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Madre e hijo desaparecieron — 14 años después apareció un bebé con ADN imposible

 “Madre e hijo desaparecen en Guadalajara”, titulaban los diarios. Las especulaciones eran interminables. Secuestro exprés, trata de personas, accidente no reportado, huida voluntaria. Cada teoría era más dolorosa que la anterior para doña Carmela, quien rechazaba categóricamente la idea de que su hija hubiera huído. Mi Sofía amaba a su hijo más que a su propia vida. repetía constantemente.

Ella estaba ahorrando para comprarle una bicicleta nueva a Mateo para su cumpleaños. Tenía planes, tenía sueños. El agente Domínguez revisó exhaustivamente el entorno social de Sofía. No había enemigos conocidos, no tenía deudas significativas, no estaba involucrada en actividades ilícitas, trabajaba, cuidaba a su hijo, visitaba a su madre los domingos.

 Su vida era ordinaria, transparente, sin secretos aparentes. El padre de Mateo, un hombre llamado Javier Torres, había abandonado a Sofía cuando estaba embarazada y nunca había vuelto a aparecer. Las autoridades intentaron localizarlo como parte de la investigación, pero no había registros actualizados de su paradero.

 Durante el primer mes de búsqueda apareció un testigo clave. Una mujer llamada Patricia Solís, que vivía en la calle Juan Manuel, declaró que la noche de la desaparición escuchó gritos de una mujer alrededor de las 9:50 pm. Pensé que era una discusión de pareja, explicó Patricia. con evidente culpa en su voz.

 Con la lluvia tan fuerte no le presté mucha atención. Ahora me arrepiento cada día de no haber salido a ver qué pasaba. Patricia describió haber escuchado el sonido de una camioneta arrancando con velocidad poco después de los gritos. Este testimonio cambió la dirección de la investigación. La policía comenzó a buscar cámaras de seguridad en la zona, pero la mayoría de los comercios de esa calle eran pequeños negocios familiares sin sistemas de vigilancia.

Solo una gasolinera cercana tenía cámaras funcionales. Las grabaciones mostraban una camioneta blanca sin placas visibles, circulando por la zona entre las 9:45 y 1000 pm. La calidad de la imagen era deficiente, imposible identificar marca, modelo o conductor. Tres meses después de la desaparición, el caso comenzó a enfriarse. Las pistas se agotaban.

 Los testigos no aportaban nada nuevo. Las búsquedas en terrenos valdíos y cuerpos de agua resultaban infructuosas. El agente Domínguez, sincero desalentado, le dijo a doña Carmela, “Señora, no vamos a cerrar el caso, pero sin nuevas pistas es muy difícil avanzar. Le prometo que cualquier información que llegue será investigada inmediatamente.

” Doña Carmela no se rindió. Contrató a un investigador privado con los ahorros que tenía guardados para su funeral. El investigador, un expolicial llamado Rodrigo Fuentes, aceptó el caso con la advertencia de que las probabilidades de encontrar respuestas después de tanto tiempo eran mínimas. Rodrigo revisó cada detalle, entrevistó nuevamente a todos los testigos, recorrió las calles siguiendo la última ruta conocida de Sofía y Mateo.

 Llegó a las mismas conclusiones que la policía. habían desaparecido sin dejar rastro, como si la tierra se los hubiera tragado. Los años pasaron con una lentitud tortuosa para doña Carmela. Cada cumpleaños de Mateo que pasaba era un puñal en el corazón. Cada Navidad sin ellos era insoportable. La casa se llenó de fotografías de Sofía y Mateo como un santuario de la memoria.

 Doña Carmela rezaba todas las noches, encendía veladoras, visitaba iglesias, pedía a cada santo que conocía que le devolviera a su familia o al menos le diera una respuesta. En 2015, 4 años después de la desaparición, apareció un cuerpo de mujer en un terreno valdío de Tonalá, municipio cercano a Guadalajara. Doña Carmela fue llamada a identificarlo.

 Con el corazón en la garganta y las manos heladas, observó el cuerpo. No era Sofía. El alivio y la decepción la golpearon simultáneamente. Alivio porque su hija podría seguir viva, decepción porque no había respuestas. Ese patrón se repitió otras tres veces en los años siguientes. Cada vez que aparecía un cuerpo no identificado de mujer o niño en Jalisco, doña Carmela era contactada.

 Ninguno era su familia. Mónica seguía visitando a doña Carmela religiosamente. Traía comida, limpiaba la casa, la acompañaba a las marchas de familiares de desaparecidos que se organizaban en Guadalajara. Mónica también mantenía viva la memoria de Sofía y Mateo en las redes sociales, publicando actualizaciones, compartiendo fotografías, rogando por información.

Alguien tiene que saber algo. Escribía en cada publicación. Por favor, si tienen cualquier información, comuníquense con nosotros. Las familias merecemos saber qué pasó con nuestros seres queridos. En 2018, 7 años después de la desaparición, la salud de doña Carmela comenzó a deteriorarse. El estrés constante, el dolor crónico, la falta de respuestas.

 Todo había cobrado factura en su cuerpo. Desarrolló hipertensión y diabetes. Los médicos le advirtieron que necesitaba reducir el estrés, pero ¿cómo podía hacerlo cuando su hija y su nieto seguían desaparecidos? No puedo descansar hasta saber qué les pasó, le decía a Mónica. No puedo cerrar los ojos en paz sin respuestas.

 El caso Mendoza, como era conocido en los archivos policiales, se convirtió en uno más entre los miles de desapariciones sin resolver en México. Las estadísticas eran aterradoras. Decenas de miles de personas desaparecidas en todo el país. Miles de cuerpos sin identificar en fosas comunes. Familias destrozadas esperando respuestas que quizás nunca llegarían.

 Doña Carmela asistía a reuniones de colectivos de familiares de desaparecidos, donde conoció a otras madres, padres, hermanos, todos con historias similares de pérdida y desesperación. Para 2020, 9 años después, doña Carmela había envejecido décadas. Su cabello estaba completamente blanco, su rostro marcado por surcos profundos de sufrimiento, pero su determinación no flaqueaba.

 Seguía pegando carteles, seguía preguntando, seguía buscando. Rodrigo Fuentes, el investigador privado, la visitaba ocasionalmente sin cobrarle, movido por la admiración y la compasión hacia esa mujer inquebrantable. En octubre de 2021, exactamente 10 años después de la desaparición, se organizó una vigilia en memoria de Sofía y Mateo.

Decenas de personas se reunieron en la plaza principal de Santa Tere, encendieron velas, colocaron flores, rezaron. Doña Carmela, con voz temblorosa pero firme dio un discurso. Hace 10 años mi vida se detuvo. Hace 10 años perdí a mi hija y a mi nieto en una noche de lluvia. No sé si están vivos, no sé si están sufriendo, no sé si están en paz, pero necesito saberlo.

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