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Hermanos desaparecieron en una excursión — 11 años después hallaron su cámara

Pero también había otras historias, susurros sobre grupos del crimen organizado que usaban las zonas remotas para sus operaciones. Durante los primeros meses, la búsqueda fue intensiva. Voluntarios de Sombrerete, Fresnillo y Guadalajara se unieron para peinar la sierra. Usaron drones, perros entrenados en búsqueda y rescate y hasta contrataron a guías locales que conocían cada rincón de esas montañas.

Revisaron cuevas, barrancos, senderos abandonados. No encontraron nada. Era como si Sebastián y Carolina se hubieran evaporado en el aire seco de Zacatecas. El agente ministerial a cargo del caso era un hombre llamado Roberto Salazar, de 42 años, con más de 15 años en la Procuraduría Estatal. Había trabajado en docenas de casos de personas desaparecidas, pero algo en este le inquietaba particularmente.

No había señales de violencia, no había testigos, no había peticiones de rescate. Los hermanos simplemente habían dejado de existir después de estacionar su camioneta. Hay tres posibilidades”, le dijo Salazar a Héctor una tarde sofocante de abril, sentados en una mesa de plástico afuera de una fonda en sombrerete.

El aroma a carne asada flotaba en el aire. Uno. Se perdieron en la sierra y sus cuerpos están en algún lugar que no hemos podido alcanzar. Dos, tuvieron un encuentro con gente que no debían encontrar. Tres, decidieron desaparecer por voluntad propia. Mis hijos no huirían”, respondió Héctor con voz firme, apretando su vaso de refresco hasta que el plástico crujió.

Tenían toda su vida por delante. Sebastián acababa de firmar un contrato con una revista de turismo. Carolina estaba comprometida. Se iba a casar en agosto. Salazar asintió. conocía esos detalles. El prometido de Carolina, un contador llamado Miguel Ángel Torres había viajado también a Sombrerete para unirse a las búsquedas.

El joven de 27 años estaba destrozado. Se culpaba por no haber ido con ellos en esa excursión. Yo iba a acompañarlos. Repetía entre lágrimas, pero tuve un compromiso de trabajo que no pude cancelar. Si hubiera ido, tal vez. La investigación reveló que Sebastián había publicado en su Instagram una foto dos días antes de desaparecer.

Era una imagen del atardecer sobre las formaciones rocosas con el caption preparándose para capturar la magia de Zacatecas. Próxima parada, Sombrerete. La geolocalización mostraba que estaba en Fresnillo cuando publicó esa foto. Eso significaba que llegaron al área de sombrerete probablemente el 14 o 15 de marzo por la noche.

Un testigo, el dueño de una gasolinera en la carretera 45, recordaba haberlos visto. Sí, se pararon aquí, dijo Ernesto Villalobos, un hombre de unos 60 años con bigote gris. Llenaron el tanque, compraron agua embotellada y unas papas. El muchacho preguntó por los mejores lugares para fotografiar. Le dije que el cerro del sombreretillo tenía las mejores vistas, pero que tuviera cuidado porque no había cobertura de celular allá arriba.

Esa fue la última vez que alguien los vio con certeza. Después de eso solo quedaba especulación y la angustia creciente de una familia que se negaba a perder la esperanza. Mariana Mendoza era una mujer de fe. Visitaba la parroquia de la Asunción en Sombrerete cada mañana. Encendía veladoras por sus hijos. rezaba el rosario completo.

El padre Javier, un sacerdote de unos 50 años que llevaba décadas sirviendo en esa comunidad, se convirtió en su confidente. “No pierda la fe, señora”, le decía, aunque en su voz había una tristeza que no podía ocultar completamente. Dios tiene un plan, aunque no siempre podamos entenderlo. Pero conforme pasaban los meses, incluso la fe de Mariana comenzó a tambalearse.

En junio, los medios dejaron de cubrir el caso. Las búsquedas oficiales se suspendieron por falta de pistas. Salazar seguía revisando el expediente ocasionalmente, pero tenía otros casos, otros desaparecidos, otras familias desesperadas. La realidad es que en México miles de personas desaparecen cada año y los recursos nunca son suficientes.

Héctor se negó a rendirse. Contrató a un investigador privado, un exmitar llamado Armando Reyes, que cobraba 500 pesos por día más gastos. Reyes era un hombre callado de unos 45 años, con cicatrices en los brazos y una mirada que había visto demasiado. Durante tres meses, Reyes rastreó cada posible pista. Entrevistó a guías locales, habló con rancheros en la zona, incluso tuvo conversaciones cautelosas con personas que conocían los movimientos de grupos criminales en la región.

No hay indicios de que los hayan levantado, reportó Reyes en septiembre. Pregunté con mucho cuidado, indirectamente. Si hubiera sido cosa del narco, alguien sabría algo. En estas regiones los rumores viajan rápido. Esto fue otra cosa. ¿Qué otra cosa? Preguntó Héctor con frustración. Un accidente, probablemente. La sierra se los tragó.

Hay barrancos de 50 m de profundidad escondidos entre la vegetación. Hay cuevas que se inundan con las lluvias. Puede que nunca encontremos sus cuerpos. Esas palabras fueron como un puñal para Héctor. Pero sabía que Reyes probablemente tenía razón. Aún así, no podía aceptarlo. No sin pruebas, no sin saber qué había pasado realmente con sus hijos.

El primer aniversario de la desaparición llegó en marzo de 2015. Los Mendoza organizaron una misa en la catedral de Guadalajara. Asistieron más de 200 personas, amigos, colegas, exalumnos de Carolina, clientes de Sebastián. Miguel Ángel Torres estaba ahí todavía usando el anillo de compromiso que había comprado para Carolina en una cadena alrededor de su cuello. Sus ojos estaban hundidos.

Había perdido casi 10 kg. No había podido seguir adelante con su vida. Después de la misa, la familia se reunió en casa de los Mendoza. La sala estaba llena de fotos de Sebastián y Carolina en la playa de Cancún durante unas vacaciones familiares en su graduación, en una cena de Navidad con todo sonriendo.

Mariana se sentó en el sofá mirando esas fotos durante horas sin hablar, solo lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. Los años siguientes fueron una mezcla de rutina y dolor. Héctor volvió a trabajar porque necesitaban el dinero. El seguro no cubría personas desaparecidas sin declaración de muerte y los gastos de la búsqueda habían agotado sus ahorros.

Mariana intentó retomar su vida como profesora de piano, pero a menudo se quedaba inmóvil frente al instrumento incapaz de tocar. La casa se sentía demasiado grande, demasiado silenciosa, sin la risa de Carolina o la música que Sebastián ponía mientras editaba fotos. El caso permaneció abierto, pero estancado.

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