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Joven desapareció con el primo — 9 años después regresaron criando a una niña “sin origen”

Roberto trataba de consolarla, pero él también estaba roto por dentro. Había perdido peso y sus manos temblaban cuando sostenía las fotos de Valeria. Un mes después, un testigo apareció. Era un hombre mayor que vivía en una pequeña comunidad. llamada El Salero, cerca de Villa de Reyes, le dijo a la policía que el 14 de marzo por la mañana había visto a un hombre y una mujer jóvenes caminando por el camino de terracería.

Llevaban mochilas y parecían apurados. El hombre les había ofrecido aventón, pero ellos habían rechazado su ayuda diciendo que esperaban a alguien. Ese testimonio abrió nuevas preguntas. ¿A quién esperaban Valeria y Rodrigo? ¿Por qué habían dejado el carro de Rodrigo abandonado? Alguien los había recogido. La investigación avanzaba lentamente y la frustración de las familias crecía a día.

Mientras tanto, en el barrio de Tequisquiapán, los rumores comenzaron a circular. Algunos vecinos decían que Valeria y Rodrigo habían huído juntos porque estaban enamorados. una relación prohibida entre primos. Otros especulaban que estaban metidos en algo peligroso, quizás drogas o deudas con gente equivocada. María Elena se enfurecía cada vez que escuchaba esos chismes, pero no podía evitar preguntarse si había algo de verdad en ellos.

Guadalupe, por su parte, defendía a su hijo con uñas y dientes. Insistía en que Rodrigo era un buen muchacho, que nunca se habría metido en problemas. Pero incluso ella tenía dudas por qué su hijo no le había dicho nada, por qué había dejado su trabajo, su casa, su vida entera sin una explicación. Los meses pasaron, la investigación se enfrió.

Los agentes del Ministerio Público tenían otros casos que atender y la desaparición de Valeria y Rodrigo quedó archivada en un cajón junto con cientos de expedientes similares. María Elena y Roberto no se rindieron. contrataron a un detective privado, un expolicía llamado Héctor Salinas, que había trabajado en la policía federal durante 20 años antes de retirarse.

Héctor era un hombre de pocas palabras, pero con una mirada penetrante. Revisó toda la información que las familias habían recopilado, los testimonios, las fotos, los recibos, los videos de cámaras de seguridad de algunas gasolineras. Notó algo que la policía había pasado por alto.

En el recibo de gasolina del 14 de marzo, además del combustible, Rodrigo había comprado agua embotellada, galletas y dos tortas. Suficiente comida para un viaje corto, no para una huida larga. Héctor también encontró algo más. En las redes sociales de Valeria había una conversación con una amiga de la universidad, una muchacha llamada Daniela.

En esa conversación fechada dos días antes de la desaparición, Valeria le había dicho a Daniela que tenía que hacer algo importante, algo que cambiaría su vida. Daniela le había preguntado qué era, pero Valeria solo había respondido con un emoji de corazón y la frase, “Te lo cuento cuando vuelva.” Héctor localizó a Daniela y la entrevistó.

La joven estaba nerviosa, como si ocultara algo. Finalmente, después de mucha insistencia, Daniela confesó que Valeria le había confiado un secreto semanas antes de desaparecer. Estaba embarazada. El padre era Rodrigo. Ambos habían decidido huir para empezar una nueva vida lejos de San Luis Potosí, donde nadie los juzgara por ser primos.

Esa revelación cayó como una bomba en las familias. María Elena se derrumbó cuando Héctor le contó lo que había descubierto. Roberto, por su parte, sintió una mezcla de rabia y tristeza. ¿Cómo era posible que su hija no les hubiera confiado algo tan importante? y por qué Rodrigo, a quien habían considerado casi como un hijo, había actuado a sus espaldas.

Guadalupe también quedó destrozada. Su hijo había cometido un error grave, pero ella entendía que el amor no entiende de reglas ni de sangre. Lo que no podía entender era por qué no habían acudido a ella, por qué habían preferido desaparecer antes que enfrentar la situación. Con esta nueva información, Héctor redobló sus esfuerzos.

Si Valeria estaba embarazada, necesitaría atención médica. Empezó a revisar los registros de clínicas y hospitales en pueblos cercanos a Villa de Reyes, Matehuala, Cedral, Charcas, cualquier lugar donde dos jóvenes pudieran haberse refugiado sin levantar sospechas. Pasaron semanas sin resultados.

Héctor estaba a punto de darse por vencido cuando recibió una llamada anónima. Una voz de mujer ronca y cansada le dijo que había visto a una pareja joven con un bebé en Real de 14, un pueblo minero en las montañas al norte de San Luis Potosí. La mujer no quiso dar su nombre, pero le dio una dirección, una casa pequeña en la calle Lanzagorta, cerca de la iglesia principal.

Héctor viajó a Real de Xor al día siguiente. El pueblo era pintoresco, pero pobre, con calles empedradas y casas de adobe que parecían congeladas en el tiempo. La casa que le habían indicado estaba en mal estado, con la pintura descascarada y una puerta de madera carcomida por la humedad. Héctor tocó, pero nadie respondió.

preguntó a los vecinos, pero todos dijeron no saber nada de una pareja joven con un bebé. Frustrado, Héctor regresó a San Luis Potosí, pero no podía sacarse de la cabeza esa llamada anónima. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué había llamado? Estaba diciendo la verdad. Los años pasaron. María Elena y Roberto envejecieron prematuramente.

El dolor de no saber qué había pasado con su hija era peor que la muerte misma. Guadalupe se enfermó de diabetes y de depresión. Dejó de salir de su casa y solo vivía para esperar el regreso de su hijo. En 2020, la pandemia de COVID-19 llegó a México. San Luis Potosí fue una de las ciudades más afectadas. Los hospitales estaban saturados.

y la gente moría sin poder despedirse de sus seres queridos. En medio de ese caos, María Elena cayó enferma. Fue hospitalizada durante tres semanas y en ese tiempo Roberto no se separó de su lado. Mientras estaba en coma inducido, María Elena soñó con Valeria. En el sueño, su hija le decía que estaba bien, que pronto volverían a verse.

María Elena sobrevivió. Cuando despertó, le contó a Roberto sobre el sueño. Él no creía en esas cosas, pero no quiso quitarle la esperanza. Le dijo que tal vez era una señal que debían seguir buscando. En 2023, 7 años después de la desaparición, Héctor Salinas recibió otra llamada. Esta vez era un hombre con acento del norte.

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