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EXPULSÓ A UN ANCIANO CIEGO DE LA MISA POR SU ROPA ROTA… Y EL ALTAR TEMBLÓ EN SILENCIO

El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón. Primera de Samuel, capítulo 16, versículo 7. Hermanos, hoy vamos a hablar de algo que me duele hasta los huesos. La hipocresía que se esconde detrás de las sotanas almidonadas. La ceguera espiritual que se disfraza de piedad.

Porque hay quienes se paran frente al altar con las manos limpias, pero el corazón podrido, y miran al pobre como si fuera basura que ensucia el templo de Dios. Para ilustrar esta terrible verdad, les he preparado una parábola moderna, una historia que va a partir el alma. Escuchen bien. Don Elías acababa de encontrar su banca cuando sintió la mano firme del padre Anselmo agarrándolo del brazo.

El anciano giró su rostro ciego hacia donde venía el agarre confundido. Padre, ¿sucede algo? Sí, sucede algo. Usted no puede estar aquí. El murmullo de los feligreses se apagó de golpe. Todas las miradas se volvieron hacia la parte trasera de la parroquia del Sagrado Corazón, donde el padre Anselmo, con su casulla verde bordada en hilo dorado, sostenía del brazo a un anciano cuya ropa desilachada colgaba sobre un cuerpo consumido por los años y la pobreza.

Don Elías tenía 74 años. Hacía 12 que no veía absolutamente nada y hacía 32 que venía a esa iglesia cada domingo sin faltar uno solo. Pero, padre, yo solo vine a misa como siempre. Mire como viene vestido. Apesta, está sucio. Es una ofensa para los demás fieles que vienen aquí a alabar a Dios como se debe. El anciano comenzó a temblar.

Sus manos arrugadas, aferradas al bastón de aluminio abolido, se pusieron blancas de la fuerza con que lo apretaba. Padre, esta es la mejor ropa que tengo. Me bañé esta mañana, me peiné, me lavé las manos con jabón, no tengo otra cosa que ponerme, pues entonces no puede quedarse.

Esta es una parroquia decente, no un refugio para indigentes. Pero, padre, yo también vengo a alabar a Dios. He sido fiel de esta parroquia toda mi vida. Me casé aquí, bauticé a mis hijos aquí, enterré a mi esposa desde aquí. Por favor, no me corra. La iglesia es de todos. El padre Anselmo le soltó el brazo y señaló hacia la puerta con un dedo acusador, como si estuviera expulsando a un demonio.

La Iglesia es de los que respetan la casa de Dios y usted no la respeta viniendo así. Hecho un asco. Lárguese y no vuelva hasta que consiga ropa decente y aprenda a bañarse como la gente civilizada. Don Elías se quedó paralizado. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas surcadas de arrugas profundas. Su labio inferior temblaba mientras trataba de formar palabras que no salían.

Padre, yo no quise faltarle al respeto. Es que no tengo más ropa. No tengo dinero para comprar ropa nueva. Vivo de una pensión de 800 pesos al mes, pero amo a Dios. Amo esta iglesia. Por favor, he dicho que se vaya. El padre Anselmo levantó el bastón del anciano que se había caído al suelo cuando lo agarró del brazo y se lo aventó al pecho.

El metal golpeó contra las costillas huesudas de don Elías antes de caer de nuevo. El anciano se tambaleó hacia atrás chocando contra la banca. Mateo, el sacristán, estaba parado a unos metros de distancia, paralizado por el horror de lo que estaba presenciando. Era un hombre flaco de 38 años con el cabello negro peinado hacia atrás con brillantina barata.

Ganaba 2,400 pesos al mes limpiando la iglesia, ayudando en las misas, haciendo lo que el padre Anselmo le ordenara. Y en ese momento el padre Anselmo lo miró con una expresión que no dejaba lugar a dudas. Si no obedecía, si cuestionaba, si se atrevía a defender al anciano, perdería su trabajo. Y con él el trabajo de su mamá en el asilo de las hermanas carmelitas, donde ganaba otros 1800 pesos que necesitaban desesperadamente para sobrevivir. Mateo tragó saliva.

Sintió que el mundo se le venía encima. Pero caminó hacia don Elías, recogió el bastón del suelo y se lo puso en la mano temblorosa. Aquí está don Elías. El anciano agarró el bastón y comenzó a caminar hacia la salida, pero sin nadie guiándolo, tropezó contra una banca, luego contra otra.

El bastón raspaba el piso de mármol, produciendo un sonido metálico que resonaba en el silencio absoluto de la iglesia. Sus hoyozos ahogados se mezclaban con los raspones del metal. Nadie se movió para ayudarlo. Nadie dijo nada. Las 60 personas que llenaban las bancas solo lo miraban. Algunos con lástima, otros con incomodidad, la mayoría con la misma indiferencia con la que se mira a un perro callejero.

Don Elías chocó una vez más antes de encontrar la puerta. Salió al atrio tambaleándose con las lágrimas empapándole la cara arrugada con el corazón destrozado en mil pedazos. El padre Anselmo se sacudió las manos como si acabara de tocar algo contaminado. Se volvió hacia los feligreses reunidos y puso su mejor sonrisa pastoral, esa que había perfeccionado durante años de fingir con pasión que no sentía.

Hermanos, les pido disculpas por este incidente desagradable. Sepan que la parroquia siempre está abierta para todos, pero también debemos mantener cierta dignidad en la casa del Señor. Ahora, preparémonos para celebrar la Santa Misa. Si a ti también te duele el corazón al ver tanta injusticia, déjanos tu me gusta ahora mismo y suscríbete a nuestro canal para no caminar solo en este desierto de hipocresía.

Porque necesitamos mantenernos unidos, hermanos. Necesitamos recordar que Cristo no vino a los sanos. sino a los enfermos, no a los perfectos, sino a los quebrantados. El organista comenzó a tocar el canto de entrada. Los feligreses se pusieron de pie, abrieron sus cancioneros y empezaron a cantar sobre el amor de Dios.

Sus voces llenaban el templo hermoso con sus bancas de cedro recién enceradas, sus vitrales que filtraban rayos de colores, su altar de cantera rosa que sostenía un cristo de tamaño natural con una corona de espinas tan detallada que se podían contar cada una de las púas. Todo dispuesto para la gloria, para la celebración, para demostrarle al obispo que vendría en dos horas que la parroquia del Sagrado Corazón era una joya en el corazón de la diócesis.

Mateo no cantó. Se quedó parado al lado del altar con la cabeza baja, mientras las palabras del canto le sonaban huecas, vacías, como monedas falsas, tintineando en una alcancía rota. Sentía náuseas. Había visto sufrir a un hombre inocente y no había hecho nada, absolutamente nada, porque era un cobarde, porque había elegido su trabajo, su seguridad, su comodidad, por encima de la dignidad de un anciano ciego que solo quería rezar.

Afuera, en el atrio, don Elías se había detenido junto a una jardinera llena de geráneos rojos. Temblaba tanto que no podía dar un paso más. se aferró al bastón con las dos manos, inclinó la cabeza y lloró. Lloró como no había llorado desde el día que enterraron a su esposa Magdalena hacía ya 8 años. Lloró por la humillación, por la injusticia, por el rechazo, pero sobre todo lloró porque el único lugar donde se sentía en casa le había cerrado la puerta en la cara.

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