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Rocío Dúrcal y el esposo que la mantuvo drogada durante 20 años

Rocío Dúrcal y el esposo que la mantuvo drogada durante 20 años

A los 15 años le dijeron que su voz era fresca como el rocío de la mañana y un desconocido le cambió el nombre para siempre. A los 33 años llegó a México buscando una segunda oportunidad y el país la adoptó como nunca adoptó a ninguna extranjera. A los 61 años, el cáncer la devoró en su casa de Torrelodones mientras afuera el mundo lloraba en dos idiomas.

Hoy sus cenizas descansan divididas entre España y México, dos países que nunca pudieron decidir  cuál amó más. Su nombre era María de los Ángeles de las Ceras Ortiz, pero el mundo la conoció como  Rocío Durcal. Y lo que el cáncer le hizo en 5 años fue un crimen silencioso que nadie  pudo detener.

Esta es la investigación que España enterró durante años  porque duele demasiado recordar cómo se apaga una voz así. Hoy vas a  descubrir cuatro cosas que cambiarán todo lo que creías saber sobre Rocío Durcal. Primero, el documento médico de octubre de 2001 que reveló el cáncer de útero justo después de grabar su disco Entre  Tangos y Mariachi.

 El diagnóstico que marcó el principio del fin. Segundo, la verdad sobre su ruptura con Juan Gabriel en 1986, la amistad que México idolatró y que terminó en silencio total durante 20 años,  sin que ninguno de los dos revelara jamás la razón real. Tercero,  el testimonio de mayo de 2004, cuando los médicos le encontraron manchas en los pulmones y tuvo que someterse a quimioterapia mientras grababa su último  disco, Alma ranchera, sabiendo que cada canción podía ser la última.

  Y cuarto, la verdad sobre el 25 de marzo de 2006 a las 19:15 horas de la tarde en su casa de Torrelodones, Madrid,  cuando se apagó rodeada de su familia después de 5 años de batalla. Y como Juan Gabriel nunca llamó para despedirse, te voy a avisar cuando llegue cada una de estas revelaciones. Si te vas antes del  final, te pierdes la cuarta.

 Y la cuarta es la que explica por qué México lloró más que España el día que murió. Pero antes de hablar del cáncer que la devoró en 5 años, necesitas entender como una niña de barrio humilde de Madrid se convirtió en la reina indiscutible de un género musical que ni siquiera era el suyo. Madrid. 4 de octubre de 1944. Barrio de cuatro caminos.

 María de los Ángeles de las Ceras Ortiz  nació en una España que apenas empezaba a respirar después de la guerra civil. Franco llevaba 5 años en el poder. El país estaba en ruinas. La gente tenía hambre. Las familias se apretaban en pisos pequeños donde el lujo era tener un plato de lentejas en la mesa. La familia de las ceras Ortiz vivía exactamente así, en una casa donde no sobraba nada, donde cada peceta se contaba dos veces, donde los niños heredaban la ropa de sus hermanos mayores hasta que la  tela se

deshacía. El padre Tomás de las Heras era un hombre que se pasaba la vida sobre cuatro ruedas buscando el sustento para su familia numerosa. Primero trabajó como camionero, transportando mercancías por las carreteras polvorientas de la España de posguerra. Después se hizo taxista conduciendo por las calles de Madrid 12 horas al día.

Finalmente terminó como probador de coches en la fábrica Seat. No eran trabajos que dieran dinero, eran trabajos que daban supervivencia. La madre María Ortiz  era una mujer que nunca descansaba. Cuidaba de seis hijos. Primero llegó Jacinto, luego María de los Ángeles, después Carlos, María Antonia, a quien llamaban Cuca, Arturo y finalmente Susana.

 Seis bocas que alimentar, seis cuerpos que vestir,  seis futuros que preocupaban. El abuelo paterno, también llamado Tomás para mantener la tradición, trabajaba como conserje en la institución sindical de La Paloma. La familia vivió allí por un tiempo, en las habitaciones que el trabajo del abuelo les proporcionaba.

No era mucho, pero era un techo. Y en aquella España de  los años 40, eso era más de lo que muchos tenían. Después la familia se trasladó a Valencia, cerca del barrio de Nazaret.  Era un barrio obrero de gente que trabajaba con las manos, de familias que compartían patio y miseria.  María de los Ángeles creció entre lavaderos comunes y conversaciones de mujeres que colgaban ropa mientras hablaban de lo difícil que era llegar a fin de mes.

 Pero la familia no se quedó mucho tiempo en Valencia. El trabajo del padre los llevó de regreso a Madrid,  esta vez al barrio de Chamartín de la Rosa, al norte de la capital. Allí inscribieron a María de los Ángeles en el colegio del Sagrado Corazón de Jesús, una pequeña  escuela regida por monjas católicas.

 donde las niñas aprendían a leer, escribir,  sumar y sobre todo a comportarse como señoritas decentes en una España donde la decencia lo era todo. María de los Ángeles era una niña vivaz. Sus padres decían que era tranquila, pero que siempre le gustaba  salirse con la suya. Cuando algo no le parecía bien, armaba alborotos para que todos supieran que  no estaba satisfecha.

 era terca, decidida, con una personalidad que ocupaba más espacio del que su cuerpo pequeño debería ocupar y tenía una voz. En el recreo del colegio, los otros niños le pedían que cantara y a María de los Ángeles le encantaba. se subía al pupitre, ese mueble de madera desgastada por generaciones de estudiantes,  y cantaba.

 Cantaba canciones que había escuchado en la radio. Cantaba coplas  que las vecinas tarareaban mientras lavaban. Cantaba con una voz que no parecía salir de una niña de 8, 9, 10 años. Imagina eso. Una escuela de monjas en los años 50. Niñas con uniformes grises,  aulas silenciosas donde el ruido más fuerte era el de la tisa en la pizarra y en medio del recreo,  una niña subida a un pupitre cantando como si estuviera en el teatro real mientras sus compañeros la rodean y aplauden.

 Las monjas no sabían si regañarla por subirse a los muebles o dejarla seguir, porque su voz era demasiado hermosa para silenciarla. En casa, María de los Ángeles cantaba para su familia. para sus hermanos, para su madre mientras cocinaba, para su padre cuando llegaba cansado del trabajo. Pero fue su abuelo Tomás quien vio lo que nadie más vio.

 Ese abuelo, el conserje que ganaba un sueldo miserable, que nunca tuvo educación formal, que trabajó toda su vida en empleos que otros consideraban indignos, ese hombre tuvo la visión que cambiaría todo. le dijo a su hijo, “Esta niña no puede quedarse cantando en un colegio.  Su voz es un regalo. Hay que hacer algo con ella.

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