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El Asqueroso Secreto que la Nuera de Vicente Fernández Descubrió en su Propia Casa

La lista de invitados parecía el directorio del poder en México. Estaba don Vicente, estaba Alejandro Fernández, estaban los rostros más serios del periodismo nacional, hombres como Jacobo Sabludowski, Joaquín López Dóriga y Carlos Loret de Mola. Estaban Gloria Trevi, Ana Gabriel, Verónica Castro, Eduardo Yáñez y en una de las mesas entre copas y mariachi estaba sentado un político que pocos años después se convertiría en presidente de México, Enrique Peña Nieto.

Cientos de invitados, decenas de celebridades y ni una sola de esas personas, ni una. Imaginaba lo que esa novia iba a vivir dentro de la casa a la que se mudaría cuando se apagaran las luces. Para entender lo que vino después, primero hay que entender en qué familia acababa de entrar Mara Patricia. La dinastía Fernández no era solo sombreros, rancheras y aplausos.

Debajo de la música había una herida que la familia casi nunca tocaba en voz alta. Y esa herida tenía una fecha exacta, mayo de 1998, casi 10 años antes de aquella boda, Vicente Fernández Junior fue secuestrado. Un grupo de hombres armados lo levantó cerca del rancho Los Tres Potrillos, el corazón del imperio familiar.

Lo encerraron y lo mantuvieron cautivo durante 121 días, 4 meses largos, sin saber si volvería a ver la luz. En algún punto de ese cautiverio, sus captores hicieron algo que ningún rescate podría reparar jamás. Le amputaron dos dedos de la mano izquierda, el anular y el meñique. Esos dos dedos fueron colocados dentro de una caja.

Esa caja fue enviada al padre, al charro de Wen Titán, como prueba de vida convertida en prueba de horror. Imagina por un momento recibir un paquete y saber antes de abrirlo que dentro hay un pedazo del cuerpo de tu propio hijo. Guarda esa caja en tu mente, porque el hombre que volvió a casa sin esos dos dedos, con 121 días de terror grabados por dentro, es exactamente el mismo hombre con el que Mara Patricia acababa de jurar pasar el resto de su vida.

La banda que se lo llevó tenía un apodo que lo dice casi todo. Los mochadedos, un grupo dedicado al secuestro que tenía por costumbre mutilar a sus víctimas para apurar el pago de los rescates. Gente fría, con método, con un procedimiento siniestro ya ensayado de antemano. Para amputar los dedos del muchacho, llegaron a echar mano de alguien con conocimientos médicos, de modo que la víctima no muriera de sangrada y siguiera sirviendo como mercancía.

Mientras tanto, a kilómetros de ahí, su padre se hundía en una desesperación que muy pocos hombres llegan a conocer. Vicente Fernández, el ídolo, el que llenaba estadios con una sola nota, hizo entonces algo que mide el tamaño exacto de su amor de padre. llegó a consultar con un médico muy en serio la posibilidad de que le cortaran a él sus propios dedos para trasplantárselos a su hijo.

Estaba dispuesto a mutilar su propia mano con tal de devolverle la suya al muchacho. Quédate con ese gesto. un padre dispuesto a entregar su propia carne por un hijo, porque ese mismo padre años más tarde va a tomar una decisión sobre Mara Patricia y solo vas a entender su verdadero peso si recuerdas hasta dónde era capaz de llegar este hombre por las personas que consideraba suyas, pagaron el rescate.

Más de 3 millones de dólares cambiaron de manos para que Vicente Junior regresara con vida a los tres potrillos. Volvió, caminó de nuevo por el rancho, pero hay cosas de las que el cuerpo regresa y la mente se queda atrás atrapada en el cuarto donde estuvo encerrada. Un hombre que ha sido casado aprende a vivir vigilando.

Desconfía de las puertas, desconfía de las ventanas. Mide quién entra, quién sale, quién mira deás. Aprende en lo más profundo que el control es lo único que lo separa del abismo. Y cuando un hombre así construye un hogar, lo llena de cerraduras, de cámaras de seguridad, de protocolos. Su casa se parece menos a un nido y más a una garita militar.

Todo vigilado, todo registrado. Por mi propia tranquilidad, se dice así mismo. Aquí es donde todo empieza a cambiar. Al principio, Mara Patricia no notó nada extraño. Recién casada, instalada en su nueva vida, lo que sentía era el vértigo normal de cualquier mujer que entra a una familia inmensa.

Conoció a don Vicente de cerca, tan de cerca que años más tarde lo resumiría con una frase que se volvió célebre por su ternura. dijo que llegó a conocer al charro hasta enchones, sin sombrero, sin escenario, sin el personaje que México adoraba, conoció al hombre de verdad y el hombre de verdad la quiso como a una hija desde el primer día.

Con el Padre todo fue calidez. Con el Hijo durante un tiempo también lo pareció. Pero había detalles pequeños, tan pequeños que cualquiera los habría dejado pasar sin pensarlo dos veces. Una pregunta deás sobre dónde había estado, una llamada para confirmar a qué hora exacta llegaría, un interés demasiado fino por saber con quién había hablado durante su jornada en Televisa.

Estos que mirados de uno en uno parecían el cuidado de un marido atento, parecían amor. Esa es la palabra precisa que Mara Patricia usó durante años para no nombrar lo que de verdad ocurría dentro de esas paredes. Mientras ella se acomodaba en su matrimonio, convencida de que la vigilancia constante de su esposo era una forma torcida, pero sincera de ternura, en algún rincón discreto de esa casa ya había algo instalado, algo del tamaño de un botón, del tamaño de una moneda, algo que no parpadeaba, no dormía y no olvidaba.

Vamos a volver a ese objeto una y otra vez a lo largo de esta historia, porque ese aparato diminuto es el centro exacto de todo lo que estás a punto de descubrir y todavía no sabes ni la mitad de lo que fue capaz de registrar. Los primeros años de un matrimonio como este se viven hacia de afuera.

Hay alfombras rojas, hay viajes, hay fotografías cuidadas para las revistas. Vicente Junior intentaba levantar su carrera como cantante, peleando por salir de la sombra inmensa de su padre. Y Mara Patricia seguía siendo una de las mujeres con más poder dentro de Televisa. Para el público formaban una pareja sólida, de esas que parecen a prueba de todo. Puertas adentro.

El aire tenía otra temperatura. El interés de Vicente Junior por cada movimiento de su esposa no se enfrió con los años, se afinó. se volvió método. Las preguntas sobre el trabajo dejaron de sonar a conversación de pareja y empezaron a sonar a interrogatorio. ¿A qué hora salió del foro? ¿Quién la acompañó hasta el coche? ¿Por qué una llamada había durado 9 minutos y no tres? Detalles pequeños, siempre los mismos, repetidos noche tras noche.

Y aquí conviene dejar una pregunta colgada en el aire. ¿Cómo sabía él esos detalles? ¿Cómo conocía con precisión de cronómetro cuántos minutos exactos había durado una llamada hecha dentro de su propia casa? Mara Patricia tenía una explicación lista para todo. Las personas que aman a alguien marcado por el horror casi siempre la tienen.

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