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Abuelo y nieta desaparecieron en el bosque — 20 años después fueron hallados con hijos deformados

Lucía era la menor de siete hermanos y la consentida del abuelo. Antes de continuar con esta historia, me gustaría pedirte un favor. Si te está gustando lo que escuchas, suscríbete al canal y déjame un comentario diciéndome desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo significa mucho para seguir trayéndote estas historias. Después de terminar sus compras, don Esteban decidió tomar un atajo por el bosque del Cerro Verde para regresar a Chamula antes del anochecer.

Era un camino que conocía bien, uno que había recorrido cientos de veces en su juventud. Los árboles centenarios formaban un techo natural y la luz del sol apenas se filtraba entre las hojas, creando patrones dorados en el suelo cubierto de musgo. “Falta mucho, abuelo”, preguntó Lucía, quien comenzaba a cansarse.

“Ya mero llegamos, chiquita. Mira, por allá se ve el campanario de la iglesia”, mintió don Esteban, porque en realidad aún faltaba bastante. Pero algo extraño sucedió mientras avanzaban por el sendero, una niebla espesa comenzó a rodearlos. No era normal para esa época del año. Don Esteban sintió un escalofrío recorrer su espalda.

La niebla era tan densa que apenas podía ver sus propias manos. Abuelo, tengo miedo”, susurró Lucía, apretando con fuerza la mano de su abuelo. “No pasa nada, mi hija, solo es neblina”, dijo él, aunque su voz traicionaba su propia incertidumbre. Intentaron seguir el camino, pero la visibilidad era nula. Los sonidos del bosque se intensificaron, crujidos de ramas, el aleteo de pájaros y algo más, pasos.

Don Esteban se detuvo en seco. ¿Quién anda ahí? Gritó hacia la niebla. Nadie respondió, solo el eco de su propia voz rebotando entre los árboles. Decidieron buscar refugio bajo un árbol enorme hasta que la niebla se disipara, pero en lugar de hacerlo, pareció envolverlos más. Lucía comenzó a llorar.

Quiero ir a casa, abuelo. Quiero ver a mi mamá. Ya vamos. Ya vamos. repetía don Esteban. Pero la verdad es que él también estaba desorientado. Caminaron durante horas, o al menos eso les pareció. El tiempo se volvió confuso. Cuando finalmente la niebla comenzó a levantarse, se encontraron en una parte del bosque que don Esteban no reconocía.

Las formaciones rocosas eran diferentes, los árboles más retorcidos y había un silencio antinatural. ¿Dónde estamos? preguntó Lucía con los ojos hinchados de tanto llorar. No lo sé, mija, pero vamos a encontrar el camino, prometió él, aunque en su corazón crecía el pánico. Mientras tanto, en San Juan Chamula, doña Rosa comenzó a preocuparse.

El sol ya se había ocultado completamente y no había señales de su esposo ni de su nieta. Llamó a su hijo mayor Pedro. Tu padre debió haber llegado hace horas. Algo no está bien. Pedro, un hombre de 35 años, con el rostro marcado por el trabajo bajo el sol, reunió a varios hombres de la comunidad. Tomaron linternas y partieron hacia San Cristóbal, siguiendo la ruta que don Esteban normalmente tomaba.

“Papá, Lucía!”, Gritaban mientras recorrían el camino. Al llegar al inicio del bosque del cerro verde, uno de los hombres encontró la bolsa de mercado de don Esteban tirada en el suelo. Las provisiones estaban esparcidas. Maíz, frijoles, una muñeca de trapo que don Esteban había comprado para Lucía, pero ni rastro de ellos.

Debemos avisar a las autoridades, dijo Pedro con la voz quebrada. A la mañana siguiente, un operativo de búsqueda se desplegó por todo el bosque. Policías estatales, voluntarios de comunidades vecinas e incluso un equipo de rescate con perros rastreadores. Doña Rosa no dejaba de llorar. “Mi nieta es solo una niña.

¿Qué le puede haber pasado?”, decía entre soyosos. Los perros perdieron el rastro exactamente donde habían encontrado la bolsa. Era como si don Esteban y Lucía simplemente se hubieran desvanecido. Durante días, semanas, meses, la búsqueda continuó. Se colocaron carteles por todo Chiapas con las fotografías de ambos.

La familia ofreció una recompensa de 50 pesos, una fortuna para ellos, dinero que habían juntado entre todos los hermanos vendiendo tierras. La historia capturó la atención nacional. Periodistas de la Ciudad de México llegaron para cubrir el caso. Todos tenían teorías, secuestro, trata de personas, un accidente en alguna cueva oculta, pero ninguna pista concreta.

Pedro se volvió obsesivo. Cada fin de semana organizaba brigadas de búsqueda. Su esposa, María, comenzó a preocuparse por su salud mental. Pedro, necesitas descansar. Ya lleva seis meses haciendo esto”, le decía mientras preparaba la cena. “No puedo descansar sabiendo que mi padre y mi sobrina están en algún lugar necesitando ayuda”, respondía él con los ojos inyectados de sangre por la falta de sueño.

Doña Rosa enfermó gravemente. La depresión la consumía. Dejó de comer, de salir de su casa, de participar en las ceremonias comunitarias. Los curanderos locales le ofrecieron limpias y rituales, pero nada aliviaba su dolor. “Siento que siguen vivos”, decía en sus momentos de lucidez. “Una madre sabe estas cosas, una abuela también. Los años pasaron.

La historia de don Esteban y Lucía se convirtió en una leyenda urbana en Chiapas. Los niños de San Cristóbal se contaban historias de terror sobre el cerro verde, sobre cómo el bosque se tragaba a las personas. Los turistas evitaban esa área. Incluso los lugareños que antes transitaban libremente comenzaron a tomar rutas alternas, más largas, pero más seguras. Pedro nunca dejó de buscar.

Aunque las búsquedas oficiales se suspendieron después del primer año, él siguió yendo al bosque cada mes. Conocía cada árbol, cada piedra, cada rincón. Había envejecido prematuramente. A sus 40 años parecía tener 60. ¿Hasta cuándo vas a seguir con esto?, le preguntó María una noche después de que él regresara con las manos cortadas por las ramas y la ropa destrozada.

hasta encontrarlos o hasta que me muera intentándolo”, respondió sin mirarla. María sabía que había perdido a su esposo de una manera diferente. Él estaba físicamente presente, pero su mente y su corazón permanecían atrapados en ese bosque junto con su padre y su sobrina. La comunidad de San Juan Chamula organizó mis cada aniversario de la desaparición.

El padre Tomás, un sacerdote de 70 años que había bautizado a tres generaciones de la familia Mendoza, rezaba con fervor. Señor, si están vivos, guíalos de regreso a casa. Si han partido, concédeles el descanso eterno. Repetía cada año frente a la foto de don Esteban y Lucía colocada en el altar. Los hermanos de Pedro, aunque también devastados, eventualmente tuvieron que seguir con sus vidas.

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