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Matrimonio salió a tomar fotos — 8 años después fotógrafo revela última imagen

Se reían mientras él intentaba encontrar el mejor ángulo para fotografiarla frente a una puerta antigua de madera tallada. Roberto sonrió al verlos. Le recordaban a sí mismo 30 años atrás, cuando recién comenzaba en la fotografía y su esposa Marina era su musa paciente. Si te está gustando esta historia, no olvides suscribirte al canal y déjanos en los comentarios desde qué parte de México o del mundo nos estás viendo.

 Tu apoyo nos ayuda a seguir contando estas historias que no deben olvidarse. El hombre del matrimonio notó la cámara profesional de Roberto y se acercó con una sonrisa amable. Disculpe, señor”, dijo con un acento que delataba que no era de Guanajuato. “Podría tomarnos una foto juntos.

 Es que siempre uno de los dos queda fuera”. Roberto asintió de buena gana y tomó la cámara del joven. A través del visor vio a una pareja hermosa, el moreno de complexión atlética, con ojos oscuros que brillaban al mirar a su esposa, ella de piel clara, cabello castaño recogido en una trenza con ese tipo de belleza natural que no necesita maquillaje.

 ¿De dónde vienen? preguntó Roberto mientras ajustaba el enfoque. De Monterrey respondió la mujer con entusiasmo. Es nuestro aniversario, 3 años de casados. Siempre quisimos conocer San Miguel. El hombre la abrazó por la cintura. Nos casamos muy jóvenes, agregó él. Pero fue la mejor decisión de mi vida. Roberto captó ese momento exacto, la mirada cómplice entre ambos, la luz del atardecer iluminando sus rostros, el amor palpable en cada gesto.

 Les tomó varias fotografías cambiando de ángulos, sugiriendo poses naturales. Charlaron durante unos 15 minutos. El matrimonio se presentó. Daniela y Marcos Villarreal. Ella tenía 26 años y trabajaba como maestra de primaria. Él, 28, era ingeniero civil. Habían planeado ese viaje durante meses, ahorrando cada peso para poder quedarse una semana completa en San Miguel.

 Es como un sueño decía Daniela mientras miraba las calles coloniales. Todo es tan hermoso aquí. Roberto les recomendó lugares para visitar. El jardín botánico, El Charco del Ingenio, los miradores en el atardecer, las galerías de arte en la calle Zacateros. Les habló de restaurantes pequeños donde la comida era auténtica y los precios justos.

 Marcos tomaba notas en su celular agradecido por los consejos de un local. “Mañana queremos ir a las afueras”, comentó Marcos. Nos dijeron que hay unas minas abandonadas cerca de Atotonilco que tienen vistas increíbles para fotografiar. Un escalofrío recorrió la espalda de Roberto, aunque en ese momento no supo por qué. “Tengan cuidado”, les advirtió.

 “Algunas de esas zonas están muy solas. Mejor vayan temprano y regresen antes del anochecer”. Los jóvenes asintieron sin darle demasiada importancia. Se despidieron. con un apretón de manos cálido. “Gracias por todo, señor Roberto”, dijo Daniela. “Ojalá nos volvamos a encontrar.” Él los vio alejarse, tomados de la mano, deteniéndose cada pocos metros para fotografiar algo más.

 Una ventana con macetas, un gato durmiendo en un umbral, las sombras alargadas de la tarde. Esa fue la última vez que alguien los vio con vida. Dos días después, el dueño del hotel Boutique, donde se hospedaban, reportó su desaparición a la policía municipal. Daniela y Marcos habían salido el día anterior por la mañana, según el registro de entrada y salida del hotel, y nunca regresaron.

 Sus maletas seguían en la habitación, sus pasaportes, su dinero. Solo faltaban sus teléfonos celulares y la cámara de Marcos. La patrulla del hotel donde habían dejado estacionado su auto Nissan Versa gris seguía vacía. La noticia corrió rápido en una ciudad pequeña como San Miguel de Allende. Roberto leyó sobre la desaparición en el periódico local dos días después de haberlos conocido.

 Su corazón se detuvo al ver las fotos del matrimonio en la nota. Eran ellos, los jóvenes que había fotografiado. Inmediatamente se comunicó con la policía municipal y les contó sobre su encuentro. Les habló de la intención de Marcos y Daniela de ir hacia Atotonilco, a las zonas mineras. Las autoridades iniciaron una búsqueda exhaustiva.

Rastrearon las rutas hacia Atotonilco, un pueblo a 20 minutos de San Miguel, famoso por su santuario de Jesús Nazareno, pero también por las viejas minas de cantera y plata que rodeaban la zona. Helicópteros sobrevolaron el área durante días. Equipos de rescate peinaron los caminos de terracería, las cañadas, las entradas a túneles abandonados.

 No encontraron rastro alguno del matrimonio ni de su vehículo. Los padres de Daniela viajaron desde Monterrey al día siguiente de recibir la noticia. Sofía Ramírez, madre de Daniela, era una mujer menuda que parecía haberse encogido aún más bajo el peso de la angustia. Su esposo Germán, un hombre de aspecto severo que trabajaba como contador, intentaba mantener la compostura, pero sus manos temblaban cada vez que sostenía la fotografía de su hija.

 “Mi niña nunca haría algo irresponsable”, repetía Sofía entre soyosos. Si no ha regresado es porque algo malo le pasó, algo terrible. Los padres de Marcos llegaron un día después. Lucía Villarreal, una mujer elegante y de carácter fuerte, exigió respuestas que nadie podía darle. Su esposo Fernando, un empresario constructor en Monterrey, ofreció una recompensa de 500,000 pesos por información que llevara al paradero de su hijo y su nuera.

 Colgaron carteles por toda la ciudad, por Atotonilco, por los pueblos cercanos. Las redes sociales se llenaron de publicaciones compartiendo las fotografías del matrimonio desaparecido. Roberto no pudo quedarse al margen. Cada vez que cerraba los ojos veía la sonrisa de Daniela. Escuchaba la voz emocionada de Marcos hablando de su aniversario.

Se unió a las brigadas de búsqueda de voluntarios que recorrían la zona rural. Conocía bien los alrededores de San Miguel. Había fotografiado cada paisaje, cada rincón olvidado. Guió a los grupos por veredas que solo los lugareños conocían. Por barrancas escondidas tras campos de cultivo, por caminos que llevaban a ranchos abandonados.

 Durante semanas la búsqueda fue intensa. Busos revisaron represas y cuerpos de agua en la región. Expertos en rescate descendieron a pozos mineros. La policía federal se involucró. Entrevistaron a trabajadores de ranchos cercanos, a vendedores ambulantes que frecuentaban las carreteras, a conductores de transporte público. Nadie había visto nada.

 El Nissan versa gris parecía haberse evaporado junto con sus ocupantes. Un mes después de la desaparición, cuando las esperanzas comenzaban a desvanecerse, un campesino que pastoreaba cabras en una zona remota cerca de Atotonilco encontró algo, un pedazo de tela azul enganchado en un arbusto de mezquite a unos 200 m de un camino de terracería poco transitado.

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