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Marie Bonaparte: la princesa que Freud no pudo salvar

Había financiado y participado en exploraciones etnográficas a la ponia, Java y el Congo. Fotografiaba a pueblos indígenas con la misma distancia científica con la que observaba especímenes botánicos. Era un hombre del siglo XIX en el sentido más completo, racional, sistemático, convencido de que el mundo podía medirse y catalogarse.

Su hija, con sus preguntas sobre la muerte, el amor y el sentido de la existencia, debía de resultarle desconcertante. María aprendió a leer y escribir con una rapidez que sorprendió a sus institutrices. Pero más que la lectura formal, lo que la fascinaba era escribir. A los 5 años ya llenaba cuadernos con observaciones sobre lo que veía, sobre lo que sentía, sobre conversaciones que escuchaba escondidas entre los adultos.

Uno de esos cuadernos, redactado entre los cinco y los 10 años contenía reflexiones filosóficas embrionarias, relatos de sueños y de manera particularmente reveladora preguntas sobre la sexualidad que ningún adulto de su entorno se habría atrevido a formular en voz alta. La muerte de su madre había dejado en Marí una herida que nadie se dignó a tratar con cuidado.

En aquella época, el duelo en los niños no se reconocía como lo que era, un proceso necesario que requería acompañamiento. Se esperaba que los niños, especialmente los niños privilegiados, simplemente siguieran adelante. Así que Marie siguió adelante hacia afuera, pero hacia adentro construyó un mundo interior denso, plagado de preguntas sin respuesta, de imágenes de una madre que nunca había conocido y cuya ausencia tenía el peso específico de lo que jamás pudo ser.

A los 10 años sufrió un segundo golpe emocional importante, la muerte de su tía abuela Mimau, una de las pocas figuras que le habían ofrecido algo parecido al calor materno. Quedó entonces, más expuesta que nunca a la frialdad estructural de esa casa enorme y solemne. Su abuela, la princesa Pieg, seguía al mando, pero era una mujer de otra época, formada en la etiqueta y la disciplina, poco equipada para consolar el alma de una niña que preguntaba demasiado y sentía demasiado.

Fue por esa época cuando Marie comenzó a desarrollar lo que más tarde describiría como su primera gran neurosis, un miedo intenso a la muerte, específicamente a su propia muerte. No era un miedo abstracto, sino concreto, visceral, que se manifestaba en noches de insomnio y en una vigilancia permanente sobre su propio cuerpo.

Cada pequeño síntoma físico se convertía en una posible señal de catástrofe. Este miedo que la perseguiría durante décadas era en realidad algo más profundo. era la forma que tenía suque de procesar la pérdida inaugural, esa muerte que había ocurrido antes de que ella pudiera recordarla, pero que la había marcado de manera indeleble.

La educación que recibió era la típica de una joven aristócrata de su tiempo. Idiomas, música, historia, buenas maneras. Pero Marie absorbía todo eso como un trámite y dirigía su energía real hacia sus propias lecturas. A los 15 años ya había leído a Darwin, a Spencer, a los grandes positivistas del siglo.

Tenía opiniones formadas sobre la evolución, sobre la naturaleza humana, sobre el papel de la mujer en la sociedad. Opiniones que en una muchacha de su condición y su época resultaban francamente escandalosas. Su entorno doméstico, presidido por la figura discreta, pero omnipresente de su padre, era un laboratorio permanente para sus observaciones.

Roland Bonaparte recibía en casa a científicos, exploradores, geógrafos. Marie escuchaba desde los márgenes, absorbía datos, hacía conexiones y empezaba a intuir algo que tardaría muchos años en articular con claridad, que el conocimiento era una forma de poder y que para una mujer de su tiempo era quizás la única forma de poder que nadie podía confiscarle del todo.

Cuando Marí Bonaparte cumplió 21 años, su fortuna y su apellido la convirtieron en uno de los partidos más codiciados de Europa. No era una belleza convencional, según los cánones de la época, pero tenía algo más difícil de definir y más difícil de ignorar, una presencia intensa, una inteligencia que se percibía en cada conversación y esa combinación de melancolía y energía que suele hacer a ciertas personas magnéticamente fascinantes.

Los pretendientes llegaron como era de esperarse, pero Marie no se dejaba impresionar fácilmente. Su padre, Roland Bonaparte tenía sus propios cálculos. En el entramado político y social de la Europa de principios del siglo XX, un matrimonio bien situado era una inversión estratégica. Y así fue como en 1907, a los 24 años Marí Bonaparte se convirtió en la esposa del príncipe Jorge de Grecia y Dinamarca, cuarto hijo del rey Jorge I de Grecia.

La boda fue un acontecimiento de resonancia europea celebrada con toda la pompa que los dos apellidos combinados exigían. El príncipe Jorge era un hombre apuesto, de modales impecables y ascendencia real inobjetable. Era también, como Marí descubriría muy pronto después de la boda, un hombre que no sentía ninguna atracción hacia las mujeres.

Su verdadero amor, que ni siquiera intentó disimular ante su nueva esposa, era Valerie Murat, una mujer mayor que él, con quien mantendría una relación de dependencia emocional durante décadas. Más aún, Jorge era un hombre cuya orientación sexual lo dirigía hacia los hombres, aunque en el contexto de la época y su posición, esto permanecía en la sombra.

Para Marí, la noche de bodas fue una revelación brutal, no porque esperara una experiencia trascendente, sino porque descubrió de golpe que el hombre con quien compartiría su vida no tenía interés genuino en ella como mujer. Las relaciones íntimas que siguieron fueron escasas, mecánicas y dejaron en Marí una sensación de fractura profunda que al principio intentó ignorar.

se convenció a sí misma de que quizás así eran los matrimonios aristocráticos, que quizás ella esperaba demasiado, que quizás el problema era ella. Esa última idea se instalaría en su sique con una tenacidad demoledora, la idea de que el problema era ella, que si no experimentaba placer, si no se sentía plena, si la intimidad la dejaba vacía y confundida, era porque algo en ella funcionaba mal.

Esta convicción alimentada por las teorías médicas de la época que describían la frialdad femenina como una patología se convertiría en la obsesión central de su vida durante las dos décadas siguientes. Y sin embargo, el matrimonio tuvo sus compensaciones inesperadas. Marie y Jorge llegaron a desarrollar una relación de afecto genuino, una especie de complicidad intelectual y doméstica que, si bien carecía de pasión romántica, tenía su propia calidad.

Tuvieron dos hijos, Pedro, nacido en 1908, y Eugenia, nacida en 1910. Marí se volcó en la maternidad con toda la intensidad que la caracterizaba, aunque incluso en ese rol encontraba los límites de lo que el afecto de los hijos podía llenar. Instalada en Atenas como princesa de Grecia y Dinamarca, María observaba la vida política y social griega con sus ojos habituales de científica aficionada.

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