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La alarma sonó a las 3 de la mañana… y faltaba una persona

**PARTE 1**

Las tres de la madrugada es una hora que no pertenece a los vivos.

Es una hora diseñada biológicamente para la inconsciencia más profunda y absoluta.

A las tres de la mañana, el cerebro humano no procesa la realidad, solo navega por los restos fragmentados de los sueños.

La ciudad de Madrid, por lo general ruidosa e implacable, también concede una tregua a esa hora.

El asfalto se enfría.

Los semáforos cambian de color en un baile solitario y sin espectadores.

El silencio en mi dormitorio era tan denso que casi se podía tocar con la yema de los dedos.

Yo estaba sumergido en esa fase del sueño donde el cuerpo pesa una tonelada y la respiración es apenas un susurro.

Estaba a salvo bajo el edredón nórdico, protegido del frío de noviembre que arañaba los cristales de la ventana.

Y entonces, el mundo se acabó.

O al menos, eso fue lo que mi sistema nervioso central interpretó.

La alarma del edificio sonó a las 3 AM.

No fue un pitido discreto.

No fue una campanilla de advertencia ni un zumbido electrónico moderno.

Fue un alarido industrial, agudo, metálico y ensordecedor.

Un sonido diseñado específicamente para perforar los tímpanos y desatar el pánico primitivo en el torrente sanguíneo.

Sonaba como si un barco mercante estuviera a punto de colisionar directamente contra la fachada de mi bloque de pisos.

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