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La TRAGEDIA por la que Está Pasando Jorge ”Maromero” Páez, a sus 59 Años..

Conocido por su carisma y sus espectaculares maromas en el ring, Jorge Maromero Páez se ganó el corazón de miles. Pero hoy, a sus 59 años, este icono del boxeo mexicano enfrenta una batalla que va más allá de cualquier pelea que haya librado. Prepárense para conocer la dura realidad y la tragedia personal que vive el maromero en la actualidad.

 Al principio, muchos lo ridiculizaban llamándolo el payaso del ring, hasta que comenzó a derribar a figuras imbatibles. Su apariencia no impresionaba. Su técnica no era pulida, pero hacía cosas que nadie más podía. Su nombre se escuchó por todo el mundo gracias a sus piruetas, sus bailes y sus precisos ganchos.

 Lo llamaban un showman que se volvió campeón, sin saber que mientras arrancaba risas y aplausos, su interior se iba apagando. Jorge Páez, con 56 triunfos, 39 por la vía del knockout, 14 derrotas y cinco títulos disputados, se consagró como campeón mundial. Venció a invictos, desafió pronósticos y lo hizo con una elegancia que descolocaba a quienes querían aplastarlo.

 Nadie más que él podía esquivar una decena de golpes consecutivos y hacer una voltereta en el centro del cuadrilátero. Pero hoy hablar con fluidez le cuesta. Se queda mudo por segundos en las entrevistas, luchando por armar una oración sencilla y a pesar de todo se niega a caer. La vida de Maromero es mucho más que un relato de box.

 Es una tragedia que se desarrolló frente a todos y que nadie supo anticipar. Esto no es una historia inspiradora, es un grito de alerta. Nacido el 27 de octubre de 1965 en Mexicali, Jorge no llegó al boxeo por gloria ni sueños, sino por necesidad. Su familia formaba parte de un circo y si no ganaba, no había comida. Si ganas hoy, cenamos carne, le decía su tío.

 Así comenzó, no por elección, sino porque no había alternativas. Aprendió a caer antes que a caminar, haciendo acrobacias entre lonas viejas mientras trataba de mantenerse con vida. del trapecio pasó al cuadrilátero. Tenía algo irrepetible, estilo. Nadie se movía como él. Nadie burlaba golpes como lo hacía.

 Y lo más impactante, nadie humillaba a sus rivales con una sonrisa mientras los derrib. El 4 de agosto de 1988, en su ciudad natal enfrentó al imbatido Calvin Grove, quien llegaba con un palmarés de 37 a0 para aplastar al mexicano que muchos veían como un chiste. Pero Grov terminó arrodillado, noqueado y humillado.

 Maromero lo derribó tres veces en el asalto final. Solo 7 meses más tarde, Grove pidió la revancha. La tuvo, pero Páez lo volvió a vencer. Esta vez bailando, girando, con los brazos atrás. lo noqueó en el round 11 y se volvió un símbolo nacional. Ya no era un bufón, era un prodigio. Su presencia era un show viviente.

 En Fénix empató con Luis Espinoza y luego lo derrotó. Aplastó a Steve Cruz y aniquiló a Alan Makituki. Sus combates eran exhibiciones de acrobacias, besos al público y fintas que nadie podía imitar. Verlo pelear era ver a un artista con guantes. No golpeaba constantemente, pero cuando lo hacía dejaba huella. Lo dijo HBO, no pega seguido, pero lo hace justo donde duele.

 En Las Vegas venció a Troy Dorssey, incansable en resistencia, y luego lo superó de nuevo. Unificó cinturones y acumuló 26 triunfos seguidos hasta que un día lo detuvieron. El 22 de septiembre de 1990 subió de categoría para enfrentar a Tony López. Ahí todo se rompió. Ya no hubo bailes ni acrobacias, solo castigo. Cayó por decisión unánime.

 Su racha se esfumó y también comenzó su desgaste. Volvió al ring. Ganó algunas veces, pero ya no era el mismo. Aún dejaba destellos, como cuando esquivó 10 golpes sin levantar los brazos. Pero el deterioro ya lo corroía por dentro silenciosamente. En 1994, fue destruido en dos asaltos por el potente Óscar de la Olla.

 Ahí empezó el descenso definitivo. Luego vinieron Genaro Hernández, José Vida Ramos y los golpes ya no se contaban en rounds, sino en secuelas. En los camerinos olvidaba las órdenes. Sus entrenadores lo veían cambiar de ánimo bruscamente. No sabía dónde habíamos dejado los guantes, contó un sparring.

 El daño cerebral era irreversible. En 2003, antes de una pelea, un chequeo médico detectó inflamación cerebral. cancelaron la pelea, fue internado. Le advirtieron que un golpe más podría dejarlo paralizado o algo peor, pero regresó. Siguió peleando. No quería soltar los guantes, aunque su alma ya no brillaba igual. Las entrevistas eran cada vez más breves, sus respuestas tituantes y el silencio empezaba a hablar por él.

 Si estás leyendo esto, solo te pido una cosa. Suscríbete, dale like y comenta qué parte te impactó más, porque lo que viene es todavía más crudo. Esta no es solo la historia de un pugilista que no supo detenerse, sino la de un padre, de una leyenda en ruinas y de una advertencia ignorada. Tras ese aviso médico en 2003, Jorge Maromero Páez lo tenía todo claro, excepto una verdad, aceptar que su tiempo había terminado.

No sabía cómo dejar el cuadrilátero. El boxeo era su esencia. Volvió no por fama ni dinero, sino porque no sabía vivir sin combate. Pero ya era tarde. Sus reflejos no eran los de antes. Su mirada había perdido fuego. Lo peor es que su hijo, Jorge Páez Junior, ya notaba las señales.

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 En casa, su padre repetía historias, olvidaba compromisos, se irritaba sin causa y se aislaba. Ya no era el mismo. Lo triste no fue verlo caer en el ring, sino verlo derrotado por la vida. Los medios, hambrientos de morvo, dejaron de cubrirlo cuando los knockouts ya no eran suyos. La afición que lo veneró durante años empezó a olvidarlo.

 El campeón que hacía volteretas ahora actuaba en funciones menores, en pueblos olvidados. Viajaba en camionetas viejas, dormía en hoteles baratos y combatía en rings improvisados. A veces el pago no cubría ni los gastos. Pese a todo, pedía que lo anunciaran con la misma energía de antes, aunque los aplausos ya no llegaran.

 Nunca perdió su temple, aunque estuviera hecho pedazos. Una noche, después de una pelea irrelevante en Sinaloa, un promotor lo vio hablándose al espejo del vestidor. No había drogas ni alcohol, solo un hombre encerrado en su pasado, simulando una entrevista inexistente. El golpe que lo destruyó no fue físico, fue el olvido. Mientras tanto, su hijo crecía.

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