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Las declaraciones sobre Silvia Pinal y Viridiana Alatriste están causando una enorme polémica VL

Las declaraciones sobre Silvia Pinal y Viridiana Alatriste están causando una enorme polémica

La única mesa disponible en ese momento era la contigua. Pedro se sentó, pidió un caldo de res con epazote que costaba 3 pesos con50 centavos y una agua de jamaica. Silvia tenía frente a ella un plato de arroz con pollo que había comido apenas a medias. La actriz de reparto que acompañaba a Silvia fue llamada al foro 20 minutos después de que Pedro se sentara.

 se levantó disculpándose y dejó a los dos solos en mesas contiguas, que por la estrechez del espacio eran prácticamente la misma mesa. Hablaron durante 45 minutos. El asistente de producción, Ernesto Villanueva Garza, originario de San Luis Potosí, que comía en la mesa del otro lado y que tenía 22 años en ese momento, dejó escrito en su diario personal un cuaderno de pasta verde con espiral metálico que su familia conserva en una caja de madera en su casa en la colonia Narbarte y que fue citado parcialmente en un documental independiente producido en 2019 por la

productora memorias del celuloide SADCB, que aquella tarde viendo a Pedro Infante y a Silvia Pinal hablar en la pajarera, tuvo la sensación inequívoca de estar siendo testigo de algo que no debía ver. Don Pedro no quitó los ojos de ella en todo el almuerzo escribió Villanueva Garza con la letra apretada y ligeramente inclinada hacia la derecha que caracterizaba su escritura.

 Y ella tampoco los quitó de él, aunque fingía mirar hacia otro lado cada vez que alguien pasaba cerca. Era como ver a dos personas que estaban teniendo una conversación completamente distinta a la que sus palabras decían, “Esa es la naturaleza de ciertas conversaciones. Tienen dos niveles simultáneos y el más importante nunca es el que se puede escuchar.

 El problema entre Pedro y Silvia era múltiple y cada una de sus dimensiones era devastadora por separado. Juntas formaban una arquitectura de imposibilidad que cualquier observador racional hubiera reconocido como insuperable. Pedro estaba casado, legalmente unido a María Luisa León, con quien tenía tres hijos reconocidos, Pedro Infante León, Irma Infante León y Lupita Infante León.

 El matrimonio llevaba años siendo una formalidad legal más que una realidad emocional, según las personas cercanas a Pedro que hablaron décadas después, pero era una formalidad con el peso específico de los hijos, de las fotos familiares en las revistas, de la imagen pública que la industria necesitaba proteger.

 Tenía además su relación con Irma Dorantes, que era pública en los círculos del medio, aunque la prensa formal la tratara con la discreción selectiva que aplicaba a las figuras de esa magnitud. agregar una tercera historia y no con cualquiera, sino con Silvia Pinal, la actriz más ascendente de la industria, era un territorio que ni siquiera su carisma extraordinario podría manejar sin consecuencias graves.

Silvia estaba casada con Rafael Bankels, un matrimonio que en público era la imagen de la pareja exitosa y moderna del espectáculo mexicano, pero que en privado mostraba fracturas que solo quienes vivían cerca podían ver. Bankels era un hombre de carácter fuerte, conocido en los círculos del teatro por un temperamento que sus colaboradores describían con eufemismos cuidadosos, pero que en la práctica significaba que era un hombre difícil de contradecir y más difícil aún de ignorar.

 Una infidelidad descubierta no sería solamente el fin del matrimonio, sería el fin de la imagen que Silvia había construido con años de trabajo meticuloso y sacrificio genuino. Sería el fin de una narrativa que ella necesitaba para continuar operando en una industria que en 1956 no perdonaba a las mujeres de la misma manera en que perdonaba a los hombres.

 Y había una tercera dimensión, más sutil, pero igualmente poderosa, que tenía que ver con la estructura de poder implícita en cualquier relación entre ellos. Pedro Infante era en ese momento el hombre más poderoso de la industria del entretenimiento mexicano. Una palabra suya podía abrir o cerrar puertas. Su aprobación era una moneda de cambio con valor incalculable.

 Una relación entre ellos, sin importar lo que ambos sintieran en privado, nunca podría leerse completamente como entre iguales en el contexto de la época. Y Silvia Pinal era demasiado inteligente para no saber eso. Era demasiado inteligente para no saber el riesgo específico que corría ella, que era mucho mayor que el riesgo que corría él.

 Silvia Pinal Hidalgo había cumplido 24 años el 12 de septiembre de 1955, 4 meses antes de que esta historia comenzara. Había nacido en Guaimas, Sonora, en una familia de clase media que no tenía ninguna conexión con el mundo del espectáculo, lo cual hacía su ascenso todavía más notable. Llegó a la ciudad de México siendo prácticamente una adolescente con una maleta de cuero café que su madre le compró en el mercado municipal de Guaimas por 32 pesos y con una determinación que sus contemporáneos describirían décadas

después como aterradora en el mejor sentido posible. Era alta para los estándares de la época, 1,68 m, con una cintura que los fotógrafos de las revistas Sinelandia y novelas de la pantalla medían con una cinta métrica antes de cada sesión fotográfica, siempre entre 54 y 56 cm. tenía el cabello castaño oscuro que en pantalla aparecía casi negro bajo las luces de arco voltaico que los camarógrafos de la época usaban para crear ese contraste dramático característico del cine mexicano de los 50. Sus ojos eran de un

verde que la cámara captaba con una intensidad que incomodaba a más de un director primerizo, que no sabía cómo manejar una mirada tan directa, tan presente, tan absolutamente consciente de su propio poder. tenía una forma de caminar que su primer maestro de actuación, el español Ignacio Bustamante Ruiz, describió en sus memorias publicadas en 1978 por editorial Diana, como la de alguien que sabe exactamente cuánto espacio ocupa en el mundo y ha decidido ocuparlo completamente, sin disculpas y sin excesos. Era una

descripción que los que la conocieron en persona confirmaban con una consistencia que no dejaba lugar a dudas. En enero de 1956, Silvia ya había protagonizado una docena de películas y su carrera ascendía con una velocidad que la industria observaba con una mezcla de admiración y ligera incomodidad.

 Estaba casada con el actor y director Rafael Vanquels, un hombre 12 años mayor que ella, de carácter fuerte y temperamento conocido en los círculos del teatro mexicano. Tenían una hija pequeña, Silvia Pasquel, que había nacido el 26 de noviembre de 1954 y que en enero de 1956 tenía apenas 14 meses. Vivían en una casa de dos plantas en la calle de Schiller número 217 en la colonia Polanco que Bankels había comprado en 1953 por 180,000 pes, el equivalente aproximado a 3,800,000 pes de hoy y que tenía un jardín trasero donde Silvia plantó Rosales, que según

ella misma contó en una entrevista de 1987 para la revista Quién, nunca florecieron del todo porque el suelo de esa colonia no era el adecuado para ciertas. raíces. Era una metáfora que conociendo lo que vino después resulta imposible ignorar. Pedro Infante Cruz tenía 38 años en enero de 1956 y era, sin ninguna exageración posible, el hombre más famoso de México.

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