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Elba Esther Gordillo: Donó un Riñón a los 19 y Usó a su Madre MUERTA para Esconder 373 Millones 

Elba Esther Gordillo: Donó un Riñón a los 19 y Usó a su Madre MUERTA para Esconder 373 Millones 

14 de marzo de 2016. Sala de oncología, Ciudad de México. Una mujer de 44 años lleva semanas perdiendo peso y perdiendo aire. Se llama Mónica Arriola y su madre no está ahí. No está porque no quiera. No está porque esté de viaje ni porque haya elegido otro lugar. Está en una celda de Santa Marta Catitla. Y para poder entrar a esa sala, necesita lo que ninguna vez en su vida adulta había necesitado.

Un papel firmado, la autorización de un custodio, el permiso de alguien que ella hace apenas 3 años habría despedido con un gesto de muñeca sin siquiera levantar la vista del escritorio. La mujer que durante 24 años decidió quién cobraba y quién no en el sindicato magisterial más grande de América Latina. La mujer que decidió quién ascendía y quién desaparecía del mapa, quién era maestro con plaza y quién era un hombre en una nómina que cobraba sin pisar nunca un salón de clases.

Esa mujer estaba esperando un papel que le dijera si podía despedirse de su hija antes de que fuera demasiado tarde. Guarda ese papel en tu mente. Ese documento aparece de nuevo al final de esta historia y cuando vuelva a aparecer va a significar algo completamente distinto. El va Ester Gordillo, la maestra, el nombre que durante dos décadas hizo bajar la voz a presidentes mexicanos en reuniones privadas.

El nombre que movió partidos, que torció elecciones, que convirtió el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación en su propiedad personal. El nombre que finalmente apareció en expedientes de la Procuraduría General de la República junto a palabras que habían parecido imposibles de pronunciar junto al suyo: lavado de dinero, defraudación fiscal, delincuencia organizada, desvío de recursos.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nadie ha contado juntas de esta manera. Primero, como la única mujer que a los 19 años donó su propio riñón para intentar salvar a alguien que amaba, terminó siendo la misma que usó el nombre de su propia madre muerta para justificar 373 millones de pesos en documentos bancarios europeos que nadie podía explicar.

Segundo, ¿cómo funcionó por dentro el sistema de los 22,000 maestros fantasma que durante años devoraron 130 millones de dólares anuales? Mientras en Chiapas, en Oaxaca y en Guerrero los niños estudiaban en salones sin techo, sin libros y sin maestros reales. Tercero, porque un solo error de procedimiento de los fiscales mexicanos, un único error técnico en la forma de recolectar evidencia bancaria en Europa, fue suficiente para que la mujer acusada de desviar más de 2,000 millones de pesos saliera libre sin que México pudiera

hacer absolutamente nada. Y cuarto, porque su hija mayor no fue a su boda. Porque el apellido que ella construyó durante décadas sobre miedo y lealtades compradas no alcanzó para tener a su propia sangre sentada en primera fila el día más importante de su vejez. Guarda este nombre. Soy la Estela Morales Ochoa, maestra rural de Chiapas, muerta hacía años cuando su nombre apareció en documentos bancarios europeos.

 Ese nombre va a aparecer en un momento de esta historia que te va a dejar sin palabras. Para entender a Elva Ester Gordillo, hay que empezar donde México siempre olvida empezar. No en el sindicato, no en Los Pinos, no en la boutique de San Diego, donde deslizaba tarjetas con un saldo que no cuadraba con ningún salario de la República.

 Hay que empezar en Comitán, Chiapas, 6 de febrero de 1945. Un pueblo del sur donde la pobreza no era noticia ni excepción ni mala racha de la semana. Era el punto de partida, el aire que se respiraba, las casas de paredes cansadas que resistían como podían, las calles de polvo que en temporada de lluvia se convertían en lodo y la vida de una niña que dependía desde muy temprano de lo que pudiera aguantar.

Su madre se llamaba Soila Estela Morales Ochoa. Era maestra rural. Una de esas mujeres que conocen el cansancio específico de enseñar en comunidades donde los niños llegan con hambre y aún así se les pide que aprendan. Soila no tenía riqueza, tenía vocación y una hija a quien criar sola, porque cuando Elbava tenía 3 años, su padre murió.

 No hay registros de cómo procesa eso una niña de 3 años. Lo que sí hay es una consecuencia que sus personas más cercanas notarían décadas después de distintas maneras. El vacío de esa ausencia no se cerró, se fue transformando en algo diferente, en una urgencia sorda de no volver a quedarse sin nada, en una certeza temprana y brutal de que el mundo no te debía ningún favor por ser bueno.

 A los 12 años se paró frente a un salón de clases para dar clase, no porque la llamara algo parecido a una vocación, sino porque en el México de los años 50, una niña pobre del sur no tenía el lujo de esperar a que algo la llamara. La necesidad aprieta antes que los sueños. A los 15 entró al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y ahí empieza la historia real de Elva Ester Gordillo.

 Pero antes de la política, antes del sindicato, antes de todo lo que México terminaría sabiendo sobre ella, hubo un momento que la define mejor que cualquier expediente judicial, un momento que la competencia ha mencionado de pasada y que nadie ha contado del todo. 1962. Elva Ester tiene 17 años. Se casa con Arturo Montelongo Martínez, un profesor de geografía 12 años mayor que ella.

 Al año siguiente nace Maricú, la primera hija, una familia, un hogar, una promesa de normalidad que parecía alcanzable. En 1963, Arturo empieza a enfermarse de los riñones. Grave. La medicina de esos años no tenía muchas salidas. Un trasplante era la única opción real. Y Elbaester, 19 años recién cumplidos, madre de una niña que aún gateaba, tomó una decisión que no encaja fácilmente con el perfil que México le construyó después. Le donó un riñón.

No es un gesto, no es un sacrificio retórico de los que se cuentan para quedar bien. Es una cirugía irreversible donde abren tu cuerpo, extraen un órgano que no vuelve a crecer y lo colocan en el cuerpo de otra persona. Lo hizo con 19 años. Lo hizo convencida de que el amor podía cambiar el resultado, de que entregarse lo suficiente alcanzaba para detener lo que venía.

 Guarda este detalle. una mujer de 19 años que entrega parte de su propio cuerpo para salvar a alguien. Ese es el punto de origen, el momento en que todavía existía una versión de Elva Ester Gordillo capaz de ese tipo de generosidad absoluta. La medicina de 1964 no pudo hacer el milagro. El trasplante falló. Arturo murió 19 años, una hija de meses, una cicatriz que nunca aparece en las fotografías de prensa y la herida más profunda que puede dejar ese tipo de experiencia, no el dolor del duelo, que también estaba, sino la certeza

instalada en el cuerpo de alguien muy joven de que habías entregado lo más íntimo de ti mismo y el resultado fue el mismo de todas formas, que el mundo no funcionaba así. que la generosidad no garantizaba nada, que en México si no mandabas te aplastaban. A lo mejor tú también conoces esa sensación en alguna escala, la de haber dado todo y descubrir que no alcanzó, que el mundo no responde a la entrega con justicia.

Multiplica eso por una cicatriz quirúrgica y una niña pequeña y una vida entera por delante en el México de los 60 y empieza a entender lo que esa noche de 1964 plantó en ella. No la convirtió en lo que vendría después de la noche a la mañana. Las transformaciones reales no funcionan así, pero sí abrió una grieta, una convicción que con los años fue ocupando más espacio.

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