Posted in

EL DÍA QUE MURIÓ Pedro Infante, Javier Solís CANCELÓ 8 PRESENTACIONES SIN DAR EXPLICACIÓN

Pero Javier, apenas registraba su presencia, estaba en otro lugar, en un tiempo diferente. Recordando, recordaba la primera vez que vio a Pedro Infante en persona. Fue en 1953, en los estudios Churubusco. Javier trabajaba entonces como extra en una película que protagonizaba precisamente Pedro. Era una escena de cantina donde necesitaban gente para llenar el fondo mientras Pedro interpretaba una canción.

Javier llegó temprano ese día, nervioso pero emocionado. Llevaba años escuchando las canciones de Pedro en la radio, viéndolo en el cine del barrio cada vez que podía juntar los 50 centavos de la entrada. Cuando Pedro llegó al set, todo cambió. No llegó con aires de estrella, no venía rodeado de guardaespaldas, ni exigiendo que todos se callaran.

Llegó saludando a cada técnico por su nombre, preguntándole al maquillista por su hija enferma, bromeando con el utilero sobre el equipo del América. Y cuando vio al grupo de extras esperando, se acercó a saludarlos uno por uno. Javier nunca olvidaría ese momento. Pedro le extendió la mano, lo miró directo a los ojos y le dijo, “¿Cómo te llamas, muchacho?” Javier apenas pudo responder.

Gabriel, señor infante. Gabriel Siria. Pedro sonríó. Llámame Pedro. Aquí no hay señores, solo compañeros de trabajo. ¿Cantas? Javier, sorprendido por la pregunta, asintió un poco, señor Pedro. Pedro le dio una palmada en el hombro. Pues échale ganas. Este oficio es duro, pero hermoso. Y si cantas con el corazón, la gente lo siente.

Esa conversación duró menos de 2 minutos, pero marcó la vida de Javier para siempre. Pedro no tenía por qué dirigirle la palabra, mucho menos darle un consejo. Era un extra más entre 20, pero Pedro era así. trataba al velador de la misma forma que al director. Esa humildad genuina, esa capacidad de hacer sentir importante a cualquiera que cruzara su camino, era lo que lo convertía en algo más que una estrella.

era un ser humano excepcional que resultaba ser también un artista extraordinario. Después de ese primer encuentro, Javier vio a Pedro en otras tres ocasiones. Una fue en la XM, donde Javier había conseguido una pequeña participación en un programa de radio. Pedro estaba grabando un programa especial y al verlo lo reconoció.

El muchacho que canta, “¿Cómo has estado?” Javier no podía creer que lo recordara entre los cientos de personas que Pedro conocía cada semana. Hablaron brevemente en el pasillo. Pedro le preguntó cómo iba su carrera, si ya había grabado algo. Javier le contó que estaba intentando conseguir su primera oportunidad en una disquera.

Pedro asintió con seriedad. No te desesperes. Las puertas se abren cuando es el momento. Mientras tanto, perfecciona tu técnica, estudia. Escucha a todos los grandes, no solo a los mexicanos. Aprende de los boleros, de los tangos, del mariachi y de todo. Mientras más amplío sea tu conocimiento, más herramientas tendrás.

La segunda vez fue en una fiesta de fin de año en 1955 en casa de un productor. Javier había sido invitado porque había empezado a hacer pequeñas presentaciones en cabarets y su nombre comenzaba a circular en círculos modestos de la industria. Pedro estaba ahí con su esposa Irma Dorantes. Cuando lo vio, se acercó y lo presentó con varias personas importantes, compositores, productores, directores.

Este muchacho tiene futuro”, decía Pedro convicción. Tiene voz y tiene presencia. Solo le falta su oportunidad. La tercera vez fue apenas dos meses antes del accidente. En febrero de 1957, Javier ya había grabado sus primeras canciones y comenzaba a recibir invitaciones para presentaciones más importantes.

Coincidieron en el aeropuerto. Pedro regresaba de una gira y Javier se preparaba para viajar a Guadalajara. Se encontraron en la sala de espera. Pedro estaba cansado, con ojeras marcadas, pero cuando vio a Javier se iluminó. Oye, ya te escuché en la radio. Llorarás. Suena muy bien. La gente va a conectar con esa canción. Ya vas a ver.

Hablaron durante casi 40 minutos hasta que llamaron el vuelo de Javier. Fue la última vez que se vieron. Y esa última conversación ahora resonaba en la mente de Javier con un peso insoportable. Pedro le había hablado de sus proyectos futuros, de una película que empezaría a filmar en mayo, de una gira por Sudamérica que tenía planeada para el segundo semestre del año.

Había mencionado que quería tomarse un tiempo para estar más con sus hijos, que sentía que la carrera lo había absorbido demasiado. A veces hay que parar, ¿sabes?, le dijo Pedro. El aplauso es hermoso, pero los abrazos de tus hijos no se repiten. Cada etapa de su vida es única y si te la pierdes trabajando, ya no vuelve.

Javier había sentido sin comprender realmente lo que Pedro trataba de decirle. Ahora esas palabras sonaban proféticas, trágicas, como un testamento involuntario. A las 11:30 de la mañana, el teléfono del departamento sonó. Era Julián Ruiz, el representante de Javier. Su voz sonaba tensa. Javier, necesito que me confirmes algo urgente.

¿Tienes presentación esta noche en el teatro Lídrico, verdad? Javier tardó en responder. La pregunta le parecía absurda en ese momento. Sí. Dijo finalmente, “Vas a poder venir.” Javier miró a su hermana, luego a su madre. No respondió. No voy a poder. Hubo un silencio al otro lado de la línea. Javier, entiendo cómo te sientes.

Todos estamos destrozados, pero tienes un compromiso. La gente compró boletos. El dueño del teatro está contando contigo. No puedes cancelar así como así. Javier sintió algo caliente subiendo por su pecho, algo que no era tristeza, sino rabia. Julián acaba de morir Pedro Infante. El país está de luto. ¿Cómo voy a subir a un escenario a cantar como si nada? La voz de Julián se puso más firme, precisamente porque el país está de luto.

La gente necesita algo que la distraiga. El espectáculo debe continuar. Esa es nuestra responsabilidad como artistas. Javier colgó el teléfono sin responder. Su hermana lo miró preocupada. ¿Qué vas a hacer? Javier se pasó las manos por el rostro. No lo sé. No puedo cantar hoy. No puedo. Mercedes se acercó y tomó sus manos. Nadie te va a juzgar si decides no ir.

Pedro era tu amigo. Tu inspiración. Tienes derecho a guardar luto. Pero incluso mientras su hermana decía esas palabras, Javier sabía que el asunto no era tan simple. Cancelar una presentación no era solo una decisión personal. Había contratos, compromisos, dinero invertido por los promotores, expectativas del público.

Read More