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EDWIN VALERO: La ASQUEROSA Verdad Que Pasó Después De Pelear En Monterrey

El segundo rival, primer asalto. El tercero, primer asalto. El cuarto, primer asalto. Edwin Valero ganó sus primeras 18 peleas profesionales, todas por knockout en el primer asalto. 18. Un récord mundial, una marca histórica que rompió la que había impuesto un boxeador llamado Jong Otto en 1905, 100 años sin que nadie pudiera romper esa marca y un venezolano de un barrio pobre de Mérida lo hizo.

Imagina por un momento que tienes 23 años, eres campeón del mundo, ganas en un mes lo que tu padre nunca ganó en su vida y al mismo tiempo tienes adentro de la cabeza un coágulo cerebral que los médicos te dijeron que era una bomba, ¿qué harías? Edwin Valero hizo lo que más rápido le hacía olvidar el miedo. Hizo lo mismo que había hecho a los 11 años en la palmita. Consumió.

Y no consumió en pequeñas cantidades, consumió como solo un campeón mundial podía consumir. Sin límites, sin testigos, sin gente que se atreviera a decirle que parara. 5 de agosto de 2006, Tokio, Japón. Edwin noquea al panameño Vicente Mosquera en el décimo asalto. Conquista su primer título mundial, el peso super pluma de la Asociación Mundial de Boxeo.

Al regresar a Caracas lo recibe el propio Hugo Chávez en el Palacio de Miraflores. Aquí entra otro nombre, un nombre que nunca va a salir de la vida de Edwin Valero. Chávez vio en Edwin la oportunidad perfecta. un héroe popular, un muchacho pobre de los Andes, un símbolo del chavismo en el deporte y le ofreció algo más que dinero.

Le ofreció protección. Edwin aceptó y para sellar el pacto, en 2007 se tatuó en el pecho la cara de Hugo Chávez y la bandera de Venezuela. Un tatuaje grande de los que se ven desde lejos, de los que no se borran nunca. A partir de ese momento, Edwin Valero dejó de ser solamente un boxeador.

Se convirtió en un activo del estado venezolano y todo lo que pasaba adentro de su casa, lejos de los reflectores, empezó a tener un colchón silencioso del gobierno que lo cubría. Aquí aparece el primer caramelo de esta historia, porque en 2004 Jennifer Viera empezó a llevar un cuaderno, un cuaderno de pasta dura color verde escondido en el cajón inferior de su mesita de noche debajo de la ropa interior, un cuaderno donde cuando Edwin no estaba, ella anotaba cosas, fechas, frases, lo que él le había dicho esa mañana, lo que él le había gritado esa noche, las amenazas

Los golpes que no se veían en la piel, pero que dolían más adentro. Ese cuaderno verde iba a acompañar a Jennifer durante 6 años. Y la madrugada del 18 de abril de 2010, cuando la policía llegó a la habitación 624 del Hotel Intercontinental de Valencia, ese cuaderno iba a estar adentro de su maleta abierto en la última página.

Vamos a volver a ese cuaderno, pero antes hay que entender lo que pasaba afuera del reflector, ¿no? Porque Jennifer Viera empezó a llamar a la policía de Elvigía en 2007. La primera vez fue una noche de mayo. Edwin había llegado borracho, drogado, gritando y había estrellado un vaso contra la pared a centímetros de la cara de Jennifer.

Ella llorando descalsa con el bebé Edwin Antonio en brazos, llamó a la policía desde el teléfono de la sala. Los agentes llegaron en 20 minutos. Tocaron la puerta. Edwin abrió y los policías al ver al campeón mundial, al ver al hombre que tenía la cara de Chávez tatuada en el pecho, hicieron algo que iba a repetirse 29 veces más en los siguientes 3 años.

Pidieron disculpas por la molestia. se fueron sin levantar acta y no mencionaron la denuncia en ningún reporte oficial. 29 llamadas borradas, 29 actas que jamás aparecieron en ningún expediente público y un detalle real de la calle de Elvijía. En una persecución policial, Valero llegó a chocar 17 vehículos en un solo trayecto, 17 autos golpeados.

La cuenta la pagó en dólares al lado de un funcionario que llegó al lugar a calmar las cosas. Lo que vino después fue peor. 14 de marzo de 2010, 47 días antes del crimen final, Jennifer Viera entra al hospital de los Andes de Mérida en una camilla con un pulmón perforado y tres costillas rotas.

La versión pública dice que se cayó de una escalera revisando un tanque de agua en el techo de la casa. La verdad es otra. Un médico de guardia, un hombre llamado Eduardo Quintero, dejó por escrito lo que vio esa noche. El informe describía una golpiza de 3 horas con pausas en las que el agresor salía al patio a consumir cocaína y regresaba a continuar.

El neumotórax de Jennifer no era de una caída, era de una patada concreta en el costado izquierdo, mientras ella estaba en el piso del baño intentando taparse la cara con las manos. Eduardo Quintero firmó ese informe, lo entregó a la fiscalía y 27 horas después, dos hombres con saco oscuro entraron al hospital, le pusieron el sobre con el informe sobre el escritorio y le dijeron una frase que él iba a recordar el resto de su vida.

Doctor, este papel ya no existe. Si usted dice que existió, su familia tampoco va a existir. Eduardo Quintero renunció esa misma semana. se fue a vivir a Bogotá con su esposa y su hija y nunca volvió a Venezuela. El informe desapareció del expediente público. Jennifer firmó la declaración que decía que se había caído de una escalera.

Y esa misma noche, sentada en una silla de ruedas en la sala del hospital, mientras Edwin la empujaba hacia la salida, Jennifer escribió en el cuaderno verde una sola frase. Si muero, fue él. 47 días después, en una habitación de hotel en Valencia, esa frase se cumplió. Pero el motivo de la muerte de Jennifer Viera no fue una golpiza más, no fue una pelea común, no fue un descontrol por drogas.

El motivo real, lo que de verdad pasó esa madrugada del 18 de abril de 2010 es algo que el gobierno venezolano enterró durante años y que nunca apareció en los periódicos. La habitación 624 del hotel Intercontinental. 5:30 de la mañana. Jennifer Viera en el piso del baño. Tres puñaladas. Una en el cuello.

Dos en el pecho. Número número. Sangre en las paredes hasta una altura de 1,20 m. Y en la cama, encima de las sábanas una hoja de papel doblada en cuatro. La hoja era un resultado médico, un resultado de laboratorio de un consultorio privado de Caracas. La fecha del documento, 12 de abril de 2010, 6 días antes del crimen.

Y el resultado leído por el forense que examinó el cuerpo era el siguiente. Jennifer Viera estaba embarazada de 14 semanas, pero el dato que destruyó a Edwin Valero esa madrugada, el dato que estaba escrito en el papel doblado era otro. El examen incluía una prueba genética y la prueba decía con porcentaje del 99,7% que el bebé que Jennifer llevaba adentro no era de Edwin.

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