El barco se hundió en 1978. un carguero de bandera panameña que transportaba maquinaria agrícola desde Manzanillo hasta Acapulco y que una tormenta tropical partió en 2 a 15 km de la costa de Guerrero. La tripulación fue rescatada por pescadores. La carga se perdió y el casco del barco partido y oxidado, se fue al fondo del mar, donde quedó a 18 m de profundidad sobre un lecho de arena y roca coralina, que con los años lo fue cubriendo de algas, anémonas y la vida marina que coloniza cualquier estructura sumergida
como si fuera un recife artificial. Durante 46 años, el barco hundido fue un secreto a voces entre los pescadores de la costa de Guerrero. Los que pescaban con red sabían que no había que tirar las redes cerca del casco porque se enganchaban en el metal oxidado y se rompían. Los que buceaban a pulmón para sacar langosta y pulpo sabían que el barco era un buen punto de pesca porque los peces se congregaban alrededor de la estructura como se congregan alrededor de cualquier arrecife.
Y los busos deportivos que de vez en cuando bajaban a explorar el pecio sabían que el casco partido del carguero panameño era un esqueleto de acero cubierto de vida marina que a 18 m de profundidad se veía como una catedral sumergida con las paredes abiertas al océano. El CJNG lo convirtió en una base de operaciones submarina.
No estoy exagerando, no estoy usando metáforas. El CJNG selló secciones del casco del barco hundido, las impermeabilizó, las presurizó con aire comprimido y creó espacios habitables dentro del pecio, donde sus operadores vivían y trabajaban a 18 m bajo la superficie del Pacífico, espacios secos dentro de un barco hundido, cuartos con aire respirable dentro de una estructura sumergida, un hábitat submarino improvisado con la ingeniería bruta que hemos visto en islas artificiales.
túneles bajo ríos y montañas excavadas, pero esta vez aplicada al escenario más extremo de todos, el fondo del mar. 72 personas estaban vinculadas a la operación. No las 72 vivían dentro del barco. Eso habría sido imposible, pero las 72 formaban la red que mantenía la base submarina funcionando. Busos que bajaban y subían cargamentos, operadores que vivían dentro del casco en turnos de 72 horas.
tripulantes de las lanchas de superficie que transportaban suministros y el personal de tierra que coordinaba la logística desde una propiedad costera a 3 km de la playa más cercana. El ejército descubrió la base cuando un pescador de langosta enganchó su cabo de buceo en algo que no era parte del barco hundido original.
El pescador que llevaba 15 años buceando en ese pecio y que conocía cada rincón del casco oxidado, bajó a 18 m para desenganchar su cabo y encontró un tubo de PVC de 6 pulgadas de diámetro que salía del casco del barco y subía verticalmente hacia la superficie. El tubo estaba fijado al casco con abrazaderas de acero inoxidable, nuevo, limpio, sin algas, sin incrustaciones marinas, un tubo que alguien instaló recientemente en un barco que lleva 46 años en el fondo del mar.
El pescador subió a la superficie, miró el punto donde el tubo emergía del agua y vio que el tubo terminaba en una bolla pequeña pintada de gris, casi invisible contra el color del mar, que flotaba a ras de la superficie con una válvula en la parte superior. El pescador no tocó la bolla, no tocó el tubo, subió a su lancha, arrancó el motor y se fue a tierra.
Tres días después habló con un primo que era cabo en el ejército. El primo habló con su oficial. El oficial habló con el mando regional y el mando regional activó un protocolo de investigación que involucró abusos de combate de la marina, a ingenieros navales y a un equipo de inteligencia que durante 4ro semanas mapeó lo que había dentro del barco hundido antes de ejecutar el operativo más inusual en la historia de las operaciones contra el narcotráfico en México.
Quiero hablar de esas cuatro semanas de investigación porque el proceso de descubrir qué había dentro de un barco hundido sin alertar a los que operaban adentro es un ejercicio de inteligencia submarina sin precedentes en México. La primera semana fue de reconocimiento. Busos de la Marina descendieron al pecio en horarios que calcularon para evitar coincidir con los busos del CJ.
Los busos militares observaron el barco desde una distancia de 50 m. mimetizándose con el fondo marino, documentando las idas y venidas de los busos del CJNG que entraban y salían del casco. Contaron inmersiones, en promedio, cuatro o cinco inversiones diarias concentradas entre las 10 de la noche y las 4 de la mañana.
Los busos del CJNG operaban de noche. De día el barco hundido parecía lo que siempre había aparecido, un pecio oxidado con peces. La segunda semana, los busos de la marina se acercaron al casco y documentaron las modificaciones. Fotografiaron las soldaduras que sellaban las escotillas, midieron el diámetro del tubo de PVC, localizaron la bolla de superficie que alimentaba el compresor de aire y lo más arriesgado, un buzo logró acercarse a la escotilla de acceso y escuchar, pegando un hidrófono portátil al casco, las voces y
los ruidos que venían del interior. Confirmaron que había personas adentro, voces amortiguadas por el acero, música de una radio, el zumbido de las luces eléctricas, vida humana dentro de un barco hundido a 18 m bajo el mar. La tercera semana fue de vigilancia de superficie. La marina monitoreó las lanchas que operaban en la zona, identificó la propiedad costera y rastreó los movimientos de los vehículos y las personas vinculadas a la operación.
Agentes encubiertos se hicieron pasar por compradores de pescado en la playa más cercana y recopilaron información sobre los busos nuevos que los pescadores locales habían visto en la zona. La cuarta semana fue de planificación del operativo. Los busos de combate practicaron la entrada al casco en una simulación con un contenedor sumergido en una base naval.
Los soldados planificaron los asaltos simultáneos a la propiedad costera y a las lanchas, y los inhibidores de frecuencia fueron posicionados para cortar las comunicaciones en el momento del asalto. 4 semanas de preparación para un operativo de 20 minutos. Porque cuando operas contra una base submarina, cada variable tiene que estar calculada.
la marea, las corrientes, la visibilidad del agua, el horario de relevo de los busos del CJNG, la posición de las lanchas de superficie y el momento exacto en que hay personas dentro del casco para que la detención submarina capture a los operadores con las manos en la masa. Quiero hablar del barco antes de hablar de lo que el CJNG hizo con él.
El carguero panameño se llamaba Santa Mónica. Tenía 73 m de eslora, 12 de manga y un desplazamiento de 2,800 toneladas. Era un barco viejo cuando se hundió. Construido en 1958 en un astillero de Corea del Sur, vendido tres veces, rebautizado dos y registrado en Panamá con una empresa naviera fantasma que existía
solo en el papel de un despacho jurídico de Ciudad de Panamá.
El típico barco de carga de bandera conveniente que navega los mares del mundo con una tripulación mínima, un mantenimiento mínimo y un seguro que apenas cubre el valor del casco. La tormenta tropical que lo hundió lo partió a la altura de la bodega número tres. El casco se fracturó en una línea diagonal que dejó la proa y la sección de bodegas en un lado y la popa con la sala de máquinas en el otro.
Las dos mitades se hundieron a unos 30 m de distancia. una de la otra. La proa cayó de costado sobre el fondo arenoso. La popa cayó casi vertical con la hélice apuntando hacia arriba y con el tiempo se fue inclinando hasta quedar a unos 45 gr sobre el lecho marino. El CJNG eligió la sección de popa para su base. La popa tiene la sala de máquinas, un espacio interior de aproximadamente 15 m de largo por 10 de ancho por cuatro de alto que originalmente albergaba los motores diésel del barco.
Los motores fueron removidos por una empresa de salvamento en 1982, dejando un espacio vacío dentro del casco que es estructuralmente un contenedor de acero sumergido, un contenedor con paredes de acero de 12 mm, con techo de acero, con piso de acero y con las aberturas originales de las escotillas y los accesos de mantenimiento que los constructores del barco dejaron en 1958.
El CJNG selló las aberturas del casco con planchas de acero soldadas desde adentro. Cada escotilla, cada acceso de mantenimiento, cada grieta en el casco que permitía la entrada de agua fue sellada con acero y con soldadura submarina que busos especializados ejecutaron a 18 m de profundidad con equipos de soldadura que funcionan bajo el agua.
La soldadura submarina es una técnica que se usa en la industria petrolera offshore para reparar plataformas y ductos. Requiere busos certificados con equipo especializado que cuesta cientos de miles de pesos. El CJNG contrató abusos industriales que normalmente trabajan para Pemex o para empresas de mantenimiento de plataformas petroleras.
Una vez sellado el casco, los busos instalaron un sistema de aire comprimido que expulsó el agua del interior de la sala de máquinas y la reemplazó con aire respirable. El principio es el mismo que se usa en las campanas de buceo. Si metes aire a presión dentro de un espacio sumergido, el aire empuja el agua hacia abajo y crea una burbuja de aire atrapada dentro de la estructura.
La presión del aire tiene que ser igual o mayor que la presión del agua a esa profundidad para impedir que el agua vuelva a entrar. A 18 m la presión es de aproximadamente 2.8 atmósferas. Los compresores que el CJNG instaló en la superficie bombeaban aire a tres atmósferas a través del tubo de PVC que el pescador encontró, manteniendo la presión interior del casco por encima de la presión del agua y creando un espacio seco dentro de un barco hundido a 18 m de profundidad.
Un espacio seco dentro de un barco hundido en el fondo del mar con aire respirable bombeado desde la superficie a través de un tubo de PVC que terminaba en una bolla gris pintada para ser invisible. Es la premisa de una película de ciencia ficción, pero ocurrió en la costa de Guerrero, en el Pacífico Mexicano, a 15 km de playas donde los turistas toman el sol, sin saber que debajo del mar hay personas respirando aire comprimido dentro del casco de un carguero panameño que se hundió el año en que nació la generación de sus padres. El espacio
habitable dentro de la sala de máquinas tenía aproximadamente 100 m². No era grande, era un rectángulo de acero con las paredes curvas del casco del barco, con el piso inclinado a 45 gr porque la popa se hundió en esa posición y con una línea de agua en la parte baja donde la burbuja de aire terminaba y empezaba el mar.
Los ocupantes caminaban sobre plataformas de madera niveladas que el CJNG construyó sobre el piso inclinado del casco para crear superficies horizontales, plataformas de madera con pasamanos de cuerda, porque si te resbalabas y caías hacia la parte baja del espacio, caías al agua que ocupaba el fondo de la burbuja. Y el agua a 18 m de profundidad está oscura y fría y llena de lo que sea que viva en los recobecos del casco de un barco hundido desde hace 46 años.
El acceso al espacio habitable era por una escotilla sumergida en la parte inferior del casco. Los busos bajaban desde la superficie con equipo de buceo, nadaban hasta la escotilla, la abrían, entraban al interior del casco, subían hasta la superficie de la burbuja de aire, se quitaban el equipo de buceo y estaban dentro secos, respirando aire comprimido a tres atmósferas a 18 m bajo la superficie del Pacífico.
Quiero describir cómo era estar dentro del barco hundido, porque los marinos que entraron durante el operativo lo describieron con un detalle que merece ser contado. El primer marino que subió a la burbuja de aire dentro del casco dijo, “Fue como salir del agua y entrar en otro mundo. Arriba de la línea de agua había aire, se podía respirar, pero el aire sabía a metal, a óxido y a algo dulce que después me dijeron que es el olor del acero corroído por el agua salada durante 40 años.
Las paredes del casco estaban cubiertas de óxido naranja que goteaba con la condensación. El techo también goteaba y el sonido, el sonido era lo más raro. Escuchabas el mar afuera del casco, el golpeteo del agua contra el metal y escuchabas tu propia respiración amplificada por las paredes de acero como si estuvieras dentro de un tambor.
Las paredes de acero del casco del Santa Mónica convertían el espacio interior en una cámara de resonancia donde cada sonido se amplificaba y se distorsionaba. El goteo de la condensación sonaba como lluvia. Las voces rebotaban en las paredes curvas del casco y regresaban con un eco metálico que hacía que las conversaciones parecieran salir de una lata.
Y el mar, el océano Pacífico que rodeaba el casco por todos lados, generaba un rumor constante, grave, profundo, que los ocupantes escuchaban las 24 horas y que algunos describieron como el latido del mar y otros como un motor que nunca se apaga. La iluminación venía de luces LED alimentadas por baterías recargables que los busos subían y bajaban en cada turno.
Las luces proyectaban sombras en las paredes curvas del casco que se movían con el balanceo de las plataformas de madera, creando una sensación de movimiento perpetuo que generaba mareo en los que pasaban más de un día adentro. Vivir dentro de un barco hundido es vivir dentro de una burbuja que se mueve con las corrientes marinas, que cruje con los cambios de marea y que te recuerda a cada segundo que el único motivo por el que no estás ahogándote es un sistema de compresores y un tubo de PV sé que alguien controla en la
superficie. Ahora quiero hablar de para qué usaba el CJNG esta base submarina. La base tenía tres funciones. La primera era almacenamiento de droga. Paquetes de cocaína sellados al vacío y recubiertos con una capa de fibra de vidrio impermeabilizada se almacenaban dentro del casco del barco, protegidos del agua por la burbuja de aire y protegidos de la detección por 18 m de agua de mar, los peritos decomizaron dentro del casco 340 kg de cocaína almacenados en cajas de plástico estancas. El valor en el mercado supera
los 160 millones de pesos. La cocaína llegaba al barco hundido por mar. Lanchas rápidas que venían de la costa de Oaxaca o de Chiapas cargadas con droga que había entrado a México desde Centroamérica, navegaban hasta el punto del barco hundido y busos del CJNG bajaban los paquetes al casco sumergido. Los paquetes se amarraban a cables con pesos y se hundían hasta la escotilla de acceso.
Los busos los metían al interior del casco y los almacenaban en las cajas estancas. El proceso de hundimiento de un cargamento tomaba entre 2 y 4 horas dependiendo del volumen. La segunda función era punto de trasbordo. La cocaína almacenada en el barco hundido se redistribuía a lanchas más pequeñas que la llevaban a puntos de desembarco en la costa de Guerrero.
Las lanchas de desembarco eran lanchas de pesca artesanal que desde la superficie parecían exactamente lo que pretendían ser. Pescadores saliendo a pescar. Pero debajo de las redes y de las hieleras con pescado había paquetes de cocaína que busos del CJNG habían subido del barco hundido esa misma noche. La tercera función era la más sofisticada y la que hace de este caso algo único.
El barco hundido funcionaba como estación de relevo para semisumergibles. Los semisumergibles, esas embarcaciones artesanales que navegan con el casco apenas debajo de la superficie del agua para evitar la detección por radar transportan toneladas de cocaína desde Colombia y Ecuador hasta las costas de México y Centroamérica.
Los semisumergibles tienen un rango limitado y necesitan puntos de reabastecimiento de combustible durante el viaje. El barco hundido servía como uno de esos puntos. Los semisumergibles llegaban al punto del pecio. Busos bajaban bidones de diésel desde la superficie y los semisumergibles se reabastecían sin necesidad de acercarse a la costa donde podrían ser detectados.
El barco hundido como gasolinera submarina para semisumergibles del narcotráfico. Es un concepto que los analistas navales de la Marina están estudiando porque implica que el CJNG ha desarrollado una red logística marítima con puntos de apoyo sumergidos a lo largo de la costa del Pacífico. Si hay un barco hundido funcionando como base en Guerrero, puede haber otros en Oaxaca, en Michoacán, en Jalisco, en Colima.
La costa mexicana del Pacífico tiene decenas de barcos hundidos catalogados. Cada uno es una base submarina potencial. Quiero hablar de la red de semisumergibles porque este caso abre una ventana a una dimensión del narcotráfico marítimo que hasta ahora se había estudiado solo desde la superficie. Los semisumergibles que usan las organizaciones de narcotráfico para transportar cocaína desde Sudamérica hasta México son embarcaciones artesanales construidas en astilleros clandestinos de la selva colombiana y ecuatoriana. Miden entre 15 y 30 m de
eslora. Están hechos de fibra de vidrio con estructuras de acero. Navegan con el casco casi totalmente sumergido, dejando solo una torre de ventilación y observación por encima de la superficie, lo que los hace prácticamente invisibles al radar y extremadamente difíciles de detectar visualmente. Cada semisumergible puede transportar entre 5 y 10 toneladas de cocaína en un solo viaje.
El valor de un solo cargamento puede superar los 200 millones de dólares. El costo de construir un semisumergible es de entre un y 2 millones de dólares. Se usan una vez y se hunden. El negocio es tan rentable que el costo de la embarcación es un gasto menor, el equivalente a pagar el empaque de un producto cuyo valor es 100 veces el costo del empaque.
El problema de los semisumergibles es el rango. El viaje desde la costa de Colombia o Ecuador hasta la costa de Guerrero es de más de 3,000 km. Los semisumergibles llevan combustible para el viaje completo, pero cualquier problema mecánico, cualquier desvío por la presencia de patrullas navales, cualquier demora, puede dejarlo sin combustible en medio del Pacífico.
Los puntos de reabastecimiento son críticos y hasta ahora los analistas navales asumían que los puntos de reabastecimiento eran embarcaciones de superficie, barcos pesqueros o de carga que se encontraban con los semisumergibles en puntos acordados y les transferían combustible. El barco hundido de guerrero cambia esa ecuación porque un punto de reabastecimiento sumergido es mucho más difícil de detectar que uno en la superficie.
Un barco pesquero transfiriendo combustible a un semisumergible puede ser detectado por patrullas aéreas, por radar costero o por vigilancia satelital. Pero un semisumergible que se detiene sobre un barco hundido donde busos le pasan bidones de diésel por debajo de la superficie es invisible para todas esas formas de detección.
El reabastecimiento ocurre bajo el agua, nadie lo ve, nadie lo detecta y el semisergible sigue su camino con el tanque lleno hacia la costa de Guerrero, donde otra red lo espera para descargar sus cinco o 10 toneladas de cocaína. Los analistas de la marina creen que puede haber más puntos de reabastecimiento sumergidos a lo largo de la costa del Pacífico.
No necesariamente en barcos hundidos. Cualquier estructura submarina, natural o artificial puede servir como punto de almacenamiento de combustible. una recife con cavidades donde se pueden esconder bidones, una cueva submarina, un contenedor hundido deliberadamente en un punto marcado con GPS.
La costa del Pacífico Mexicano tiene miles de kilómetros y debajo de esos kilómetros hay un fondo marino que nadie vigila con la atención que este caso demuestra que necesita. Quiero hablar de la propiedad costera que servía como centro de operaciones en tierra. La propiedad estaba a 3 km de la playa más cercana. en un camino de terracería que sube desde la costa hacia la sierra.
Era una construcción de bloqu y lámina rodeada por una cerca de alambre de púas con un terreno de aproximadamente 2 haáreas donde había cuatro estructuras: la casa principal donde vivían los mandos, una bodega donde se almacenaban los compresores de aire, los equipos de buceo y los bidones de diésel para los semisumergibles, un taller mecánico donde se reparaban los motores de las lanchas y un cobertizo con techo de lámina donde se estacionaban las tres camionetas y las dos lanchas.
de fibra de vidrio que el CJNG usaba para las operaciones en mar. La propiedad tenía un tanque de almacenamiento de agua, un generador de respaldo y una antena de comunicaciones satelitales que los operadores usaban para coordinar la llegada de los semisumergibles y las lanchas de transporte. La antena estaba camuflada como un poste de luz pintada de gris con un foco que encendían de noche para que pareciera un poste del alumbrado público, solo que el poste no estaba conectado a ninguna red eléctrica y que la luz del foco se alimentaba de una
batería solar que también alimentaba el equipo de comunicaciones satelitales. De los 72 detenidos, 38 fueron capturados en esta propiedad. estaban dormidos cuando los soldados entraron a las 3 de la mañana rompiendo la puerta de la casa principal con un ariete. Los que estaban en la bodega intentaron destruir los compresores de aire y los equipos de comunicaciones, pero fueron sometidos antes de que pudieran causar daño significativo.
Un operador de radio logró enviar una señal de alerta antes de que lo esposaran, pero la señal no llegó a ningún destinatario porque los soldados habían activado un inhibidor de frecuencias que bloqueaba todas las comunicaciones en un radio de 5 km. 24 fueron detenidos en las lanchas y en la playa.
Seis lanchas de pesca artesanal que operaban como cobertura para las operaciones submarinas fueron interceptadas por lanchas de la marina que bloquearon la salida del estero donde se resguardaban. Los pescadores operadores intentaron huir por tierra, pero fueron detenidos por soldados que controlaban los caminos de acceso a la playa y 10 fueron capturados en el agua.
Seis busos que estaban en inmersión cuando comenzó el operativo y que fueron interceptados cuando subieron a la superficie y los cuatro que estaban dentro del barco hundido. Quiero hablar de los busos del CJNG porque son el elemento humano más especializado de esta operación. De los 72 detenidos, 14 eran busos. Buzos certificados con experiencia en buceo industrial, en buceo de rescate o en buceo deportivo avanzado que el CJNG reclutó específicamente para operar la base submarina.

Cada abuso tenía al menos 200 inmersiones de experiencia. Varios tenían más de 1000. eran profesionales del buceo que por diferentes circunstancias terminaron trabajando para un cártel del narcotráfico. El jefe de los busos era un hombre de 41 años, originario de Acapulco, excertificador de busos de PAD, que durante 10 años trabajó como instructor de buceo en resorts de la Riviera Mexicana, enseñando a turistas a respirar bajo el agua.
Cuando la pandemia cerró los resorts y los turistas dejaron de venir, se quedó sin trabajo. El CJNG le ofreció dirigir un equipo de busos para operaciones de salvamento marino. Aceptó. Y cuando entendió que el salvamento marino era en realidad el mantenimiento de una base submarina del narcotráfico, ya estaba demasiado adentro para salir.
el instructor de padi reconvertido en jefe de busos del CJNG, un hombre que pasó 10 años enseñando a turistas a hacer burbujas bajo el agua en aguas cristalinas de Cancún y que ahora coordinaba inmersiones a 18 m de profundidad en aguas turbias del Pacífico Guerrerense para bajar paquetes de cocaína al casco de un carguero panameño hundido en 1978.
Los busos trabajaban en equipos de tres. Cada inmersión duraba entre 45 minutos y una hora dependiendo de la tarea. Las tareas incluían transporte de cargamentos entre la superficie y el casco, mantenimiento de los sellos del casco, verificación del sistema de aire comprimido, relevo del personal que vivía dentro del casco y abastecimiento de las baterías de las luces LED y de los suministros de comida y agua que los ocupantes necesitaban.
Los riesgos del buceo a 18 m son significativos. La enfermedad descompresiva que ocurre cuando un buzo sube demasiado rápido y el nitrógeno disuelto en la sangre forma burbujas que pueden causar dolor, parálisis o muerte. Es un riesgo constante. Dos de los 14 busos detenidos tenían cicatrices de accidentes descompresivos previos, dolor articular crónico en las rodillas que los médicos militares identificaron como necrosis ósea causada por burbujas de nitrógeno que dañaron el hueso.
Daño permanente causado por subir demasiado rápido del fondo del mar con un paquete de cocaína bajo el brazo. Quiero hablar de los turnos dentro del barco hundido, porque la experiencia de vivir dentro de un casco sumergido durante 72 horas tiene una dimensión psicológica que merece ser documentada.
Los operadores que vivían dentro del casco lo hacían en turnos de 3 días, tres días y tres noches dentro de una burbuja de aire a 18 m de profundidad, sin ver el sol, sin sentir el viento, sin escuchar otra cosa que el goteo de la condensación, el rumor del mar contra el casco y la respiración de los otros ocupantes. Los turnos eran de cuatro personas, dos que vigilaban el cargamento almacenado y que coordinaban por radio las operaciones de transbordo y dos que descansaban.
El espacio para cuatro personas dentro de la burbuja era limitado. Las plataformas de madera niveladas tenían un área útil de unos 30 m², descontando la zona inclinada y la línea de agua en la parte baja. 30 m² para cuatro personas durante 3 días. Dormían en hamacas colgadas de ganchos soldados al techo del casco. Comían alimentos enlatados y bebían agua embotellada que los buzos les bajaban.
Y usaban una cubeta como baño que vaciaban en el mar a través de un tubo de desagüe instalado en la parte baja del casco. La humedad dentro del casco era del 100%. Todo estaba mojado. Las paredes goteaban. Las hamacas se empapaban con la condensación que caía del techo. La ropa nunca se secaba y el frío a 18 m de profundidad, donde la temperatura del agua es de unos 20 gr cent, penetraba las paredes de acero del casco y mantenía el interior a una temperatura de 21 o 22 gr, que combinada con la humedad del 100% y la ropa siempre
mojada, generaba una sensación térmica que los ocupantes describieron como frío de hueso, el tipo de frío que no se quita ni con cobija Porque la cobija también está mojada. Tres días mojado, frío, encerrado en una burbuja de acero oxidado que cruje y gotea en el fondo del mar.
Es la peor de todas las bases del CJNG que hemos cubierto. Peor que el pantano de Tabasco con sus mosquitos. Peor que el túnel del acueducto con su oscuridad. Peor que la montaña excavada con su polvo mineral. Porque al menos en esas bases estabas en tierra firme. Aquí estás en el fondo del mar, dentro de un barco que se hundió hace 46 años, respirando aire que te bombean desde la superficie por un tubo de plástico y sabiendo que si el compresor se detiene, la burbuja de aire se encoge y el mar entra y te traga.
Uno de los operadores que cumplía turnos dentro del casco. Un joven de 23 años de la costa de Guerrero, dijo que la peor parte era el tercer día. Los primeros dos días aguantas, te distraes con la radio, con la comida, con hablar con los compañeros, pero el tercer día ya no puedes pensar en otra cosa que en salir. Cuentas las horas.
Cada hora que pasa es una hora menos. Y cuando ves al buzo que viene a relevarte entrar por la escotilla, sientes lo que siente un preso cuando le abren la celda. Quiero hablar del operativo porque la detención de personas dentro de un barco hundido a 18 m de profundidad presenta desafíos tácticos que ningún manual militar contempla.
Los busos de combate de la marina ejecutaron el operativo en dos fases. La primera fase fue terrestre, la detención simultánea de los operadores de superficie en la propiedad costera y en las lanchas que el CJNG usaba para el transporte. 62 de los 72 detenidos fueron capturados en tierra y en las lanchas. La segunda fase fue submarina, la entrada al casco del barco hundido para detener a los que estuvieran dentro.
Cuatro busos de combate de la marina descendieron al pecio a las 4 de la mañana. Nadaron hasta la escotilla de acceso en la parte inferior del casco. La abrieron y entraron a la burbuja de aire, donde cuatro operadores del CJNG estaban dormidos en sus hamacas. Los buzos de combate emergieron del agua dentro de la burbuja con armas cortas, impermeabilizadas y linternas.
Los cuatro operadores dormidos despertaron al escuchar el chapoteo de los buzos saliendo del agua y vieron cuatro figuras negras con neopreno, máscaras y pistolas apuntándoles desde la línea de agua. La imagen es surreal, soldados saliendo del mar dentro de un barco hundido para detener a personas que dormían en hamacas a 18 m de profundidad.
Los cuatro se rindieron sin resistencia porque dentro de una burbuja de aire a 18 m de profundidad no hay a dónde correr. Si sales por la escotilla, entras al mar abierto a 18 m sin equipo de buceo y a 18 m sin aire. Tienes aproximadamente un minuto antes de perder la conciencia. Los cuatro detenidos fueron esposados, equipados con equipos de buceo de emergencia proporcionados por los marinos y sacados por la escotilla hacia el mar abierto.
Los buzos de combate los escoltaron hasta la superficie en un ascenso controlado que duró 5 minutos para evitar la enfermedad descompresiva. En la superficie, una lancha de la marina los recogió y los trasladó a tierra. 72 detenidos en total, cero disparos, 340 kg de cocaína y un barco hundido que durante 46 años fue un recife artificial donde los peces hacían su vida y que el CJNG convirtió en la base submarina más insólita que jamás se haya descubierto en México.
Quiero hablar del impacto en la comunidad pesquera porque los pescadores de esta zona de Guerreros son las víctimas silenciosas de esta operación. La zona donde se encuentra el barco hundido es una zona de pesca artesanal donde aproximadamente 200 familias viven de lo que sacan del mar. Langosta, pulpo, huachinango, sierra, camarón.
Los pescadores salen en lanchas de fibra de vidrio con motores fuera de borda de 15 caballos, a veces sin motor, a remo y pasan el día tirando redes, buceando a pulmón o calando trampas para langosta. ganan entre 200 y 600 pesos diarios dependiendo de la suerte y de la temporada. Cuando el CJNG estableció su operación en la zona, los pescadores empezaron a notar cambios.
Primero, lanchas desconocidas que navegaban de noche sin luces por la zona del barco hundido. Después personas que les decían que no pescaran por allá sin dar explicación. Después, busos desconocidos que veían sumergirse en el punto del pecio con equipo que los pescadores artesanales que bucean con un visor y un tubo nunca habían visto.
Tanques de aire comprimido, trajes de neopreno, computadoras de buceo. Los pescadores dejaron de ir al barco hundido. No por miedo, según ellos, por precaución. Precaución en la costa de Guerrero es el eufemismo para miedo. Los pescadores perdieron uno de sus mejores puntos de pesca porque el CJNG se lo apropió.
La langosta que se escondía en los recobecos del casco del Santa Mónica, el huachinango que se congregaba alrededor de la estructura, el pulpo que anidaba en las cavidades del metal. Todo eso dejó de ser accesible para los pescadores que durante 15 años habían dependido de ese pecio como fuente de sustento.
Un pescador de 54 años que lleva 30 pescando en esa zona, dijo, “El barco hundido era nuestro banco. Ahí siempre había producto, siempre había langosta, siempre había pescado. Cuando nos dijeron que no fuéramos, perdimos nuestro mejor punto y con él, como 30% de lo que sacábamos al mes. 30% de los ingresos de una familia que gana entre 6 y 15000 pesos al mes.
El costo humano de una base submarina del narcotráfico medido en langostas que ya no se pueden pescar y en huachinangos que ya no se pueden sacar. El narcotráfico no solo contamina el mar, no solo altera los ecosistemas, también le quita el sustento a las familias que viven de lo que el mar les da. Quiero hablar del contexto de Guerrero porque este caso se inscribe en la realidad de un estado que ha sido territorio del narcotráfico desde antes de que existieran los cárteles modernos.
Guerrero es el estado donde nació el narcotráfico mexicano. La sierra de Guerrero fue durante décadas la principal zona productora de Amapola de México, la materia prima de la heroína que se exportaba a Estados Unidos desde los años 60. Los campesinos de la sierra sembraban a mapapola entre el maíz y el frijol porque la goma de opio pagaba 10 veces más que cualquier cultivo legal.
La sierra de Guerrero era el triángulo dorado antes de que existiera el triángulo dorado de Sinaloa, Chihuahua y Durango. La costa de Guerrero, donde se encontró el barco hundido, tiene su propia historia de narcotráfico. Las playas aisladas de la costa grande y la costa chica son puntos de desembarco de droga desde hace décadas.
La cocaína que llega por mar desde Sudamérica desembarca en caletas, esteros y playas remotas donde no hay presencia de las fuerzas de seguridad y donde los pescadores locales son reclutados, corrompidos o intimidados para colaborar con las operaciones de desembarco. El CJNG llegó a la costa de Guerrero a disputar el control de esos puntos de desembarco a los grupos locales que los controlaban y lo hizo con la sofisticación que lo caracteriza.
no se conformó con usar las playas y los esteros como todos los grupos anteriores. Fue al fondo del mar, encontró un barco hundido y lo convirtió en algo que ningún otro grupo criminal en México había intentado. Una base de operaciones submarina. A ti que llegaste hasta aquí, la imagen que te dejo es la del pescador de langosta, un hombre con un visor, un tubo de respiración y unas aletas que baja a 18 m de profundidad todas las mañanas a buscar langosta entre las rocas y los corales de la costa de Guerrero. Un hombre que conoce
cada roca del fondo marino como un campesino conoce cada surco de su parcela. Un hombre que un día baja al barco hundido donde siempre hay langosta y encuentra un tubo de PVC que no estaba ahí. nuevo, limpio, con abrazaderas de acero inoxidable que brillan en el agua turbia del Pacífico. El pescador no es ingeniero naval, no es buzo de combate, no es analista de inteligencia, es un hombre con un visor y unas aletas que sabe distinguir lo que pertenece al fondo del mar de lo que alguien puso ahí. Y cuando vio el tubo supo que algo
estaba mal y habló. Dale like, suscríbete, activa la campanita. El barco hundido Santa Mónica va a ser sellado definitivamente por la Marina. Van a soldar las escotillas, van a cortar los tubos, van a desmantelar el sistema de aire comprimido y el casco del carguero panameño va a volver a ser lo que fue durante 46 años antes de que el CJNG llegara.
Un arrecife artificial donde los peces hacen su vida, donde las langostas se esconden en los recobecos del metal oxidado y donde el mar hace lo que el mar siempre hace con las cosas que se hunden, las cubre, las coloniza y las convierte en parte del fondo. Nos vemos mañana. Cuídate y la próxima vez que estés en una playa de Guerrero mirando el mar, recuerda que debajo de esa superficie azul que parece pacífica hay barcos hundidos, decenas y dentro de alguno de ellos, quizás ahora mismo, alguien está respirando aire comprimido en una burbuja de acero oxidado a 18 m
de profundidad, escuchando el latido del mar contra las paredes del casco, contando las horas para que llegue el relevo y esperando que el compresor de la superficie No se detenga, porque si se detiene, la burbuja se encoge y el mar entra y el mar no perdona. El pescador de langosta volvió a bajar al barco hundido una semana después del operativo.
La marina ya había sellado las escotillas y cortado los tubos. El casco del Santa Mónica estaba otra vez como estuvo durante 46 años. Un esqueleto de acero oxidado en el fondo del mar, cubierto de algas y anémonas, con los peces regresando lentamente a los recobecos que durante meses estuvieron perturbados por el ruido de los compresores y las inmersiones de los busos del CJNG.
El pescador buscó langosta, encontró tres, las sacó con la mano del metal oxidado del casco y la subió a su lancha con la satisfacción de quien recupera algo que le habían quitado. Tres langostas, 100 pesos cada una en el mercado de la playa, 300 pesos. Lo que el pescador gana en un buen rato de buceo en el pecio que durante meses le fue vedado por personas que almacenaban ahí dentro cocaína, que vale cientos de millones de pesos, 300 pesos contra cientos de millones.
La langosta del pescador contra la cocaína del cártel. Ambas sacadas del mismo barco hundido, ambas extraídas del mismo mar. La diferencia es que la langosta alimenta a una familia y la cocaína destruye miles y que el pescador baja al barco con un visor y unas aletas y sube con 300 pesos ganados con el esfuerzo de sus pulmones.
Mientras que el CJNG baja con equipos de medio millón de pesos y sube con cargamentos que financian una guerra que lleva décadas desangrando a México. El mar no distingue, le da langosta al pescador y escondite al narco con la misma indiferencia. El mar no juzga, solo está ahí profundo y oscuro, guardando lo que le echan.
Barcos hundidos, cocaína, langostas y las historias de los hombres que bajan a su fondo a buscar lo que necesitan. Cada uno busca algo diferente, pero todos respiran el mismo aire cuando suben a la superficie y todos miran el mismo horizonte azul que no dice nada de lo que hay debajo. Pero el pescador sabe desde que bajó a 18 m con su visor y vio el tubo de PVC que no pertenecía al fondo del mar, sabe que el mar de Guerrero tiene secretos que no son suyos.
Secretos de acero inoxidable y caucho y aire comprimido que alguien pone ahí abajo para que nadie los encuentre. Y sabe que su trabajo, además de sacar langosta, es mirar. Mirar el fondo, mirar lo que cambia, mirar lo que aparece donde antes no había nada. Porque esa mirada, la mirada del pescador que conoce su marro a metro, es la única vigilancia que funciona a 18 m de profundidad donde los satélites no llegan y los radares no alcanzan.
Dale like por el pescador de langosta que distingue lo viejo de lo nuevo en el fondo del mar. Suscríbete por los 200 familias pesqueras que perdieron su mejor punto de pesca durante meses. Activa la campanita por los buzos de combate que salieron del agua dentro de un barco hundido a las 4 de la mañana para detener a cuatro personas dormidas en hamacas a 18 m bajo el Pacífico.
Y nos vemos mañana. Yeah.