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Reina Sofía: Supo la Verdad Desde Su Boda… y Aun Así Se Casó

A las 9:40 de la noche nace una niña. Le ponen el nombre de Sofía, Margarita, Victoria, Federica de Grecia y Dinamarca. Pero desde el primer día su familia la llama simplemente Sofi. La pequeña Sofi nace en una dinastía real más complicada de Europa. Su padre Pablo es heredero al trono de Grecia. Su madre, Federica de Hanover es bisnieta de la Reina Victoria de Inglaterra y prima lejana del Kaiser Guillermo Segund.

Es decir, la pequeña Sofi pertenece simultáneamente por sangre a las tres familias reales más antiguas de Europa, la griega, la británica y la alemana. Pero la pequeña Sofi también nace en el peor momento posible de la historia europea moderna. 11 meses después de su nacimiento, en septiembre de 1939, está ya la Segunda Guerra Mundial.

Y dos años después, en abril de 1941, las tropas alemanas invaden Grecia. La familia real griega tiene que huir. Sofi tiene apenas 2 años. Su madre, Federica, embarazada de su segundo hijo Constantino, la sube a un avión militar británico que la saca de Atenas en pleno bombardeo alemán. La pequeña Sofi, según relataría décadas después su propia madre Federica, en sus memorias publicadas en 1965, lloraba durante todo el vuelo, no por miedo, sino porque su niñera griega favorita, una mujer llamada Anastasia, no había podido subir al avión con

ellas. Durante los siguientes 6 años, entre 1941 y 1946, la familia real griega vivió en el exilio, primero en Egipto, después en Sudáfrica, después en Inglaterra. Y durante esos años de destierro, la pequeña Sofi conoció una pobreza que casi ninguna princesa europea había conocido en el siglo XX.

Hay un detalle que pocas biografías cuentan sobre los años de exilio de Sofía en Sudáfrica entre 1942 y 1944. La familia real griega vivía en una pequeña cabaña en las afueras de Johannesburgo, prestada por un primo lejano de los Hanover. La cabaña contaba únicamente con tres habitaciones. Había ratas en el techo, no había agua corriente.

Y según los testimonios filtrados, décadas después, la familia se alimentaba principalmente de las hierbas silvestres que crecían en los caminos rurales que rodeaban la propiedad. La pequeña Sofi, con 4 años aprendió durante esos meses en Sudáfrica a buscar alimento en los campos, a lavarse en un río, a dormir en colchones de paja y, sobre todo, a no quejarse nunca.

Su madre, Federica, según relataría décadas más tarde en sus memorias, le repetía cada noche a sus hijos una frase que iba a marcar el resto de su vida. Somos príncipes por dentro, aunque por fuera estemos vestidos como mendigos. Hay una escena particular de los años egipcios de Sofía, entre 1941 y 1942, que la propia reina relataría décadas después en una entrevista a una publicación de la prensa del corazón en 1998.

La familia real griega vivía en el Cairo, en un apartamento cedido por la corte egipcia. Cada mañana, durante esos meses, la pequeña Sofia acompañaba a su niñera griega Anastasia al mercado popular del barrio para comprar pan y verduras. Una mañana, según el testimonio de la propia Sofi, décadas después, mientras caminaba con Anastasia por el mercado, vio a una niña egipcia de su edad, descalsa, vestida con Arapos, comiendo restos de pan que había recogido del suelo.

La pequeña Sofi, con 4 años se detuvo. Miró a la niña durante varios minutos en silencio y después le entregó a la niña egipcia su propio pedazo de pan que su niñera Anastasia acababa de comprar. Su madre, Federica, cuando la niñera le narró la historia esa noche en el apartamento, no felicitó a la pequeña Sofi, al contrario, le habría dicho con la severidad germánica que la caracterizaba, Sofi, no se puede dar pan a cada niño pobre que uno encuentra en el mundo.

Si lo haces, te quedarás tú también sin pan. La caridad es bella, pero la supervivencia es lo primero. Esa lección de Federica de Hanó ver a su hija de 4 años impartida en un apartamento egipcio durante la Segunda Guerra Mundial iba a marcar profundamente la psicología adulta de la futura reina Sofía. Le enseñó que el deber familiar siempre prevalece sobre el corazón individual.

Una elección que 60 años después le iba a permitir soportar las infidelidades de su esposo, el rey, con la dignidad silenciosa que el mundo entero conocería. Esa lección de Federica a sus tres hijos pequeños impartida en una cabaña sudafricana en plena guerra mundial iba a definir para siempre la personalidad pública de Sofía.

Una mujer que aprendió desde los 3 años a ocultar sus emociones, a mantener la dignidad en cualquier circunstancia, a no quejarse, no llorar, no protestar jamás. Una capacidad que 60 años después le iba a permitir sobrevivir al matrimonio más humillante de la realeza europea contemporánea. En 1946, después de 6 años de exilio, la familia real griega pudo regresar a Atenas.

Sofi tenía 8 años y volvió a un palacio que ya no era el palacio que había abandonado a los 2 años. El palacio de Tatoy, residencia oficial de los reyes griegos, había sido parcialmente saqueado durante la ocupación alemana. La mayor parte de los muebles habían sido robados, las joyas familiares habían desaparecido y lo que era todavía más doloroso para la familia, los retratos de los antepasados reales habían sido quemados o destrozados por los olados.

Pero Sofi, según las memorias de su madre Federica, no lloró al ver el palacio destruido. Solo miró a su madre y le dijo en griego una frase que la madre nunca olvidaría. “Mamá, vamos a reconstruirlo todo. Es nuestro deber”. A los 8 años, Sofía ya hablada como una mujer adulta, una pequeña adulta forjada por 6 años de guerra, exilio y privaciones.

Una niña que había aprendido, contra todos los pronósticos, que la dignidad real no consistía en poseer cosas hermosas, consistía en mantener la sonrisa cuando todo se derrumbaba alrededor. Durante los siguientes 10 años, entre 1946 y 1956, Sofía creció en el Palacio de Tatoy en Atenas. Recibió una educación rigurosa. Estudió en colegios privados en Grecia y en Alemania.

Aprendió a hablar perfectamente griego, alemán, inglés, francés e incluso algo de español. Estudió piano clásico durante 10 años. Estudió arqueología en la Universidad de Atenas. estudió enfermería para servir a su país y, sobre todo fue educada según la tradición germánica más estricta de su madre Federica, basada en el deber, el silencio y la disciplina absoluta.

Hay una anécdota de la adolescencia de Sofía que pocas biografías cuentan. A los 15 años, en 1953, Sofía estaba en un colegio privado en Salem, Alemania, junto a su prima Mariana de Grecia. Una tarde, según relataría décadas después una compañera de clase suya en una entrevista publicada en 1990, las dos primas griegas estaban paseando por el jardín del colegio cuando se acercó otro grupo de alumnas alemanas.

Las alumnas alemanas, sin saber que las dos griegas eran princesas reales, comenzaron a burlarse de ellas por su acento extranjero al hablar alemán. Una de las alumnas alemanas, según el testimonio de la compañera, le dijo a Sofía, “Tú hablas el alemán como una sirvienta.” Sofía, con 15 años no contestó nada al principio.

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