Esa combinación de ignorancia deliberada, arrogancia dinástica y necesidad personal de creer en algo grande fue la firma con que Maximiliano selló su propio destino esa mañana en el castillo de Miramar. 3 años y dos meses después, en la mañana del 19 de junio de 1867, en el cerro de las campanas de Querétaro, bajo el Sol de junio, que no hace concesiones ni a los emperadores ni a los peones, el mismo hombre que había firmado el tratado de Miramar con la caligrafía elegante de los príncipes repartió monedas de oro entre los
soldados del pelotón de fusilamiento y les pidió que apuntaran al pecho, no al rostro, al pecho, para que su madre en Viena pudiera reconocerlo cuando llegara el cuerpo. El hombre que se creía intocable había aprendido en los tres años más costosos de su vida lo que ningún título dinástico puede enseñar, que la ley de la República que había venido a reemplazar era más real que cualquier decreto que hubiera firmado con la caligrafía elegante y que el indio zapoteca, que lo había juzgado desde la diligencia en el norte de
México, era exactamente el tipo de hombre que los príncipes Absburgo nunca aprenden a reconocer a tiempo, porque el sistema que los produce los entrena para ver el poder donde está el título y nunca donde está la convicción. Esta es la historia del archiduque que se creyó intocable, de cómo llegó a México convencido de que lo esperaban, de lo que encontró cuando llegó, de lo que hizo cuando entendió que lo que había encontrado no era lo que le habían prometido.
y de cómo Benito Juárez, que gobernaba desde una diligencia en el desierto, sin ejército ni palacio, ni reconocimiento de ninguna potencia importante, firmó la ejecución de representante de la familia imperial más antigua de Europa con la misma ley para todos. Empecemos por entender quién era el hombre antes de que se convirtiera en el emperador de México.
Porque la historia de Maximiliano no empieza en Miramar ni en Veracruz. Empieza en Viena, en el Palacio de Hofburg, en la educación que la casa de Absburgo le dio al segundo hijo de Francisco Carlos y de la archiduquesa Sofía. y en lo que esa educación produjo en un hombre que era simultáneamente brillante y profundamente ingenuo sobre el modo en que el mundo realmente funciona.
Maximiliano era genuinamente culto, no en el sentido de los nobles que coleccionan títulos universitarios como objetos decorativos, sino en el sentido de los que leen porque las ideas les interesan, que hablan idiomas porque los mundos que esos idiomas describen les interesan, que tienen opiniones sobre botánica y sobre arquitectura y sobre la manera en que los pueblos sin privilegio merecen ser tratados porque han pensado genuinamente sobre esas cosas.
Era también, y esto es lo que el brillo de su cultura ocultaba a los que no lo conocían bien, profundamente producto del sistema que lo había formado, el sistema que divide el mundo en los que mandan porque nacieron para mandar y los que obedecen porque nacieron para obedecer y que no puede concebir que esa división sea contingente antes que natural.
Su hermano Francisco José era el emperador de Austria. Maximiliano era el archiduque sin trono. El segundo hijo brillante que en cualquier familia ordinaria habría sido el que construye su propio camino. Y en la familia Absburgo era el que espera que la historia le proporcione el papel que merece. Esperó.
Y la historia en la forma de Napoleón Io y de los conservadores mexicanos, que habían decidido que la única salvación para sus intereses era una monarquía extranjera, le proporcionó el papel. El papel era el de emperador de México. Lo que nadie en el castillo de Miramar le explicó completamente o lo que él decidió no procesar completamente era que el papel que le ofrecían no era el papel de gobernante de una nación que lo había elegido, sino el papel de figura decorativa de un proyecto imperial francés que necesitaba un nombre aristócrata en la etiqueta para no
parecer lo que era. Una invasión. Napoleón Iero necesitaba a Maximiliano con la misma lógica con que los productos de marca necesitan el logo. No porque elo produzca el producto, sino porque sin el producto no se puede vender en ciertos mercados. El mercado en que Napoleón Iero necesitaba vender la invasión de México era el mercado de la legitimidad internacional, una potencia europea que invadía una República americana en el siglo XIX, cuando la doctrina Monroe había establecido el principio de que América no era territorio de colonización
europea. Necesitaba una narrativa que no fuera. Estamos invadiendo México porque queremos sus recursos y queremos limitar el poder de los Estados Unidos en el hemisferio occidental. La narrativa que Napoleón eligió fue, “Estamos respondiendo al llamado del pueblo mexicano que quiere una monarquía estable y que ha elegido libremente a este príncipe europeo para encabezarla.
” Maximiliano era la narrativa, era también lo que Napoleón sabía y lo que Maximiliano no quería saber, la persona que cargaría con las consecuencias cuando la narrativa se derrumbara. Las actas de adhesión que le presentaron en Miramar, esos documentos que supuestamente mostraban el entusiasmo del pueblo mexicano por tener un Absburgo como monarca, eran parcialmente falsas y parcialmente obtenidas bajo la presión de las bayonetas francesas que ya ocupaban partes del territorio mexicano.
El propio Maximiliano tenía asesores que lo sabían. Tenía también la información de que el gobierno constitucional de Benito Juárez seguía operando desde el norte de México y que ese gobierno era el reconocido internacionalmente por los Estados Unidos. Maximiliano decidió no considerar esa información como decisiva.
Firmó el 28 de mayo de 1864, el barco que llevaba a los nuevos emperadores de México atracó en Veracruz. Lo que les esperaba fue el primer golpe de realidad de una serie de golpes que duraría 3 años. Veracruz era la ciudad más liberal de México, el puerto donde el comercio internacional había producido desde el siglo anterior una burguesía que leía los periódicos europeos y que sabía exactamente lo que significaba que un archiduque austríaco llegara respaldado por tropas francesas.
Veracruz también era la ciudad donde Juárez había establecido su gobierno durante la guerra de Reforma, donde los liberales habían resistido a los conservadores durante 3 años y donde la victoria de los liberales en 1861 había producido el tipo de convicción política que no se borra porque un ejército extranjero ocupa el puerto.
Las calles de Veracruz estaban vacías cuando el barco imperial atracó. La gente había cerrado las puertas y las ventanas. No había multitudes, no había flores, no había el entusiasmo del pueblo que clama por su nuevo soberano que los conservadores habían descrito en las actas de adhesión. Había silencio.
El silencio específico de los lugares que no están de acuerdo con lo que está ocurriendo, pero que han calculado que expresarlo en ese momento tiene costos que prefieren no pagar. Carlotta, que era más perspicaz que su marido y que tenía menos necesidad de creer en la versión bonita de lo que estaba ocurriendo, sintió el golpe del silencio con la claridad de la mujer que entiende que la ausencia de bienvenida es también una bienvenida, solo que de otro tipo.
Maximiliano lo interpretó como un malentendido, como una desorganización de la bienvenida que los funcionarios locales no habían sabido preparar correctamente. Como la diferencia natural entre el entusiasmo de las ciudades del altiplano, donde los conservadores tenían más arraigo y el temperamento más reservado de los puertos, siguieron hacia la ciudad de México.
La bienvenida en las ciudades conservadoras del altiplano fue genuina y entusiasta. Y Maximiliano, que necesitaba creer en la narrativa que lo había traído hasta ahí, eligió esa bienvenida como la bienvenida representativa y el silencio de Veracruz como la excepción. Era el tipo de selección de evidencia que los que ya han tomado una decisión irreversible practican con la naturalidad de los que no tienen otra opción psicológica disponible.
Instalado en el castillo de Chapultepec, rebautizado con el nombre Nahuatel de Miravalle, porque Maximiliano había decidido que adoptar las formas culturales de México era la manera de ganarse el corazón del pueblo que lo había invitado. El nuevo emperador comenzó a gobernar y fue entonces cuando la paradoja más cruel del imperio se hizo visible.
Los conservadores mexicanos que habían traído Maximiliano lo habían hecho con expectativas muy precisas, que restauraría los bienes confiscados a la Iglesia por las leyes de reforma de Juárez, que establecería el catolicismo como religión de estado con poder coercitivo, que aboliría las libertades que el liberalismo había consagrado y que volvería al orden de la sociedad colonial, donde cada quien tenía el lugar que le correspondía por nacimiento.
Lo que descubrieron cuando Maximiliano comenzó a gobernar fue que el príncipe que habían traído para deshacer la obra de Juárez pensaba en muchos aspectos como Juárez. Maximiliano era un absburgo liberal producto de la tradición josefina de su familia que subordinaba la Iglesia al Estado.
Ratificó las leyes de reforma que los conservadores querían abolir. Garantizó la libertad de culto, comenzó a hablar de derechos laborales para los peones indígenas. invitó a liberales moderados a participar en su gobierno y llegó al extremo de escribir una carta personal a Benito Juárez, ofreciéndole el cargo de primer ministro del imperio.
La ironía era perfecta y devastadora para los que la habían diseñado. Los conservadores mexicanos habían importado a un príncipe europeo para destruir al liberal indio y el príncipe resultó pensar más parecido al liberal indio que a los conservadores que lo habían traído. La respuesta de Juárez a la carta de Maximiliano fue el documento más revelador del periodo, la declaración más clara posible de la diferencia entre los dos hombres y de por qué esa diferencia iba a determinar el resultado de lo que vendría.
Juárez le respondió desde el norte de México, desde el exilio que los franceses le habían impuesto, pero que él administraba con la calma del que sabe que el exilio es temporal y que la ley es permanente. Le decía que no podía aceptar el cargo de primer ministro, porque hacerlo equivaldría a traicionar los compromisos que había adquirido con la nación.
que la soberanía de México residía en la República Constitucional y no en ninguna corona que una potencia extranjera pudiera otorgar, y que la historia, antes de cualquier tribunal humano, juzgaría a cada uno según los principios que hubieran defendido y el precio que hubieran pagado por defenderlos. Era la respuesta del hombre que no negocia los principios, porque la negociación de los principios es también la desaparición de los principios.
Y era también, aunque Maximiliano no lo leyó de esa manera en ese momento, la sentencia que Juárez estaba anticipando en 1865 y que ejecutaría en 1867. El decreto negro del 3 de octubre de 1865 fue el punto donde Maximiliano cruzó la línea que hacía imposible cualquier reconciliación futura con la República que pretendía gobernar.
El decreto fue posible gracias a una mentira. El mariscal Basain, el comandante militar francés, que era el poder real detrás del trono, le comunicó a Maximiliano que Juárez había abandonado el territorio nacional y que la República había dejado de existir como gobierno. La información era falsa.
Juárez estaba en el Paso del Norte, en el extremo más lejano del país, pero estaba en territorio mexicano y seguía siendo el presidente constitucional. Basándose en la información falsa de Basain, Maximiliano firmó el decreto que establecía que cualquier persona capturada con armas sería ejecutada sumariamente en 24 horas, sin juicio, sin apelación, sin posibilidad de indulto.
Era la legalización del asesinato en masa. No era la medida de un hombre cruel por naturaleza. era la medida de un hombre desesperado que había decidido que el único camino disponible para consolidar el imperio era eliminar la resistencia con la velocidad que los procedimientos legales ordinarios no permitían.
Era también la medida de un hombre que había cruzado el umbral que separa al gobernante que puede reconciliarse con sus adversarios del gobernante que ya no tiene esa opción, porque sus adversarios saben lo que ha firmado y saben que él sabe lo que significa que lo capturen. Juárez respondió al decreto negro con el decreto que establecía que cualquier persona que apoyara al imperio sería tratada según las leyes de traición.
era la misma moneda en el lado opuesto y era también la declaración de que la guerra entre la República y el Imperio ya no era la guerra donde los tratados de paz son posibles, sino la guerra donde el resultado tiene que ser total. El decreto negro mató a los generales republicanos José María Arteaga y Carlos Alazar en Uruapan el 21 de octubre de 1865.
Los mató a ellos y a otros oficiales republicanos con la rapidez que el decreto establecía. Y cada ejecución producía el efecto contrario al que el decreto pretendía. No el silencio del terror, sino la rabia que convierte la resistencia parcial en resistencia total. Juárez, que había rechazado durante años la presión de sus propios generales para que respondiera a la violencia imperial con una violencia simétrica, procesó el decreto negro con la frialdad del hombre que ha estado esperando que el adversario cruzara exactamente esa
línea. No porque la cruelad de Maximiliano lo justificara, sino porque la línea que el decreto negro cruzaba era también la línea que hacía imposible cualquier argumento sobre la necesidad de Clemencia cuando llegara el momento del juicio. Maximiliano había legalizado el asesinato sumario de combatientes republicanos.
Juárez aplicaría la misma ausencia de excepciones cuando llegara su turno de determinar el destino de Maximiliano. El año de 1866 fue el año donde el imperio de Maximiliano pasó de ser una estructura frágil, pero existente a ser una ficción que solo las tropas francesas sostenían en la realidad y que sin esas tropas se disolvería con la velocidad de las ficciones cuando desaparece lo que la sostiene.
La razón fue geopolítica antes que militar. Bismarck había estado preparando la unificación alemana con la paciencia y la precisión del estadista que ha decidido que el objetivo vale el tiempo que requiere y que ese tiempo se mide en décadas. En 1866, la guerra contra Austria demostró que Prusia era la potencia dominante en el espacio alemán y esa demostración le dijo a Napoleón Icero lo que ya sabía, pero que había preferido no actuar sobre ello mientras el costo de actuar parecía manejable. que tener 40,000 soldados en
México mientras Prusia crecía en la frontera francesa era exactamente el tipo de error estratégico que produce las derrotas que ninguna táctica puede recuperar. El mensaje que Napoleón envió a Basin fue directo, retirar las tropas. La aventura había terminado. Para Maximiliano, la noticia de la retirada francesa fue la noticia que transforma una mentira en colapso.
El imperio que había gobernado descansaba sobre las tropas francesas de la misma manera en que un edificio descansa sobre sus cimientos. Sin los cimientos, el edificio no era un edificio, sino un nombre. Basin intentó convencer a Maximiliano de que ablicara y regresara a Europa. Lo intentó con argumentos militares, con argumentos políticos, con argumentos personales.
Le dijo que sin las tropas francesas el imperio no podía sobrevivir, que los recursos del ejército imperial mexicano eran insuficientes para sostener una resistencia prolongada, que la dignidad de la casa de Absburgo no requería que muriera en México por una causa que ya estaba perdida. Maximiliano rechazó la oferta.
Las razones que sus biógrafos atribuyen a ese rechazo son múltiples y todas parcialmente verdaderas. El honor de la casa de Absburgo, que no concebía la retirada como una opción digna, la presión de los generales conservadores mexicanos Miramón y Mejía principalmente, que le prometían que el pueblo se levantaría en defensa del imperio una vez que los franceses ya no estuvieran para ser el objeto del resentimiento antiimperialista.
La incapacidad psicológica de aceptar que el proyecto de su vida había sido un error desde el principio. Y quizás también algo más difícil de articular, pero que los que lo conocieron de cerca mencionan con la consistencia que da la observación directa, que Maximiliano, en algún punto de los 3 años que pasó en México, había dejado de ser solo el instrumento del proyecto imperial francés y se había convertido en alguien que tenía sus propias razones para querer que México fuera lo que había prometido que sería. Eso no lo
justificaba. No podía justificar el decreto negro ni los muertos que ese decreto había producido, pero hacía que su decisión de quedarse fuera algo más que el honor dinástico o el error de cálculo. Era también el resultado de 3 años de haber sido México antes de entender qué era México. Los barcos franceses levaron anclas en Veracruz en los primeros meses de 1867.
Maximiliano los vio partir desde la capital con el conocimiento de que cada barco que se iba llevaba una fracción de la posibilidad de que el imperio sobreviviera. Cuando el último barco desapareció en el horizonte del Golfo, se retiró a Querétaro. El cerco de Querétaro comenzó en marzo de 1867. El general republicano Mariano Escobedo rodeó la ciudad con 40,000 hombres, mientras adentro Maximiliano tenía 9,000.
desmoralizados, mal armados y sin líneas de suministro que pudieran sostener una resistencia prolongada. Los 72 días que duró el sitio tuvieron la calidad de los finales que se alargan, porque los que los viven no pueden terminar de procesar que están terminados. Maximiliano compartió las privaciones de sus hombres con una autenticidad que sus contemporáneos dentro del cerco recordaron décadas después como la única cosa genuinamente admirable del periodo.
Durmió en el suelo cuando las camas no alcanzaban. Comió las mismas raciones cuando las provisiones se agotaron. visitó las posiciones bajo el fuego con la presencia del comandante, que no pide a sus hombres lo que no está dispuesto a hacer él mismo. Era demasiado tarde para que ese comportamiento cambiara algo, pero era también, en su tardanza la demostración de que el hombre que había firmado el decreto negro desde la seguridad del castillo de Chapultepec era también el hombre capaz de compartir el agotamiento
del cerco con los que lo habían seguido hasta el final. Las dos cosas eran verdad al mismo tiempo, como suelen serlo en las personas que son suficientemente complejas para que ninguna descripción simple las agote. La traición que abrió las puertas de Querétaro la ejecutó el coronel Miguel López, compadre personal de Maximiliano.
En la madrugada del 15 de mayo de 1867, López abrió la entrada del convento de la Cruz a las fuerzas republicanas de vanguardia antes del amanecer. La operación duró minutos. Para cuando el sol salió, la ciudad había caído. Maximiliano fue capturado en el cerro de las campanas, no con la espada en la mano, dirigiendo una última carga.
De pie, con su estado mayor confuso a su alrededor, entregando su espada al general Escobedo, con la calma de quien ha entendido que lo que sigue ya no está en sus manos. Lo que si vio fue el proceso que la ley de enero de 1862 determinaba para los que combatían bajo bandera extranjera contra la República. La presión que llegó de Europa sobre Juárez para que perdonara la vida a Maximiliano fue la presión más concentrada que ningún presidente mexicano había recibido antes ni recibiría después de parte de los gobiernos de las grandes potencias.
Víctor Hugo escribió desde París. Garibaldi escribió desde Italia. La Reina Victoria de Gran Bretaña expresó su consternación. El gobierno de Austria envió emisarios especiales. El gobierno de Estados Unidos sugirió que la ejecución podía tener consecuencias diplomáticas. Juárez respondió a cada uno con la misma cortesía y la misma firmeza, no porque fuera insensible a los argumentos que presentaban, sino porque entendía exactamente lo que estaba en juego y por qué la clemencia con Maximiliano no era una opción que la República podía
conceder sin conceder con ella algo que no era posible recuperar. Si Maximiliano vivía, vivía la posibilidad de que los conservadores encontraran en el futuro un nuevo pretexto para traer a un nuevo príncipe con el argumento de que el anterior había sido tratado con humanidad por la República. Si Maximiliano vivía, el decreto negro quedaba sin consecuencias, estableciendo el principio de que los que firmaban la legalización del asesinato masivo de combatientes republicanos podían hacerlo sin pagar el precio que la ley
establecía. Si Maximiliano vivía, la soberanía de México era una declaración que los tribunales internacionales podían modificar bajo suficiente presión. Si Maximiliano moría aplicando la ley mexicana, quedaba establecido para siempre que México era una nación soberana, cuya ley aplicaba igual al archiduque austríaco que al peón de Guerrero.
El 19 de junio de 1867, en el cerro de las campanas de Querétaro, a las 7 de la mañana, Maximiliano de Absburgo distribuyó sus últimas monedas de oro entre los soldados del pelotón. les pidió que apuntaran al pecho y pronunció las palabras que los testigos registraron con la atención que se presta a los momentos que se saben históricos, que moría por una causa justa, que perdonaba a todos y que esperaba que su sangre fuera para el bien de México.
Luego la descarga resonó en el cerro de las campanas. Maximiliano no murió de un disparo. El tiro de gracia lo ejecutó uno de los soldados del pelotón cuando quedó claro que la descarga inicial no había sido suficiente. Una bala final en el corazón cerró la historia del segundo imperio mexicano en la mañana del 19 de junio de 1867.
Juárez estaba en la ciudad de México cuando le llegó la noticia. estaba gobernando. No hubo ceremonia ni celebración ni discurso de triunfo. Hubo la administración de las consecuencias de la ley con la misma seriedad con que Juárez había administrado todo lo demás durante 9 años de guerra civil y de intervención extranjera.
El karma que la historia reservó para los que habían construido el imperio de Maximiliano tiene la precisión de los desenlaces que la historia produce sin que nadie los diseñadamente, pero que en retrospectiva parecen exactamente lo que merecían. Napoleón Io, el hombre que había diseñado la aventura mexicana y que había enviado a Maximiliano como la figura decorativa que le daba legitimidad internacional, recibió su karma 2 años y 4 meses después del cerro de las campanas.
En septiembre de 1870, el ejército prusiano de Bismarck rodeó a las fuerzas francesas en Sedán. La batalla fue breve y decisiva. El ejército que había estado en México con el pretexto de civilizar a los bárbaros fue destruido por un ejército que no había necesitado ningún pretexto para hacer lo que hacía. Napoleón Iero fue capturado en Sedán.
El hombre que había capturado Maximiliano en el tablero de ajedrez geopolítico fue capturado por Bismar con la misma lógica. El más poderoso mueve al menos poderoso y luego el más poderoso del momento mueve al que creía que era el más poderoso. El segundo imperio francés se disolvió ese día. Napoleón Iero fue llevado a Alemania como prisionero.
Fue liberado en 1871 y se exilió en Inglaterra, donde murió en 1873, de las complicaciones de una operación quirúrgica que sus médicos habían intentado hacer más veces de las que la medicina de la época permitía ser con razonable esperanza de éxito. Murió en el exilio. Su imperio no existía. El candidato que había enviado a México estaba muerto en el cerro de las campanas y la República de Juárez, que había intentado destruir, celebraba cada año el 5 de mayo, como el día en que sus soldados habían humillado al ejército
que Napoleón había enviado, convencido de que los mexicanos no eran capaces de resistirlo. El mariscal Francois Achil Basin, el hombre que había mentido a Maximiliano sobre la posición de Juárez para que firmara el decreto negro, que había abandonado al emperador cuando las órdenes de retirada llegaron de París y que se había marchado a Francia dejando a Maximiliano, Miramón y Mejía en Querétaro para enfrentar solos las consecuencias, recibió su karma de la misma guerra que mató a Napoleón Icero.
Durante el sitio de Metz, en la guerra francopruciana, Basain rindió la fortaleza con más de 150,000 soldados sin haber agotado las posibilidades de resistencia. Fue un acto que los historiadores militares han descrito con los adjetivos más duros disponibles en la historia militar: cobardía, incompetencia, traición.
En 1873, Basin fue juzgado ante un consejo de guerra francés. La acusación era exactamente la que sugería la descripción de sus actos, haber rendido la fortaleza sin necesidad con consecuencias que contribuyeron a la derrota francesa en la guerra. La sentencia fue muerte. La pena fue conmutada por prisión.
En 1874, con la ayuda de su esposa mexicana, la aristócrata que había conocido durante los años del imperio, Basain escapó del fuerte de San Marguerit, descolgándose por una cuerda hasta un bote que lo esperaba en el mar. vivió el resto de su vida en Madrid, en la pobreza que produce la huida permanente, muriendo en 1888 sin honor y sin el dinero que había acumulado durante los años de poder.
El hombre que había sido el amo de México murió en Madrid sin nada. Carlota de Bélgica, la esposa de Maximiliano, que había sido probablemente el cerebro más lúcido del par imperial y la que había visto con más claridad que nadie que el proyecto estaba condenado cuando todavía era posible hacer algo al respecto, pagó el precio más largo y más oscuro de todos.
En el verano de 1866, cuando la retirada francesa hizo inevitable el colapso del imperio, Carlota cruzó el Atlántico para confrontar a Napoleón Icer en París. Era una apuesta desesperada. Si podía convencer al emperador francés de mantener sus compromisos del tratado de Miramar, el imperio podría sobrevivir.
Si no podía, México estaba perdido. La audiencia con Napoleón fue el encuentro de dos personas que sabían exactamente lo que estaba en juego y que hablaban de otras cosas. Napoleón había tomado la decisión y no iba a cambiarla. Carlotta lo entendió en la audiencia y el entendimiento fue más de lo que su mente podía absorber sin consecuencias.
fue a Roma para ver al Papa Pío Novo. El Papa tampoco podía o quería ayudar. Y en algún punto de esos días en Roma, la mente de Carlota se quebró con la fractura silenciosa de las cosas que se rompen por dentro antes de que el exterior muestre la grieta. Comenzó a creer que la envenenaban. Se negaba a comer lo que le servían.
Bebía de las fuentes públicas. En la audiencia con el Papa entró llorando a los aposentos entró llorando a los aposentos privados, privados, insistiendo en que solo en el insistiendo en que solo en el Vaticano Vaticano estaba a salvo de los que la estaba a salvo de los que la querían querían matar.
Nunca regresó a México, matar. Nunca regresó a México, no porque no porque no quisiera, sino porque su no quisiera, sino porque su mente había mente había decidido que el momento decidido que el momento donde había donde había salido para buscar ayuda era salido para buscar ayuda era el momento el momento donde quedaría detenida para donde quedaría detenida para siempre.
La siempre. En la audiencia con el Papa llevaron de regreso a Europa. La encerraron en el castillo de Miramare, donde todo había comenzado. Luego en un castillo en Bélgica, su país de origen. Allí vivió durante 60 años más. Nunca supo oficialmente que Maximiliano había muerto fusilado. O si lo supo, lo supo en un rincón de su mente que ya no podía comunicarse con el resto.
Vivió en el año 1866, el año donde todavía era posible salvar el imperio durante seis décadas en las que el mundo cambió alrededor de ella sin que ella pudiera salir del momento donde se había detenido. Murió en 1927. Tenía 86 años. El cuerpo de Maximiliano fue transportado a Austria, ya en la cripta imperial de Viena, entre los Absburgos que habían gobernado Europa durante siglos, junto a reyes y emperadores y archiduques que murieron en sus camas y en sus tronos.
Él murió en un cerro de México con nueve balas en el cuerpo y Juárez, el hombre que lo había juzgado, murió el 18 de julio de 1872 en su silla de trabajo en el Palacio Nacional con los papeles del Estado sobre el escritorio, habiendo cumplido exactamente lo que había prometido cumplir.
Lo que el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas estableció para siempre, no fue la muerte de un hombre, aunque también fue eso. fue la demostración de que México era una nación soberana cuya ley aplicaba igual al archiduque que al peón, al representante de la familia imperial más antigua de Europa que al guerrillero sin apellido de la sierra de Oaxaca.
Esa demostración fue posible porque Juárez se mantuvo durante 9 años con el gobierno en una diligencia y con la ley como único instrumento, con la certeza específica de los que saben exactamente qué están defendiendo. No la certeza del fanático que no puede ver las complejidades, sino la certeza del abogado que ha leído la ley y que sabe que la ley dice lo que dice, independientemente de quién sean las personas a las que se aplica.
La ley decía que el que combatía bajo bandera extranjera contra la República pagaba el precio que la ley establecía. Maximiliano había combatido bajo bandera extranjera contra la República. Juárez firmó la sentencia. La ley es la ley para todos. Eso fue lo que el 19 de junio de 1867 dijo al mundo.
Y ese es el legado más permanente de Juárez, más permanente que los ferrocarriles que Díaz construyó y más permanente que las batallas que sus generales ganaron. La certeza demostrada en el momento más difícil posible de que en México la ley aplica igual a todos, aunque todos sea también el archiduque que se creía intocable. Si esta historia del príncipe que llegó creyendo que lo esperaban y del indio zapoteca que firmó su ejecución desde una diligencia en el desierto, ¿te mostró algo que los libros de texto cuentan en un párrafo y que necesita una
hora para ser contado completo? Ya sabes lo que tienes que hacer. Suscríbete al canal y activa la campana para no perderte el siguiente capítulo. Y antes de irte, quiero saber tu veredicto. Ve a los comentarios ahora mismo y escribe una sola palabra. Escribe justo si crees que la ejecución de Maximiliano fue la decisión correcta de un gobierno soberano aplicando su propia ley o escribe cruel si crees que Juárez debería haber concedido la clemencia que Europa pedía y que habría mostrado una magnanimidad diferente. Una sola palabra
y luego dime por qué. Quiero leerlos. Nos vemos en el próximo vídeo. Para entender completamente el arco de Maximiliano como personaje, hay que entender la contradicción que lo define desde el primer día en México hasta el último en el cerro de las campanas, que era un hombre genuinamente bueno en sus intenciones y genuinamente desastroso en sus decisiones, y que esa combinación es más trágica que cualquier villano que actúa desde la maldad, porque el villano al menos es coherente.
El Maximiliano, que llegó a Veracruz en mayo de 1864, había pasado los meses anteriores preparándose para gobernar México con una seriedad que los burócratas del imperio describían con la mezcla de admiración y exasperación que produce el jefe que se involucra en los detalles que los subalternos preferirían gestionar solos.
Había estudiado el español hasta alcanzar fluidez. Había estudiado la historia de México. Había encomendado a sus asesores informes sobre la agricultura, la minería, las costumbres locales, las estructuras sociales. Había mandado a diseñar uniformes para el ejército imperial que incorporaban elementos del vestuario indígena junto a los elementos militares europeos en el gesto simbólico del gobernante que quiere demostrar que reconoce la cultura del pueblo que va a gobernar.
Era el trabajo de un hombre que se tomaba en serio el cargo que iba a asumir. Era también, en cada uno de sus detalles, el trabajo de un hombre que seguía sin entender que el cargo que iba a asumir no le correspondía porque ningún pueblo lo había elegido para asumirlo. La ceremonia de coronación en la Ciudad de México fue espectacular.
Maximiliano tenía el instinto del gobernante que entiende que el ritual es comunicación, que la manera en que el poder se presenta al público es parte del poder mismo. El cortejo por las calles de la Ciudad de México, la misa en la catedral metropolitana, el besamanos en el Palacio Nacional, donde los representantes de la élite conservadora, del ejército imperial y del cuerpo diplomático extranjero desfilaron para expresar su respeto al nuevo emperador.
eran la imagen de un gobierno que existía completamente en el único plano donde los gobiernos de ese tipo pueden existir, el plano del símbolo. Afuera de ese plano, en los estados donde los guerrilleros republicanos operaban con la libertad que da el terreno conocido, en los pueblos donde los liberales que no habían aceptado el imperio esperaban con la paciencia de los que saben que el tiempo trabaja para ellos.
En la diligencia del norte, donde Juárez seguía firmando decretos que el imperio no reconocía, pero que el mundo constitucional sí reconocía, la realidad era completamente diferente de la imagen de la coronación. Maximiliano nunca pudo resolver esa contradicción entre la imagen que el imperio proyectaba y la realidad que el imperio enfrentaba.
La trató de distintas maneras. Intentó la conciliación con los liberales moderados. intentó las reformas que los conservadores que lo habían traído consideraban traición. Intentó el viaje a los estados para mostrarse ante las poblaciones que nunca lo habían visto y que en muchos casos no estaban seguras de que el personaje del que escuchaban hablar existiera como persona real.
En cada intento encontró la misma dificultad, que las reformas que podían ganarle apoyo entre los liberales alienaban a los conservadores que lo sostenían y que las concesiones a los conservadores que lo sostenían eran exactamente las cosas que hacían imposible ganar el apoyo liberal que el imperio necesitaba para hacer algo más que una imposición extranjera.
Era la trampa que los que lo habían traído habían diseñado sin saber que la estaban diseñando, que el imperio de Maximiliano era un proyecto que requería el apoyo de dos grupos cuyos intereses fundamentales eran irreconciliables y que cualquier medida que satisfiera a uno de los dos grupos lo acercaría necesariamente al otro.
El periodo de 1864 a 1866, cuando las tropas francesas sostenían el control del territorio y el imperio podía funcionar con la apariencia de estabilidad, ocultó esa trampa. Las tropas de Basin mantenían el orden en las ciudades principales. Los guerrilleros republicanos operaban en el campo, pero sin la capacidad de amenazar directamente las posiciones urbanas que el ejército imperial y francés controlaba.
y Maximiliano podía gobernar o al menos gestionar la apariencia de gobierno sin tener que resolver la contradicción fundamental, porque la resolución de las contradicciones fundamentales puede postergarse mientras las tropas mantienen el orden. Cuando Napoleón Icer ordenó la retirada en 1866, la trampa se cerró. Sin las tropas que mantenían el orden, el imperio tenía que subsistir con sus propios recursos y sus propios recursos eran exactamente los que la trampa había producido.
Demasiado pocos conservadores convencidos de que valía la pena morir por él. Demasiado pocos liberales dispuestos a defenderlo y demasiados republicanos decididos a derribarlo. Los generales conservadores que le prometieron a Maximiliano que el pueblo se levantaría en defensa del imperio una vez que los franceses ya no estuvieran para desviar el resentimiento antiperialista, estaban mintiendo.
No necesariamente de manera consciente. Estaban mintiendo con el tipo de mentira que producen los que necesitan creer en lo que dicen para tener razones para seguir. Miramon era probablemente sincero cuando prometía que las fuerzas conservadoras de los estados podrían sostener una resistencia efectiva. Era también, en esa sinceridad, profundamente equivocado sobre lo que esas fuerzas eran capaces de hacer sin el respaldo logístico y financiero que Francia había proporcionado.

Mejía era sincero cuando prometía que los indígenas otomí de Querétaro, con quienes tenía una relación de décadas y que lo veían como uno de los suyos, a pesar de su cargo imperial, podrían sostener el cerco. Era también profundamente equivocado sobre cuánto tiempo podía durar esa lealtad frente a 40,000 soldados republicanos y al agotamiento de los suministros.
Y Maximiliano, que necesitaba creer en esas promesas, porque la alternativa era aceptar que lo que había construido era una ficción que la retirada francesa había expuesto, eligió creerlas. Esa elección lo llevó a Querétaro y Querétaro lo llevó al cerro de las campanas. El cerco de Querétaro es el episodio de la historia de Maximiliano que más revela sobre el hombre real detrás de la figura imperial, porque el cerco quitó la figura y dejó solo al hombre.
El hombre que emergió en los 72 días del cerco no era el emperador del cortejo y del besamanos. Era alguien más difícil de describir, simplemente un hombre que había cometido errores graves, que había firmado decretos que habían matado a personas que no merecían morir, que había sido usado como instrumento de un proyecto que nunca fue suyo y que en el momento donde todo eso era ya irrevocable, eligió compartir las consecuencias con los que lo habían seguido hasta el final.
Durmió en el mismo suelo, comió las mismas raciones, visitó las posiciones bajo el fuego con una regularidad que sus oficiales describían como excesiva, porque el emperador en las posiciones de primera línea, creaba un problema logístico de protección que distraía recursos que los defensores no podían desperdiciar.
Maximiliano respondía que si sus hombres tenían que estar en las posiciones de primera línea, él también tenía que estar en las posiciones de primera línea. Era la lógica simple del comandante que sabe que la moral de las tropas depende de que el que manda esté dispuesto a pagar el mismo precio que los que obedecen.
Era también, en el contexto de todo lo que había ocurrido antes, la primera vez que Maximiliano pagaba un precio real por las decisiones que había tomado. El tratado de Miramar no le había costado nada en el momento de firmarlo. El decreto negro no le había costado nada mientras Basein se encargaba de aplicarlo, pero el cerco de Querétaro le costaba exactamente lo mismo que les costaba a los soldados más humildes que estaban adentro con él.
Esa igualdad en el sufrimiento era demasiado tardía para cambiar el resultado, pero era real. Y los que la vivieron con él la recordaron durante décadas como la única dimensión de Maximiliano que correspondía a lo que un emperador debería ser. La traición del coronel López el 15 de mayo terminó lo que el tiempo y el hambre y la enfermedad habrían terminado de todas formas en días.
Maximiliano fue capturado en el cerro de las campanas con la calma de quien ha procesado ya lo que viene y que ha decidido que la dignidad en la derrota es lo único que todavía puede controlar. El juicio que siguió en el teatro y Turbide fue el proceso que la ley establecía. No había ambigüedad sobre los hechos. Maximiliano había combatido bajo la bandera del imperio que las tropas francesas habían establecido en territorio mexicano.
Había firmado el decreto negro que había producido la ejecución de combatientes republicanos. había gobernado durante 3 años como cabeza de un gobierno que la República Constitucional de México nunca había reconocido como legítimo. La ley de enero de 1862 era clara sobre el destino de quien combatía bajo bandera extranjera contra la República.
Lo que el juicio tenía que determinar no era la culpabilidad, que era un hecho establecido por la evidencia disponible, sino la aplicación de la ley. Y la aplicación de la ley era la que el texto establecía. Los abogados defensores que Maximiliano designó intentaron varios argumentos, que la guerra había terminado y que la clemencia era la respuesta apropiada al fin de las hostilidades, que Maximiliano había actuado de buena fe creyendo que representaba los intereses de una parte del pueblo mexicano, que el decreto negro había sido firmado bajo
información falsa y que, por tanto, su responsabilidad personal era atenuada por el engaño del que había sido víctima. Los argumentos tenían sus méritos en abstracto. Eran también exactamente los argumentos que los que pedían clemencia desde Europa presentaban con más elaboración y con más recursos retóricos.
Juárez los escuchó, consideró cada uno y llegó a la misma conclusión que había alcanzado antes de que comenzaran los argumentos, que la ley era la ley y que la ley no hacía excepciones para los que actuaban de buena fe, ni para los que habían terminado una guerra, ni para los que habían sido engañados por sus consejeros.
La buena fe no era un atenuante para la ley que prohibía combatir bajo bandera extranjera contra la República, porque la ley no había establecido excepciones para la buena fe. El fin de las hostilidades no era un atenuante, porque la ley no había establecido excepciones para el final de las hostilidades.
Y el engaño de los consejeros no era un atenuante, porque la responsabilidad de verificar la información sobre la que se toman decisiones que afectan la vida de otras personas recae sobre el que toma esas decisiones, no sobre los que la proporcionan. Era la lógica del juez que ha leído la ley y que aplica lo que lee.
La presión internacional que Juárez recibió para que concediera la clemencia a Maximiliano merece un análisis más detallado del que los relatos populares sobre el periodo le dedican. Porque la manera en que Juárez gestionó esa presión es quizás el elemento más revelador de su carácter político y de por qué la República que construyó fue más sólida que cualquiera de las que vinieron antes.
Víctor Hugo era en 1867 el escritor más famoso de Europa. Había publicado Los Miserables 5 años antes. tenía la autoridad moral que le dan 70 años de vida pública, el exilio que había sufrido por sus convicciones y la capacidad de llegar a audiencias que ningún político podía alcanzar. Cuando escribió a Juárez pidiendo clemencia para Maximiliano, su carta circuló por toda Europa con el impacto de las palabras que vienen de alguien que la gente considera digno de ser escuchado.
Juárez la recibió, la leyó y respondió con la cortesía que el remitente merecía y con la firmeza que la situación requería. Su respuesta a los que pedían clemencia no era la respuesta del tirano que disfruta del poder de matar. Era la respuesta del jurista que ha entendido algo que Víctor Hugo desde París, con toda su genialidad literaria y su profundidad moral, no podía entender con la misma claridad que la clemencia con Maximiliano habría sido injusta con los que habían muerto por el decreto negro.
Los generales republicanos, Arteaga y Salazar, habían sido ejecutados sumariamente en Uruapan en octubre de 1865. No habían recibido ni 24 horas de plazo, ni la posibilidad de apelar, ni el tiro de gracia en el pecho para que sus familiares pudieran reconocer el cuerpo. Habían recibido la aplicación literal del decreto que Maximiliano había firmado.
Si Maximiliano recibía la clemencia que Europa pedía, la diferencia entre el tratamiento que recibió él y el tratamiento que había autorizado para sus adversarios quedaba establecida como una diferencia permanente. Los aristócratas europeos reciben juicios con abogados y con presión diplomática y con escritores famosos escribiéndoles cartas a los presidentes.
Los generales republicanos mexicanos reciben el decreto negro. Esa diferencia era exactamente la diferencia que la República de Juárez existía para eliminar. La ley es la ley para todos. Archiduques y peones, emperadores y guerrilleros. el que firma el decreto que mata sin juicio y el que muere por ese decreto. Víctor Hugo no podía entender eso desde París, porque en París la distinción entre el aristócrata que recibe el juicio largo y el campesino que recibe el decreto rápido era tan antigua y tan naturalizada que era invisible para los
que vivían dentro de ella. Juárez la entendía desde Guelatao, Oaxaca, donde había nacido sin apellido, ni dinero, ni acceso a ningún sistema que no lo tratara como el instrumento antes que como el sujeto de la ley. La clemencia que Europa pedía para Maximiliano era la misma clemencia que el sistema colonial había concedido siempre a los de su tipo y había negado siempre a los del tipo de Juárez.
y aplicarla en este caso habría significado que la República que había peleado 9 años para establecer el principio de la ley igual para todos terminaba reproduciendo exactamente el principio contrario en el momento donde más visiblemente podía haber demostrado el suyo. No, la ley era la ley para Maximiliano también. Eso fue lo que la ejecución del 19 de junio dijo al mundo.
No con un discurso que Juárez no pronunció ese día con el hecho de que ocurrió. La reacción de las Cortes europeas al fusilamiento de Maximiliano fue la reacción del sistema que acaba de descubrir que hay alguien que no juega según sus reglas. Hubo indignación, hubo discursos, hubo algunos gestos diplomáticos que tardaron meses en materializarse y que produjeron resultados mínimos porque Juárez gestionó el periodo posterior a la ejecución con la misma calma que había gestionado todo lo anterior.
México era una nación soberana. había aplicado su propia ley a alguien que había violado esa ley. Si Europa consideraba que esa aplicación era barbarismo, México podía considerar que el decreto negro que había producido las ejecuciones sumarias de los generales republicanos era también una forma de barbarismo, con la diferencia de que el barbarismo del decreto negro tenía el respaldo de los ejércitos más modernos de Europa y el barbarismo del 19 de junio de 1867 tenía el respaldo de la Constitución mexicana de 1857.
La conversación sobre quién era el bárbaro no tuvo ganador. Juárez no la buscó, siguió gobernando. El 15 de julio de 1867, menos de un mes después del fusilamiento, Juárez entró a la Ciudad de México con el tipo de bienvenida que produce la gente que ha esperado suficiente tiempo para que la llegada sea real antes que simbólica.
No hubo el cortejo imperial que Maximiliano había organizado para su entrada en 1864. No hubo el besamanos de la aristocracia conservadora, ni la misa en la catedral con todos los ministros y embajadores en primera fila. Hubo la gente en las calles, la misma gente que en 1863 había cerrado las puertas y las ventanas cuando los franceses entraron.
La misma gente que en 1864 había guardado silencio cuando Maximiliano pasó en el carruaje imperial. Esa gente salió a las calles el 15 de julio de 1867 con el ruido específico de los que han esperado suficiente tiempo para que lo que les prometieron fuera real. Juárez entró al Palacio Nacional, se sentó en el escritorio, comenzó a trabajar.
El destino final de Maximiliano tiene una ironía que la historia produce sin que nadie la diseñe deliberadamente y que es también la ironía más precisa posible para el hombre que fue exactamente lo que fue. Su cuerpo fue transportado de regreso a Austria con los honores que la casa de Absburgo reclamó para el miembro de la familia que había muerto en el servicio de la causa imperial, aunque esa causa fuera la causa que nadie bien había apoyado completamente y que Francisco José, el hermano que era el emperador real, había visto con la
distancia específica del que no quiere ser identificado con el proyecto si el proyecto falla. El cuerpo de Maximiliano fue depositado en la cripta imperial de Viena, entre los Absburgos que habían gobernado Europa durante siglos. Está ahí todavía rodeado de emperadores y reyes y archiduques que murieron en sus camas y en sus tronos.
Él murió en el cerro de las campanas de Querétaro con nueve balas en el cuerpo, ejecutado por la ley de la nación a la que había intentado gobernar sin haber sido elegido por ella. Es la contradicción más perfecta que la historia podría haber diseñado para el hombre que se creía intocable. Que su cuerpo descanse en el panteón de los intocables, pero que el modo en que murió fue exactamente el modo en que mueren los que la ley toca.
La ley lo tocó y la ley la aplicó el hombre al que nunca había podido imaginar en el papel de juez. Hay una última dimensión de la historia de Maximiliano que los relatos estándar del periodo raramente desarrollan, porque requiere un tipo de empatía que la distancia histórica hace posible y que la proximidad de los eventos hacía imposible para los que los vivieron.
La dimensión de Maximiliano como persona antes que como proyecto imperial. El hombre que murió en el cerro de las campanas a las 7 de la mañana del 19 de junio de 1867 tenía 34 años. Era el hijo de una familia que lo había amado, el hermano de un emperador que lo había querido, aunque no hubiera podido defenderlo.
El marido de una mujer que había cruzado el Atlántico llorando de frustración para intentar salvarle el proyecto que ambos habían construido juntos y que ya estaba encerrada en un castillo belga, sin saber que lo que intentaba salvar ya no existía. Era también, en el último momento que le quedaba, el hombre que repartía sus últimas monedas de oro entre los soldados del pelotón, con la calma del que ha entendido que lo que viene ya no puede ser cambiado y que lo único que puede controlar es la dignidad con que lo enfrenta.
ese hombre, el de las monedas de oro y del pedido de que apuntaran al pecho para que su madre pudiera reconocerlo. No era el monstruo que el proyecto que había encabezado podría haber descrito. Era un hombre de 34 años que había tomado las decisiones equivocadas por razones que incluían la arrogancia y la ingenuidad y la necesidad de creer en algo que era demasiado grande para ser completamente verdad y que en el momento final enfrentaba las consecuencias de esas decisiones con una dignidad que ninguna de las decisiones que había
tomado para llegar ahí merecía. Esa tensión entre la persona y el proyecto es la que hace que la historia de Maximiliano sea imposible de reducir a ningún resumen simple. No es ni el héroe europeo que murió por México, ni el villano imperialista que recibió lo que merecía. Es el hombre atrapado entre lo que creyó que era y lo que era realmente, entre el papel que le asignaron y el papel que podía realmente desempeñar, entre el proyecto que firmó en Miramar y la realidad que encontró en Veracruz.
Juárez lo sabía, no en el sentido de que sintiera compasión por Maximiliano, que habría sido una compasión que los muertos del decreto negro habrían convertido en hipocresía, sino en el sentido de que entendía perfectamente la diferencia entre el hombre y el proyecto, entre la persona y lo que la persona representaba, y que su decisión de aplicar la ley era la decisión sobre el proyecto más que sobre la persona.
El proyecto imperial que Maximiliano encabezaba tenía que morir de manera que no pudiera ser repetido, no el hombre, que ya era irrelevante en términos de amenaza real cuando fue capturado, sino el principio que el proyecto representaba, que las potencias europeas podían instalar gobiernos en México mediante la fuerza y que esos gobiernos podían operar con impunidad porque el hombre al frente tenía el apellido correcto y los amigos correctos en las capitales correctas.
Ese principio tenía que morir en el cerro de las campanas junto con Maximiliano y murió. Ninguna potencia europea intentó volver a instalar una monarquía en México después del 19 de junio de 1867. No porque no tuvieran la capacidad militar para intentarlo, sino porque el 19 de junio había establecido que el intento tenía un costo que los cálculos imperiales no incluían en sus modelos, que la República Mexicana aplicaría su propia ley a quien viniera a reemplazarla independientemente del apellido y de las cartas de Víctor Hugo.
Ese fue el legado del 19 de junio de 1867. No la muerte de un hombre. la muerte de un principio que había costado 50 años de guerras civiles y de intervención extranjera establecer como inaceptable. Y ese fue también el logro de Juárez, que ningún monumento puede capturar completamente, que el México que dejó cuando murió en su silla de trabajo el 18 de julio de 1872, era un México que ninguna potencia europea consideraba que podía ser gobernado por un príncipe importado, que la elección había sido suficientemente
clara y suficientemente costosa para los que la recibieron, como para que no necesitaran repetirla. La ley para todos, incluso para el que se creía intocable, especialmente para el que se creía intocable. El archiduque Fernando Maximiliano de Absburgo, primer y único emperador de México, murió el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas de Querétaro, aplicando la misma ley que había firmado para sus adversarios.
Y Benito Pablo Juárez García, presidente constitucional de la República Mexicana, regresó al Palacio Nacional el 15 de julio de 1867 y comenzó a trabajar. No hubo discurso de triunfo, solo el escritorio, los papeles y la misma ley que había gobernado todo lo anterior. La misma para todos. Siempre la misma para todos.
Existe una imagen que ningún pintor del siglo XIX capturó y que habría sido la imagen más poderosa del periodo. La imagen de los dos hombres en el mismo momento del 19 de junio de 1867 en lugares distintos del mismo país. En el cerro de las campanas de Querétaro, a las 7 de la mañana el archiduque Fernando Maximiliano de Absburgo distribuía las últimas monedas de oro de su bolsillo entre los soldados del pelotón de fusilamiento.
Las monedas eran de oro genuino. Las últimas que le quedaban del tesoro que había traído de Europa y que los 3 años del imperio habían ido reduciendo con la velocidad que produce un gobierno que gasta más de lo que recauda. Las repartía con la calma del hombre que ya no tiene nada más que dar, excepto esas monedas y la instrucción de que apuntaran al pecho.
en la ciudad de México, en el Palacio Nacional, que él había ocupado como Miravalle y que ahora esperaba el regreso del gobierno, que nunca había dejado de existir legalmente, aunque hubiera tenido que existir desde una diligencia. Benito Juárez recibía la confirmación de que lo que había firmado semanas antes había sido ejecutado.
El archiduque con las monedas de oro, el presidente constitucional con los papeles del Estado, los dos hombres que habían representado en esa época el choque de dos maneras completamente distintas de entender el poder, la legitimidad y el destino de México, llegando cada uno al final que la lógica de sus respectivas elecciones hacía inevitable.
Maximiliano había elegido creer en la versión de México que los conservadores la habían vendido porque necesitaba creer en algo más grande que su propio papel, como segundo hijo sin trono de la casa de Absburgo. Había elegido no leer los informes que contradecían esa versión, no investigar la autenticidad de las actas de adhesión, no preguntar por qué Napoleón Iero estaba dispuesto a hacer tan financiamiento de la aventura.
Había elegido cada momento donde la elección era entre saber y no saber, y en cada momento había elegido no saber, porque saber habría hecho imposible firmar el tratado de Miramar. Juárez había elegido saber, había elegido la ley, porque la ley era lo único que protegía a los que no tenían ni apellido, ni dinero, ni ejército, ni potencias europeas, escribiéndoles cartas de apoyo a los presidentes de las naciones amigas.
había elegido aplicar la ley con la consistencia que hace imposible que la ley sea una herramienta de los poderosos. Porque la ley que solo aplica a los que no tienen poder para resistirla no es una ley, sino un instrumento de opresión con el nombre de ley. Esas dos elecciones hechas por dos hombres en circunstancias completamente distintas y con recursos completamente distintos produjeron el 19 de junio de 1867.
El que había elegido no saber murió en el cerro de las campanas a los 34 años. El que había elegido saber murió 5 años después en su silla de trabajo a los 66, habiendo cumplido exactamente lo que había prometido cumplir. Eso es lo que dice la historia del archiduque, que se creía intocable cuando se la lee hasta el final, con honestidad y sin los atajos de la simplificación que produce el corrido o la agografía.
Dice que el poder que descansa en los títulos y en los apellidos y en el respaldo de las potencias extranjeras tiene un plazo que el poder que descansa en la legitimidad y en la consistencia y en la aplicación igual de la ley no tiene. Dice que el hombre que elige no saber termina enfrentando exactamente la realidad que eligió ignorar.
Y dice que el indio zapoteca de Gelatao, que llegó a Oaxaca a los 12 años sin hablar español y que estudió la ley, porque la ley era lo único que podía protegerlo de los que tenían todo lo demás, fue el hombre más poderoso de México en el único sentido que importa en el largo plazo. El hombre cuya decisión no podía ser ignorada porque descansaba en algo más sólido que cualquier ejército.
La ley, la misma para todos, especialmente para el archiduque que se creía intocable. La cripta imperial de Viena recibe cada año a miles de visitantes que caminan entre los sarcófagos de los Absburgo. Los sarcófagos son extraordinarios, elaborados, decorados con los símbolos del poder imperial, grabados con los títulos y los logros de los que descansan adentro.
El sarcófago de Maximiliano es diferente a los demás, no porque sea más pequeño o más modesto, sino porque es el único entre todos los Absburgo, que descansa en ese lugar, cuyo ocupante murió ejecutado por la ley de una república que nunca lo reconoció como gobernante legítimo. Los visitantes que saben la historia lo miran con el silencio que producen los finales, que son simultáneamente merecidos y trágicos.
Los que no saben la historia lo miran como uno más entre los muchos. En Querétaro, en el cerro de las campanas, hay un monumento en el lugar donde ocurrió la ejecución. El monumento no es elaborado. Marca el lugar con la sencillez de los monumentos que no necesitan escalar para comunicar lo que quieren comunicar. Y en la ciudad de México, en el Palacio de Bellasartes y en el Palacio Nacional y en los murales que Diego Rivera pintó en las paredes de los edificios del gobierno.
La imagen de Juárez aparece con la regularidad de la imagen que una nación elige para decirse a sí misma lo que quiere ser. El archiduque en el sarcófago de la cripta imperial de Viena, el indio zapoteca en los murales de las paredes del gobierno de México. La historia eligió al que eligió la ley, como elige siempre al que elige la ley, cuando la ley es la misma para todos.