El 2 de julio de 2001, a las siete y media de la mañana, mientras México apenas despertaba, una cabaña escondida dentro de la residencia oficial de Los Pinos fue el escenario de un pacto que cambiaría la historia política del país. Vicente Fox, el hombre que había logrado la hazaña histórica de derrocar más de setenta años de dominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI), se casaba en secreto con Marta Sahagún, su vocera, su sombra y la mujer que muchos ya identificaban como el verdadero poder detrás de la silla presidencial. No hubo cámaras, ni fiestas nacionales, ni el respaldo de sus respectivos hijos. Solo una puerta cerrada. Y detrás de esa puerta, comenzaría a tejerse una historia escalofriante de ambición desmedida, rituales de santería, el saqueo de las instituciones y una familia que aprendió a confundir el patrimonio de la nación con una billetera personal.

La Ambición que Nació en Zamora
Para entender cómo Marta Sahagún logró apoderarse de las riendas de México, es necesario retroceder a sus orígenes. Nacida el 10 de abril de 1953 en Zamora, Michoacán, creció en el seno de una sociedad donde las apariencias, la religión y el apellido lo eran todo. En ese mundo de silencios eclesiásticos, su padre mantenía fuertes vínculos con influyentes círculos católicos, conociendo incluso a Marcial Maciel, el infame fundador de los Legionarios de Cristo, un nombre que regresaría como un fantasma décadas después para atormentar las finanzas de la familia.
Durante los años noventa, Marta era una mujer de la sociedad conservadora de Celaya, casada con Manuel Briviesca Godoy y madre de tres hijos. A simple vista, llevaba una vida intachable y dedicada al altruismo religioso en organizaciones como Regnum Christi. Sin embargo, debajo de esa fachada ardía un hambre insaciable de poder. No quería limitarse a ser la esposa de alguien o la organizadora de eventos piadosos; quería tomar decisiones en la mesa de los poderosos. Fue entonces cuando el destino la cruzó con Vicente Fox, un líder político ruidoso y carismático, pero que requería de disciplina. Ella se convirtió en su operadora de comunicación y, poco a poco, en una pieza indispensable. El costo fue alto: su matrimonio se disolvió en el año 2000, pero su avance hacia la cumbre del poder ya era imparable.
Hechizos, Santería y las “Vitaminas” Presidenciales
Una vez instalada en Los Pinos, Sahagún se dio cuenta de que el poder real no se otorga, se arranca y se defiende. Rodeada de los asesores tradicionales de Fox y sintiéndose siempre como una intrusa acosada por el recuerdo de Lilian de la Concha (la exesposa del presidente), la obsesión se apoderó de ella. Quería convertirse en una figura intocable, una suerte de Eva Perón mexicana. Pero cuando la astucia política dejó de ser suficiente para garantizar su dominio absoluto, las investigaciones periodísticas apuntan a que recurrió a métodos mucho más oscuros.
De acuerdo con diversos relatos recogidos por periodistas como Olga Wornat en La Jefa y José Gil Olmos en Los Brujos del Poder, Marta Sahagún encontró refugio en la superstición. Una reunión maratónica de doce horas con la entonces todopoderosa líder magisterial, Elba Esther Gordillo, habría abierto la puerta a un mundo de rituales espirituales destinados a doblegar la voluntad presidencial. A través de operadores cercanos, presuntamente llegó a Los Pinos un personaje conocido como el Padre Felipe Campos, señalado en realidad como un santero cubano.
El rumor más perturbador de todo el sexenio fue la supuesta administración de pócimas al presidente. Bajo la inocente apariencia de “vitaminas” o remedios naturistas, se dejaban caer gotas misteriosas en el jugo o el café matutino de Vicente Fox. Se llegó a hablar del uso de Toloache, una planta tradicionalmente asociada con la anulación de la voluntad. A la par, testigos de la época relataron episodios dignos de una novela de terror: fotografías quemadas en los baños, humo espeso y rituales de protección y daño dirigidos contra los enemigos políticos de la primera dama. Lo innegable fue el cambio que los críticos notaron en Fox: una mirada que poco a poco se fue apagando, cediendo su voluntad y autoridad a la mujer que dormía a su lado.
El Toallagate: El Primer Aviso del Saqueo
Mientras el país discutía los extraños comportamientos del presidente, el primer gran golpe a la indignación ciudadana estalló con fuerza mediática. En junio de 2001, se desató el llamado “Toallagate”. Se reveló que las cabañas presidenciales estaban siendo remodeladas con un costo superior a los 9 millones de pesos, incluyendo cortinas a control remoto de más de 153,000 pesos y toallas que superaban los 400 dólares cada una.
Mientras millones de mexicanos luchaban diariamente para llevar un plato de comida a la mesa, en Los Pinos se trataba al erario público como una cuenta ilimitada de una boutique exclusiva. Este escándalo, que muchos intentaron minimizar como un simple capricho de decoración, fue en realidad un brutal síntoma del verdadero mal: el gobierno había sido asaltado por una familia que había perdido por completo la perspectiva ética.
Vamos México y el Negocio de la Falsa Caridad
Marta no se conformaba con los lujos privados; buscaba el protagonismo total. Así nació “Vamos México”, una fundación concebida bajo la promesa de socorrer a los niños, a las mujeres y a los enfermos, pero que en la práctica funcionó como la plataforma política y mediática de Sahagún rumbo al 2006.
La perversión de este modelo quedó expuesta cuando la Lotería Nacional, una institución cuyo mandato histórico era beneficiar a la sociedad mexicana, fue salpicada de sospechas. Tras el nombramiento de figuras cercanas al círculo operativo de Vamos México, se documentó la creación de Transforma México, un cuestionado fideicomiso. Investigaciones legislativas señalaron que excedentes millonarios de la Lotería Nacional (cifras que variaban entre los 110 y más de 200 millones de pesos) no terminaron en la Tesorería de la Federación, sino que fueron canalizados hacia organizaciones y redes de favores afines a la primera dama.
El nivel de egolatría llegó a un punto sin retorno en 2002, cuando la Secretaría de Educación Pública financió la impresión de 1.5 millones de libros antidrogas. El material pagado con los impuestos de los ciudadanos fue adulterado, sustituyendo prólogos y logotipos para incluir la imagen de Vamos México y enaltecer la figura de Marta Sahagún. Dinero público convertido en propaganda moral.
El Imperio de los Hijos: Casas Perdidas y Contratos Millonarios
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Sin embargo, el daño más profundo a la nación vino de los propios hijos de Sahagún: Manuel, Jorge Alberto y Fernando Briviesca. Criados por una madre ausente por su sed de poder, los jóvenes aprendieron rápidamente que el amor y la protección maternal se traducían en privilegios desmedidos y acceso irrestricto a los negocios del Estado.
Uno de los capítulos más crueles de la historia reciente de México se orquestó a costa del dolor ciudadano. Tras la devastadora crisis bancaria, miles de familias perdieron sus hogares por las deudas. El Instituto para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB) quedó a cargo de esos bienes. Pero las investigaciones de la comisión encabezada por Jesús González Schmal arrojaron luz sobre transacciones infames: Manuel y Jorge Alberto Briviesca fueron vinculados a la adquisición de paquetes inmobiliarios de Bancrecer mediante constructores allegados. Hablamos de más de 7,700 viviendas —antiguos hogares llenos de recuerdos y lágrimas— con un valor de entre 1,183 y 1,327 millones de pesos, que presuntamente fueron rematadas a precios ridículos que oscilaban entre los 8 y los 34.9 millones de pesos.
Pero el saqueo no se limitó a las casas de los pobres; escaló hasta la mayor riqueza del país. En el sexenio foxista, la modesta empresa Oceanografía, que arrastraba deudas fiscales por 21 millones de pesos, repentinamente multiplicó su capital y recibió contratos multimillonarios de Petróleos Mexicanos (Pemex). Y una vez más, la sombra de los Briviesca Sahagún, operando como supuestos intermediarios estrella, apareció manchando de nepotismo el petróleo que pertenecía a toda la nación.
La Caída y el Peso de la Justicia
En noviembre de 2006, la puerta de Los Pinos finalmente se cerró para Vicente Fox y Marta Sahagún. Se marcharon al rancho San Cristóbal creyendo que el poder los protegería para siempre. Se equivocaron. Sin el escudo presidencial, las consecuencias comenzaron a caer sobre su entorno familiar. En diciembre de 2008, Manuel Briviesca Godoy, primer esposo de Marta, fue detenido en Guanajuato acusado de graves delitos fiscales y presuntos engaños al SAT.
Poco después, el golpe más humillante cruzó la frontera hacia el norte. En Estados Unidos, donde los favores políticos de Los Pinos carecían de peso, Manuel Briviesca Sahagún se vio acorralado. Acusado de fraude y conspiración en operaciones relacionadas con empresas de gas, el hombre que caminaba por la casa presidencial como si fuera su feudo, terminó doblegado ante la justicia. En 2012, ante un juez federal en California, aceptó un acuerdo de culpabilidad, siendo sentenciado a tres años de libertad condicional y una multa económica. No hubo un despliegue policial mediático, pero la vergüenza y el estigma de la culpa lo marcarían de por vida.
El Regreso de los Fantasmas: Legionarios y Cuentas Secretas
Cuando parecía que los ecos de la cabaña presidencial se habían apagado, enero de 2020 trajo consigo un nuevo escándalo. Santiago Nieto, al frente de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF), anunció investigaciones sobre flujos financieros irregulares relacionados con los Legionarios de Cristo, y el nombre de Marta Sahagún emergió de nuevo del fango político. Datos derivados de los llamados Paradise Papers señalaron la existencia de estructuras financieras en paraísos fiscales como Luxemburgo o Panamá y cuentas asociadas a fondos multimillonarios por cerca de 39 millones de dólares bajo la órbita de los Legionarios.
La mujer que basó su carrera pública en hablar de fe y caridad terminaba, una vez más, acorralada por las sospechas del enriquecimiento opaco.