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El Ejército llega a la iglesia para DETENER al Padre Pistolas pero éste responde con un…

Parte 1

Los soldados entraron a la iglesia con las armas al pecho justo cuando doña Carmen se arrodillaba para pedir por su hijo enfermo, y el pueblo entero sintió que hasta Dios guardaba silencio.

El padre José Alfredo Gallegos, a quien todos llamaban Padre Pistolas, no bajó la mirada. Estaba frente al altar, con la Biblia abierta y el rostro endurecido por ese tipo de dolor que no se grita, pero pesa como piedra en el pecho. Afuera, el sol de Chucándiro quemaba las calles de Michoacán; adentro, los niños se aferraban a las faldas de sus madres y los hombres apretaban los puños sin atreverse a moverse.

El capitán Rodrigo Mendoza avanzó por el pasillo central con 6 soldados detrás. Sus botas golpeaban el piso como martillazos sobre un ataúd. Don Hernán, el presidente municipal, estaba sentado en la primera banca, sudando más por miedo que por calor. Nadie lo había visto en misa desde hacía meses, y su presencia, esa mañana, olía a traición.

—Padre José Alfredo Gallegos —dijo el capitán—, tengo órdenes de escoltarlo para una declaración formal.

Doña Carmen dejó escapar un sollozo. Miguel, el joven sacristán que había crecido bajo el cuidado del sacerdote desde que quedó huérfano, dio un paso hacia el altar, pero el Padre Pistolas levantó apenas la mano para detenerlo.

—Capitán Mendoza, está usted interrumpiendo la misa y asustando a mi gente —respondió el sacerdote—. ¿Eso también venía escrito en sus órdenes?

El militar apretó la mandíbula.

—Se le acusa de incitar al pueblo contra las autoridades, de sembrar odio y de promover desobediencia.

—No siembro odio —dijo el padre—. Siembro memoria. Este pueblo no olvida quién le robó el agua, quién vendió el monte y quién firmó papeles a escondidas mientras las familias rezaban por lluvia.

Un murmullo atravesó la iglesia. Todos sabían de qué hablaba. Desde hacía semanas, el padre denunciaba el proyecto de una presa que dejaría sin agua a varias comunidades. También había señalado la tala ilegal y los permisos entregados a empresarios cercanos al gobierno. Lo que nadie se atrevía a decir en voz alta, él lo había dicho desde el púlpito.

Eduardo Vega, funcionario del gobierno estatal, no estaba presente, pero su sombra se sentía en cada rincón. Y don Hernán, con los ojos clavados en el suelo, parecía cargar esa sombra sobre la espalda.

—No complique las cosas, padre —advirtió Mendoza—. Venga con nosotros.

—¿Y si no voy?

Los soldados tensaron las manos sobre sus armas. Varias mujeres comenzaron a rezar. Un niño preguntó si iban a matar al padre, y su madre le tapó la boca con lágrimas en los ojos.

Miguel no pudo contenerse.

—¡No se lo pueden llevar! ¡Él no ha hecho nada malo!

El capitán lo miró con dureza.

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