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El CASO DE INCESTO que sacudió Lima — 20 años desaparecida, tenía CUATRO HIJOS con su TÍO

Durante 20 años, una familia del distrito de San Juan de Lurigancho celebró misas por el alma de una muchacha que nunca había muerto. Encendieron velas en el aniversario de su desaparición. Rezaron novenas cada mes de agosto. Llevaron flores a una tumba vacía en el cementerio. El ángel. La madre envejeció llorando a una hija que estaba viva.

El padre murió sin saber la verdad. Los hermanos crecieron cargando el peso de una ausencia que en realidad era una mentira construida con una precisión casi perfecta cuando por fin la encontraron en el segundo piso de una casa que la policía había visitado al menos tres veces en aquellas dos décadas por razones completamente ajenas al caso.

Lo que descubrieron detrás de una puerta cerrada con candado no solo destrozó a una familia, sacudió a toda Lima. Eh, porque allí dentro no estaba solamente ella, estaban también los cuatro hijos que había tenido durante el cautiverio. Los cuatro hijos de un hombre al que ella llamaba tío desde que era una niña pequeña.

¿Cómo es posible que una muchacha desaparezca en una de las ciudades más pobladas de América del Sur y permanezca oculta durante 20 años a menos de 800 met de la casa donde nació? ¿Qué clase de hombre sería capaz de sostener semejante engaño durante tanto tiempo mirando a los ojos a su propia hermana en cada almuerzo dominical? Cuántas veces pasó la madre por delante de aquella casa sin saber que detrás de uno de los muros que rozaba con la mano al subir el cerro, su hija menor cumplía años. Paría hijos, envejecía en silencio

y más difícil todavía. ¿Por qué? cuando finalmente tuvo la oportunidad de escapar e ella dudó antes de hacerlo. Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo.

Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Para entender lo que ocurrió, hay que entender primero el lugar. San Juan de Lurigancho, a mediados de los años 90, era el distrito más poblado del Perú y uno de los más poblados de toda Sudamérica.

Más de 600,000 habitantes apretados entre los cerros áridos del este de Lima, donde las casas de ladrillo rojo trepaban las laderas sin orden, una encima de otra, ni como si alguien hubiera derramado un saco de piezas sobre una pendiente. Las calles de tierra subían y bajaban siguiendo la geografía caprichosa del cerro.

Los mototaxis eran reyes del transporte. Las bodegas de esquina vendían pan Chancai, leche evaporada, fideos, velas para cuando se iba la luz, que era a menudo. Por las tardes, las señoras sacaban sillas a la puerta y conversaban mientras los niños jugaban pichanga en cualquier espacio plano. Era un barrio de gente trabajadora, en su mayoría migrantes de la sierra central y sur, que habían bajado a Lima buscando lo que en la sierra no existía.

Colegios, hospitales, trabajo estable, un barrio pobre, sí, pero donde todo el mundo se conocía por el nombre, por el apodo, por la familia, donde una ausencia se notaba, donde se suponía una muchacha no podía simplemente desvanecerse. La muchacha se llamaba Rosa Carmen Quispe Alarcón. En agosto de 1995 tenía 16 años recién cumplidos.

Era la menor de cinco hermanos en una familia que había llegado a Lima desde Huancayo, cuando ella apenas caminaba a comienzos de los años 80. Su padre, don Félix Quispe Sánchez, trabajaba de albañil en obras de construcción en distritos más prósperos, Surco, La Molina, San Isidro, dependiendo de dónde hubiera pega.

Salía antes del amanecer, bajaba el cerro con la tómbola de herramientas al hombro, tomaba el primer bus y volvía pasadas las 8 de la noche con las manos partidas por el cemento. Su madre, doña Elvira Alarcón Hamán, era costurera. Tenía una máquina singer antigua de pedal pintada de verde botella Ne que había traído cargada en un ómnibus desde la sierra y que vibraba sobre la mesa del comedor todas las tardes mientras ella remendaba pantalones, acortaba uniformes escolares, reparaba sábanas para las vecinas que pagaban con dos o

tres soles o a veces con un plato de comida. La familia vivía en una casa de dos pisos, sin terminar en la parte alta del cerro San Cristóbal, en una calle estrecha donde los carros apenas cabían y los camiones de basura no subían. Techos de calamina sujetos con piedras, ventanas sin vidrios, cubiertas con plástico grueso clavado al marco de madera, un baño compartido con tres familias más en el fondo del terreno.

Rosa era una muchacha tranquila, de esas que no llaman la atención por la voz, sino por el silencio, de estatura mediana, más bien baja, con textura delgada, piel cobriza, no el cabello negro lacio hasta la mitad de la espalda, casi siempre amarrado en una cola baja con una liga de colores que había pertenecido a su hermana mayor.

Tenía los ojos almendrados y oscuros, heredados de su madre, y una cicatriz pequeña en la ceja izquierda de una caída que había tenido a los 8 años bajando corriendo una escalera de cemento. Cursaba cuarto año de secundaria en el colegio estatal del barrio, un edificio amarillo de tres pisos con patio de cemento y canchitas dibujadas con tiza.

Era buena alumna sin ser brillante. Le gustaban las matemáticas, aunque detestaba admitirlo delante de sus amigas. Le encantaba la novela. Los ricos también lloran que había visto repetida mil veces en el televisor a blanco y negro de la sala. Soñaba cuando hablaba con Milagros Alvarado, su mejor amiga desde primer grado, con ser enfermera, más soñaba con trabajar en el hospital Hipólito Unánue, que se veía desde lo alto del cerro como un edificio grande y blanco al otro lado del valle, y con poder comprarle a su

madre una máquina de coser nueva, una eléctrica. Cuidaba de los hijos de sus hermanas mayores los sábados por la tarde. Iba a misa con doña Elvira los domingos por la mañana a la parroquia del barrio. No tenía enamorado. Había rechazado el año anterior a un muchacho del salón que le había mandado una carta doblada en cuatro con una flor pegada con cinta adhesiva.

Le parecía demasiado pronto. Tenía tiempo, pensaba. tenía toda la vida por delante. Tenía un tío, el hermano menor de su padre. Se llamaba Mario Quispe Sánchez y vivía a menos de 800 met de la casa familiar, bajando el cerro hacia la avenida principal en una casita de un piso que él mismo había construido a lo largo de los años, ladrillo por ladrillo, los fines de semana, con el dinero que ganaba manejando un tico blanco como taxi informal por las calles de Lima.

Mario tenía entonces 31 años. Era un hombre bajo, de hombros anchos, con una panza incipiente que le estiraba las camisas sobre el cinturón. Tenía el pelo negro espeso, peinado hacia atrás con gomina barata que le dejaba un brillo oleoso bajo la luz. La cara ancha, los pómulos prominentes, un bigote fino recortado con cuidado casi obsesivo todos los sábados por la mañana delante del espejo del baño.

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