En un giro político que hace apenas un par de décadas habría parecido inimaginable, el departamento de Antioquia —tradicionalmente considerado el bastión inexpugnable del uribismo— ha sido testigo de un episodio que marcará un antes y un después en la historia reciente de Colombia. Álvaro Uribe Vélez, el hombre que durante años dictó el rumbo del país desde las sombras y las luces del poder, fue expulsado de Segovia por una multitud que, lejos de recibirlo con honores, le obligó a abandonar el municipio bajo una lluvia de piedras, botellas y gritos de repudio.
Las imágenes, que circulan por todas las plataformas digitales, son gráficamente reveladoras: escoltas huyendo, camionetas blindadas acelerando para escapar de la indignación popular y un dirigente político que, por primera vez, parece no tener lugar donde esconderse dentro de su propio departamento. Lo que ocurrió en Segovia no fue un hecho aislado de vandalismo; fue la cristalización de un hartazgo social que ha ido creciendo de manera orgánica, alimentado por décadas de promesas incumplidas y una gestión pública que muchos consideran que favoreció intereses extranjeros por encima del bienestar de las familias antioqueñas.
El Despertar de Antioquia: Más allá del Espectáculo

El presidente Gustavo Petro lo había vaticinado con una claridad profética: “Si Antioquia despierta, si Antioquia es progresista, Colombia cambia”. Lo ocurrido en Segovia y la creciente movilización en ciudades como Bello son la confirmación de que esa profecía está en proceso de materializarse. La población antioqueña, que históricamente fue bombardeada con narrativas de miedo y odio, ha comenzado a responder con argumentación, organización social y, sobre todo, una contundente presencia en las plazas.
La política del “show” ha llegado a su fecha de caducidad. Mientras los sectores de la extrema derecha insisten en utilizar las viejas fórmulas —contratación de artistas, pirotecnia pagada, despliegue logístico millonario y retórica basada en el estigma—, el progresismo ha logrado convocar multitudes mediante la palabra, el debate y la propuesta. El contraste visto recientemente en Barranquilla fue la prueba definitiva: el acto de Abelardo de la Espriella, con todas las herramientas de la política del espectáculo, fracasó al intentar convencer a una audiencia que prefiere la honestidad del discurso de Iván Cepeda. Las comparativas visuales, capturadas por drones, dejan una lección humillante para quienes creían que con dinero y ruido podían comprar la voluntad popular: las sillas vacías no mienten, y las cuadras desbordadas de gente real en los eventos del Pacto Histórico son el termómetro de una nación que ha decidido cambiar de rumbo.
Las Sombras de la Intimidación: ¿Un Golpe a la Democracia?
Sin embargo, el declive de la influencia del uribismo no se está produciendo sin resistencia. Y esa resistencia ha tomado tintes peligrosamente autoritarios. En los últimos días, han salido a la luz preocupantes denuncias sobre la organización de reservistas y grupos de choque destinados, supuestamente, a “contener la movilización social”. Isabel Zuleta, entre otras voces, ha denunciado la creación de estructuras que promueven la violencia, lo cual constituye una afrenta directa a los principios democráticos que deberían regir cualquier contienda electoral.
El mensaje que Álvaro Uribe Vélez envió públicamente, instando a grupos armados como el ELN, las FARC, las Autodefensas Gaitanistas y el Clan del Golfo a “no confiarse de Cepeda”, ha sido interpretado por analistas como una táctica desesperada y cínica para manipular el escenario electoral. Al tratar de sembrar miedo y buscar, de manera implícita, el apoyo o el conflicto con estas estructuras, el uribismo ha vuelto a poner sobre la mesa la política de la “seguridad democrática” que, años atrás, sumió al país en una gobernanza narcoparamilitar.
El presidente Petro respondió a este cinismo con la altura de un jefe de Estado, recordando el historial de traiciones del uribismo, incluyendo la extradición de jefes paramilitares para evitar que estos confesaran la verdad ante la justicia nacional. La verdad, en este país, se ha convertido en el enemigo público número uno de la extrema derecha. Por eso, el afán de atacar al mensajero, de usar el insulto ante la falta de argumentos y de invocar los fantasmas del pasado.
La Batalla por la Verdad contra la Política del Miedo
El debate nacional hoy se divide entre quienes apuestan por la verdad judicial, representada por instituciones como la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz), y quienes intentan, mediante la desinformación, perpetuar la impunidad. La huida de la verdad por parte del uribismo es, en esencia, una huida de su propia historia. El hecho de que el líder de esta corriente haya sido el arquitecto del paramilitarismo en Colombia, y que dicho proyecto se haya fraguado de la mano de los mayores narcos del país, es una sombra que ninguna estrategia de marketing podrá borrar jamás.
El fascismo colombiano, con sus antecedentes en figuras como Laureano Gómez y su posterior evolución en el uribismo, ha dejado una estela de dolor que el pueblo colombiano ya no está dispuesto a tolerar. La repetición constante de mentiras, el ataque a las personas que exponen la realidad y el uso del miedo como herramienta de cohesión, son las tácticas de un régimen que se sabe derrotado en el terreno de las ideas. Ante esta estrategia de “destripar lo diferente”, la sociedad colombiana ha respondido con una madurez sorprendente.
Un Voto que Cruza Fronteras
Mientras la tensión sube en Colombia, en el exterior, el ejercicio democrático ha comenzado con una intensidad que no tiene precedentes. Desde la madrugada en Nueva Zelanda hasta la apertura de los consulados en Estados Unidos y el Reino Unido, los colombianos en el extranjero han iniciado una jornada de votación masiva. Más de un millón de compatriotas que, por razones de fuerza mayor, tuvieron que abandonar su patria, están ejerciendo su derecho a decidir.

El entusiasmo de estos votantes ha sido un golpe de realidad para los sectores que creían que los colombianos en el exterior votarían de forma mecánica por la derecha. La participación, supervisada por funcionarios como Laura Sarabia, ha sido impecable y cargada de una emoción que solo conoce quien ha tenido que construir su vida lejos de casa. Las colas en consulados como el de Nueva York son el testimonio de un pueblo que no se rinde, que sigue amando a su país y que, a miles de kilómetros de distancia, busca transformar la historia.
La Conclusión: Colombia Ha Despertado
La huida de Álvaro Uribe Vélez en Segovia, entre gritos de “¡Fuera, fuera!”, es mucho más que una escena de violencia política; es el símbolo del fin de un ciclo. El departamento de Antioquia, el mismo que durante décadas fue el fortín del uribismo, ha dejado claro que la vieja política de las mafias, la especulación y el encubrimiento de crímenes de lesa humanidad tiene los días contados.
Colombia está viviendo un momento histórico donde la verdad asusta a los poderosos, pero libera a los humildes. La política basada en la mentira, el insulto y la generalización del miedo ya no encuentra eco en una ciudadanía que ha abierto los ojos y que ha decidido no volver atrás. La resistencia en los territorios, el despertar de los paisas y la contundencia de los resultados electorales, tanto dentro como fuera del país, demuestran que el cambio ya no es una consigna de campaña, sino un proceso imparable.