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Lo Que Pedro Infante Dijo Antes De Subir Al Avión Aún Estremece a México

 ¿Por qué hablas así? Pedro la abrazó fuerte. No lo sé, amor. Es solo una sensación. Probablemente no sea nada, pero necesitaba decirlo. Necesitaba que lo supieras. Se quedaron abrazados en silencio durante largos minutos. Afuera, la ciudad dormía sin saber que estaba viviendo las últimas horas de tranquilidad antes de que el corazón de México se rompiera.

 La mañana del lunes 15 de abril amaneció clara y brillante. Pedro se levantó temprano alrededor de las 6 de la mañana. Besó a Irma que aún dormía. Entró a las habitaciones de cada uno de sus hijos, los observó dormir. Les acarició el cabello suavemente, cuidando de no despertarlos. En la habitación de su hijo mayor, se quedó parado varios minutos, simplemente mirándolo, grabando esa imagen en su memoria.

 Desayunó solo en la cocina, pan dulce y café negro. La empleada doméstica Lupe, que llevaba años con la familia, notó algo diferente en él. ¿Se encuentra bien, don Pedro? Sí, Lupita, solo pensando. ¿En qué piensa tan temprano? Pedro sonrió tristemente en lo rápido que pasa todo, en lo frágil que es la vida. A las 7:30 de la mañana, Pedro salió de su casa.

 Tenía que volar de regreso a Mérida para continuar las filmaciones de Tisoc. El vuelo estaba programado para las 9:15 desde el aeropuerto de la Ciudad de México. Pero este no sería un vuelo comercial. Pedro había decidido volar en un avión privado, un Kenaledatid B24, un bombardero convertido en avión de carga que también transportaba pasajeros.

 Cuando llegó al aeropuerto, algo llamó su atención. Había un hombre trabajando en uno de los motores del avión. Era un mecánico de unos 50 años con overall manchado de grasa y expresión preocupada. Pedro se acercó. Siempre había sido curioso sobre la mecánica, sobre cómo funcionaban las cosas. Buenos días, amigo.

 ¿Todo bien con el avión? El mecánico se sobresaltó al ver quién le hablaba. Don Pedro, qué honor. Yo sí, estamos revisando. Pero su expresión decía otra cosa. Seguro que todo está bien. Se ve preocupado. El mecánico dudó. En esos días, un mecánico no cuestionaba públicamente la seguridad de un avión sin evidencia concreta.

 Podía perder su trabajo, pero algo en la mirada honesta de Pedro lo hizo hablar. Don Pedro, este motor ha estado dando problemas. Nada grave oficialmente, pero yo yo no volaría hoy si pudiera evitarlo. Pedro sintió que el aire se volvía más pesado. ¿Qué tipo de problemas? Vibraciones anormales. El motor número tres no está respondiendo como debería.

Le dije al piloto, pero dice que está dentro de parámetros aceptables. Pedro miró el avión, luego al mecánico, luego al cielo despejado. Tenía una decisión que tomar. ¿Usted qué haría en mi lugar?, preguntó Pedro al mecánico. El hombre bajó la mirada, limpiándose las manos en un trapo sucio. No es mi lugar decir, don Pedro.

 Yo solo reparo lo que me ordenan reparar. Pero como mecánico, como hombre que conoce estos aviones, ¿qué haría? El mecánico lo miró directamente a los ojos. Yo esperaría hasta mañana. Daría tiempo para una revisión más completa, pero entiendo que usted tiene compromisos, filmaciones. Probablemente no sea nada.

 Probablemente estoy siendo excesivamente cauteloso. Pedro asintió lentamente. Podía cancelar, podía esperar al día siguiente, podía tomar un vuelo comercial, pero había equipo esperándolo en Mérida, un elenco completo, productores que habían invertido dinero, tiempo, recursos. Una estrella de su magnitud no podía simplemente no aparecer por una sensación, por las preocupaciones de un mecánico que él mismo admitía estar siendo excesivamente cauteloso.

 “Gracias por su honestidad”, dijo Pedro estrechando la mano del mecánico. “Es usted un buen hombre.” El mecánico sostuvo su mano un segundo más de lo normal. “Don Pedro, sus películas me han dado mucha alegría a mí y a mi familia. Usted es el orgullo de México. Solo, solo tangidato. Pedro sonrió. Esa sonrisa que había iluminado mil pantallas. Siempre tango quidado amigo.

Pero mientras caminaba hacia la terminal, Pedro sintió nuevamente esa sensación extraña, ese peso en el pecho, esa voz interior susurrando algo que no podía entender claramente. Se detuvo, sacó una moneda de su bolsillo. Águila, abuelo, sol me quedo murmuró para sí mismo. Lanzó la moneda al aire, cayó mostrando el águila. Señal de volar.

Guardó la moneda y continuó. Caminando en la terminal, otros pasajeros ya estaban reunidos. Solo serían seis personas en total en ese vuelo. El capitán Adolfo Rosa Sánchez, el piloto, el copiloto José Luis Cervantes y cuatro pasajeros: Pedro Infante, el periodista Marcelo Contreras, el ingeniero Ricardo Valderrama y una azafata llamada Guadalupe Salas. Todos Iv.

 Todos tenían razones importantes para estar en ese vuelo. Todos tenían familias esperándolos en algún lugar. Ninguno sabía que estaban viviendo sus últimas horas. A las 8:45 de la mañana, Pedro decidió hacer una última llamada. Fue a un teléfono público en la terminal y marcó a su casa, contestó Irma sorprendida.

 Pedro, ¿ya estás en el aeropuerto? Sí, amor. El vuelo sale en media hora. ¿Por qué llamas? ¿Pasó algo? Pedro dudó. No, solo quería escuchar tu voz una vez más. Decirte que te amo, que amo a los niños, que todo lo que soy lo soy gracias a ustedes. Irma sintió un escalofrío. Pedro, me estás asustando otra vez.

 ¿Estás seguro de que todo está bien? Todo está bien, mi amor. Es solo que a veces uno necesita decir las cosas importantes, no esperar al momento perfecto, decirlas cuando las sientes. Te amo, Pedro. Y yo a ti más que a nada en este mundo, añadió Pedro, su voz quebrándose ligeramente. Hubo un silencio entre ellos, pesado de significado. Despierta a los niños.

Quiero hablar con ellos. Pedro, ¿van a llegar tarde a la escuela, por favor? Algo en su tono hizo que Irma no cuestionara más. Fue habitación por habitación, despertando a los niños. Cada uno habló con su padre. Pedro les dijo a cada uno lo orgulloso que estaba de ellos. Les recordó ser buenos, estudiar, cuidarse entre hermanos, obedecer a su madre.

 Los niños adormilados no entendían porque su padre sonaba tan serio. Cuando terminó la llamada, Pedro colgó el teléfono y se quedó parado ahí, su mano aún sobre el auricular. Un empleado del aeropuerto pasó cerca. Don Pedro, el vuelo está abordando. Pedro asintió, pero no se movió inmediatamente. Cerró los ojos, respiró profundo.

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