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¿Qué pasó con los hijos de Michael Jackson? Lo que Michael les ocultó toda su vida.

Las jirafas fueron donadas a zoológicos. La noria se oxidó y la familia se mudó a una casa alquilada en Las Vegas, donde las paredes eran blancas y no había murales de hadas. París recuerda ese año como el momento en que su padre dejó de sonreír. Ella tenía 7 años y no entendía por qué su papá salía temprano vestido de traje y regresaba tarde con los ojos rojos.

Un día él entró a su habitación y le dijo, “Hay gente mala que quiere lastimar a papá, pero tú tienes  que ser fuerte.” Y ella asintió, aunque no sabía de qué estaba hablando. Prince, en cambio, sí entendía. A los 8 años ya leía los titulares cuando los guardaespaldas dejaban los periódicos en la mesa.

Ya escuchaba las conversaciones que se cortaban abruptamente cuando él entraba a una habitación. Y una noche después de que Michael lo acostara, Prince se quedó despierto llorando en silencio porque acababa de entender que su padre podría ir a prisión. Blanket, que apenas tenía 3 años, vivía en su propio mundo. Cargaba una manta roja a todas partes de ahí su apodo, y no hablaba mucho, pero había algo en su mirada que los empleados notaban, una desconexión, como si estuviera siempre a medio camino entre despierto y dormido.

Pero eso fue solo el principio. Cuando Michael fue absuelto en junio de 2005, la familia no celebró. se mudaron  primero a Bahrain, donde un príncipe les ofreció una mansión con vistas al Golfo Pérsico, luego a Irlanda, donde rentaron un castillo y los niños jugaban en jardines que parecían salidos de un cuento.

Y finalmente, de regreso a Los Ángeles, a  una casa en Homeb Hills que Michael alquiló porque ya no podía pagar Neverland, los niños cambiaron de colegio cuatro veces en 3 años. Nunca hicieron amigos reales. Cada vez que alguien se les acercaba, Michael investigaba a sus familias. ¿Trabajan para un medio? ¿Tienen antecedentes? Y si había la más mínima duda, esa amistad terminaba.

París comenzó a desarrollar ansiedad social severa. A los 9 años lloraba antes de salir de casa. Prince se volvió hipervigilante, memorizaba rutas de escape, estudiaba a las personas que los rodeaban y dormía  con una linterna bajo la almohada. Y Blanket dejó de hablar por completo durante meses. Los doctores dijeron que era mutismo  selectivo.

Michael lo abrazaba y le susurraba, “Está bien, hijo. No tienes que hablar si no quieres.” Nadie imaginaba lo que vendría después. En ese silencio comenzó la segunda vida de Paris Jackson. El 25 de junio de 2009  a las 2:26 de la tarde, Michael Jackson fue declarado muerto en el centro médico UCLA. París tenía 11 años,  Prince 12, Blanket 7 y en cuestión de horas dejaron de ser niños protegidos para convertirse en los herederos más vigilados del planeta.

11 días después, en el Staple Center, Paris subió al escenario durante el funeral público. Frente a 20,000 personas y millones de espectadores, tomó el micrófono con manos temblorosas y dijo, “Desde que nací, papá ha sido el mejor padre que puedan imaginar y solo quiero decir que lo amo mucho.” Luego se quebró y Janet Jackson tuvo que cargarla fuera del escenario.

Ese momento, esa niña rubia llorando bajo los reflectores fue la primera vez que el mundo vio sus rostros sin máscaras. Y fue también el momento en que París entendió algo devastador. Nunca más podría esconderse. La custodia fue otorgada a Katherine Jackson, su abuela paterna, que tenía 79 años y ya criaba a otros nietos.

Los tres niños se mudaron a la casa familiar en Enino, una propiedad con rejas altas y guardias armados. Pero algo había cambiado. Michael ya no estaba allí para dictar las reglas y lentamente  las máscaras empezaron a caer. Prince se convirtió en el hijo obediente. Estudiaba, hacía tareas,  nunca causaba problemas.

Pero por las noches veía videos de su padre en YouTube hasta quedarse dormido. Se convirtió en el archivista de su propia infancia. guardaba cada foto, cada grabación, cada nota que Michael le había escrito. París, en cambio, explotó. A los 13 años abrió una cuenta de Twitter contra  las órdenes de su abuela. Publicaba fotos de su padre, respondía a trolls y comenzaba a construir una identidad pública que nadie le había autorizado.

Los abogados de la familia la llamaron. Le dijeron que estaba dañando la marca. Ella respondió, “No soy una marca. Soy una persona. Y Blanket, que ahora pedía que lo llamaran por su nombre real, Prince Michael Segi simplemente desapareció. Dejó de aparecer en fotos familiares. Dejó de asistir a eventos públicos. Vivía en su habitación, jugaba videojuegos y evitaba  cualquier conversación sobre su padre, como si al no hablar de él pudiera fingir que nada había pasado.

Pero lo peor aún estaba por llegar. En junio de 2013, 4 años después de la muerte de Michael, Paris Jackson ingresó al hospital después de cortarse las muñecas. Tenía 15 años. Los tabloides dijeron que fue un grito de atención. Los médicos dijeron que fue un intento serio de suicidio y Paris no dijo nada durante semanas.

Cuando finalmente habló, lo hizo en terapia. Les contó a los psiquiatras que llevaba años sintiéndose vacía, que cada vez que cerraba los ojos veía a su padre en el ataúd, que no podía dormir sin pesadillas, que el bullying en la escuela era tan brutal que dejó de ir, que leía los comentarios en redes sociales donde la gente decía que no era realmente hija de Michael, que era adoptada, que era una mentira y les contó algo más, que desde los 11 años había intentado suicidar varias veces píldoras, cuchillas, una vez una sobredosis de analgésicos que la dejó

inconsciente en el baño hasta que Prince la encontró. Pero nadie lo supo porque la familia lo mantuvo en secreto, porque en el mundo de los Jackson los problemas se manejan puertas adentro. París pasó dos años entrando y saliendo de centros de rehabilitación, terapia intensiva, medicación psiquiátrica, grupos de apoyo para adolescentes con trauma y lentamente  comenzó a reconstruirse, pero esta vez lo hizo en público.

A los 17 años firmó con una agencia de modelos. Apareció en la portada de Rolling Stone  y habló por primera vez sobre su depresión, su sexualidad y su relación con su padre. dijo, “Él me salvó, me dio todo y cuando se fue  no sabía cómo seguir viviendo. Los abogados de la familia intentaron detener la publicación. Ella los ignoró.

Comenzó a hacerse tatuajes, nueve en total, cada uno con un significado relacionado con Michael. En su muñeca  izquierda, Queen of my heart, con la letra de su padre. En su costado, Apple head, el apodo que él le ponía. y en su antebrazo las coordenadas exactas de Neverland, como si quisiera llevar a su padre tatuado en la piel porque ya  no podía tenerlo en la vida.

París se convirtió en activista. Habló sobre salud mental, abuso, derechos  LGBTQ más. apareció en programas de televisión donde los entrevistadores le preguntaban sobre las acusaciones contra su padre y ella, con una calma escalofriante  respondía, “Yo sé quién era mi papá y no le debo explicaciones a nadie.” Pero había algo más, algo que revelaba en entrevistas tarde en la noche cuando las cámaras ya estaban apagadas, que todavía escuchaba la voz de Michael en su cabeza, que a veces, cuando estaba sola, hablaba con él en voz alta, que

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