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El Amigo Que VIO a Che ELEGIR LA MUERTE — 60 Años Después Lo CONFIESA

 

La Habana, Cuba. Marzo de 2010. Las manos de Alberto Granado temblaban ligeramente mientras sostenía la fotografía. No era el temblor de la vejez, aunque sus 88 años pesaban en cada articulación, sino el peso de seis décadas de silencio. En la imagen, dos hombres jóvenes sonreían sobre una motocicleta destartalada.

 El mundo los recordaría a ambos, pero solo uno se convertiría en leyenda. Alberto levantó la vista hacia la cámara. Sus ojos, nublados por el tiempo conservaban un brillo extraño, una mezcla de nostalgia y culpa. Me llaman el amigo del Cheé. Durante 60 años guardé un secreto. Ernesto me dijo algo en 1960 que cambió mi vida para siempre.

 Me dijo, “Alberto, tú te quedarás porque amas la vida. Yo me iré porque amo la muerte.” La habitación quedó en silencio. Solo se escuchaba el ventilador girando en el techo. Alberto cerró los ojos y regresó al pasado. Córdoba, Argentina. 1943. Alberto Granado tenía 21 años y el mundo entero parecía caber en su sonrisa. Era estudiante de bioquímica, jugador de rugby, popular entre sus compañeros.

Para él la vida era simple, estudiar, jugar, reír, nada más complicado. Ese día un muchacho delgado se acercó al campo de rugby, Ernesto Guevara de la Cerna. Apenas tenía 15 años, pero sus ojos poseían una intensidad que incomodaba. Disculpa, tú eres Alberto Granado. Quiero jugar rugby, pero tengo asma. Alberto se giró.Raúl Castro confesó 60 años después: Yo envié al Che Guevara, y no me  arrepiento. En marzo de 2024, en una casa silenciosa de La Habana, un  hombre de noventa y tres

 El muchacho era frágil, pálido. Cualquier otro jugador lo habría despedido, pero algo en esos ojos detuvo a Alberto. El asma no es un obstáculo, solo una dificultad. Ven, practiquemos juntos. En ese momento nació una amistad que el mundo entero terminaría conociendo. Para Alberto, Ernesto era simplemente un chico frágil que necesitaba ayuda.

 Para Ernesto, Alberto era la primera persona que no lo trataba como un inválido. Esa tarde, mientras lo veía luchar por respirar después de cada carrera, pensé que lo estaba ayudando a vivir. No sabía que en realidad lo estaba preparando para morir. Los años siguientes fueron de camaradería intensa. Alberto terminó bioquímica.

 Ernesto avanzaba en medicina. Pasaban horas conversando sobre ciencia, política, mujeres, literatura, pero siempre había una diferencia fundamental. Alberto disfrutaba la vida tal como venía. Ernesto parecía constantemente insatisfecho, como si buscara algo que el mundo visible no podía ofrecerle. 951. Una noche en el departamento de Alberto, los dos amigos estaban frente a una botella de vino barato.

 Alberto acababa de comprar una motocicleta usada, una Norton 500, bautizada como la poderosa segundot moto de Ernesto. Tengo una idea. Vamos a recorrer Sudamérica en esta motocicleta. Chile, Perú, Colombia, Venezuela. Ernesto levantó la vista. Alberto vio algo en su rostro. No era sorpresa, era hambre. Una necesidad desesperada de escapar, de ir más allá.

¿Hablas en serio? completamente. Veremos el mundo antes de que nos trague. Viviremos antes de que sea demasiado tarde. Ernesto sonrió. Pero era una sonrisa extraña, como si la palabra vivir significara algo completamente distinto para él. Vivir. Sí, Alberto, vivamos. Cuando dije esas palabras, no sabía lo que estaba poniendo en marcha.

Ese viaje cambiaría el destino de ambos. Yo aprendería a vivir. Él aprendería a morir. Enero de 1952, Córdoba, la poderosa segundo, estaba sobrecargada con mochilas, libros, provisiones médicas. Alberto tenía 29 años, Ernesto 23. Ninguno tenía mucho dinero, pero eso no importaba. Los primeros días fueron pura aventura.

 La motocicleta rugía por las carreteras polvorientas de Argentina. Subía a las montañas de Chile. Dormían donde podían, en granjas, bajo puentes, en casas de desconocidos. Alberto lo disfrutaba todo con alegría infantil. Para él esto era libertad, descubrimiento, camaradería. Pero Ernesto estaba cambiando.

 Chile, marzo de 1952. La noche en Chuquikamata, la mina de cobre más grande de Chile. Algo se rompió en Ernesto. Habían conocido a una pareja de mineros desempleados, comunistas perseguidos. No tenían ni mantas para el frío del desierto de Atacama. Alberto observó a Ernesto esa noche. No podía dormir.

 Estaba junto a la fogata mirando las llamas con una expresión que Alberto nunca había visto. No era tristeza, era furia. Una furia fría calculada, implacable. Alberto, esta gente está siendo triturada. El capitalismo los está matando y nosotros solo estamos mirando. Alberto sintió compasión por aquella pareja, pero para él era una tragedia individual.

 Para Ernesto era el síntoma de una enfermedad global. Podemos ayudarlos, Ernesto. Les daremos dinero, comida. Ernesto lo interrumpió con risa amarga. Ayudarlos. Esto no se soluciona con limosnas. Esto requiere una revolución. Esa fue la primera vez que Alberto escuchó esa palabra en boca de Ernesto. Revolución. Alberto creía en soluciones pequeñas, individuales.

 Ernesto estaba comenzando a creer en algo mucho más grande y mucho más peligroso. Perú. Junio de 1952. San Pablo le procedería. El momento decisivo llegó en una colonia de leprosos a orillas del Amazonas. Alberto y Ernesto trabajaron allí durante semanas. Alberto se concentraba en la medicina. Ernesto hablaba con los enfermos, los escuchaba y en sus ojos crecía esa misma furia fría.

 Una noche, los enfermos organizaron una fiesta de despedida. Había música, comida modesta, risas. Alberto bailó, bebió, se divirtió. Ernesto permanecía sentado en un rincón observando a todos con intensidad inquietante. Después Ernesto habló. Alberto, ¿viste la solidaridad de esa gente? La lealtad. Todo eso surge entre los más desesperados.

 Eso es lo más alto de la humanidad. Y también me enseña que el mundo necesita cambiar completamente. Desde la raíz. Alberto sintió un escalofrío. Comprendió algo fundamental. Ese viaje no había sido el mismo para ambos. Para él había sido una aventura. Para Ernesto había sido una conversión. Regresamos a Argentina 8 meses después. Yo había visto el mundo.

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