Posted in

Niño desapareció en la Muralla China en 1991 —años después hallaron su pulsera grabada entre piedras

 Al principio no hubo pánico. Los niños a veces se rezagaban o se distraían. “Weneno!” gritó, su voz resonando entre las piedras antiguas. Varios turistas voltearon, pero no hubo respuesta. Zan Min y otros compañeros comenzaron a buscarlo en los alrededores inmediatos. revisaron detrás de la torre de vigilancia en los pequeños nichos donde algunos turistas se tomaban fotografías, incluso en los baños públicos cercanos. Nada.

 A medida que pasaban los minutos, la preocupación se transformó en alarma real. La maestra Lee envió a un estudiante mayor a informar a las autoridades del sitio mientras ella y el resto del grupo ampliaban la búsqueda. El día que había comenzado con la promesa de una experiencia educativa memorable se estaba convirtiendo en una pesadilla.

Los guardias del sitio arqueológico respondieron rápidamente. El supervisor, un hombre corpulento llamado Huang de Sheng, organizó una búsqueda sistemática. Utilizando altavoces, comenzaron a transmitir mensajes en Mandarín. Liang Wena, por favor, acércate al puesto de información principal. Tu maestra te está buscando.

Los de estos llamados se perdían entre las piedras milenarias, absorbidos por la inmensidad de la muralla que se extendía hacia ambos horizontes. Turistas de diferentes nacionalidades se sumaron espontáneamente a la búsqueda, preguntando en sus idiomas si alguien había visto a un niño chino de 8 años con uniforme escolar.

 Una hora después, la situación había escalado. Se contactó a la policía local y a los padres de Weno Chenjaming abandonó inmediatamente su turno en la fábrica mientras Liu Mailing tomó el primer autobús disponible hacia Badaling. El trayecto de una hora se sintió interminable, cada minuto alimentando una desesperación que crecía como una sombra en sus corazones.

Cuando los padres llegaron, encontraron un operativo en plena marcha. Policías, guardas del sitio, empleados del parque y decenas de turistas voluntarios peinaban cada rincón accesible del tramo de Badalín. Perros de búsqueda fueron traídos desde Beijín, sus ladridos añadiendo una urgencia animal a la desesperación humana.

 L Mailing, una mujer normalmente reservada y comedida, rompió en solozos al ver el uniforme escolar de su hijo colgando solo en el perchero del autobús, que los esperaba para el regreso. “Es imposible”, repetía una y otra vez. No puede haber desaparecido así como así. Es solo un niño. Chen Yaming mantuvo una compostura férrea, pero sus manos temblaban mientras mostraba fotografías recientes de Wenjao a cualquiera dispuesto a ayudar.

 La imagen más clara mostraba al niño sonriendo en el patio de su casa, la pulsera de plata claramente visible en su muñeca. Los testimonios de testigos comenzaron a llegar, pero eran contradictorios y confusos. Una turista japonesa aseguró haber visto a un niño con uniforme escolar caminando hacia la sección oeste de la muralla, hacia áreas menos restauradas y más peligrosas.

 Un vendedor de postales afirmó que vio a un niño hablando con un extranjero cerca de la torre norte, pero no podía recordar más detalles. El más inquietante de todos vino de un guía turístico local, Liu Bawo, quien trabajaba en Badalin desde hacía 15 años. Él juró haber visto a un niño que coincidía con la descripción de Wenhao caminando solo por un sendero que llevaba hacia las secciones no restauradas de la muralla, áreas donde el acceso público estaba restringido debido al peligro de derrumbes. Llevaba uniforme escolar y

tenía algo brillante en la muñeca. Recordaba Liu Baowo, su voz cargada de culpabilidad. Pensé en acercarme, pero en ese momento llegó un grupo de turistas extranjeros que necesitaba mi atención. Cuando volví a mirar, ya no estaba allí. Mientras caía la noche del 15 de mayo, la búsqueda se intensificó con reflectores y linternas.

 Las antiguas piedras de la muralla, que durante el día habían reflejado la luz dorada del sol, ahora proyectaban sombras largas y ominosas bajo la iluminación artificial. Cada torre, cada recodo, cada escalón desgastado fue examinado meticulosamente. La abuela de Wenjao, Jo Chingua, llegó cerca de la medianoche.

 A pesar de su edad avanzada y la dificultad para caminar, había insistido en venir. Con una linterna en la mano y, apoyándose en un bastón, recorrió personalmente los senderos donde su nieto podría haber caminado. Benjao es un niño obediente. Decía a cualquiera dispuesto a escuchar. Nunca se alejaría del grupo por capricho.

 Algo tuvo que llamar poderosamente su atención. Su voz, debilitada por la edad y la emoción se quebraba al mencionar la pulsera que ella misma había regalado. Esa pulsera era para protegerlo, para que nunca se perdiera. Pero la gran muralla china, con sus siglos de historia y sus miles de kilómetros serpenteando a través de terreno montañoso, parecía haber tragado completamente a Liang Wenjao.

 Cuando el amanecer del 16 de mayo tiñó de rosa las antiguas piedras, el niño de 8 años seguía desaparecido, dejando solo preguntas sin respuesta y una familia destrozada por la incertidumbre. La búsqueda oficial continuaría durante días, pero en el corazón de todos los involucrados ya se instalaba la terrible sospecha de que Lian Weno había desaparecido para siempre en la inmensidad de la construcción humana más grande del mundo.

 Los periódicos de Beijing del 17 de mayo de 1991 dedicaron sus primeras páginas al caso que ya comenzaba a capturar la atención nacional. Niño desaparece en la gran muralla durante excursión escolar. La fotografía de Weno, con su sonrisa tímida y sus ojos brillantes, se reproducía junto a imágenes aéreas de Badaling, donde pequeños puntos representaban a los equipos de búsqueda que continuaban peinando cada rincón accesible.

 Chenjaming no había dormido en 48 horas. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio y las lágrimas contenidas, escudriñaban obsesivamente cada rostro en las multitudes de turistas que llegaban diariamente a la muralla. Se había establecido una rutina desesperante. Cada mañana él y Liu Mailing llegaban a Badaling antes del amanecer cargando termos de té caliente y fotografías plastificadas de su hijo para abordar a cada visitante que pudiera haber estado allí el 15 de mayo.

¿Vio usted a este niño?, preguntaba Chen en su mandarín entrecortado por la emoción, mostrando la imagen más reciente de Wenjao. Los turistas extranjeros negaban con la cabeza, algunos ofreciendo palabras de consuelo en idiomas que él no comprendía, pero cuyo significado universal de compasión lo tranquilizaba momentáneamente.

L Mailing había adoptado una estrategia diferente. Cada día visitaba los templos y mercados de las aldeas cercanas a Badalín, llevando copias de la fotografía y preguntando a comerciantes campesinos y residentes locales si habían visto algo inusual. Su teoría alimentada por la desesperación maternal era que Wenhao había logrado salir del área turística y buscar ayuda en algún pueblo cercano.

Read More