido el principio de que América no era territorio de colonización

europea. Necesitaba una narrativa que no fuera. Estamos invadiendo México porque queremos sus recursos y queremos limitar el poder de los Estados Unidos en el hemisferio occidental. La narrativa que Napoleón eligió fue, “Estamos respondiendo al llamado del pueblo mexicano que quiere una monarquía estable y que ha elegido libremente a este príncipe europeo para encabezarla.

” Maximiliano era la narrativa, era también lo que Napoleón sabía y lo que Maximiliano no quería saber, la persona que cargaría con las consecuencias cuando la narrativa se derrumbara. Las actas de adhesión que le presentaron en Miramar, esos documentos que supuestamente mostraban el entusiasmo del pueblo mexicano por tener un Absburgo como monarca, eran parcialmente falsas y parcialmente obtenidas bajo la presión de las bayonetas francesas que ya ocupaban partes del territorio mexicano.

El propio Maximiliano tenía asesores que lo sabían. Tenía también la información de que el gobierno constitucional de Benito Juárez seguía operando desde el norte de México y que ese gobierno era el reconocido internacionalmente por los Estados Unidos. Maximiliano decidió no considerar esa información como decisiva.

Firmó el 28 de mayo de 1864, el barco que llevaba a los nuevos emperadores de México atracó en Veracruz. Lo que les esperaba fue el primer golpe de realidad de una serie de golpes que duraría 3 años. Veracruz era la ciudad más liberal de México, el puerto donde el comercio internacional había producido desde el siglo anterior una burguesía que leía los periódicos europeos y que sabía exactamente lo que significaba que un archiduque austríaco llegara respaldado por tropas francesas.

Veracruz también era la ciudad donde Juárez había establecido su gobierno durante la guerra de Reforma, donde los liberales habían resistido a los conservadores durante 3 años y donde la victoria de los liberales en 1861 había producido el tipo de convicción política que no se borra porque un ejército extranjero ocupa el puerto.

Las calles de Veracruz estaban vacías cuando el barco imperial atracó. La gente había cerrado las puertas y las ventanas. No había multitudes, no había flores, no había el entusiasmo del pueblo que clama por su nuevo soberano que los conservadores habían descrito en las actas de adhesión. Había silencio.

El silencio específico de los lugares que no están de acuerdo con lo que está ocurriendo, pero que han calculado que expresarlo en ese momento tiene costos que prefieren no pagar. Carlotta, que era más perspicaz que su marido y que tenía menos necesidad de creer en la versión bonita de lo que estaba ocurriendo, sintió el golpe del silencio con la claridad de la mujer que entiende que la ausencia de bienvenida es también una bienvenida, solo que de otro tipo.

Maximiliano lo interpretó como un malentendido, como una desorganización de la bienvenida que los funcionarios locales no habían sabido preparar correctamente. Como la diferencia natural entre el entusiasmo de las ciudades del altiplano, donde los conservadores tenían más arraigo y el temperamento más reservado de los puertos, siguieron hacia la ciudad de México.

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