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Dos turistas desaparecieron en Patagonia — 20 años después un dron captó algo.

Pero el 15 de noviembre de 2024, un dron empleado por un equipo de documentalistas para filmar la migración de guanacos captó algo anómalo en una zona hasta entonces inexplorada del Parque Nacional Los Glaciares. Lo que las cámaras registraron a 847 met de altitud en un lugar donde ningún ser humano había puesto un pie en décadas, cambiaría para siempre la comprensión de lo que en verdad les había ocurrido a Patricio y Daniela.

 Lo que aquel dron descubrió no solo revelaría el destino final de los dos jóvenes, sino que expondría una verdad tan perturbadora que obligaría a las autoridades a reabrir no solo este caso, sino otros tres de desaparecidos, sin resolver en la misma región. Antes de continuar con esta perturbadora historia, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo.

 Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo. Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Para entender la magnitud de esta historia, es fundamental conocer el escenario donde se desarrolló. La Patagonia Argentina es una región de una inmensidad casi incomprensible con más de 673 00 km de territorios que incluyen desde estepas desoladas hasta bosques andinos, glaciares milenarios y montañas que superan los 3,000 m de altura. El Parque

Nacional, los Glaciares, donde ocurrieron los hechos, abarca 726,927 haáreas de algunos de los paisajes más espectaculares y desafiantes del planeta. El Chaltén, conocido como la capital nacional del treking, es un pequeño pueblo de apenas 100 habitantes permanentes que se encuentra a los pies del emblemático cerro Fitzroy.

 Durante los meses del verano austral, de diciembre a marzo, esta población se multiplica por 10 con la llegada de montañistas, excursionistas y aventureros de todo el mundo que vienen a desafiar las rutas más extremas de la cordillera de los Andes. En enero de 2004, el Chaltén vivía una de sus temporadas más exitosas.

 Los albergues estaban completamente ocupados. Los guías de montaña tenían reservas hasta marzo y el clima había sido excepcionalmente favorable durante las primeras semanas del año. Las condiciones parecían perfectas para cualquier tipo de excursión. Patricio Salinas había llegado a Argentina con una preparación meticulosa que había durado 2 años.

 Como ingeniero civil especializado en estructuras, había estudiado topografía y cartografía de forma autodidacta. Había completado cursos de supervivencia en montaña y tenía experiencia previa en expediciones por la Sierra Madre Occidental en México. Su compañera de aventura, Daniela Córdoba, era una bióloga marina que había desarrollado una fascinación particular por los ecosistemas de alta montaña y los efectos del cambio climático en los glaciares patagónicos.

La pareja se había conocido tres años antes en un curso de buceo en Cozumel, pero su relación había evolucionado hacia una amistad profunda basada en su pasión compartida por la exploración y la naturaleza. Ambos eran solteros, sin compromisos familiares inmediatos, y habían decidido que 2004 sería el año de su gran aventura antes de que las responsabilidades profesionales los anclaran definitivamente.

 Patricio había documentado exhaustivamente su preparación para el viaje. Sus padres, Efraín Salinas y Blanca Aguirre, conservaban un cuaderno de 127 páginas donde había registrado cada detalle. mapas topográficos de la región, información sobre refugios y campamentos, contactos de guías locales, pronósticos climáticos históricos y hasta un cronograma día por día de lo que planeaban hacer durante sus tres semanas en la Patagonia.

 Daniela, por su parte, había enfocado su preparación desde una perspectiva científica. Sus padres, Octavio Córdoba y Patricia Rangel, recordaban cómo había convertido su habitación en un laboratorio improvisado donde estudiaba muestras de rocas patagónicas, analizaba fotografías satelitales de glaciares y practicaba técnicas de navegación con GPS que en 2004 aún eran relativamente nuevas para el público general.

 La decisión de viajar juntos había sido natural. Ambos tenían ahorros suficientes para financiar la expedición. Habían negociado vacaciones extendidas en sus trabajos y compartían una filosofía de vida que valoraba las experiencias auténticas por encima de las comodidades. Sus familias, aunque preocupadas por los riesgos inherentes a una aventura en territorio tan remoto, habían terminado por apoyar sus planes al ver la seriedad con que habían preparado cada aspecto del viaje.

 El vuelo de Patricio y Daniela había aterrizado en el aeropuerto internacional de Esisa. El 3 de enero de 2004, pasaron dos días en Buenos Aires comprando equipamiento de último momento y aclimatándose al uso horario antes de tomar un vuelo doméstico a El Calafate el 5 de enero. Desde allí, un autobús de 3 horas los llevó hasta el Chaltén, donde llegaron en la tarde del 6 de enero.

 Su primera noche la pasaron en el albergue Patagonia, un pequeño establecimiento familiar administrado por Hortensia Tapia y su esposo macedonio. La señora Tapia recordaría después con claridad absoluta la llegada de los dos mexicanos. Llegaron muy cansados, pero emocionados. El chico, Patricio, hablaba muy bien español, pero con ese acento mexicano tan característico.

 La chica Daniela, era más callada, pero se notaba que sabía mucho de montañas. Cenaron empanadas y se acostaron temprano porque querían madrugar. El 7 de enero se levantaron a las 5:30 de la mañana. Macedonio Tapia los vio desayunar. Comieron bien, llevaron agua caliente en termos, revisaron su equipo dos veces. El muchacho me preguntó sobre las condiciones del sendero hacia el cerro Torre y yo le dije que estaba en buen estado, pero que tuviera cuidado con las piedras sueltas después del kilómetro 8.

A las 7:15 horas fueron vistos por última vez por Roberto Fuentes, un guía de montaña local que estaba preparando su propio equipo para una excursión. Los saludé cuando pasaron por delante de la oficina de información del parque. Llevaban mochilas grandes, bastones de treking y el chico tenía un GPS colgado del cuello.

 Se veían bien preparados, nada fuera de lo normal. El sendero que eligieron ese día era la ruta clásica hacia el mirador del Cerro Torre, una caminata de dificultad intermedia que normalmente toma entre 6 y 8 horas, ida y vuelta. Es una de las rutas más populares del parque, claramente marcada y transitada por decenas de excursionistas durante la temporada alta.

 A las 13:45 horas, la pareja fue fotografiada accidentalmente por un grupo de turistas alemanes en el punto conocido como Mirador del Torre. En la imagen que sería analizada miles de veces durante los años siguientes, se puede ver a Patricio y Daniela de espaldas contemplando el glaciar. Ambos aparecen relajados, sin signos de alarma o dificultad.

 Franz Beer, el turista alemán que tomó la fotografía, declaró, “No hablé con ellos, pero los recuerdo porque estaban un poco apartados del grupo principal de turistas. parecían muy concentrados en algo. El hombre estaba consultando un mapa y la mujer tomaba notas en una libreta pequeña. Esta fotografía se convirtió en la última evidencia visual de Patricio y Daniela con vida.

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