Posted in

Las NOCHES SECRETAS de FIDEL CASTRO en el HOTEL HABANA LIBRE | SEXO, PODER y ESPIONAJE en CUBA

Parte 1

A Ilona Marita Lawrence le dijeron que su hijo había desaparecido por culpa de los enemigos de Fidel Castro, pero nadie tuvo el valor de mirarla a los ojos cuando se lo dijeron.

Antes de esa frase, antes de la sangre, antes del veneno escondido en un frasco de crema, hubo una mañana en La Habana en la que todo parecía una película imposible. Era enero de 1959 y el hotel Habana Hilton, el edificio más arrogante del Caribe, ya no olía a turistas ricos ni a perfume extranjero, sino a pólvora, sudor de monte y victoria reciente. En los sofás de terciopelo dormían guerrilleros con las botas sucias. En el vestíbulo, un muchacho de 19 años apoyaba un fusil junto a una fuente de mármol como si aquel lujo le perteneciera desde siempre.

Arriba, en el piso 23, Fidel Castro despertaba en la suite más cara de Cuba.

El hombre que había prometido igualdad dormía entre sábanas finas, bajo lámparas importadas, mientras afuera empezaban las colas, las sospechas y los primeros silencios. El hotel había sido levantado con millones que salieron de fondos de trabajadores, camareros, cocineros y empleados que jamás podrían pagar una noche allí. Y aun así, aquel palacio se convirtió en cuartel, dormitorio, confesionario y trampa.

Fidel caminaba por los pasillos como si el edificio fuera una extensión de su cuerpo. Camilo Cienfuegos entraba y salía con su sonrisa de leyenda. Raúl Castro ocupaba habitaciones cercanas. Che Guevara aparecía con la mirada dura y el cansancio de quien nunca terminaba una guerra. Las reuniones se hacían donde antes se cerraban negocios de casino, y los ascensores subían hombres armados al mismo lugar donde días antes habían subido millonarios con trajes impecables.

Entonces llegó ella.

Ilona Marita Lawrence tenía 19 años, ojos verdes y una historia rota desde la infancia. Nacida en Bremen, hija del capitán Heinrich Lawrence y de Alice Jun Lofland, había aprendido demasiado pronto que el mundo podía arrancarle a una niña todo lo que tenía. Su madre cargaba secretos. Su padre cruzaba océanos. Ella viajaba en el MS Berlín cuando vio acercarse una lancha llena de hombres barbudos al puerto de La Habana.

Uno de ellos venía de pie, más alto que los demás, con un rifle y una seguridad casi insolente.

—No pueden subir, esto es territorio alemán —dijo Marita, con una mezcla de miedo y desafío.

Fidel sonrió como si acabara de escuchar una broma privada.

—Yo soy Cuba. Comandante Fidel Castro.

Che Guevara se abrió paso detrás de él, pidiendo cerveza alemana con la impaciencia de un soldado que aún no entiende los salones elegantes. Fidel pidió recorrer el barco. Bajó a la sala de máquinas, pasó por la cocina, miró las cabinas, preguntó demasiado, observó más. Cuando llegaron al camarote de primera clase de Marita, el aire cambió.

Ella no supo si lo que sintió fue amor, vértigo o la clase de peligro que parece destino cuando una es demasiado joven.

Días después, desde Nueva York, recibió la llamada.

—Voy a enviar un avión por ti —le dijo Fidel.

Marita no preguntó si era una orden o una promesa. Viajó.

Un jeep la recogió en el aeropuerto de La Habana y la llevó directo al hotel. La instalaron en la suite 2408, un piso arriba del corazón del nuevo poder. Desde su ventana podía ver el Malecón, las luces, la ciudad latiendo como si no supiera que la estaban encerrando poco a poco.

Read More