—No pueden subir, esto es territorio alemán —dijo Marita, con una mezcla de miedo y desafío.
Fidel sonrió como si acabara de escuchar una broma privada.
—Yo soy Cuba. Comandante Fidel Castro.
Che Guevara se abrió paso detrás de él, pidiendo cerveza alemana con la impaciencia de un soldado que aún no entiende los salones elegantes. Fidel pidió recorrer el barco. Bajó a la sala de máquinas, pasó por la cocina, miró las cabinas, preguntó demasiado, observó más. Cuando llegaron al camarote de primera clase de Marita, el aire cambió.
Ella no supo si lo que sintió fue amor, vértigo o la clase de peligro que parece destino cuando una es demasiado joven.
Días después, desde Nueva York, recibió la llamada.
—Voy a enviar un avión por ti —le dijo Fidel.
Marita no preguntó si era una orden o una promesa. Viajó.
Un jeep la recogió en el aeropuerto de La Habana y la llevó directo al hotel. La instalaron en la suite 2408, un piso arriba del corazón del nuevo poder. Desde su ventana podía ver el Malecón, las luces, la ciudad latiendo como si no supiera que la estaban encerrando poco a poco.
Don Soldini, aquel americano de Staten Island que había combatido con Fidel, la veía pasar por los pasillos.
—Está loca por él —murmuraba—. Pero Fidel no pertenece a una sola mujer.
Marita aprendió rápido. Aprendió que Fidel podía besarla con ternura y desaparecer 3 días sin explicación. Aprendió que Celia Sánchez, silenciosa y firme, era mucho más que una secretaria. Celia conocía cada sombra del comandante, cada capricho, cada mujer, cada mentira necesaria para sostenerlo.
—No te odia —le dijo una tarde una empleada a Marita—. Tal vez hasta prefiere que estés tú, y no 20 más dando vueltas.
A Marita le dolió, pero no se fue. Viajó con Fidel, mejoró su español, lo acompañó a reuniones, escuchó promesas que parecían hechas para un país entero y susurros que parecían hechos solo para ella. En abril de 1959, descubrió que estaba embarazada.
Cuando se lo dijo, Fidel no gritó ni se enfureció. Al contrario, sonrió con una alegría extraña, casi infantil.
—Maravilloso —dijo—. Un bebé germanocubano.
Por primera vez, Marita quiso creer que detrás del mito había un hombre. Quiso imaginar una familia imposible entre aviones, escoltas, discursos y mujeres que cruzaban los pasillos de madrugada. Quiso creer que aquel hijo sería más fuerte que la política, más puro que el poder, más real que las banderas.
Pero una noche, meses después, le dieron un vaso de leche.
Y al despertar, ya no estaba en su cama.
Parte 2
Marita abrió los ojos en una habitación blanca que olía a alcohol, metal y mentira. No recordaba haber llegado allí. No recordaba haberse quitado la ropa. No recordaba haber firmado nada. Solo sentía un hueco feroz en el vientre y una pesadez en la lengua, como si le hubieran enterrado piedras dentro del cuerpo. Alguien le dijo —Todo está bien, el bebé está bien—, pero la voz sonaba demasiado ensayada. Luego vino otra inyección, otra sombra, otro sueño sin sueños. Cuando volvió a despertar en el Habana Hilton, Camilo Cienfuegos estaba guardando su ropa en una maleta. No sonreía. No hacía bromas. Tenía los ojos de un hombre obligado a obedecer una orden que no quería cumplir. Marita intentó levantarse, pero el dolor la dobló. —¿Dónde está mi hijo? —preguntó. Camilo no respondió enseguida. Cerró la maleta, tragó saliva y dijo que el bebé había tenido que ser llevado lejos por seguridad, porque los enemigos de Fidel podían usarlo, porque la revolución estaba rodeada, porque había cosas que una mujer no podía entender. Esa frase la rompió más que la pérdida. Una mujer no podía entender. Ella, que había cruzado el océano por él. Ella, que había soportado sus ausencias, sus amantes, sus discursos eternos, su vanidad frente al espejo. Fidel no estaba allí. Nadie supo decirle dónde estaba. La enviaron a Estados Unidos enferma, sangrando, confundida, con rumores distintos clavándosele como agujas: que había perdido al bebé, que se lo habían sacado, que seguía vivo, que nunca había existido. En Nueva York, Alice Jun Lofland la recibió no como una madre que consuela, sino como una mujer que ya conocía demasiado bien el rostro del poder. La familia estalló. Heinrich Lawrence exigió respuestas, Alice pidió silencio, Joaquim quería llamar a periodistas, y Marita, temblando en una cama de hospital, solo repetía el nombre de Fidel como quien repite una oración que ya no salva. Fue entonces cuando aparecieron los hombres que prometían venganza. Frank Sturgis se acercó a ella en La Habana tiempo después con una sonrisa fría. —Sé quién eres. Puedo ayudarte. Pero su ayuda tenía forma de veneno. La entrenaron en los Everglades, le hablaron de toxinas, cápsulas, muertes limpias, patrias heridas y traiciones que solo se curaban con sangre. Le dieron 2 cápsulas capaces de matar en segundos y las escondió en un frasco de crema facial. En enero de 1960, Marita volvió a La Habana. Regresó al hotel donde había amado, sangrado y perdido. Cuando vio la silueta de la ciudad, entendió que no podía hacerlo. En la habitación 2408, las cápsulas estaban pegajosas, arruinadas, absurdas. Las tiró. Esa noche, Fidel entró sin tocar, como siempre, dejando que la puerta golpeara la pared. La miró sin sorpresa. —Viniste a matarme. Marita sintió que el mundo se detenía. —Vine a verte. Fidel sacó su pistola calibre 45 y se la puso en la mano. —No puedes matarme. Nadie puede matarme. Y en ese instante, Marita entendió la verdad más insoportable: él no le temía porque nunca la había considerado capaz de elegir por sí misma.
Parte 3
El amor no murió aquella noche; se pudrió. Marita salió de La Habana con la culpa de no haber matado a Fidel y con la culpa, más secreta, de haber querido salvarlo todavía. En Miami, los hombres que la habían entrenado la miraron como a una herramienta defectuosa. Para ellos, ella no era una madre rota ni una joven utilizada por todos los bandos; era una misión fallida. Mientras tanto, en el Habana Libre, el edificio siguió tragando secretos. Dos pisos alojaban soviéticos. En otra zona, agentes cubanos vigilaban conversaciones. En la cafetería, años después, alguien escondería una cápsula de veneno en el congelador para ponerla en el batido de chocolate de Fidel, pero la píldora se pegaría al hielo y se rompería antes de cumplir su destino. El comandante bebería su batido como si la muerte también le obedeciera. Las calles hablaban de racionamiento, de vecinos informantes, de familias divididas entre los que defendían la revolución y los que lloraban en silencio por los que se iban. En casa de los Lawrence, la herida se volvió guerra familiar: Heinrich culpaba a Alice por no haber protegido a Marita; Alice culpaba a Fidel, a la CIA, al mundo entero; Joaquim decía que la verdad debía contarse, aunque los destruyera. Marita, en cambio, vivía con una pregunta que le envejecía el alma: si su hijo había muerto, ¿por qué nadie le había entregado un cuerpo? Pasaron los años. Fidel siguió siendo estatua viva, enemigo de unos, padre de otros, dueño de un país que lo amaba y lo temía. Se habló de sus mujeres, de Celia Sánchez como la única que de verdad conocía su soledad, de Dalia Soto del Valle escondida durante décadas, de hijos mantenidos como secretos de Estado, de amantes que entraban al piso 23 y salían convertidas en rumores. El hotel cambió de nombre, pero no de memoria. Sus ascensores seguían subiendo como si transportaran fantasmas. En 1981, Marita regresó a Cuba. Nadie entendió por qué le dieron visa a una mujer que decía haber llegado una vez con veneno. Fidel la recibió con una frase que parecía burla y confesión. —Bienvenida de vuelta, mi pequeña asesina. Ella ya no era la muchacha del MS Berlín. Había sobrevivido a demasiados hombres que la habían usado en nombre del amor, de la patria o de la historia. Durante aquella visita, según contaría después, Fidel le presentó a un joven estudiante de medicina llamado André. Marita lo miró y sintió que se le abría el pecho. Las manos, la nariz, la manera de inclinar la cabeza, algo en los ojos. No tuvo pruebas, no tuvo cartas, no tuvo ADN, no tuvo una fotografía capaz de convencer al mundo. Solo tuvo una certeza íntima que nadie pudo quitarle. André era su hijo, o era la forma más cruel que tenía la vida de devolverle una esperanza. Fidel no confirmó nada. Tampoco lo negó de la manera en que se niegan las mentiras. Simplemente dejó que el silencio gobernara otra vez. Y tal vez ese fue siempre su verdadero poder: no las armas, no los discursos, no las multitudes, sino la capacidad de convertir la verdad en un pasillo cerrado. Al final, Marita murió lejos de aquel hotel, pero una parte de ella nunca salió de la suite 2408. Fidel murió en La Habana, rodeado de versiones que todavía se pelean por su nombre. El Habana Libre siguió en pie, con sus murales, sus habitaciones, sus turistas y sus paredes cargadas de voces. Algunos dicen que allí vivió un revolucionario. Otros, que allí reinó un sultán. Pero si una noche alguien mira hacia el piso 23, quizá pueda imaginar a una joven de ojos verdes preguntando por su bebé, y a un país entero entendiendo demasiado tarde que algunas promesas, cuando nacen en habitaciones de lujo, ya vienen manchadas desde el principio.