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Entraron a la Suite Roja buscando una fiesta… y nadie volvió a ser el mismo

Parte 1: El eco de la prohibición

Todos hablaban de la suite roja. Era esa clase de leyenda urbana que circula por los grupos de WhatsApp de madrugada, entre mensajes de voz etílicos y fotos desenfocadas de copas vacías. En Madrid, cuando la noche se vuelve lo suficientemente espesa y el alcohol ha nublado el juicio de los más precavidos, siempre hay alguien que menciona el hotel Palace, o quizás un edificio señorial en algún callejón recóndito de Malasaña, donde dicen que existe una estancia que nadie reserva, pero a la que todo el mundo intenta entrar. La suite roja no era un lugar físico, al menos no en el sentido convencional; era más bien un estado mental, una invitación al desastre envuelta en papel pintado de terciopelo carmesí.

Decían que las fiestas allí nunca terminaban bien. Y cuando digo que no terminaban bien, me refiero a que no terminaban con un simple dolor de cabeza o con la pérdida de las llaves del coche. Había algo en la atmósfera de aquel lugar que parecía devorar la lógica de los asistentes. Escuchabas historias de gente que entraba para tomar una copa y salía tres días después sin recordar su segundo apellido, o de individuos que, tras pasar una hora tras aquellas puertas dobles, juraban haber visto al mismísimo diablo jugando al mus con un recepcionista jubilado.

Daniel, que siempre había tenido un sentido de la curiosidad directamente proporcional a su falta de instinto de supervivencia, se pasaba las noches en vela analizando si todo aquello no era más que un bulo diseñado para turistas despistados o para adolescentes que buscaban una excusa para colarse en lugares prohibidos.

—Es una chorrada, tío —le decía Javi, mientras apuraban unas cañas en la terraza de siempre, bajo el sol de justicia de un martes por la tarde que presagiaba una noche larga—. La gente se aburre mucho. Se inventan historias de terror porque no tienen suficiente con el precio del alquiler o con la subida de la luz. La suite roja es, sencillamente, el nombre más pretencioso que se le ha ocurrido a alguien para intentar venderte una fiesta privada con más hielos de la cuenta.

Daniel le miraba con esa media sonrisa que reserva para cuando sabe que el otro está equivocado, pero no tiene los argumentos necesarios para demostrarlo sin parecer un loco. Él había visto fotos, o al menos eso creía. Había visto perfiles de Instagram de gente que, de repente, dejaba de publicar contenido durante meses, para luego reaparecer con una mirada vidriosa, hablando de luces cálidas, de una música que sonaba como un latido y de un sabor a vino metálico que no conseguían quitarse de la lengua.

—¿Y si fuera verdad, Javi? ¿Y si no es solo una fiesta? ¿Qué pasa si es una puerta? —preguntó Daniel, jugueteando con el posavasos de cartón.

Javi soltó una carcajada que hizo que el camarero les mirara con desdén.

—¿Una puerta? ¿A dónde? ¿A Narnia? No te flipes, Dani. Que el otro día te vi leyendo un libro de autoayuda y ya te ha cambiado la personalidad. La suite roja es un mito porque la gente necesita creer que hay algo más ahí fuera. Que hay algo emocionante detrás de la mediocridad de nuestra rutina. Pero la realidad es mucho más aburrida: es un pasillo largo, una puerta cerrada y un portero que te pide una acreditación que no tienes.

A pesar de las palabras de Javi, Daniel sentía un hormigueo en la nuca. Aquella semana, la conversación no giraba en torno a otra cosa. En el grupo de amigos, la idea de la suite roja había pasado de ser un chiste recurrente a convertirse en una especie de obsesión colectiva. No era que quisieran ir para triunfar, era un reto. Como el que se lanza a hacer puenting sin comprobar las cuerdas, o el que decide casarse con alguien a quien conoce desde hace tres semanas. Había una pulsión masoquista, una necesidad intrínseca de estirar la realidad hasta que hiciera “crack”.

Recuerdo que, en aquella época, Daniel insistía en que había una forma de entrar. Decía que no era cuestión de dinero, sino de sincronía. Tenías que llegar a la hora exacta, cuando el segundero del reloj de la torre de la plaza marcaba un silencio inexistente, y llamar tres veces. Ni dos, ni cuatro. Tres. Si llamabas dos, el portero te echaba; si llamabas cuatro, el hotel parecía deshabitado. Pero con tres, la puerta se abría hacia dentro antes incluso de que tu mano tocara la madera.

—Todo eso es sugestión, Dani —insistía Lucía, que se unía a la conversación tras haber terminado su jornada en el despacho de abogados—. La sugestión es un arma de doble filo. Si quieres creer que una puerta se abre sola, tu cerebro te va a hacer ver cómo la puerta se abre sola, aunque sea el puto viento. Estamos en Madrid, no en una película de terror de serie B. Aquí, si una puerta se abre, es porque alguien ha pagado una fianza.

Sin embargo, Lucía era la primera que esa misma noche se compró un vestido que jamás habría usado para ir a tomar algo a la Latina. Era un rojo intenso, casi insultante, el tipo de rojo que parece absorber la luz de las bombillas. Daniel la observó mientras ella se miraba en el escaparate de una tienda de ropa usada, ajustándose el escote con una seriedad impropia de ella. Aquello ya no era un debate. Se estaba convirtiendo en una expedición.

La gente hablaba de la suite roja como si fuera el último refugio de la bohemia, el lugar donde las leyes de la física se tomaban un respiro y donde el tiempo se dilataba hasta volverse viscoso. Hablaban de música que no venía de ninguna parte, de espejos que reflejaban versiones de ti mismo que no reconocías, y de un ambiente que, aunque inicialmente embriagador, terminaba dejándote con una sensación de vacío existencial tan profunda que te obligaba a cuestionarte todo lo que habías hecho hasta los treinta años.

Daniel miraba su reloj de pulsera, un Casio que tenía desde la universidad, y se preguntaba si, de verdad, aquel trozo de metal podía marcar el fin de la cordura. La ciudad, a sus espaldas, se movía con su ritmo frenético habitual, coches pitando, gente corriendo para coger el metro, el murmullo constante de una capital que nunca duerme. Pero en su cabeza, solo había un objetivo: ese rincón oculto, esa suite roja que prometía respuestas a preguntas que ni siquiera se atrevía a formular en voz alta.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó Javi, ya cerca de la medianoche, mientras caminaban por una zona de la ciudad que parecía haber olvidado que el siglo XXI había llegado—. Porque me parece que nos estamos metiendo en un berenjenal del que va a ser complicado salir con dignidad.

Daniel no respondió. Sus ojos estaban fijos en el final de la calle, donde una luz tenue, de un tono escarlata que parecía sangrar sobre el pavimento gris, empezaba a parpadear como un corazón cansado. Aquello no era un cartel de neón; era algo más antiguo, algo que emanaba de las paredes, como si el propio edificio estuviera filtrando su esencia. El aire se volvió de repente más pesado, cargado de una electricidad estática que erizaba el vello de los brazos.

Javi se detuvo en seco, tragando saliva. Lucía, por su parte, se llevó una mano al pecho, donde su collar de plata parecía haber perdido el brillo. No hacía falta decir nada. La suite roja, o lo que fuera que se escondía detrás de aquel nombre, les estaba llamando, y por primera vez en sus vidas, la curiosidad se sintió peligrosamente parecida al miedo. No era un miedo visceral, de huir, sino una atracción fatal, la misma que siente un polilla antes de estrellarse contra una bombilla que quema demasiado.

—Ya estamos aquí —susurró Daniel, aunque apenas se le oía por encima del latido acelerado que resonaba en sus sienes—. No hay vuelta atrás. Si esto es una estafa, nos reiremos mañana. Y si no lo es… bueno, quizás sea la historia que contaremos el resto de nuestras vidas.

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