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El Piloto ENEMIGO Que Le DIO Tabaco al Che Guevara — 57 Años Después CONFIESA Lo Que Vio En Sus Ojos

 

Hay secretos que pesan más que el cuerpo que los carga. Hay memorias que no envejecen, que no se desvanecen con los años, sino que se vuelven más nítidas, más insoportables. Más urgentes de contar, Jaime Nino de Guzmán tiene 84 años. Sus manos tiemblan cuando enciende un cigarrillo, pero ese temblor no es de vejez.

 Es el mismo temblor que sintió hace 57 años. Cuando sus manos sostuvieron una pequeña bolsa de tabaco y la ofrecieron al hombre más buscado de América Latina durante más de medio siglo, este expiloto del ejército boliviano guardó silencio, no por miedo, no por vergüenza, sino porque algunas verdades necesitan tiempo para encontrar las palabras correctas.

 Y ahora, en lo que él mismo reconoce, como los últimos capítulos de su vida, finalmente está listo para hablar. Lo que vas a escuchar no es la historia oficial, no es la versión que aparece en los libros de texto ni en los documentales producidos por gobiernos. Esta es la historia de un momento, un instante de humanidad en medio de la guerra, un gesto pequeño que décadas después se convertiría en la prueba que identificó los restos del cheegue vara.

 Pero antes de llegar a ese momento, ¿necesitas entender quién era Jaime Nino de Guzmán en octubre de 1967? Bolivia era un país dividido. El fantasma de la revolución cubana aterrorizaba a los gobiernos de toda América Latina, Estados Unidos. Había enviado asesores militares, agentes de la CIA, equipo de última generación. La misión era clara, encontrar y eliminar a Ernesto Guevara antes de que su guerrilla se expandiera por el continente. Jaime tenía 27 años.Se cumplen 53 años de la muerte de Ernesto 'Che' Guevara - Efekto TV

 era piloto de helicóptero del ejército boliviano, entrenado por instructores estadounidenses, convencido de que estaba defendiendo a su país de una amenaza extranjera. Para él, el Che no era un idealista ni un revolucionario romántico. Era un invasor, un argentino que había venido a Bolivia a sembrar el caos, a derramar sangre boliviana por una causa que no era suya.

 Así me lo enseñaron. Recuerda el viejo piloto con voz ronca. Nos dijeron que los guerrilleros eran monstruos, que no tenían piedad, que si nos capturaban nos torturarían hasta la muerte. Nos entrenaron para odiar y yo odiaba. Odiaba sin conocer. Odiaba porque era más fácil que pensar. Durante meses. Jaime voló misiones de reconocimiento sobre las montañas del sureste boliviano.

 Transportó soldados evacueridos. Llevó suministros a puestos remotos. Cada día esperaba la noticia de que habían encontrado al Che. Cada noche rezaba para que la guerra terminara pronto, pero la guerra tiene su propio ritmo y el 8 de octubre de 1967, ese ritmo cambió para siempre. Esa mañana amaneció fría en la base militar de Velly Grandy.

 Jaime estaba revisando su helicóptero. Cuando escuchó los gritos, soldados corrían de un lado a otro. Oficiales hablaban por radio con voces urgentes. Algo grande había pasado. El mensaje llegó fragmentado por la estática del radio militar. Guerrillero capturado, herido. Zona de yuro. Necesitan transporte. Jaime sintió que el corazón se le aceleraba.

 habían capturado guerrilleros antes, pero nunca con tanta agitación, nunca con tanto nerviosismo en las voces de los comandantes. Entonces escuchó el nombre de dos palabras que cambiaron todo. Cuando me dijeron que era el Che, no lo creí. Confiesa Jaime. Pensé que era un error. Pensé que algún soldado había confundido a un guerrillero cualquiera con el comandante, porque el che era era casi un mito.

 Llevábamos meses buscándolo. Había escapado tantas veces. Parecía imposible que finalmente lo hubieran atrapado. Pero no era un error. Jaime recibió la orden de volar a la higuera. Un pequeño pueblo perdido en las montañas a unos 30 km de donde el che había sido capturado la noche anterior. Su misión era simple, transportar al prisionero a Belligendy para interrogarlo.

 El vuelo duró menos de una hora, pero para Jaime fue eterno. Durante todo el trayecto. Una pregunta giraba en su cabeza. ¿Cómo será? ¿Cómo será el hombre? ¿Qué ha puesto en jaque a gobiernos enteros? ¿Cómo será el guerrillero que abandonó ministerios y comodidades para morir en una selva extranjera? Cuando el helicóptero descendió sobre la higuera, Jaime vio un pueblo miserable.

 Casas de adobe, techos de paja, calles de tierra, soldados por todas partes, campesinos mirando desde las puertas de sus casas con expresiones que mezclaban miedo y curiosidad, lo llevaron a una escuela abandonada, un edificio pequeño con paredes descascaradas y ventanas sin vidrios. Afuera había soldados armados, oficiales dando órdenes, periodistas que habían llegado de alguna manera adentro, en un cuarto oscuro que alguna vez fue un salón de clases.

 Estaba el hombre que había venido a buscar Jaime. Se detiene en este punto de su relato. Sus ojos se humedecen, sus manos tiemblan más que antes, porque lo que vio en ese cuarto lo persegiría durante el resto de su vida. La primera vez que vi al Cheegevara, dice lentamente. Cada palabra cargada de peso pensé que estaba viendo a un fantasma.

 Estaba tirado en el suelo con las manos atadas. Su ropa estaba hecha girones. Su pelo estaba enmarañado, lleno de tierra y hojas. Tenía heridas en la pierna derecha, sangre seca en la cara. El cuerpo cubierto de mugre. Jaime había esperado encontrar a un monstruo, un asesino despiadado, un fanático con ojos de loco. Eso era lo que le habían enseñado.

Eso era lo que había creído durante meses. Pero lo que encontró fue un hombre, un hombre destruido físicamente, pero no derrotado. Un hombre que, a pesar de sus heridas, a pesar de su captura, a pesar de saber probablemente lo que le esperaba, mantenía la cabeza ergida. Miraba a sus captores directamente a los ojos, no suplicaba, no lloraba, no mostraba miedo.

 Y entonces ocurrió algo que Jaime no esperaba. El Chelo miró. No fue una mirada de odio, no fue una mirada de desprecio, fue una mirada de reconocimiento de un ser humano a otro, como si en medio de todo ese caos, de todos esos uniformes y armas y gritos, el che hubiera visto algo en Jaime que los demás no veían.

 sus ojos”, susurra el viejo piloto. “Nunca voy a olvidar sus ojos. Estaban cansados, estaban tristes, pero también estaban vivos, terriblemente vivos, como si dentro de ese cuerpo destrozado hubiera una llama que se negaba a apagarse.” Jaime no sabía qué hacer, no sabía qué decir. Se quedó parado en la puerta del cuarto, paralizado por una sensación que no podía nombrar.

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