La contienda electoral en Colombia ha alcanzado un punto de ebullición que desafía toda lógica democrática. En las horas previas al cierre definitivo de las urnas, el ambiente nacional está cargado de una tensión que puede cortarse con un cuchillo. Los debates, que deberían ser el epicentro de la confrontación de ideas, han sido sustituidos por una guerra de guerrillas mediática donde las encuestas, los ataques digitales y las difamaciones personales se han convertido en las armas de preferencia. Es en este escenario de incertidumbre absoluta, a pocos días de que los ciudadanos definan el futuro del país, donde las verdaderas naturalezas de los líderes emergen, despojadas de los filtros habituales de las relaciones públicas.
Desde Barranquilla, durante el cierre de un recorrido exhaustivo por el territorio nacional, la senadora y candidata presidencial Paloma Valencia ha decidido romper el silencio. Sus declaraciones no han sido una simple intervención de campaña, sino un diagnóstico crudo y emocional de una democracia que parece tambalearse al borde del abismo. En una conversación reveladora con Julio Sánchez Cristo, Valencia desnudó las entrañas de una contienda marcada por la manipulación de cifras, la violencia retórica de sectores extremistas y, quizás lo más doloroso para ella, el fuego amigo y la campaña de desprestigio orquestada desde
los sectores que, en teoría, deberían compartir su misma orilla ideológica.
Esta no es solo la crónica de una entrevista; es una radiografía exhaustiva sobre lo que implica sostener la integridad en un ecosistema digital diseñado para premiar el escándalo, y sobre el peso emocional de ser una mujer que aspira a la Presidencia en una nación donde el ejercicio de la autoridad aún se confunde erróneamente con la brutalidad y la confrontación desmedida.
La Dictadura de los Números: ¿Elecciones o Guerra de Encuestas?
El primer frente de batalla denunciado por Valencia es la tiranía de la demoscopia. En el tramo final, ante la imposibilidad de tener debates cara a cara con el candidato líder de la izquierda, el electorado ha quedado a merced de una avalancha de sondeos contradictorios. Valencia no tiene reparos en calificar la situación como “terrible”. La discrepancia entre las mediciones no responde a márgenes de error, sino a una guerra de narrativas diseñada para inocular el miedo.
Para la candidata, el fenómeno es claro: grupos económicos poderosos financian mediciones a la medida para forzar el llamado “voto útil”. Esta estrategia busca convencer al ciudadano de que, si no apoya al candidato que más suena en las carátulas, su voto será desperdiciado. Es una forma de coacción psicológica que priva al elector de la libertad de elegir por convicción, forzándolo a votar por miedo al adversario.
“Usted puede salir y escoger qué quiere de las encuestas, lo que muestra que realmente aquí hay un problema”, sostiene Valencia. Ante este escenario, su llamado a la ciudadanía es un acto de rebeldía: “Más que creer en encuestas y carátulas, juzguen la vida de las personas, juzguen sus logros, juzguen su trabajo”. Es una invitación a recuperar la racionalidad en un proceso que ha sido secuestrado por el marketing político más oscuro.
Traición, Ataques Pagados y el Precio de la Decencia
Quizás el momento más tenso de su intervención fue cuando abordó los ataques sistemáticos provenientes de la campaña de Abelardo De La Espriella. Valencia, quien ha defendido las causas del uribismo y la derecha con manos limpias durante doce años, se ve hoy en la posición de tener que defenderse de fuego amigo.
El nivel de agresividad es alarmante: más de 250,000 ataques diarios pagados en plataformas digitales y una red de desinformación que busca manchar su hoja de vida con “pactos oscuros”. Para la senadora, esta es una táctica desesperada de quienes saben que no pueden competir con su trayectoria. Mientras otros basan su discurso en el espectáculo y la estridencia, ella apela a la realidad: “Yo no he hecho sino trabajar por este país con honradez, con dedicación”.
Su mensaje a quienes intentan destripar a sus oponentes para ganar un espacio es contundente: “Aquí no vamos a destripar a nadie”. Valencia traza una línea roja clara entre su visión de autoridad, basada en el conocimiento profundo de las regiones y de la fuerza pública, frente a la visión de show mediático que otros pretenden imponer.
El Dilema Ético: ¿Paz o Cortina de Humo?
La contienda también ha estado marcada por actos simbólicos que han escalado a la violencia física. Recientemente, la residencia del expresidente Álvaro Uribe fue blanco de grafitis y murales que la candidata interpreta como una incitación directa al odio. Frente a estos hechos, Valencia no se muestra tibia. “Un mural no se hace con armas”, replica desde el otro lado del espectro, argumentando que la memoria de las víctimas no debe ser utilizada como un arma de ataque, sino como un ejercicio de reparación.
Sin embargo, sus contradictores ven en estos gestos una provocación. El debate se ha polarizado hasta el punto de que cualquier acto de protesta es visto como una amenaza, y cualquier defensa de la seguridad democrática como un acto de opresión. Para Valencia, la realidad es más sencilla: “Que no se le olvide que Álvaro Uribe ha dado la cara a la justicia, mientras que otros sectores promueven el pacto del fusil”.

La candidata insiste en que si la controversia política se limitara a la expresión artística, Colombia estaría más cerca de una paz real, pero advierte que detrás de los pinceles y las pinturas se esconden agendas que buscan desestabilizar la institucionalidad.
Un Llamado Histórico para las Mujeres
En medio del ruido y la confrontación, existe un elemento que podría cambiar la historia: la posibilidad de que Colombia elija a su primera mujer presidenta. Valencia no utiliza este hecho como un eslogan, sino como un llamado a la acción. “Denos la oportunidad a las mujeres, que la mujer colombiana es comprometida, es trabajadora, saca adelante lo que se propone”.
Su candidatura representa un quiebre en un molde político que ha sido, históricamente, un club de hombres. No se trata solo de paridad de género, sino de una forma distinta de entender el poder. Una autoridad que no necesita de la agresividad para imponerse, sino que se basa en la capacidad de concertar, de dialogar con sectores distintos y de sacar adelante proyectos con compromiso.
La Traición como Advertencia
Para el final de la entrevista, Valencia lanzó un mensaje crudo hacia el “ala dura” de su propio espectro político que, seducida por los cantos de sirena de outsiders mediáticos, amenaza con abandonar las banderas del uribismo. “Que no se equivoquen, porque después les va a tocar estar llorando una nueva traición”, advirtió.
Su advertencia es un recordatorio de que la política de fondo, la que construye doctrina y defiende instituciones durante décadas, no puede cambiarse por la política de forma y el espectáculo pasajero. Valencia reivindica su derecho a liderar el proyecto de derecha, recordándole al país que ha sido ella quien ha librado las batallas legislativas más importantes frente a los Acuerdos de La Habana y quien ha defendido a la fuerza pública cuando otros preferían el silencio.
La contienda electoral llega a su clímax y con ella, la prueba definitiva para los colombianos: ¿elegirán el ruido de quienes prometen destripar a sus enemigos, o elegirán la trayectoria de quien, aun en medio de la difamación y el ataque, sigue apostando por una Colombia grande, sin odios y con manos limpias? Como bien dice la candidata, al final del día, las carátulas se olvidan, pero la hoja de vida permanece. La historia está por escribirse, y el país tendrá que decidir si la coherencia todavía tiene un lugar en el poder.