Posted in

El peor Hombre de María Félix que marcó su vida para siempre

Había llegado desde Álamos, Sonora, con una cara que parecía esculpida por alguien que quería demostrar que la belleza podía ser un arma tan letal como cualquier pistola y una voluntad de hierro que ninguna cámara lograba capturar del todo, porque la voluntad de María era algo que se sentía, no que se veía. Su primer matrimonio con Enrique Álvarez a la Torre había terminado como terminan las cosas que empiezan demasiado joven y con demasiada prisa, mal, con heridas que no se ven, pero que sangran durante décadas. Se había casado a los 17 años,

una niña jugando a ser esposa en un mundo que todavía no le había enseñado lo que era capaz de soportar ni lo que se negaba a tolerar. Tenía un hijo, Enrique Junior, nacido en 1934, al que amaba con esa ferocidad silenciosa con la que María amaba todo lo que era verdaderamente suyo. No con palabras, no con gestos públicos de ternura, sino con una certeza inamovible de que daría la vida por ese niño sin pensarlo dos veces y sin contárselo a nadie.

El divorcio le había costado a su hijo. A la torre se lo arrebató con la complicidad de una sociedad que en los años 30 no concebía que una mujer pudiera ser madre y libre al mismo tiempo. Ese dolor, el de perder a su hijo, fue el dolor fundacional de María Félix, el dolor sobre el cual construyó todo lo demás. la armadura, la frialdad calculada, la capacidad de entrar a cualquier habitación y hacer la suya sin pedir permiso.

Todo eso nació de una madre a la que le quitaron a su hijo y que decidió que nunca más nadie le quitaría nada. El cine mexicano estaba entrando en su época de oro y María era la joya más brillante de esa corona que apenas empezaba a forjarse. Los estudios Churubusco, Claca Films producían películas a un ritmo febril. Directores como Emilio Elindio Fernández, Roberto Gabaldón y Julio Bracho competían por tenerla en sus producciones.

Cada película suya llenaba las salas de cine de todo el país, desde los grandes palacios cinematográficos de la Ciudad de México hasta las pequeñas salas de pueblo donde las familias enteras iban a ver a la mujer más hermosa que habían visto jamás. Pero las joyas no se enamoran. Las joyas brillan, cortan, deslumbran, hacen que la gente se acerque con los ojos llenos de deseo y las manos extendidas.

Y María había aprendido muy pronto, demasiado pronto para su edad, que era más seguro brillar que entregarse. Brillar te mantiene intacta. Hearted expone. Y María Félix no se exponía ante nadie. Cada hombre que se había acercado a ella desde su divorcio lo había hecho con las manos extendidas, queriendo tomar algo. Fama, belleza, contactos, la sombra poderosa de su nombre.

Algunos querían ser vistos con ella para subir su propio prestigio. Otros querían conquistarla para alimentar su ego. Los más peligrosos querían poseerla. Como se posee un cuadro valioso que se cuelga en la pared para que los invitados lo admiren. María los veía venir desde lejos con esa intuición que tienen las mujeres que han aprendido a leer las intenciones de los hombres como quien lee el pronóstico del tiempo.

Y cerraba las puertas antes de que tocaran. Sonreía, seducía, deslumbraba y se iba. Siempre se iba antes de que la cosa pasara de superficie, hasta que conoció a alguien que ni siquiera intentó tocar la puerta. Su nombre era Adolfo, aunque todos lo llamaban el negro. No por su piel, que era morena clara, del color de la tierra de Oaxaca después de la lluvia, sino por algo en su mirada, una profundidad que incomodaba, que hacía sentir que ese hombre estaba viendo algo que los demás no podían ver, como si tuviera un telescopio apuntado hacia dentro de las personas y pudiera

leer lo que estaba escrito en la parte de atrás del alma, donde nadie se molesta en mentir porque supone que nadie va a llegar tan lejos. No era actor, no era director, no era productor ni político ni heredero de ninguna fortuna familiar, era pintor. Aunque decir simplemente pintor era como decir que el mar es simplemente agua.

Sus cuadros no decoraban paredes, las habitaban. Había algo en su trazo que parecía hecho de rabia contenida y ternura secreta. Una combinación que ningún crítico de arte de la época supo explicar del todo bien, porque para explicarla había que haberla sentido y los críticos de arte rara vez se permiten sentir lo que están analizando.

Tenía 34 años, un estudio en la colonia Santa María la Ribera, que olía permanentemente a Trementina y a Café Viejo. pocos muebles, muchos libros apilados en el suelo y en las repisas y encima de la mesa de trabajo y una reputación que era exactamente opuesta a la de María. Si María era el imán que atraía todo hacia sí con una fuerza que parecía desafiar la física, Adolfo era el punto fijo que no se movía por nada ni por nadie. Lo conoció en una fiesta.

Era un viernes de octubre de 1940 en la casa de un director de cine en la colonia Polanco, una de esas casas enormes con jardín interior y fuente de cantera, donde cada viernes se reunía lo más brillante y lo más escandaloso de la Ciudad de México. Actores, directores, pintores, escritores, políticos que se hacían pasar por intelectuales e intelectuales que se hacían pasar por personas normales.

El tequila corría con la misma facilidad que los chismes y el humo de los cigarrillos formaban nubes que se confundían con las conversaciones. María llegó tarde como siempre, porque llegar tarde era una forma de poder que ella había perfeccionado hasta convertirla en arte. Llegar tarde significaba que la fiesta no empezaba realmente hasta que ella aparecía y todos lo sabían.

Cuando entró el salón hizo lo que siempre hacía cuando ella aparecía. Se congeló. 40 personas dejaron de hablar simultáneamente como si alguien hubiera apretado el botón de pausa en una película. Los ojos se fueron hacia ella como limaduras de hierro hacia un imán. Las mujeres la midieron con esa mezcla de envidia y fascinación que María provocaba en su género.

Los hombres simplemente se quedaron sin aire. vestido negro, largo, ceñido en la cintura, escote que sugería sin mostrar, que era infinitamente más peligroso que mostrar. Aretes de esmeralda que su amiga Frida Calo le había ayudado a elegir en una joyería del centro la semana anterior. El cabello recogido de esa manera que solo María lograba, como si no le hubiera costado ningún esfuerzo, pero que en realidad requería una hora de trabajo meticuloso frente al espejo.

Y los ojos, siempre los ojos, esos ojos que hacían que los hombres se sintieran simultáneamente elegidos y condenados. Pero hubo un hombre que no se congeló, que no levantó la vista de su copa de mezcal, que siguió hablando con la persona que tenía al lado como si nada hubiera cambiado en la habitación, como si María Félix fuera simplemente una persona más entrando a una fiesta, lo cual, para cualquiera que tuviera ojos, era evidentemente falso.

María lo notó de inmediato, precisamente porque no la notó a ella. Era como encontrar un punto ciego en un espejo que siempre te había devuelto una imagen perfecta. Disconcertant, irritant, magnetico. Se acercó. Era inevitable. María Félix no perseguía a los hombres. Eso era un principio que había establecido como ley personal desde los 20 años y que no había roto jamás.

Pero ese principio tenía una excepción tácita, una cláusula secreta que María no habría admitido ante nadie. Los hombres que parecían no necesitarla. Esos la fascinaban de una manera que ella misma no se terminaba de explicar porque desafiaban el orden del universo tal como ella lo entendía. Se paró a su lado Sparrow.

Read More