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El día que Silvia Pinal se burló de María Félix en una premiere – Su respuesta dejó a todos helados

Eso era lo que Silvia Pinal, con toda su juventud y todo su poder, nunca había podido replicar, y eso, en el fondo, era lo que la roía. La relación entre las dos mujeres había comenzado de manera relativamente cordial, como casi todas las relaciones en la industria del cine que eventualmente se vuelven Guerra Fría.

Se habían cruzado en premiaciones, en cócteles de productores, en los pasillos de los estudios Churubusco. Se saludaban con esa cortesía calculada que en el mundo del espectáculo mexicano equivale a una declaración de neutralidad armada. Te reconozco, te respeto como figura pública, pero no me confundas con una admiradora. El primer rose real, el primero que tuvo consecuencias, había ocurrido dos años antes, en 1958.

El productor Gregorio Bayerstein estaba armando una película de alto presupuesto, una historia de amor ambientada en el México colonial, con un papel protagónico que en el papel podría haber sido para cualquiera de las dos. Bayerstein las llamó a ambas, no porque dudara, porque era un hombre inteligente que sabía que en México del cine el rumor de una guerra entre estrellas vende más entradas que cualquier campaña de publicidad.

A María le ofreció el papel de la madre, una mujer de 40 años con dignidad y peso narrativo. A Silvia le ofreció el papel de la hija, joven, apasionada, el motor sentimental de la historia. María escuchó la propuesta completa, encendió su cigarrillo, exhaló el humo con calma y le dijo a Bayerstein algo que el productor repitió en privado durante años.

Gregorio, yo no hago madres todavía. Cuando tenga 80 años y ya no pueda hacer otra cosa, hablaremos. Mandó a su asistente a recoger el guion y salió del despacho. Bayerstein lo entendió. La película se hizo sin María. Silvia consiguió el papel protagónico y fue un éxito razonable. Pero en el momento en que María rechazó esa oferta con esa frase seca y precisa, algo se tensó entre las dos de manera diferente.

Silvia Pinal se enteró de la conversación, como se enteraba siempre de todo, a través de la red de asistentes, secretarias y camareras de hotel que en México del cine funcionaban como sistema de inteligencia más eficiente que cualquier agencia gubernamental. Y lo que entendió no fue que María la había insultado.

Lo que entendió, lo que la irritó profundamente, fue que María Félix no la consideraba una amenaza suficiente como para necesitar rechazar el proyecto de otra manera. La había ignorado no como adversaria, sino como paisaje. Eso fue lo que empezó todo. No una guerra de declaraciones públicas, no una pelea de divas con insultos en columnas de periódico. Algo más sutil.

más peligroso. El tipo de rivalidad que se construye en silencio, en la mirada que dura un segundo de más, en el nombre que se omite deliberadamente en una entrevista, en el alago que se da a una tercera persona de manera que la cuarta escuche. Durante dos años, desde 1958 hasta la noche de la Premiere en septiembre de 1960, las dos mujeres habían construido una arquitectura perfecta de desprecio mutuo que nadie podía documentar, pero todos podían sentir.

Las revistas de espectáculos intentaban alimentarla. Claro, los columnistas llamaban a los asistentes de ambas buscando citas, rumores, anécdotas, pero María Félix nunca daba material de ese tipo. Cuando le preguntaban por Silvia Pinal, respondía con elogios tan perfectamente calibrados, tan exactamente en el límite entre el cumplido y la condescendencia, que el periodista salía de la entrevista sin saber si había escuchado un alago o un insulto.

Una vez en 1959, un reportero de la revista Sinelandia le preguntó directamente, “Señora Félix, ¿qué piensa de Silvia Pinal como actriz?” María lo miró con esos ojos que habían sobrevivido directores abusivos, presidentes amenazantes y cuatro matrimonios. Y respondió, “Es muy guapa.” Y el reportero esperó más y María no dio más.

Dos palabras, “Es muy guapa.” El reportero pasó días intentando descifrar si era un elogio o el insulto más devastador que le habían hecho a una actriz en la historia del periodismo de espectáculos mexicano. Silvia Pinal lo leyó y no lo olvidó. Para la noche del 17 de septiembre de 1960, esas dos palabras llevaban 12 meses sedimentadas en algún lugar de su memoria donde se almacenan las cosas que no duelen de inmediato, pero que duelen más con el tiempo.

La premiere de Virgen de Medianoche era el evento más importante de la temporada cinematográfica. El director era Emilio Fernández, el indio, cuya fama internacional era incuestionable, cuyas películas habían ganado reconocimiento en los festivales europeos más importantes. El elenco incluía a los nombres más grandes del cine mexicano del momento.

Silvia Pinal era la protagonista y eso era exactamente lo que correspondía en 1960. La premiere de la película más importante del año tenía a la actriz más importante del momento en el centro. La invitación a María Félix llegó por las razones correctas. Era una leyenda viva. Su presencia en cualquier evento elevaba el perfil del mismo de manera automática e inconmensurable.

El propio Emilio Fernández la había llamado. María, tienes que venir. No puedo tener una premiere sin la doña. María aceptó. No por Silvia Pinal, no por Emilio Fernández, no por Telesistema Mexicano, ni por las revistas que estarían ahí con sus cámaras. Aceptó porque era su mundo, porque el cine mexicano era su mundo, aunque llevara años filmando en Europa, aunque hubiera cenado con presidentes franceses y bailado en palacios romanos.

El cine mexicano, la época de oro, bellas artes con sus mosaicos y su imponente fachada de mármol blanco, eso era suyo. Lo había construido junto con otros, con Dolores del Río, con Jorge Negrete, con Pedro Infante. Nadie se lo podía quitar, ni una actriz de 29 años con un marido poderoso y una sonrisa perfecta.

La noche del 17 de septiembre llegó con la temperatura específica que tiene el otoño en la Ciudad de México. Ese aire que ya no es verano, pero tampoco es frío, que huele a lluvia reciente y a asfalto tibio y a flores del mercado de Jamaica que alguien compró para decorar la entrada del Palacio de Bellas Artes. Los fotógrafos llegaron 2 horas antes.

Los camarógrafos de Telesistema instalaron sus equipos con esa urgencia metódica de quien sabe que lo importante pasará en el primer cuarto de hora y hay que estar listo. Las sillas de terciopelo rojo del teatro principal se llenaron con lentitud elegante, como corresponde a los eventos donde la entrada es por invitación y la puntualidad es considerada vulgar.

Afuera, en la calle Juárez, una pequeña multitud de curiosos y admiradores se había formado detrás de las vallas de metal que la organización había puesto para controlar el acceso. Eran personas comunes, trabajadores, estudiantes, parejas que habían pasado por ahí de casualidad y se habían quedado al ver los reflectores y las cámaras.

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