La historia de Mackenzie Shirilla vuelve a generar conmoción. No solo por el caso que la llevó a prisión, sino por una nueva mirada que llega desde alguien que la conoció de cerca, en un lugar donde las apariencias muchas veces se rompen: la cárcel.
Shyann Topping, quien coincidió con Shirilla en el Reformatorio de Mujeres de Ohio en 2023, decidió contar públicamente cómo fue su relación con ella. Lo hizo después de descubrir detalles del caso que, según admite, cambiaron por completo la imagen que tenía de Mackenzie. Lo que comenzó como un vínculo inesperado entre dos mujeres encarceladas terminó convirtiéndose en una experiencia marcada por la confusión, la culpa, las dudas y una pregunta difícil de borrar: ¿quién era realmente Mackenzie Shirilla?
Topping ha relatado que conoció a Shirilla cuando ambas estaban privadas de libertad. Mackenzie acababa de ingresar tras ser condenada por asesinato por un accidente automovilístico a alta velocidad en el que murieron su novio, Dominic, y un amigo, Davion. Para muchas personas, el caso ya era impactante por sí solo. Pero para Topping, al principio, Mackenzie no parecía la persona fría o peligrosa que otros describían.

Según contó, en una de sus primeras conversaciones, Shirilla se rio al mencionar que algunas internas la llamaban “Shirilla the Killa”, un apodo que podría traducirse como “Shirilla la asesina”. El comentario, visto desde fuera, resulta estremecedor. Sin embargo, Topping asegura que en aquel momento no le dio demasiada importancia. Estaban en prisión, en un ambiente donde los apodos duros, las bromas incómodas y las formas extrañas de sobrevivir emocionalmente son parte de la vida diaria.
Pero con el tiempo, ese recuerdo empezó a pesar de otra manera.
En aquel entonces, Shyann Topping no conocía todos los detalles del caso. Lo que sabía era lo que Mackenzie le contaba. Y, según su versión, Shirilla hablaba de Dominic y Davion con cariño, incluso con respeto. No parecía minimizar lo ocurrido. No parecía burlarse directamente del dolor de las víctimas. Al menos, no frente a ella.
Ese fue uno de los motivos por los que Topping comenzó a verla con empatía. Entre ambas nació una relación sentimental breve, intensa y marcada por el contexto carcelario. No era una historia común, pero dentro de prisión los lazos pueden formarse de manera rápida. La soledad, el encierro y la necesidad de sentirse comprendida crean vínculos que, muchas veces, afuera resultarían difíciles de entender.
Para Topping, Mackenzie podía mostrarse dulce, cercana y vulnerable. Esa fue la versión que conoció. Una joven que parecía cargar con una tragedia, que hablaba de las personas fallecidas con aparente afecto y que despertaba en ella una mezcla de compasión y atracción. Por eso, cuando escuchó los detalles que Mackenzie le ofrecía sobre el caso, terminó convirtiéndose en una defensora de Shirilla.
Creía en ella. O al menos quería creer.
Pero todo cambió cuando Topping salió de prisión.
Fuera de los muros del reformatorio, tuvo acceso a más información. Vio pruebas, escuchó otros relatos, conoció partes del caso que, según ella, no encajaban con la imagen que Mackenzie le había presentado. Ahí comenzó el quiebre. La mujer que había conocido en prisión empezó a parecerle distinta. No necesariamente porque hubiera descubierto una sola cosa, sino porque el conjunto de pruebas la llevó a una conclusión dolorosa: quizá Shirilla no era quien aparentaba ser.
“Cuando vi todas las pruebas, pensé: ‘guau’”, contó Topping. Esa reacción resume el golpe emocional de alguien que siente que fue convencida por una versión incompleta de la historia. No se trataba solo de revisar un caso judicial. Se trataba también de revisar una relación personal, una intimidad compartida, una confianza que tal vez había sido construida sobre una imagen cuidadosamente mostrada.
Ese tipo de descubrimiento puede ser devastador. Porque no solo obliga a preguntarse qué pasó realmente, sino también qué papel tuvo uno mismo dentro de esa historia. Topping pasó de defender a Mackenzie a cuestionarse si había sido manipulada, si había visto únicamente la parte que Shirilla quería mostrarle o si, simplemente, había querido creer en una versión menos dolorosa de la realidad.
Sus palabras son duras. Según contó, llegó a pensar que Mackenzie podía ser “la chica más dulce del mundo” si alguien le agradaba, pero “el Diablo” si no le gustaba. Esa frase ha llamado mucho la atención porque dibuja una personalidad de contrastes extremos: encantadora por un lado, peligrosa por otro. No es una conclusión judicial, sino la percepción de alguien que tuvo una relación cercana con ella y que luego se sintió impactada al conocer más del caso.
La historia tiene todos los elementos para generar debate: una condena por asesinato, una relación nacida en prisión, un apodo escalofriante, una exnovia que primero defendió a Mackenzie y después cambió de opinión, y un documental de Netflix, “The Crash”, que vuelve a colocar el caso bajo la mirada pública.
Pero detrás del ruido mediático hay algo más profundo: el choque entre la imagen que alguien puede proyectar y la realidad que otros descubren después.
En prisión, Topping conoció a una Mackenzie distinta de la que muchos imaginaban al leer los titulares. Tal vez vio a una joven frágil, atrapada en una tragedia que parecía demasiado grande para su edad. Tal vez vio una versión arrepentida, confundida o necesitada de afecto. Y quizá esa imagen fue suficiente para que bajara la guardia.
Sin embargo, al salir, el contexto cambió. Ya no dependía únicamente del relato de Shirilla. Podía contrastar información. Podía ver lo que se había presentado sobre el caso. Podía escuchar otras voces. Y cuando una historia íntima se enfrenta a la evidencia pública, a veces la imagen se rompe.
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Ese es uno de los puntos más inquietantes de este caso. No se trata solo de si Topping creyó o dejó de creer. Se trata de cómo una persona condenada por un hecho tan grave podía generar, al mismo tiempo, rechazo en unos y compasión en otros. Esa dualidad es lo que hace que muchos casos criminales se vuelvan tan difíciles de procesar socialmente.
Porque la gente espera que alguien condenado por un crimen grave se comporte siempre de manera evidentemente cruel. Pero la realidad puede ser más incómoda. Una persona puede mostrarse amable, vulnerable o encantadora y aun así haber sido condenada por actos terribles. Esa contradicción confunde. Y, precisamente por eso, el testimonio de Topping resulta tan impactante.
La frase sobre el apodo “Shirilla the Killa” ha provocado especial indignación. Para las familias de las víctimas, escuchar que alguien se reía de un apodo así puede sentirse como una herida nueva. Aunque Topping no afirma que Mackenzie se burlara directamente de las muertes, el simple hecho de reírse de un sobrenombre ligado a una tragedia mortal resulta difícil de aceptar para muchas personas.
Hay quienes podrían argumentar que en prisión las personas usan el humor negro como mecanismo de defensa. Otros, en cambio, verán ese gesto como una muestra de frialdad. Lo cierto es que el comentario, contado ahora públicamente, añade una capa más de tensión a una historia que ya estaba cargada de dolor.
También hay que recordar que Topping no era una observadora neutral. Fue pareja de Mackenzie. La conoció en un momento específico, bajo circunstancias extremas, y luego interpretó esa experiencia a la luz de lo que descubrió después. Su testimonio no reemplaza las pruebas judiciales ni habla por las víctimas, pero sí ofrece una mirada íntima sobre cómo Mackenzie podía relacionarse con quienes estaban cerca de ella.
Y esa mirada incomoda.
Topping ha dicho que decidió compartir su historia en TikTok antes del estreno del documental de Netflix. Esa decisión también abre otro debate: el papel de las redes sociales en los casos criminales. Hoy, las historias no solo se cuentan en tribunales o medios tradicionales. También se reconstruyen en videos breves, comentarios, hilos virales y testimonios personales. Cada nueva voz puede cambiar la percepción pública, para bien o para mal.

En el caso de Shyann Topping, su relato llega con el peso de alguien que estuvo dentro. No habla como una espectadora que siguió las noticias desde su casa. Habla como alguien que convivió con Mackenzie, que tuvo una relación sentimental con ella y que después sintió la necesidad de explicar lo que vivió. Esa cercanía hace que su testimonio llame más la atención, aunque también obliga a leerlo con cuidado.
La vida de Topping ahora parece estar lejos de aquella etapa. Según contó, trabaja en dos empleos y ya no mantiene contacto con Mackenzie Shirilla. Esa distancia marca un cierre. No solo de la relación, sino también de una etapa en la que creyó conocer a alguien que, según sus propias palabras, terminó resultándole muy diferente.
Esa transformación personal es uno de los aspectos más humanos de la historia. Topping no se presenta simplemente como alguien que siempre sospechó. Al contrario, reconoce que en un principio creyó, defendió y se involucró emocionalmente. Eso hace que su cambio de postura sea más fuerte. No parte del odio, sino de la decepción. Y la decepción, cuando nace de una relación íntima, suele ser mucho más profunda.
El caso de Mackenzie Shirilla sigue generando preguntas porque toca temas muy sensibles: la responsabilidad, el arrepentimiento, la percepción pública, la manipulación emocional y la forma en que una tragedia puede seguir creciendo mucho después de una sentencia. Las muertes de Dominic y Davion no son un detalle secundario; son el centro de todo. Dos vidas terminaron en un accidente a alta velocidad, y alrededor de esa pérdida se construyeron juicios, titulares, defensas y ahora nuevos testimonios.
Por eso, cualquier relato sobre Mackenzie debe recordar siempre que detrás del caso hay familias que siguen cargando un dolor real. Para ellas, cada nueva revelación puede ser una forma de revivir lo ocurrido. Cada frase viral, cada video y cada comentario público puede abrir de nuevo una herida que nunca cerró del todo.
La historia entre Topping y Shirilla, aunque llamativa por su componente sentimental, no debería opacar ese punto. Lo importante no es solo el romance en prisión ni el apodo que supuestamente provocaba risas. Lo importante es lo que ese relato revela sobre las diferentes caras que una persona puede mostrar y sobre cómo la verdad puede cambiar dependiendo de cuánto se sabe y desde dónde se mira.
Quizá esa sea la razón por la que el testimonio de Topping ha despertado tanto interés. Porque no ofrece una versión limpia ni simple. No dice: “siempre supe quién era”. Dice algo más complejo: “creí en ella, la defendí, me acerqué, pero después vi más y cambié de opinión”. Esa evolución resulta más inquietante porque refleja algo que muchas personas han vivido en otras escalas: confiar en alguien, descubrir nuevas cosas y preguntarse si alguna vez se conoció realmente a esa persona.
En el fondo, el caso deja una sensación amarga. Mackenzie Shirilla fue condenada por un hecho mortal que destruyó familias. Años después, su nombre vuelve a circular no solo por la sentencia, sino por lo que quienes la conocieron dicen de ella. Shyann Topping, una mujer que llegó a quererla dentro de prisión, ahora comparte una versión mucho más crítica y distante.
Su relato no cierra la historia. Al contrario, la vuelve más inquietante.
Porque obliga a mirar más allá del expediente judicial y preguntarse cómo se construyen las máscaras, cómo se gana la confianza de alguien en un entorno vulnerable y qué ocurre cuando esa confianza se rompe. También recuerda que las tragedias reales no terminan cuando se dicta una condena. Siguen viviendo en las familias, en los sobrevivientes, en las personas que estuvieron cerca y en una sociedad que intenta entender cómo algo así pudo ocurrir.
Hoy, Shyann Topping dice que ya no tiene contacto con Mackenzie. Su vida continúa, con dos empleos y una historia que decidió sacar a la luz. Mackenzie, por su parte, sigue asociada a un caso que continúa despertando indignación, curiosidad y debate.
Y mientras el documental “The Crash” vuelve a poner el foco sobre lo ocurrido, el testimonio de Topping añade una pregunta que muchos no pueden dejar de hacerse: ¿la Mackenzie que ella conoció en prisión era una joven incomprendida que cargaba con una tragedia, o una persona capaz de mostrar exactamente la cara que necesitaba para ganarse a quienes la rodeaban?
La respuesta, como ocurre en las historias más perturbadoras, no parece sencilla. Pero una cosa sí queda clara: para Topping, conocer toda la información cambió la forma en que veía a Mackenzie Shirilla para siempre.