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Fidel Castro le dice a José Mujica: “¿Así vivís siendo presidente?” — La respuesta lo deja helado

Parte 1

El protocolo cubano estuvo a punto de cerrar la puerta de la residencia de Fidel Castro en la cara de José Mujica por culpa de unos zapatos embarrados.

Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, pero todos lo pensaban. Aquel hombre de camisa arrugada, pantalón gastado y andar cansado no parecía un presidente. Parecía un vecino que se había perdido camino al mercado. El automóvil oficial se había detenido frente a la casa discreta donde el viejo comandante esperaba, y antes de que Mujica bajara, un asesor cubano ya murmuraba con fastidio que aquello podía tomarse como una falta de respeto.

Raúl Castro, que lo había recibido el día anterior con abrazos y honores, intentó suavizar el momento. Sabía quién era aquel uruguayo. Sabía de sus años de cárcel, de su vida en la chakra, de Lucía, de las flores, de Manuela, la perra de 3 patas que lo esperaba como si la presidencia fuera apenas una ausencia más. Pero también conocía a Fidel. Y Fidel, incluso viejo, enfermo y apoyado en bastón, seguía oliendo la mentira y el teatro a distancia.

—Presidente Mujica, quizás sería mejor cambiarse los zapatos antes de entrar —dijo el asesor con una sonrisa tensa.

Mujica miró el barro seco pegado al cuero viejo. Venía de visitar una cooperativa agrícola antes del encuentro, contra la recomendación de todos.

—Si el barro ofende, dígale al comandante que no soy yo quien viene a verlo. Viene la tierra conmigo.

El asesor se puso rojo. Raúl bajó la mirada para ocultar una sonrisa. En ese instante, desde el interior de la casa, una voz ronca atravesó el pasillo.

—Que entre así.

El silencio se partió como vidrio.

Mujica entró sin apuro. La sala era amplia, luminosa, sobria, llena de libros y fotografías que parecían sostener el peso de medio siglo de historia. Fidel Castro estaba sentado junto a un ventanal. Ya no era el gigante que gritaba durante horas frente a multitudes, pero sus ojos conservaban un fuego incómodo, de esos que no preguntan: examinan.

—Bienvenido, presidente Mujica —dijo Fidel, extendiéndole la mano.

—Gracias, comandante. Pero si no le molesta, dígame Pepe.

Fidel apretó su mano con sorprendente firmeza. Luego miró sus zapatos. Después la camisa. Después el rostro de aquel hombre que no parecía interesado en impresionar a nadie.

—Me dijeron muchas cosas de usted —dijo Fidel—. Que dona casi todo su sueldo, que vive en una chacra, que maneja un Volkswagen viejo, que cultiva flores con Lucía. Pensé que exageraban.

—Siempre exageran un poco —respondió Mujica—. El Volkswagen no está tan viejo. Es terco, nomás.

Raúl soltó una risa breve. Pero Fidel no. Seguía observándolo con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Había recibido reyes, presidentes, generales, enemigos y aliados. Todos llegaban con algo que demostrar. Aquel hombre parecía haber llegado sin escudo.

—¿Así vivís siendo presidente? —preguntó Fidel al fin.

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