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Pedro Infante Hizo Película Prohibida – El Gobierno La Robó

 Pedro, los estudios llamaron otra vez. ¿Quieren que hagas otra película como nosotros los pobres? Otra historia de barrio, otra comedia con canciones. Pedro no levantó la vista del guion que estaba leyendo. Ya les dije que no. Ya hice esa película tres veces con diferentes títulos, pero es lo que la gente quiere ver.

 Es lo que te hizo famoso. Pedro Finalment La Low. Sus ojos tenían esa intensidad que María Luisa conocía bien, esa mirada que significaba que había tomado una decisión y nada lo haría cambiar de opinión. María, ¿sabes cuántas cartas recibo cada semana de gente del campo? ¿De campesinos, de hejidatarios, de familias que viven en la miseria? No sé.

Muchas, supongo, cientos. Y todas dicen lo mismo. Pedro, muéstranos. Muestra cómo vivimos realmente. Muestra la verdad que nadie quiere ver. Se levantó, caminó hacia la ventana que daba al jardín perfectamente cuidado de su casa. Tenemos un país donde el gobierno presume del milagro mexicano, donde construyen rascacielos en la Ciudad de México y hacen desfiles mostrando progreso.

 Pero a 200 km de aquí hay comunidades enteras donde la gente no tiene agua potable, donde los niños mueren de enfermedades curables, donde las familias viven en chosas de lodo. Se volteó hacia María Luisa. ¿Y yo qué hago? Canto canciones bonitas en películas que hacen como que ese México no existe. Pedro, entiendo tu frustración, pero no puedes cambiar el país con una película.

 No voy a cambiar el país, pero al menos voy a mostrar la verdad, aunque sea una vez en mi vida. María Luisa suspiró. Conocía esa terquedad. Había vivido con Pedro suficientes años para saber que cuando tomaba una decisión no había vuelta atrás. Está bien”, dijo María Luisa. “Finalmente, “Hazla, pero tiene que ser inteligente.

 No puede ser un panfleto político. Tiene que ser Pedro Infante. Tiene que tener tu corazón.” Exacto. Vamos a contar una historia tan humana, tan real, que nadie pueda ignorarla. Pasó las siguientes seis semanas escribiendo el guion con un joven escritor llamado Ricardo Garibay, un hombre de Tulancingo que conocía la pobreza rural de primera mano.

 La historia era devastadora en su simplicidad. Un hombre llamado Sebastián regresa a su pueblo natal después de 20 años trabajando en la ciudad. Viene con sueños de mejorar la vida de su comunidad, de traer escuelas, agua potable, un dispensario médico, pero se enfrenta a la corrupción del cacique local.

 a la indiferencia de las autoridades estatales, a un sistema diseñado para mantener a los pobres pobres y a los poderosos poderosos. No había charros elegantes, no había serenatas románticas bajo balcones, no había finales felices fáciles, era México real, crudo, sin maquillaje. Presentaron el guion a los estudios Churubusco en agosto. Yo estaba ahí.

Trabajaba como archivista junior, organizando documentos, pero ese día me tocó estar presente en la reunión porque necesitaban que alguien tomara notas oficiales. El productor ejecutivo, un hombre llamado Gregorio Bayerstein, leyó el guion en silencio durante 20 minutos. Toda la sala esperaba. Pedro fumaba nerviosamente.

 Ricardo se mordía las uñas. Finalmente, Bayerstein cerró el guion. No, perdón, preguntó Pedro. Incrédulo. No, esto no se va a hacer. No en este estudio, no en ningún estudio en México. ¿Por qué? Bayerstein se recargó en su silla. Pedro, tú eres el actor más querido de México. La gente te adora. Vas a los pueblos y te tratan como santo.

 ¿Sabes por qué? Porque hago buenas películas. No, porque haces películas que los hacen sentir bien. Películas donde el pobre es noble y digno, donde el amor conquista todo, donde México es hermoso y esperanzador. ¿Haces películas de escape? Pedro apretó los puños. Hago películas honestas, honestas dentro de ciertos límites.

 Este guion levantó el papel como si fuera algo contaminado. Esto cruza todos los límites. Esto muestra corrupción gubernamental. Esto muestra abandono sistemático. Esto muestra que el gobierno miente sobre el progreso del país. Porque es verdad, la verdad no vende boletos, Pedro. Y más importante, la verdad no consigue permisos de filmación.

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 Y créanme, este guion nunca jamás recibirá esos permisos. Pedro se paró bruscamente. Entonces lo haré independiente con mi propio dinero. Sin estudio. Con tu propio dinero. Pedro. Una película cuesta 300,000. ¿Tienes guardados bajo el colchón? Los conseguiré. Aunque los consigas, aunque la filmes, luego, ¿qué? ¿Quién la va a exhibir? Todos los cines en México necesitan licencias de operación que renueva gobernación cada año.

 Una palabra del gobierno y tu película se queda pudriéndose en una lata. Salieron de la reunión derrotados, pero no vencidos. En el estacionamiento, Ricardo preguntó, “¿Realmente tienes ese dinero?” “No tengo ni la mitad.” Entonces Pedro encendió un cigarro, miró el cielo de la tarde. Voy a vender cosas, voy a pedir prestado.

 Voy a hacer lo que sea necesario. Esta película se va a hacer, Ricardo, aunque tenga que hipotecar mi alma. Pedro, piensa en tu familia. Si pierdes todo. Si no hago esta película, ya perdí todo, porque habré perdido mi dignidad como artista. Esa noche Pedro llegó a casa tarde. María Luisa lo esperaba en la sala. Una mirada a su cara y supo. Rechazaron el proyecto.

Dijeron que nunca conseguiremos permisos de gobernación. María Luisa cerró los ojos. Entonces, tal vez es una señal, Pedro. Tal vez deberíamos, ¿no? La interrumpió Pedro. Se arrodilló frente a ella, tomó sus manos. María, cuando era niño en Mazatlán, mi familia no tenía nada. Vivíamos en un cuarto donde cabíamos apenas todos.

 Mi padre trabajaba en la carpintería 14 horas diarias y apenas ganaba para comer. Vi a mi madre llorar de hambre. Vi a mis hermanos enfermarse porque no teníamos dinero para medicinas. Su voz se quebró ligeramente. Salí de esa pobreza por pura suerte, porque alguien me escuchó cantar y me dio una oportunidad.

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