Había financiado y participado en exploraciones etnográficas a la ponia, Java y el Congo. Fotografiaba a pueblos indígenas con la misma distancia científica con la que observaba especímenes botánicos. Era un hombre del siglo XIX en el sentido más completo, racional, sistemático, convencido de que el mundo podía medirse y catalogarse.
Su hija, con sus preguntas sobre la muerte, el amor y el sentido de la existencia, debía de resultarle desconcertante. María aprendió a leer y escribir con una rapidez que sorprendió a sus institutrices. Pero más que la lectura formal, lo que la fascinaba era escribir. A los 5 años ya llenaba cuadernos con observaciones sobre lo que veía, sobre lo que sentía, sobre conversaciones que escuchaba escondidas entre los adultos.
Uno de esos cuadernos, redactado entre los cinco y los 10 años contenía reflexiones filosóficas embrionarias, relatos de sueños y de manera particularmente reveladora preguntas sobre la sexualidad que ningún adulto de su entorno se habría atrevido a formular en voz alta. La muerte de su madre había dejado en Marí una herida que nadie se dignó a tratar con cuidado.
En aquella época, el duelo en los niños no se reconocía como lo que era, un proceso necesario que requería acompañamiento. Se esperaba que los niños, especialmente los niños privilegiados, simplemente siguieran adelante. Así que Marie siguió adelante hacia afuera, pero hacia adentro construyó un mundo interior denso, plagado de preguntas sin respuesta, de imágenes de una madre que nunca había conocido y cuya ausencia tenía el peso específico de lo que jamás pudo ser.
A los 10 años sufrió un segundo golpe emocional importante, la muerte de su tía abuela Mimau, una de las pocas figuras que le habían ofrecido algo parecido al calor materno. Quedó entonces, más expuesta que nunca a la frialdad estructural de esa casa enorme y solemne. Su abuela, la princesa Pieg, seguía al mando, pero era una mujer de otra época, formada en la etiqueta y la disciplina, poco equipada para consolar el alma de una niña que preguntaba demasiado y sentía demasiado.
Fue por esa época cuando Marie comenzó a desarrollar lo que más tarde describiría como su primera gran neurosis, un miedo intenso a la muerte, específicamente a su propia muerte. No era un miedo abstracto, sino concreto, visceral, que se manifestaba en noches de insomnio y en una vigilancia permanente sobre su propio cuerpo.
Cada pequeño síntoma físico se convertía en una posible señal de catástrofe. Este miedo que la perseguiría durante décadas era en realidad algo más profundo. era la forma que tenía suque de procesar la pérdida inaugural, esa muerte que había ocurrido antes de que ella pudiera recordarla, pero que la había marcado de manera indeleble.
La educación que recibió era la típica de una joven aristócrata de su tiempo. Idiomas, música, historia, buenas maneras. Pero Marie absorbía todo eso como un trámite y dirigía su energía real hacia sus propias lecturas. A los 15 años ya había leído a Darwin, a Spencer, a los grandes positivistas del siglo.
Tenía opiniones formadas sobre la evolución, sobre la naturaleza humana, sobre el papel de la mujer en la sociedad. Opiniones que en una muchacha de su condición y su época resultaban francamente escandalosas. Su entorno doméstico, presidido por la figura discreta, pero omnipresente de su padre, era un laboratorio permanente para sus observaciones.
Roland Bonaparte recibía en casa a científicos, exploradores, geógrafos. Marie escuchaba desde los márgenes, absorbía datos, hacía conexiones y empezaba a intuir algo que tardaría muchos años en articular con claridad, que el conocimiento era una forma de poder y que para una mujer de su tiempo era quizás la única forma de poder que nadie podía confiscarle del todo.
Cuando Marí Bonaparte cumplió 21 años, su fortuna y su apellido la convirtieron en uno de los partidos más codiciados de Europa. No era una belleza convencional, según los cánones de la época, pero tenía algo más difícil de definir y más difícil de ignorar, una presencia intensa, una inteligencia que se percibía en cada conversación y esa combinación de melancolía y energía que suele hacer a ciertas personas magnéticamente fascinantes.
Los pretendientes llegaron como era de esperarse, pero Marie no se dejaba impresionar fácilmente. Su padre, Roland Bonaparte tenía sus propios cálculos. En el entramado político y social de la Europa de principios del siglo XX, un matrimonio bien situado era una inversión estratégica. Y así fue como en 1907, a los 24 años Marí Bonaparte se convirtió en la esposa del príncipe Jorge de Grecia y Dinamarca, cuarto hijo del rey Jorge I de Grecia.
La boda fue un acontecimiento de resonancia europea celebrada con toda la pompa que los dos apellidos combinados exigían. El príncipe Jorge era un hombre apuesto, de modales impecables y ascendencia real inobjetable. Era también, como Marí descubriría muy pronto después de la boda, un hombre que no sentía ninguna atracción hacia las mujeres.
Su verdadero amor, que ni siquiera intentó disimular ante su nueva esposa, era Valerie Murat, una mujer mayor que él, con quien mantendría una relación de dependencia emocional durante décadas. Más aún, Jorge era un hombre cuya orientación sexual lo dirigía hacia los hombres, aunque en el contexto de la época y su posición, esto permanecía en la sombra.
Para Marí, la noche de bodas fue una revelación brutal, no porque esperara una experiencia trascendente, sino porque descubrió de golpe que el hombre con quien compartiría su vida no tenía interés genuino en ella como mujer. Las relaciones íntimas que siguieron fueron escasas, mecánicas y dejaron en Marí una sensación de fractura profunda que al principio intentó ignorar.
se convenció a sí misma de que quizás así eran los matrimonios aristocráticos, que quizás ella esperaba demasiado, que quizás el problema era ella. Esa última idea se instalaría en su sique con una tenacidad demoledora, la idea de que el problema era ella, que si no experimentaba placer, si no se sentía plena, si la intimidad la dejaba vacía y confundida, era porque algo en ella funcionaba mal.
Esta convicción alimentada por las teorías médicas de la época que describían la frialdad femenina como una patología se convertiría en la obsesión central de su vida durante las dos décadas siguientes. Y sin embargo, el matrimonio tuvo sus compensaciones inesperadas. Marie y Jorge llegaron a desarrollar una relación de afecto genuino, una especie de complicidad intelectual y doméstica que, si bien carecía de pasión romántica, tenía su propia calidad.
Tuvieron dos hijos, Pedro, nacido en 1908, y Eugenia, nacida en 1910. Marí se volcó en la maternidad con toda la intensidad que la caracterizaba, aunque incluso en ese rol encontraba los límites de lo que el afecto de los hijos podía llenar. Instalada en Atenas como princesa de Grecia y Dinamarca, María observaba la vida política y social griega con sus ojos habituales de científica aficionada.
La familia real griega estaba en permanente tensión con las ambiciones políticas de Benicelos y con los baivenes de una monarquía que se sostenía por una combinación de inercia institucional y apoyo de las potencias europeas. Marie naveaba esos mundos con soltura diplomática, pero su vida interior seguía siendo un territorio de insatisfacción que ningún título ni ningún protocolo podía domesticar.
Fue en esos años de matrimonio cuando comenzó a buscar afuera lo que no encontraba adentro. Sus primeras aventuras amorosas, discretas, conducidas con la máxima precaución que su posición exigía, le confirmaron algo desconcertante. Incluso con amantes elegidos libremente, incluso con hombres que la deseaban genuinamente, seguía experimentando la misma sensación de distancia, de estar presente y ausente al mismo tiempo, de querer sentir más de lo que sentía.
La pregunta que comenzó a formularse con creciente urgencia era la misma que había perseguido su infancia desde otro ángulo. ¿Qué le pasaba a ella? La muerte de Roland Bonaparte en 1924 fue un evento que sacudió a Marí de maneras que no esperaba. Su relación con su padre había sido complicada, marcada por esa distancia fundamental que nunca habían logrado salvar del todo.
Y sin embargo, la pérdida fue real y dolorosa y trajo consigo algo completamente inesperado. Al revisar los papeles de su padre, Marie encontró un paquete de cuadernos escolares, sus propios cuadernos, los que había llenado entre los cinco y los 10 años. y que creía perdidos para siempre.
Los leyó de un tirón, sola en el estudio de su padre, con una mezcla de asombro y perturbación creciente. Ahí estaba ella misma, en estado puro y sin filtros. La niña que observaba el mundo con una curiosidad despiadada, que hacía preguntas que ningún adulto le respondía, que registraba sus sueños con una precisión casi analítica.
Y entre las páginas aparecía una preocupación que lo atravesaba todo, desde distintos ángulos y con distintas palabras. La pregunta sobre el placer, sobre el cuerpo, sobre lo que ella intuía que debía existir y que sin embargo, no lograba encontrar. En ese momento, Marí Bonaparte tenía 42 años.
Era una mujer con experiencia de vida, con lecturas, con aventuras amorosas, con dos hijos y un matrimonio que funcionaba en sus propios términos peculiares. Pero esos cuadernos le devolvieron algo que había estado tratando de enterrar, la certeza de que su búsqueda no era nueva, de que venía de muy lejos, de que no era una crisis de mediana edad, sino algo constitutivo, algo que había estado ahí desde el principio.

Por esa misma época, María había comenzado a leer a Sigmund Freud. Las obras del médico bienés circulaban en los círculos intelectuales parisinos con la mezcla de fascinación y escándalo que solía acompañar a las ideas verdaderamente nuevas. Marilas leyó con la avidez de alguien que reconoce en un texto extraño el eco de sus propias preguntas más íntimas.
El psicoanálisis hablaba exactamente de lo que a ella le interesaba, de los mecanismos ocultos del deseo, de la infancia como territorio formativo, de los sueños como mensajes cifrados del inconsciente. La idea de someterse a un análisis personal no era en 1925 algo que una princesa europea de su posición hiciera sin pensarlo dos veces.
El psicoanálisis tenía en Francia una reputación ambigua. Era visto como una práctica extravagante, potencialmente indecente, asociada con los judíos bienes y con ideas que perturbaban el orden moral establecido. Para una mujer en su posición, buscar la ayuda de un psicoanalista era arriesgarse a un escándalo social de dimensiones considerables.
Maribon aparte no vaciló. Compró un billete a Viena. El otoño de 1925 la encontró sentada en el consultorio del número 19 de la calle Bergase, frente a Sigmund Freud. Él tenía 69 años. Era ya una figura de dimensiones casi míticas en los círculos especializados y llevaba décadas desarrollando una teoría del psiquismo humano que había escandalizado, fascinado y transformado la manera en que Occidente se pensaba a sí mismo.
Ella tenía 43 años. Era una princesa griega y francesa, heredera de una fortuna monumental y cargaba con décadas de preguntas sin respuesta y una soledad. que había aprendido a disimular con brillantez. El primer encuentro entre Maríbon Aparte y Sigmund Freud fue por todos los relatos disponibles extraordinario.
No porque fuera inmediatamente cómodo, sino porque ambos reconocieron en el otro algo que raramente encontraban, un interlocutor a la altura. Freud, que tenía una debilidad conocida por las personas inteligentes y apasionadas, quedó impresionado por la lucidez de esa mujer que llegaba a su consulta cargando tanto.
Marie, por su parte, encontró en ese hombre mayor, de voz tranquila y mirada penetrante, algo que había buscado toda su vida y no había sabido nombrar, un padre que le prestaba atención. El análisis de Maríbon aparte con Sigmund Freud no fue un proceso breve ni sencillo. Durante varios años ella viajó regularmente desde París a Viena, permaneciendo semanas o meses enteros para continuar las sesiones.
Era una paciente inusual en todos los sentidos, demasiado inteligente para aceptar pasivamente las interpretaciones del analista, demasiado leal para rechazarlas del todo y suficientemente rica como para que el aspecto económico de la relación terapeuta paciente tuviera una textura peculiar desde el inicio.
Las cartas que intercambiaron a lo largo de 14 años, casi 900 en total, conservadas en la biblioteca del Congreso de Washington, revelan una relación que trascendió rápidamente los límites del tratamiento clínico convencional. Freud se convirtió en una figura paternal para Marie en el sentido más psicoanalíticamente preciso del término. Alguien a quien admiraba, a quien desafiaba, a quien buscaba complacer y con quien se atrevía a disentir.
Ella se convirtió para él en una de las personas más cercanas de sus últimos años, una interlocutora de confianza, una aliada estratégica en la expansión del psicoanálisis por Europa. Pero el análisis tenía también un núcleo clínico muy concreto. Marie llegó a Viena con una pregunta que la había perseguido durante décadas.
¿Por qué no experimentaba placer sexual en las relaciones íntimas? La respuesta que había encontrado en la literatura médica de su tiempo era que sufría de frigidez, un diagnóstico vago que funcionaba más como una etiqueta para silenciar a las mujeres que como una explicación genuina. El psicoanálisis le ofrecía algo diferente, la posibilidad de trazar el origen de esa dificultad en la historia personal, en los mecanismos del inconsciente, en la trama de relaciones que había constituido su p sique desde la infancia.
Durante las sesiones, Marie y Freud trabajaron sobre el material de sus cuadernos de infancia, sobre sus sueños, sobre la constelación de pérdidas tempranas que había marcado su desarrollo. Freud interpretó la frialdad de Marie en términos de sus teorías sobre la sexualidad femenina, teorías que él mismo estaba todavía elaborando y que serían objeto de debate durante el siglo entero que siguió.
Para Freud, la clave estaba en lo que él llamaba la transferencia del placer de la zona clitorídea a la vaginal, un proceso que, según su teoría debía ocurrir en el desarrollo psicosexual femenino normal y que en Marí habría quedado incompleto. María absorbió estas teorías con la misma avidez crítica con la que había absorbido todo el conocimiento de su vida.
no las aceptó pasivamente, sino que las discutió, las cuestionó y finalmente las adoptó como marco para una investigación que ella misma emprendería. Porque una de las consecuencias más inesperadas del análisis fue que Maribon aparte decidió convertirse en psicoanalista, no como paciente que derivaba hacia la práctica clínica, sino como científica que veía en el psicoanálisis un campo de investigación genuinamente apasionante.
Pero antes de llegar a esa resolución, hubo un capítulo que marcó su búsqueda de manera indeleble y que la historia recordaría con una mezcla de asombro y perplejidad. Maríbon aparte era, entre sus muchas cosas una mujer de acción. Donde otros contemplaban, ella intervenía. Donde otros teorizaban, ella experimentaba.
Y cuando el análisis con Freud le sugirió que la anatomía podría ser parte de la explicación de su dificultad, ella no se quedó sentada esperando que el inconsciente resolviera el problema. Buscó al mejor cirujano disponible y le pidió que operara. Joseph Halban era un ginecólogo bienés de reputación sólida conocido por su trabajo en anatomía femenina.
Marie lo había conocido a través de sus conexiones médicas y le había presentado una propuesta que Halban encontró científicamente interesante. Si la distancia anatómica entre el clítoris y la vagina era la variable determinante del placer femenino, como ciertos estudios de la época sugerían, entonces una intervención quirúrgica que modificara esa distancia podría resolver el problema.
Era una hipótesis que hoy resulta difícil de sostener, pero que en el contexto de la medicina y el psicoanálisis de los años 20 del siglo pasado tenía una lógica interna no del todo disparatada. Freud se opuso. Le dijo claramente que la cirugía no era la solución, que el origen de su dificultad era psíquico y no anatómico, y que operar sobre el cuerpo para resolver un conflicto del alma era un error de categoría.
Mary lo escuchó con respeto, lo consideró con seriedad y luego hizo exactamente lo que había decidido hacer. Entre 1927 y 1931, Maribon Aparte se sometió a tres operaciones quirúrgicas realizadas por Joseph Halban. Cada una buscaba modificar la anatomía de manera que, según su hipótesis, facilitara el placer que había perseguido durante toda su vida adulta.
Las tres operaciones fracasaron en ese objetivo. Después de cada una, Marie registró sus experiencias con la misma meticulosidad clínica con la que habría documentado cualquier experimento científico, anotando sus observaciones, sus sensaciones, sus conclusiones provisionales. El hecho de que haya persistido después del primer fracaso y después del segundo dice algo fundamental sobre el carácter de esta mujer.
No era obstinación ciega, era la lógica de la científica que sabe que un resultado negativo también es información, que el fracaso de una hipótesis no cierra el campo, sino que lo reconfigura. Maríbon aparte estaba a su manera haciendo ciencia sobre sí misma con su cuerpo como laboratorio y su propia experiencia como dato primario. Era una postura intelectualmente coherente, aunque los medios elegidos fueran desde la perspectiva actual profundamente problemáticos.
Lo que estas operaciones revelan no es irracionalidad, sino el espíritu de una época. Los años 20 y 30 del siglo pasado fueron un periodo de experimentación radical en todas las dimensiones de la cultura humana, en el arte, en la política, en la ciencia, en las relaciones sociales. La sexualidad femenina era un territorio que la medicina comenzaba a mapear con herramientas todavía toscas, plagado de prejuicios y de lagunas conceptuales que hacían posibles hipótesis que hoy nos resultan inverosímiles.
Maríbon aparte operaba dentro de ese horizonte intentando resolver con los recursos disponibles un problema que la ciencia de su tiempo no sabía abordar adecuadamente. Mientras tanto, su trabajo psicoanalítico avanzaba en otra dirección. Completado el análisis con Freud, Marie inició su formación clínica formal y comenzó a atender pacientes en París.
Era una psicoanalista inusual. demasiado rica para depender de sus honorarios, demasiado célebre para pasar desapercibida, demasiado inteligente para conformarse con aplicar mecánicamente las teorías del maestro. Sus escritos sobre sexualidad femenina, publicados bajo su nombre completo en una época en que muchas mujeres que escribían sobre esos temas preferían el anonimato, generaron un debate que se extendió por los círculos psicoanalíticos de toda Europa.
En 1926, apenas un año después de iniciar su análisis con Freud, Maribon Aparte participó activamente en la fundación de la Sociedad Psicoanalítica de París. Aportó a ese proyecto no solo su nombre y su red de contactos, sino también su dinero. Financió las publicaciones de la sociedad, subvencionó el alquiler de sus locales, cubrió los honorarios de conferenciantes internacionales.
El psicoanálisis en Francia durante décadas funcionó en buena medida gracias a su generosidad económica, lo que le otorgó una influencia institucional que iba más allá de su contribución intelectual. Pero el legado intelectual de Marí Bonaparte no debe subestimarse. Su trabajo sobre la sexualidad femenina, aunque marcado por los límites conceptuales de su época y por las teorías freudian que adoptó como marco, fue pionero en tomarse en serio la experiencia subjetiva de las mujeres como objeto de investigación científica.
publicó estudios sobre la frigidez femenina en los que utilizaba tanto datos clínicos como material autobiográfico, en una combinación metodológica que sus contemporáneos encontraron desconcertante, pero que anticipaba tendencias que la investigación contemporánea validaría décadas más tarde.
Y paralelamente a todo esto, Maribon aparte seguía siendo una princesa con todo lo que eso implicaba. recepciones diplomáticas, obligaciones protocolares, viajes entre Atenas, París y las propiedades familiares dispersas por Europa. Navegaba entre esos dos mundos, el de la aristocracia europea y el de la vanguardia intelectual parisina, con una fluidez que a muchos les resultaba misteriosa.
era como si llevara puesta una máscara diferente en cada contexto y sin embargo fuera completamente ella misma en todos ellos. En los años 30, mientras Europa se deslizaba hacia el abismo con una lentitud aterradora, Maríbon aparte estaba construyendo uno de los capítulos más extraordinarios de su historia. En 1936, un librero de Berlín le ofreció un paquete de cartas.
Eran las cartas que Sigmund Freud había enviado a su amigo y confidente Vilgen Fleis entre 1887 y 1904, durante el periodo en que Freud estaba gestando las ideas fundamentales del psicoanálisis, eran, en esencia el registro íntimo del nacimiento de una de las revoluciones intelectuales más importantes del siglo XX. El precio era considerable.
Y había una complicación adicional. Freud, cuando supo que esas cartas estaban en circulación, pidió expresamente que fueran destruidas. No quería que el mundo viera los meandros de su pensamiento en formación, los errores, las dudas, las ideas abandonadas, los momentos de crisis intelectual que precedieron a las certezas publicadas.
Las cartas a Flis mostraban a un Freud humano, tentativo, a veces equivocado, muy diferente de la figura monumental que ya era en vida. Marie las compró y no las destruyó. Su decisión de preservar esas cartas contra la voluntad explícita de Freud fue uno de los actos más audaces y más debatidos de toda su trayectoria.

Para algunos fue una traición a la confianza de su mentor. Para otros fue un acto de responsabilidad histórica que la humanidad debería agradecerle. Esas cartas conservadas y eventualmente publicadas bajo el título La interpretación de los sueños del psicoanálisis resultaron ser una fuente de información invaluable para entender el desarrollo del pensamiento freudiano.
Sin Maríbon aparte, ese material habría desaparecido para siempre. Pero el capítulo más dramático estaba todavía por venir. En marzo de 1938, las tropas de Adolf Hitler entraron en Viena. El Anglus, la anexión de Austria al Rij alemán, convirtió de la noche a la mañana a todos los judíos de Austria en ciudadanos de segunda categoría, expuestos a la persecución, la expropiación y la violencia del aparato nazi.
Sigmund Freud era a sus 81 años el judío más famoso del mundo y por lo tanto uno de los blancos más visibles del nuevo régimen. Maríbon aparte estaba en París cuando llegó la noticia. No esperó a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. tomó el primer tren a Viena. Lo que siguió fue una operación de rescate que duró meses e implicó una combinación de diplomacia, dinero y determinación que resulta difícil de exagerar.
Marie utilizó sus contactos en las más altas esferas del poder europeo. Habló con el príncipe de Grecia, con funcionarios franceses, con representantes diplomáticos de varios países. Pagó personalmente el equivalente a varias fortunas en impuestos de igración que el régimen nazi exigía como condición para dejar salir a los judíos con sus bienes.
negoció, presionó, esperó y volvió a presionar. La Gestapo arrestó a Freud brevemente. Marie, que se encontraba en Viena en ese momento, se plantó ante la sede de la Gestapo y se negó a moverse hasta que lo liberaron. Era una princesa de sangre real con conexiones en media Europa y la determinación de alguien que no tiene nada que perder.
Los nazis, que sabían perfectamente quién era, la soltaron y Freud también quedó libre. El 4 de junio de 1938, Sigmund Freud llegó a la estación Victoria de Londres, acompañado por su familia, su médico y su colección de antigüedades. Maribon aparte había coordinado cada detalle del traslado desde los permisos de emigración hasta el alojamiento en Londres.
También había logrado que las cartas a Flis, ese tesoro intelectual que había comprado dos años antes, salieran de Viena en una valija diplomática grieda a salvo de las garras del régimen, que ya había comenzado a quemar libros de Freud en las plazas públicas. Freud vivió en Londres apenas un año más.
El cáncer de mandíbula, que lo había acompañado durante 16 años con sus cirugías interminables y su dolor constante, llegó en el verano de 1939 a una etapa en que continuar ya no tenía sentido. El 23 de septiembre de ese año, Freud murió en Londres, en la casa de Marsfield Gardens, que se conserva hoy como museo. Maribona aparte estuvo a su lado en los últimos tiempos.
La pérdida fue para ella devastadora en una manera que iba más allá del duelo por un mentor. Perdía al hombre que había sido para ella la figura paterna que su propio padre nunca había logrado ser del todo. Pero no había tiempo para el duelo tranquilo. Europa estaba en guerra. En abril de 1941, Alemania invadió Grecia.
La familia real griega de la que Marí formaba parte como esposa del príncipe Jorge tuvo que huir de Atenas con apenas unas horas de aviso. La ruta de escape fue una de las más accidentadas que se pueda imaginar. De Atenas a Creta, de Creta a Egipto, de Egipto a Sudáfrica, de Sudáfrica eventualmente a Londres y a los Estados Unidos.
Maribon aparte con más de 50 años realizó ese periplo con la misma determinación con que había enfrentado cada crisis de su vida. En el exilio, Marín no se detuvo. Continuó trabajando, escribiendo, manteniendo correspondencia con los psicoanalistas dispersos por el mundo, que el nazismo había obligado a emigrar.
La red del psicoanálisis europeo estaba destrozada. Muchos de sus miembros habían muerto, otros habían huído a América, otros habían desaparecido en los campos de concentración. Maríbon aparte, desde sus distintos exilios, hacía todo lo que podía para mantener esos hilos, para preservar la memoria institucional de un movimiento que el fascismo intentaba destruir junto con todo lo demás que había construido la cultura europea del siglo XX.
En esos años de guerra, Marie también tuvo tiempo para reflexionar sobre algo que la había ocupado desde siempre, la violencia. No la violencia política, aunque esa la rodeaba, sino la violencia como fenómeno humano, como impulso que convivía con el amor y la razón en la psique de cada individuo.
Sus escritos de ese periodo muestran a una pensadora que intentaba aplicar las herramientas del psicoanálisis. para entender cómo sociedades enteras podían dejarse arrastrar por el asesinato en masa, como el fascismo era, en cierto modo, la manifestación colectiva de los mismos mecanismos que el análisis individual intentaba desenredar.
La guerra terminó en 1945. Europa emergió del conflicto transformada de maneras que tardarían generaciones en comprender del todo. La monarquía griega, debilitada por la ocupación y las luchas internas, sobreviviría apenas unos años más antes de ser abolida definitivamente. El príncipe Jorge, el marido de Marí, volvió a Grecia y luego a París, donde los dos vivieron en una especie de coexistencia afectuosa que nunca había sido un matrimonio convencional, pero que tenía sus propias reglas y su propia dignidad. Maribon aparte volvió a París
como volvía siempre, con una agenda llena y la energía de alguien que tiene varias vidas pendientes de vivir. Tenía más de 60 años y la sensación de que lo más interesante todavía estaba por delante. El psicoanálisis francés de Posderra era un campo de batalla intelectual de una intensidad que hoy resulta difícil de imaginar.
La Sociedad Psicoanalítica de París, de la que Maribon aparte era pilar fundacional, estaba atravesada por tensiones que venían acumulándose desde años antes y que el conflicto con un personaje singular terminaría por hacer explosivas. Ese personaje era Jax Lacan. La Kh era sin duda, uno de los intelectos más brillantes y más difíciles de su generación.
Su lectura de Freud, que incorporaba elementos de la lingüística estructural de Sosure y de la filosofía de Hegel, estaba produciendo una reformulación del psicoanálisis que sus admiradores consideraban una revolución y sus críticos una traición. Su práctica clínica, particularmente su costumbre de acortar arbitrariamente la duración de las sesiones, violaba los estándares técnicos que la Asociación Psicoanalítica Internacional consideraba fundamentales.
Maríbon aparte estaba en el bando de los críticos, no porque no reconociera el talento de la K, que era imposible no reconocer, sino porque consideraba que sus prácticas clínicas eran incompatibles con los estándares éticos que debían regir el psicoanálisis. La sesión psicoanalítica para Marí tenía una estructura técnica que no era arbitraria, sino que derivaba de la naturaleza misma del proceso que intentaba facilitar.
Acortarla a voluntad, como hacía la CAN, era comprometer ese proceso para servir a la comodidad o a la agenda del analista. La confrontación entre Marí Bonaparte y La C fue uno de los episodios más dramáticos de la historia del psicoanálisis francés. Era también un choque de personalidades y de mundos. Ella, la princesa de otra época, discípula directa de Freud, guardia de una ortodoxia que consideraba sagrada.
Él, el brillante provocador parisino, convencido de que el psicoanálisis necesitaba ser refundado desde sus bases conceptuales. Ninguno de los dos se dio. El resultado fue la fractura. En 1953, la Sociedad Psicoanalítica de París se dividió. Un grupo de psicoanalistas que apoyaba a La CAN fundó la Sociedad Francesa de Psicoanálisis, mientras Maríbon Aparte y sus aliados permanecían en la sociedad original afiliada a la Asociación Psicoanalítica Internacional.
Fue una herida que nunca cicatrizó del todo y que 10 años más tarde, en 1963, produciría una segunda ruptura todavía más profunda. Maribon aparte nunca consideró que hubiera perdido esa batalla, aunque la fragmentación del psicoanálisis francés la entristecía. Para ella, lo que estaba en juego no era un debate académico, sino la integridad de una disciplina que para ella era algo personal, algo que le había salvado la vida en un sentido muy concreto.
El psicoanálisis era la herramienta que le había dado un lenguaje para entenderse a sí misma, una comunidad intelectual donde su inteligencia era bienvenida y una vocación que llenaba el espacio que su matrimonio, sus aventuras y su riqueza no habían podido llenar. Fue también en estos años de posguerra cuando Mari Bonaparte encontró tiempo para uno de sus proyectos más insólitos, su campaña contra la pena de muerte.
En 1960, enterada del caso de Carl Chesman, un hombre que había pasado 12 años en el corredor de la muerte en California y cuya ejecución inminente había generado una ola de protestas internacionales, Marí Bonaparte viajó a los Estados Unidos con la intención de reunirse con el presidente Eisenhauer para pedir clemencia. Tenía 77 años.
Logró la reunión. no logró salvar a Cheesman, que fue ejecutado en mayo de ese año. Pero el hecho de que una princesa griega de casi 80 años cruzara el Atlántico para enfrentarse al presidente de los Estados Unidos en nombre de un condenado, decía todo lo que había que saber sobre quién era Maribon Aparte. El 21 de septiembre de 1962, Mari Bonaparte murió en San Tropé, en el sur de Francia. Tenía 80 años.
había sobrevivido a dos guerras mundiales, a la caída de las monarquías europeas, a la muerte de Freud, al exilio, al cisma del psicoanálisis francés y a décadas de una búsqueda personal que nunca se cerró del todo. El mundo que había conocido de niña, el mundo de los palacios y las coronas y los grandes apellidos, había desaparecido casi por completo.
El mundo que ella misma había contribuido a construir, el del psicoanálisis europeo, el de la investigación seria sobre la sexualidad femenina, el de la preservación del legado freudiano, sobrevivía. Su figura plantea preguntas que no tienen respuestas simples. ¿Encontró la felicidad que buscaba? La respuesta honesta es que depende de cómo se defina la felicidad.
Si se trata de esa experiencia que los filósofos llaman eudaimonía, la satisfacción de una vida vivida a plena potencia, de acuerdo con los propios valores y las propias capacidades, entonces sí, Marí Bonaparte vivió una de las vidas más plenas que se pueda imaginar. Si se trata de la felicidad entendida como ausencia de sufrimiento o como satisfacción permanente, entonces no.
Marí Bonaparte sufrió mucho, buscó sin cesar y jamás dejó de encontrar en sí misma territorios inexplorados que la inquietaban. El legado que dejó es múltiple y extraordinario. Como psicoanalista, fue pionera en llevar la perspectiva freudiana a Francia y en asegurar que las obras de Freud fueran traducidas al francés con la fidelidad y la profundidad que merecían.
Como investigadora, publicó trabajos sobre sexualidad femenina que, a pesar de sus límites históricos, abrieron territorios que la investigación posterior exploraría con herramientas más refinadas. Como activista institucional, fundó y sostuvo económicamente las estructuras que permitieron al psicoanálisis francés existir durante sus décadas más vulnerables.
Pero quizás su legado más importante, el menos visible y el más duradero, es el de haber salvado a Sigmund Freud y su archivo del nazismo. Sin las gestiones de Maríbon aparte, en la primavera de 1938, Freud habría muerto muy probablemente en Viena bajo ocupación alemana. Sin sus maniobras diplomáticas y su dinero, las cartas a FL y muchos otros documentos fundamentales del psicoanálisis habrían desaparecido.
La historia intelectual del siglo XX habría sido diferente y es imposible saber hasta qué punto. Maribon aparte usó todo lo que tenía, el apellido, el dinero, los contactos, la inteligencia y la obstinación para construir una vida que no se parecía a la que su nacimiento parecía destinada a tener. no fue siempre feliz.
No resolvió todas sus preguntas, cometió errores que la propia historia se encargó de señalar, como esas operaciones que la ciencia posterior demostraría que eran equivocadas, pero nunca dejó de intentarlo, nunca dejó de buscar. Y esa búsqueda incansable es en sí misma una forma de respuesta a la pregunta que la había perseguido desde niña.
Cuando era pequeña y llenaba cuadernos con sus observaciones del mundo, Maribon aparte no sabía que estaba escribiendo el primer capítulo de una historia que recorrería a los salones de la aristocracia europea, el diván de Freud, los quirófanos de Viena, las calles de una Atenas ocupada, los corredores de la Gestapo y el corredor de la muerte de una prisión californiana.
No sabía que esa niña, sola en un palacio demasiado grande acabaría siendo una de las mujeres más influyentes del siglo XX. No lo sabía entonces y quizás, en el fondo, lo supo siempre. La felicidad, Marí Bonaparte, parece haber concluido al final de sus días, no es un destino al que se llega y donde uno se instala para siempre.
es el movimiento mismo de la búsqueda, el atrevimiento de hacer las preguntas difíciles, la valentía de buscar las respuestas en los lugares incómodos, la generosidad de usar lo que uno encuentra para que otros también puedan buscar con más herramientas. En ese sentido, y solo en ese sentido, quizás Maríbon aparte sí encontró lo que andaba buscando.
Simplemente no era lo que esperaba encontrar cuando empezó a buscar.