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PAGÓ LOS PLATOS ROTOS: La Caída Silenciosa de la Infanta Elena que Nunca se Vio Venir

Bajo ese clima tan asfixiante, los chismes sobre sus posibles galanes iban desde los más picudos de la aristocracia hasta chavos de muy bajo perfil, pero a ella le valía un reverendo cacahuate el reloj biológico. Mientras su bolita de amistades ya daba el sí en el altar y encargaba bebés, la hija del rey llegaba a los eventos de Azolapa, presumiendo una sonrisota y esa percha que la distinguía auas.

quienes la trataban de cerquita fuera de las cámaras afirmaban que era una chava superneta, transparente a más no poder y con un humor negro muy refinado que dejaba con el ojo cuadrado a los que esperaban toparse con una princesita sangrona y de mírame y no me toques fue exactamente en esos ayeres cuando empezó a rifarse en serio a nivel profesional, cabalgando en las grandes ligas.

le entró de lleno a las competencias globales de salto, dejando clarísimo que la disciplina deportiva era lo suyo. Traía una preparación física de primera y nunca charoleó con sus apellidos para ganar favores de los jueces. Al revés, agarró su estatus como impulso para demostrar que sus triunfos costaban sangre, lodo y sudor. No eran producto del dedazo real.

Se echó a la bolsa a toda la banda ípica y la raza en las gradas veía a alguien que mandaba a volar por completo ese estereotipo tan tieszo de los monacas. Pero por desgracia, ese amor genuino por montar no le alcanzaba para librar la chamba que le exigía su papel en el palacio. Ya con la democracia bien plantada y la lana fluyendo fuerte en la economía, España entró al club europeo allá por 1986, inyectándole a toda la banda una vibra de puro optimismo.

Viendo tanto avance en friega, brincaba una duda bastante válida en la sociedad de qué la iban a hacer los familiares del rey, que no se sentarían en el trono. Así que la primogénita se fajó con la chamba oficial, poniéndose al frente de instituciones benéficas, dándole la vuelta al mundo como embajadora de la marca España y cayéndole a revisar hospitales y primarias.

Se la rifaba al 100 y sin hacer panchos. Aunque en la cara se le notaba que sabía que no encajaba del todo en ese zapato, se tragaba las normativas que la traían muy cortita, haciendo changuitos muy adentro para que la vida le diera un respiro. El vato que le iba a voltear el mundo de cabeza se le apareció en el camino apenas arrancaban los gloriosos años 90.

Jaime de Marichalar era de familia de billetes y con muchísimo peso histórico allá por los rumbos de Navarra. Le movía bien al mundo del varo, siempre andaba al puro tiro y traía unos apellidos que te conseguían pase VIP en la crema inata más fresa de Madrid. No tenía gota de sangre azul, pero en un país que ya andaba muy modernito, ese detalle dejó de ser un freno de mano.

El vato se movía como pez en el agua entre la gente de Alcurnia y tenía los contactos al centavo para sacarle la bendición a los reyes. El coqueteo arrancó por debajito del agua, pero en cuanto amarraron la relación y soltaron la sopa, la prensa se volvió un completo manicomio. Toda la raza los traía con lupa.

Las revistas le buscaban tres pies al gato, analizando desde cómo se echaban ojitos hasta la distancia física en cada toma. aguantaron un marcaje personal que ahorita tacharíamos de supertóxico. El bodorrio se armó el 18 de marzo de 1995 en la imponente catedral madrileña y en Sevilla. La cosa terminó siendo un fiestón de pronóstico reservado a nivel país.

El gentío atascó las calles y la teletransmitió la ceremonia enterita y sin cortes, brincando hasta el charco para que la viéramos por estos rumbos latinos. La novia caminó rumbo al altar presumiendo un vestidazo de Lorenzo Caprile, una joyita que hizo muchísimo ruido y se quedó grabadísima en los anales de la moda. De regalito de bodas, el mismísimo rey Juan Carlos Io se puso guapo y le obsequió al yerno el título de duque de Lugo.

Repartir títulos era de cajón, pero a mucha banda le brincó el tema. Haciendo a un lado el mitote, el nuevo integrante se paseaba con el título super quitado de la pena, lo que con el tiempo provocó que lo tacharan de alzado. Tuvieron un par de chavos, Felipe Juan Fryan en 1998 y Victoria Federica en el año 2000. La postal se veía de película.

La infanta andaba feliz con su marido, sus esquincles, la chamba para la realeza y dándose sus buenas escapadas para montar. Pero en lo oscurito, la relación ya empezaba a desmoronarse por los bordes. Poco a poquito, los de la prensa notaron un foquito rojo gigante. Los dos de plano jalaban para lados diametralmente distintos.

Ella siempre andaba al natural, muy metida en lo deportivo y cero creída, tragándose nomás lo indispensable del protocolo. El vato del otro lado de la moneda vivía clavadísimo con las apariencias, haciéndose uña y mugre con las grandes firmas de moda y saliendo en tanta portada de revistas fifi, que chocaba gacho con el rollo sencillo de su familia política.

Transcurría el 2007 cuando Jaime acabó internado por un derrame cerebral. Ese ingreso sacudió a su entorno y conmovió a la opinión pública sin despegarse de él durante su recuperación, a Elena se le vio salir del sanatorio con una expresión sumamente seria. Para el público era un matrimonio a pruema de balas, pero detrás de esa fortaleza ella ya tenía tomada una decisión amarga pero irreversible.

Tiempo más tarde, la casa real confirmó la separación mediante un comunicado escueto y bastante frío, el clásico escrito institucional pensado para cortar de tajo la habladuría. anunciando el famoso cese temporal de la convivencia. No buscaron culpables, se guardaron las razones y huyeron de los dramas.

Al ser el primer divorcio real en añísimos, dejó una marca imborrable. Los abogados se movieron de rayo, arreglaron la custodia sin hacer circo y al exmarido le respetaron su título un tiempo. Elena digirió en golpe con su clásica clase intocable, se instaló en Madrid y aplicó un orden estricto en su nueva vida de madre soltera.

Si lidiar con su rompimiento en secreto fue pesado, el huracán que le caería a su familia iba a ser de auténtico terror. Justo cuando ella intentaba darle vuelta a la página, las bases de la monarquía empezaban a desmoronarse desde sus cimientos. El caso Nose reventó por todo lo alto allá por el 2010. No era bronca de Elena.

Los que de verdad estaban metidos hasta el cuello eran su hermana Cristina y su cuñado Iñaki Urdangarín. Al cuñado le echaron el guante y acabó condenado por clavarse lana del gobierno usando esa dichosa fundación como tapadera para ordeñarle dinero a contratos con el Estado. A su mujer también la sentaron frente al juez, salvándose de pelo de la cárcel.

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