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PEDRO INFANTE hizo lo que NINGÚN actor se atrevió — Contradecir a La DOÑA

Dentro del Palacio de Bellas Artes, la gala comenzó a las 8 en punto. María no había llegado. A las 8:30 los murmullos empezaron. A las 9 las sonrisas irónicas. A las 9:30 los comentarios en voz baja. Típico de ella, decía una actriz. Se cree la reina, susurraba otra. Nos hace esperar a todos. Pedro Infante escuchaba, no decía nada, solo observaba la puerta. Conocía a María.

Habían trabajado juntos años atrás. Sabía que detrás de esa coraza existía algo más, pero esa noche algo iba a cambiar. A las 10:37 las puertas se abrieron. Silencio absoluto. María Félix entró sola, sin disculpas, sin explicaciones. De avanzó por el pasillo central. Sus tacones resonaban como disparos sobre el mármol.

Todos la miraban, nadie hablaba. llegó a su mesa, se sentó, encendió un cigarrillo y solo entonces miró alrededor como si acabara de notar que había gente. Alguien tenía que decir algo y ese alguien fue Pedro Infante. Se puso de pie, tomó su copa y con esa sonrisa que derretía corazones dijo en voz alta para que todos escucharan.

Bueno, parece que la reina finalmente nos honró con su presencia. Risas nerviosas, algunos aplausos. María no se movió, solo lo miró, sus ojos verdes clavados en él. Y lo que ocurrió después nadie lo anticipó. El silencio cayó como una losa. Pedro seguía de pie sonriendo, esperando que María respondiera con alguna broma, con esa ironía que ella dominaba.

Pero María no sonrió. Apagó el cigarrillo lentamente y se puso de pie. y caminó hacia él cada paso medido, cada movimiento calculado. Los 300 invitados contenían la respiración. Llegó frente a Pedro, lo miró a los ojos y dijo en voz baja, pero clara para que todos pudieran escuchar.

La reina, no, mi querido Pedro, las reinas heredan su corona. Yo construí la mía. Pausa. Y llegué tarde porque estaba salvándole el pellejo a alguien que no tiene el valor de hacerlo él mismo. Pedro parpadeó desconcertado. ¿De qué hablas? María sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que está a punto de voltear la mesa.

¿Quieres que les cuente a todos por qué llegué tarde? ¿O prefieres que conservemos las apariencias? La sala entera los observaba. Nadie comprendía estaba sucediendo. Pedro sintió que el piso se movía bajo sus pies porque él sí sabía y y rezaba para que María no dijera nada. 3 horas antes, a las 7:15 de la noche, María Félix estaba en su casa lista para la gala.

El auto esperaba afuera. Estaba por salir cuando sonó el teléfono. Era Josefina, la esposa de Pedro Infante. Su voz temblaba. María, necesito tu ayuda, por favor. María y Josefina no eran amigas, apenas se conocían, pero algo en esa voz la detuvo. ¿Qué pasó? Es Pedro. Está en problemas, grandes problemas.

María cerró los ojos. Sabía exactamente de qué clase de problemas se trataba. ¿Dónde está? En el hospital obrero. Sala de emergencias. Hay un hombre herido. Hubo una pelea. Pedro estaba ahí. Si la prensa se entera, todo se viene abajo. María podía haber colgado, podía haber ido a la gala, no era su problema.

Pero había algo que nadie sabía, algo que había ocurrido años atrás. 1947. María estaba comenzando. No era nadie todavía. Filmaba Río Escondido con Emilio Fernández. El director era un genio, pero también un alcohólico violento. Una noche, borracho, la encerró en el set. ¿Vas a hacer la escena como yo digo o no salís de acá? María tenía miedo, mucho miedo. Gritó.

Nadie acudió, excepto uno. Pedro infante. Seis estaba rodando en el estudio de al lado. Escuchó los gritos, derribó la puerta, enfrentó a Emilio. O la dejas ir o te rompo la cara. Emilio era más corpulento, más fuerte, pero Pedro no retrocedió. María salió, Pedro se quedó. Esa noche Pedro recibió una golpiza.

Emilio lo dejó tirado en el set, pero Pedro jamás se lo contó a nadie. Nunca lo utilizó a su favor. Solo le dijo a María, “Nadie merece sentirse atrapado.” María nunca lo olvidó. Ahora, 5 años después era su turno. Colgó el teléfono. Me llamó a su chóer, al hospital obrero rápido. Llegó en 20 minutos, ingresó por la puerta trasera, encontró a Josefina llorando en un pasillo.

Pedro estaba adentro junto a un hombre ensangrentado. Fue un accidente, explicó Josefina. Pedro intentó separar una pelea. Uno de los tipos sacó una navaja. Pedro lo desarmó, pero el tipo cayó mal. Se golpeó la cabeza. El hombre estaba vivo, pero apenas. Si moría, Pedro iría preso. Si la prensa se enteraba, su carrera terminaría. Era el ídolo de México.

Los ídolos no se involucran en peleas de cantina. María entró a la sala. Pedro estaba sentado en un rincón. la cabeza entre las manos. Tenía sangre en la camisa. Cuando la vio, se puso de pie. María, ¿no tenías que venir? Cállate, dijo observó al herido, miró a los médicos y entonces hizo lo que mejor sabía hacer, tomar el control.

En 40 minutos, María movilizó todos sus contactos. Llamó a un abogado, llamó al jefe de policía, un hombre que le debía favores, llamó al director del hospital. Gestionó que el incidente fuera registrado como accidente doméstico. Pagó los gastos médicos del herido, compró su silencio y se aseguró de que ningún periodista se enterara. Cuando terminó, eran las 10:15.

La gala había comenzado hacía más de dos horas. Pedro la miró con los ojos enrojecidos. No sé cómo agradecerte. No me agradezcas. Me debías una. Ahora estamos a mano. Y salió del hospital. Regresamos al palacio de bellas artes. María de pie frente a Pedro. Los 300 invitados expectantes. ¿Quieres que les cuente? Repitió María.

Pedro tragó saliva, no podía hablar. Y entonces María hizo algo inesperado. Sonríó, una sonrisa verdadera. No te preocupes, mi querido Pedro, y tu secreto está a salvo. Se dio vuelta hacia la sala. Llegué tarde porque estaba resolviendo un asunto personal, algo que debía hacer y no le debo explicaciones a nadie.

regresó a su mesa, se sentó, encendió otro cigarrillo. La sala estalló en murmullos. Algunos reían nerviosos, otros estaban desconcertados, pero Pedro seguía de pie mirándola. Sus ojos expresaban lo que su boca no podía decir. Gracias. La gala continuó, pero algo había cambiado. Durante el resto de la velada, Pedro no dejó de mirar a María y ella cada tanto le devolvía la mirada, no con arrogancia, sino con algo distinto, complicidad.

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