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La Sombra tras el Poder: El oscuro ritual de Marta Sahagún en Los Pinos, el saqueo millonario a los más pobres y la red de influencias que pudrió la democracia mexicana

La Sombra tras el Poder: El oscuro ritual de Marta Sahagún en Los Pinos, el saqueo millonario a los más pobres y la red de influencias que pudrió la democracia mexicana; la cruda verdad sobre las “vitaminas”, los contratos prohibidos y la ambición desmedida que aún acecha al país.

Marta Sahagún: ASQUEROSO Hechizo para Manipular al Presidente… Saqueó el Fondo de los POBRES. 

2 de julio de 2001, 7:30 de la mañana. En una cabaña escondida dentro de Los Pinos, mientras México apenas despertaba, Vicente Fox se casaba en secreto con Marta Saagú, su vocera, su sombra, la mujer que muchos ya señalaban como la verdadera voz detrás del presidente. No hubo cámaras, no hubo multitud, no hubo fiesta nacional, solo cuatro testigos, una puerta cerrada y una ausencia que pesaba más que cualquier discurso.

 Los hijos de ambos no estaban ahí. Afuera, el país todavía celebraba la alternancia, el fin de más de 70 años de dominio del PRI, la promesa de una democracia limpia. Adentro, según versiones periodísticas que años después estremecerían a México, empezaba otra historia, una historia de ambición, rituales oscuros, gotas llamadas vitaminas, dinero de los pobres y una familia que presuntamente aprendió a confundir el poder público con una herencia privada.

 Durante años se habló de brujería en Los Pinos, de una santera cercana de Elva Ester Gordillo abriendo puertas invisibles, de un supuesto padre Felipe Campos, de frascos misteriosos, de Toloache, de fotografías quemadas y enemigos marcados en silencio. También se habló de Vamos México, de Lotería Nacional, de Transforma México, de más de 110 millones de pesos bajo sospecha, de libros pagados con dinero público, de logos cambiados, de obras de caridad convertidas en propaganda.

 Pero eso no fue todo. Mientras Marta aparecía como primera dama, sus hijos Briviesca eran señalados en investigaciones por IP, Bancrecer, Oceanografía y contratos vinculados a Pemex, casas de familias endeudadas, millones de pesos, empresas que crecían demasiado rápido, expedientes que nunca dejaron de oler a privilegio.

 Hoy, más de dos décadas después, la pregunta sigue abierta. ¿Fue Marta Saagún solo una mujer ambiciosa dentro del poder? ¿O fue la pieza central de una maquinaria que mezcló fe, superstición, dinero y familia hasta pudrir el sueño democrático de México? Pero antes de entender esa puerta cerrada en Los Pinos, hay que regresar al origen de Marta Saagú, cuando todavía no era la mujer más temida del sexenio, sino una niña formada entre rezos, obediencia y una hambre de poder que nadie vio venir.

 Todo comenzó lejos de los reflectores presidenciales, lejos de las cámaras, lejos de esa cabaña cerrada en Los Pinos, donde años después México despertaría con una pregunta que todavía incomoda. Zamora, Michoacán, 10 de abril de 1900 53. una ciudad de campanas, colegios religiosos, familias que medían la reputación como si fuera una herencia sagrada y silencios que pesaban más que las palabras.

 Ahí nació Marta Sagú, no en un palacio, no en una dinastía política. Nació en una tierra donde la fe católica no era solo una creencia, era una estructura completa de vida. La misa, el apellido, la obediencia, la apariencia, todo importaba, todo se vigilaba, todo se juzgaba. Y desde niña, Marth aprendió algo que después usaría mejor que nadie.

 En México, la imagen puede abrir puertas que el poder todavía no se atreve a tocar. Su padre, Alberto Saagún de la Parra, pertenecía a ese mundo católico profundo, cercano a círculos religiosos influyentes. Según versiones recogidas por la prensa, conoció desde joven a Marcial Maciel, el fundador de los legionarios de Cristo, una figura que durante décadas fue vista como intocable hasta que su nombre terminó rodeado por uno de los escándalos más oscuros de la iglesia moderna. Guarda ese nombre.

Marcial Maciel. Porque la sombra de los legionarios volverá mucho después, cuando la historia de Marta ya no sea una historia de fe, sino de dinero, influencia y sospecha. En los años 90, Marta no era todavía la mujer que caminaba por Los Pinos como si el lugar le perteneciera. Era una mujer de Celaya, Guanajuato, vinculada al ambiente conservador, madre de tres hijos, esposa de Manuel Briviesca Godoy y participante activa en círculos religiosos como Regnum Cristi, donde llegó a manejar responsabilidades financieras.

Por fuera todo parecía ordenado. Matrimonio, hijos, iglesia, negocio familiar, una vida respetable. Pero debajo de esa superficie había otra cosa. Había hambre, no hambre de comida, hambre de mando, hambre de ser vista, hambre de dejar de ser una mujer más dentro de una estructura donde los hombres hablaban y las mujeres sonreían.

Marta no quería solo acompañar, quería decidir, no quería solo organizar eventos, quería entrar al cuarto donde se repartía el poder. Y entonces apareció Vicente Fox. Fox era alto, ruidoso, impulsivo, diferente. En Guanajuato, su figura crecía como una promesa contra el viejo régimen priiststa.

 Para muchos era el hombre que podía romper 70 años de dominio político. Para Marta fue algo más peligroso, una puerta. Primero se acercó como operadora de comunicación, luego como colaboradora indispensable, después como voz cercana. Y poco a poco, según quienes observaron aquellos años, la relación política se volvió una relación de dependencia emocional y estratégica.

Fox necesitaba orden, Martha necesitaba acceso. Él tenía el carisma, ella tenía la disciplina, él encendía multitudes, ella entendía cómo administrar esa luz, pero el precio fue creciendo. Su matrimonio con Manuel Briviesca se fue rompiendo hasta quedar atrás. La separación llegó en 1998, el divorcio en el año 2000.

 Y mientras Fox avanzaba hacia la presidencia, Marta avanzaba hacia el centro de su vida. No caminaba detrás, caminaba al lado, a veces, según sus críticos, demasiado cerca del timón. Cuando entró a Los Pinos, descubrió que el poder no se entrega con una banda presidencial, ni con una sonrisa. Se pelea, se arranca, se defiende.

 Ahí estaban los hombres de confianza de Fox, los operadores, los asesores, los que la miraban como intrusa. Ahí estaban Lino Corrodi, José Luis González, las viejas lealtades, los fantasmas del pasado y sobre todo estaba la sombra de Lilian de la Concha, la exesposa de Fox, como una presencia silenciosa que Marta, según versiones periodísticas, nunca pudo borrar del todo. Piensa en eso un momento.

 Una mujer formada bajo la idea de la obediencia, entrando al lugar más poderoso del país y sintiendo que todos querían sacarla de ahí. Ahí nació la obsesión. No bastaba ser la esposa, no bastaba ser la vocera, no bastaba ser primera dama. Marta quería ser la fuerza que nadie pudiera mover. Soñó con el 2006. Se vio a sí misma como algo más grande, algo parecido a una Eva Perón mexicana, una Hillary Clinton salida del Bajío, una mujer capaz de convertir la intimidad presidencial en plataforma política. Pero la ambición cuando se

mezcla con miedo deja de ser proyecto y se vuelve veneno. Y según las investigaciones periodísticas que vendrían después, cuando Marta sintió que la política normal no bastaba para cerrar la puerta de los pinos desde adentro, empezó a buscar respuestas en lugares mucho más oscuros. Porque la puerta cerrada de Los Pinos no se abrió de golpe.

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