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Así era el Viernes de la Pasión en tiempos de la Biblia |33 d.C|Jerusalén en la entrada de la María

El solamente en el cielo, la ciudad [música] estaba despierta, el juicio avanzaba y la historia estaba a punto de cambiar para siempre. Lo que sucedería en las próximas horas no sería solo un evento más en la historia de Jerusalén. Sería para millones de creyentes a lo largo de los siglos el acto más grande de amor jamás visto, un sacrificio, una entrega total, una redención.

 Pero en ese momento casi nadie lo entendía. Para muchos era solo otro condenado, para otros una esperanza que se desvanecía, y para unos pocos el inicio de algo eterno. Ese viernes no era solo un día más, era el día, el día en que el dolor y la esperanza caminarían juntos por las calles de Jerusalén, el día en que el cielo guardaría silencio para que la humanidad finalmente pudiera escuchar.

Sol ya iluminaba por completo las murallas de Jerusalén. Lo que horas antes era un rumor, ahora era una realidad visible. La multitud comenzaba a concentrarse frente al pretorio romano. No era una multitud uniforme. Había curiosos, líderes religiosos, soldados y también rostros confundidos que no entendían del todo lo que estaba ocurriendo.

 En el [música] centro de todo estaba Jesús, golpeado, cansado, en silencio. había sido llevado ante Poncio Pilato, el gobernador romano, un hombre pragmático, acostumbrado a resolver conflictos con rapidez. Para él, aquello no era un asunto espiritual, era un problema político y debía decidir. Según el evangelio de Juan, capítulos 18 y 19, Pilato interrogó a Jesús directamente.

¿Eres tú el rey de los judíos? La pregunta no era religiosa, era estratégica, porque si Jesús se declaraba rey, eso significaba rebelión contra Roma. Pero la respuesta de Jesús no fue la que Pilato esperaba. No es de este mundo mi reino. Aquella frase desconcertó al gobernador. No veía en él a un criminal peligroso.

 No veía a un líder armado. No veía una amenaza real. Y sin embargo, la presión crecía. Los líderes religiosos insistían. La multitud comenzaba a agitarse, los gritos aumentaban. Crucifícalo. No todos gritaban, pero los que lo hacían lo hacían con fuerza suficiente para influir en el ambiente. Aquí se revela una de las verdades más duras de ese día.

 La verdad no siempre prevalece cuando el miedo, la presión y el interés dominan el escenario. Pilato intentó liberarlo. Era costumbre soltar a un prisionero durante la Pascua. Presentó dos opciones. Jesús o Barrabá, un hombre conocido por rebelión y violencia. La elección parecía obvia, pero no lo fue. La multitud eligió a Barrabaz y pidió la muerte de Jesús.

 Ese momento narrado en el Evangelio de Mateo 27 es uno de los más impactantes de toda la historia cristiana, no solo por la decisión en sí, sino [música] por lo que representa la elección humana frente a la verdad, la preferencia por lo inmediato sobre lo eterno. Pilato dudaba, sabía que no era justo. El mismo texto bíblico afirma que entendía que Jesús había sido entregado por envidia, pero el miedo a perder el control pesaba más.

 El miedo a una revuelta, el miedo a una denuncia ante Roma, el miedo a perder su posición. Entonces hizo algo simbólico, se lavó las manos. Soy inocente de la sangre de este justo. Pero la historia mostraría algo claro. Lavarse las manos. No cambia una decisión. En ese instante la condena quedó sellada.

 Jesús sería crucificado, no porque fuera culpable, sino porque era necesario para un plan más grande, uno que en ese momento nadie lograba comprender completamente. Mientras tanto, en algún lugar entre la multitud, Virgen María observaba, no intervenía, no gritaba, no intentaba detener el proceso, no porque no sufriera, sino porque confiaba.

 Esa es una de las dimensiones más profundas de [carraspeo] la tradición católica, [música] la confianza en Dios. Incluso cuando todo parece injusto, [música] incluso cuando todo duele, incluso cuando no hay respuestas. El juicio había terminado, pero no había justicia, había presión, había miedo, había una decisión que cambiaría el destino del mundo.

 Los soldados comenzaron a preparar la siguiente etapa, la más cruel, la más humillante, la más dolorosa. La cruz ya no era una posibilidad, era una certeza. Y Jerusalén, que había despertado en silencio. Ahora comenzaba a llenarse de gritos. La decisión ya estaba tomada. No había vuelta atrás. En el interior del pretorio, lejos de la mirada de muchos, comenzaba una de las escenas más duras de toda la historia.

 Jesús fue entregado a los soldados romanos, ya no como un acusado, sino como un condenado. Y en Roma, antes de la crucifixión, había un ritual, la flagelación. Según el evangelio de Marcos 15, Jesús fue azotado. No se trataba de un castigo leve. Era una práctica brutal diseñada no solo para causar dolor, sino para debilitar al condenado al punto del colapso.

 Los soldados utilizaban [carraspeo] látigos con múltiples correas, muchas veces con fragmentos de metal o hueso en las puntas. Cada golpe desgarraba la piel, cada impacto dejaba una marca profunda. Y aún así, Jesús no respondía, no gritaba maldiciones, no pedía venganza, permanecía en silencio. Pero el sufrimiento no terminó ahí.

 Los soldados decidieron ir más allá, no solo castigar, sino humillar. Habían escuchado las acusaciones, rey de los judíos. y decidieron burlarse de ello. Le colocaron un manto como si fuera un rey, pero no era un símbolo de honor, era una burla. Tomaron espinas y formaron una corona, presionándola sobre su cabeza.

 Las espinas se clavaron en su piel, haciendo que la sangre comenzara a descender lentamente por su rostro. Luego, arrodillándose frente a él, comenzaron a decir, “Salve, rey de los judíos.” Y reían, golpeaban, escupían. Este momento también narrado en el evangelio de Juan 19 revela algo profundo. No solo estaban castigando a Jesús, estaban rechazando lo que él representaba, la verdad, la humildad, [música] el amor que no responde con violencia.

Desde una perspectiva histórica, esta escena muestra la crudeza del poder romano. La crucifixión no era solo una ejecución, era un mensaje, un aviso público de lo que le ocurría a quien desafiara el orden establecido. Pero en el caso de Jesús había algo distinto. No había resistencia, no había odio, había entrega.

 Mientras tanto, fuera de ese lugar, la ciudad seguía su ritmo. Algunos sabían lo que estaba ocurriendo, otros no, pero el dolor ya estaba en marcha y en medio de ese dolor había una presencia silenciosa, Virgen María. La tradición católica contempla [música] este momento con una profundidad especial. No se trata solo del sufrimiento físico de Jesús, sino del sufrimiento compartido de una madre, porque aunque no estuviera dentro del pretorio, cada golpe también la alcanzaba a ella, cada herida también la atravesaba.

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