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La fiesta del piso 12 terminó cuando abrieron la habitación 1217

**PARTE 1: La adrenalina como dieta base**

Lucas y Camila no eran, ni de lejos, lo que un padre estándar definiría como “buena influencia”. Eran esa clase de jóvenes que parecen haber sido diseñados genéticamente para tomar siempre la decisión más cuestionable en el momento menos oportuno, pero con un estilo tan arrollador que casi logran convencerte de que el desastre es, en realidad, un plan maestro. Vivían en Madrid, esa ciudad que nunca duerme pero que siempre te invita a una copa de más, y para ellos, el ocio nocturno no era un pasatiempo, era un deporte de contacto. Lucas, con su melena despeinada que intentaba disimular con un tupé rebelde y sus chaquetas de cuero que habían visto más barras de bar que su propia cama, era el estratega. Camila, por el contrario, era la fuerza de la naturaleza: una chica de risa contagiosa, mirada chispeante y una capacidad asombrosa para meterse en líos sin siquiera despeinarse.

A ambos les encantaban las fiestas privadas. No hablo de esas barbacoas aburridas donde la gente habla de sus hipotecas y de cómo ha subido la cesta de la compra. Hablo de fiestas con mayúsculas, de esas que se propagan por grupos de Telegram cifrados, de esas donde el código de vestimenta es “todo menos convencional” y donde la seguridad es tan estricta que parecen la entrada a un búnker de la CIA. A ellos les ponía nerviosos el orden. La estabilidad les producía sarpullido. Siempre buscaban problemas porque, en el fondo, sentían que si no había un riesgo real de ser expulsados por la policía o de acabar en una situación surrealista, la noche no contaba. Era como si su sistema nervioso central necesitara una descarga de cortisol constante para funcionar correctamente; un estado de alerta perpetuo que confundían con la felicidad.

Aquella noche de viernes empezó en el rellano de un piso de Malasaña, con un litro de cerveza caliente y un aire acondicionado que, irónicamente, no funcionaba. Mientras los demás se quejaban del calor, ellos planeaban el siguiente movimiento. Lucas miraba su teléfono, haciendo *scroll* interminable por hilos de mensajes encriptados, buscando esa señal que les dijera dónde estaba la verdadera acción. Camila, apoyada contra la pared descascarillada, jugueteaba con una pulsera de plata mientras observaba a los vecinos con una mezcla de aburrimiento y superioridad moral.

—Lucas, si vamos a seguir esperando a que alguien nos invite a una fiesta de pijos en Pozuelo, me voy a convertir en parte del mobiliario —dijo Camila, lanzando una mirada asesina a un vecino que pasaba por allí con cara de haber tenido un día largo—. Necesito algo más. Algo que no implique hablar con gente que tiene cuenta en LinkedIn.

Lucas sonrió, esa sonrisa de lado que siempre precedía a una idea nefasta. Le mostró la pantalla del móvil. No decía mucho, pero el código de acceso y la dirección —el *Hotel Grand Aurora*, el rascacielos que dominaba el skyline de la Castellana— eran suficientes. Era un hotel de esos que no aparecen en las webs de reserva baratas, un edificio de cristal y acero que se alzaba sobre la ciudad como un dedo acusador. Era el tipo de lugar donde la gente se escondía para hacer cosas que no querían que nadie viera.

—Nos han colado en una lista VIP, o eso dice el contacto —dijo Lucas, ajustándose la chaqueta—. Pero prepárate, porque allí no vamos a ver a nadie con calcetines blancos.

Para ellos, la perspectiva de entrar en el *Grand Aurora* no era un privilegio, era una misión de reconocimiento. ¿Qué podía salir mal? Esa pregunta era el motor de su existencia. Salieron del piso, bajaron las escaleras de dos en dos y llamaron a un VTC que tardó menos de tres minutos en aparecer. Durante el trayecto, Camila no dejaba de repasar su reflejo en el cristal de la ventana. Se sentía, como siempre, lista para conquistar un terreno que, por lógica económica, no le pertenecía. Lucas, en cambio, estaba más callado de lo habitual, analizando las posibilidades. Sabían que buscaban problemas, pero era esa búsqueda la que le daba sentido a su juventud. Sin el riesgo de ser cazados, sin la tensión de lo desconocido, la vida les parecía un trámite insufrible. Aquella noche, el destino, con su ironía habitual, estaba a punto de ofrecerles exactamente lo que querían: problemas de una magnitud que ni siquiera en sus fantasías más salvajes habrían podido anticipar.

El *Hotel Grand Aurora* no era un edificio; era una declaración de intenciones arquitectónica hecha para humillar a los humildes. Cuando llegaron a la puerta principal, el portero, un hombre que parecía haber sido tallado en una sola pieza de granito, no los miró de arriba abajo con desprecio, sino que, tras un gesto imperceptible de Lucas con el móvil, les abrió la puerta con una reverencia que rozaba la parodia. El vestíbulo era un espacio vasto, iluminado por lámparas de araña que colgaban de techos tan altos que parecían estar en otra dimensión. Camila sintió que sus zapatillas de deporte chirriaban contra el mármol reluciente, un sonido que, en aquel silencio catedralicio, sonaba a sacrilegio.

—Te lo dije —susurró Lucas, intentando mantener una pose de suficiencia que no terminaba de cuajar con sus vaqueros gastados—. Aquí el dinero no se cuenta, se huele.

—Huele a gente que tiene abogados para desayunar, Lucas —replicó ella, aunque no podía ocultar una sonrisa de satisfacción—. Vamos a ver si al menos tienen champán de verdad.

Se dirigieron al ascensor, un cubo de cristal que se deslizaba por la fachada del edificio con una suavidad mecánica que daba vértigo. Mientras subían, la ciudad se iba empequeñeciendo, convirtiéndose en un tablero de luces LED que palpitaba bajo sus pies. Subieron hasta el piso doce, una planta que, según el plano de evacuación, estaba reservada para oficinas administrativas o algún tipo de almacén, pero que hoy hervía con una actividad que no se correspondía con un viernes noche. Al salir del ascensor, el contraste fue inmediato. El pasillo estaba iluminado con una luz cenital muy tenue, y en el aire flotaba un aroma mezcla de incienso caro y algo mucho más orgánico, algo metálico. La puerta al final del pasillo estaba entornada, y de ella emanaba un sonido de bajo que te golpeaba en el esternón.

Todo parecía perfecto. El plan había salido a pedir de boca, la entrada había sido tan fluida que rozaba lo sospechoso, y ahí estaban ellos, en el corazón de la bestia financiera de la ciudad, listos para ser los reyes de una fiesta a la que ni siquiera habían sido invitados formalmente. Camila se sentía como si hubiera ganado la lotería. Lucas, a su lado, guardó el teléfono en el bolsillo, sintiendo esa descarga de adrenalina que tanto le gustaba. Habían llegado al doceavo piso, habían burlado a la seguridad, y la noche, a ojos de cualquiera, era un lienzo en blanco. Pero aquel hotel de lujo, con sus moquetas mullidas y su silencio sepulcral en el pasillo, no era más que el envoltorio de un caramelo envenenado, y ellos, con su arrogancia juvenil, estaban a punto de dar el primer mordisco sin haber leído la etiqueta de los ingredientes. La perfección en una trampa suele ser el primer aviso de que algo va muy mal, pero a esas alturas, ni Lucas ni Camila tenían el radar encendido para las sutilezas.

**PARTE 2: El sabor de la mentira**

Al cruzar el umbral de la suite, la realidad de la fiesta los golpeó como una ola. No era una reunión social; era una coreografía de excesos. La sala, una estancia diáfana de dimensiones absurdas, estaba abarrotada de gente que parecía haber sido seleccionada en un casting de modelos de alta gama o de villanos de película de espías. El alcohol fluía como si fuera agua del grifo: botellas de cristal soplado que contenían licores de colores imposibles, champán que costaba lo mismo que el alquiler de un estudio en el centro y bandejas de canapés que parecían demasiado artísticos para ser ingeridos por un ser humano normal. La música, una mezcla experimental de bajos industriales y vocales distorsionadas, creaba una atmósfera que impedía pensar con claridad. Era el tipo de entorno diseñado para que te olvidaras de quién eres y te convirtieras simplemente en otra pieza de mobiliario de lujo.

Lucas se perdió enseguida en una conversación con un hombre de mediana edad que llevaba un anillo de sello que habría podido dejar inconsciente a cualquiera de un puñetazo. Se reían, o al menos hacían el amago de reírse, de temas que sonaban a transacciones de mercados emergentes y paraísos fiscales. Camila, por su parte, se quedó en la periferia, observando. Le fascinaba la falsedad de todo aquello. Todos en aquella habitación actuaban como si fueran los dueños del planeta, pero había una tensión en sus gestos, una forma de mirar constantemente hacia las puertas, que delataba un miedo compartido. Nadie estaba relajado. Todos estaban bebiendo para silenciar el hecho de que estaban allí por algo que no tenía nada que ver con la fiesta. Camila se sintió extraña. Aquel “amigo” que les había pasado el contacto, El Guía, no aparecía por ningún lado. Empezó a preguntarse si en realidad alguien los había invitado o si simplemente habían colado en un evento que no estaba destinado a ojos profanos.

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