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Bronco: Muri3r0n UNO a UNO… Y Su Propio COMPADRE Los ACABO con Esta Traición….

A los 18 años fundó la banda más grande del regional mexicano desde un barrio obrero de Apodaca. A los 32 llenó el estadio Azteca con 100,000 personas que lloraban su nombre. A los 40 perdió el derecho de usar ese nombre durante 14 años seguidos. Hoy tiene más de 60. Sus compañeros originales están muertos, secuestrados o demandándolo en los tribunales.

 Su nombre es José Guadalupe Esparza, pero el mundo lo conoció simplemente como Lupe Esparza, el alma de Bronco. Y lo que la fama, el dinero y la traición le hicieron a ese grupo fue un crimen que nadie pagó, porque Bronco no se rompió de un solo golpe. Se fue destruyendo por dentro, pieza por pieza. compadre por compadre, hasta que del grupo que revolucionó la música mexicana no quedó casi nada.

 Y lo peor es que la historia que te contaron no es la historia completa. Esta es la investigación que la industria del regional mexicano enterró durante más de 20 años. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber sobre el grupo más importante que ha dado Nuevo León. Primero, las declaraciones que Ramiro Delgado hizo frente a los medios con nombres, cifras y fechas.

 Las palabras de un hombre que estuvo adentro durante 32 años y que llegó al punto en que ya no le importó lo que costaría decirlas. Segundo, el documento legal que firmaron en sus inicios y que les costaría 14 años de su vida. Un contrato tan mal negociado que los dejó sin derecho a usar su propio nombre, obligándolos a trabajar bajo otro nombre como si fueran impostores de sí mismos.

 Tercero, lo que está pasando hoy adentro del grupo, los hijos de Lupe, ocupando los lugares de los hombres que lo construyeron, las demandas millonarias que aún siguen activas y la pregunta que nadie en la industria se atreve a hacer en voz alta. Y cuarto, el testimonio de los hombres que estuvieron en el interior del grupo durante los años más oscuros, los que vieron como en febrero de 2012 uno de los fundadores fue secuestrado y asesinado, cómo meses después falleció otro y cómo todo eso se manejó en silencio, sin explicaciones, sin justicia pública. Te voy a avisar cuando

llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que la familia Esparsa ha intentado enterrar durante más de dos décadas. Pero antes de contarte cómo se destruyó, necesitas entender cómo nació. Porque el infierno de Bronco no comenzó en un tribunal de Monterrey, ni en una sala de emergencias, ni en una habitación de hotel en Texas. Comenzó mucho antes.

Comenzó en un barrio donde nadie esperaba nada de nadie y donde un muchacho decidió que eso no iba a ser suficiente. Apodaca, Nuevo León. No el Apodaca de hoy con sus plantas maquiladoras y su aeropuerto internacional. El apodaca de entonces era otra cosa. Un municipio pobre pegado a Monterrey, con calles de tierra, casas de block sin aplanar, familias numerosas apretadas en espacios que no alcanzaban para todos.

 En ese contexto nace José Guadalupe Esparza. No hay registro de una fecha exacta que circule públicamente, pero los que lo conocieron de joven coinciden en algo. Desde niño, Lupe tenía lo que los demás no tenían. No era el más guapo ni el más listo, era el más necio, el más terco, el que cuando se le metía algo en la cabeza no había manera humana de sacárselo.

 Su madre era una mujer de las que cargaban la casa sola, aunque no estuvieran solas, de las que no se quejaban, de las que hacían rendir lo que había, de las que enseñaban con el ejemplo más que con las palabras. El padre era otra historia. Como en tantas familias de esos barrios, la figura paterna era una presencia intermitente, una sombra que aparecía y desaparecía sin que nadie terminara de entender bien por qué.

 No hay relatos públicos de abuso, pero tampoco hay relatos de cercanía, de apoyo de un hombre que le dijera a su hijo, “Te veo, estoy aquí.” Esa ausencia deja una marca. siempre la deja. Y en el caso de Lupe, esa marca no se tradujo en tristeza, se tradujo en el mecanismo que aprenden los hijos que crecen sin ser vistos.

 Demostrar tanto que sea imposible ignorarlos. Construir algo tan grande que nadie pueda mirar hacia otro lado. Imagínate eso. Un niño en un barrio sin pavimento con una madre que trabaja de sol a sol y un padre que no está mirando hacia Monterrey como quien mira una promesa que no sabe si es para él.

 La música en el norte de México no era entretenimiento, era identidad. En los barrios de Apodaca, la música norteña sonaba en las cocinas, en los talleres mecánicos, en las quinceañeras, en los velorios. Era el idioma emocional de una región que no necesitaba que nadie del centro le dijera cómo sentir. Lupe lo vio desde joven y entendió algo que muchos tardaron años en comprender, que esa música no era menor, no era provincial, era poderosa, era verdadera.

Y si se hacía con ambición y con disciplina, podía llegar mucho más lejos de lo que todos imaginaban. A los 15, 16 años, Lupe ya tocaba, ya buscaba músicos, ya pensaba en un grupo, no como pasatiempo, sino como proyecto. No estaba buscando compañeros, estaba buscando instrumentos para un plan que solo él podía ver completo.

 Apodaka, Nuevo León. Lupe Esparsa tiene aproximadamente 19 años y toma la decisión que va a definir el resto de su vida. Funda Bronco, no con dinero, no con contactos, no con el respaldo de ninguna disquera, con lo que tenía, ganas, terquedad y un grupo de músicos del mismo barrio que creían como él que podían hacer algo grande.

 Javier Villarreal entra desde el principio. Eric Garsa también como tecladista y acordeonista. Son compañeros, vecinos. Cuates de barrio. Piensa en eso un momento. No hay un productor que los busca. No hay un empresario que los invita. Hay un grupo de chavos de un municipio pobre que deciden sin más que van a construir algo desde cero.

 El nombre que eligen lo dice todo. Bronco. No suave. No amable. Bronco. Algo que no se doma fácilmente, algo que tiene fuerza propia. Los primeros años son exactamente lo que cualquiera puede imaginar y peores tocan en salones de fiestas donde la gente no va a escucharlos sino a tomar. Tocan por lo que les den, a veces por menos de lo que acordaron, porque el que los contrató decide al final de la noche que no le gustó tanto el resultado.

 Hay noches en que regresan a Apodaca con los instrumentos en la camioneta y los bolsillos vacíos. ¿Sabes lo que es quedarte después de tocar a ayudarle al dueño del salón a limpiar las mesas para que te paguen un poco más? ¿Sabes lo que es cargar tus propios amplificadores, conectar tus propios cables, tocar 2 horas? Y que al final alguien te diga que el sonido estuvo flojo y que por eso te va a pagar la mitad.

 Eso es lo que vivió Bronco en sus primeros años, sin glamour, sin romanticismo, pero siguieron. Porque Lupe Esparza no estaba aguantando por disciplina, estaba ejecutando el único patrón que su infancia le había dejado disponible. Seguir adelante, aunque nadie te vea, porque detenerte significaría confirmar que tenían razón los que nunca creyeron en ti.

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