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Se Refugió En Un Granero Ajeno… Y El Hombre Que La Descubrió Le Hizo Una Propuesta Que Cambió Su…

No llegaba con un nombre que abriera puertas. No llegaba con una familia que pusiera aval por su conducta, ni con una carta sellada por el cura del pueblo. Llegaba con lo que el mundo le había dejado después de quitarle todo lo demás. Un atillo de ropa, un par de zapatos con la suela cocida con hilo de esparto y una dignidad que nadie le había dado y que nadie, por tanto, podía arrebatarle. La joven se llamaba Inés.

Tenía 23 años. El cabello oscuro recogido con un peine de madera y los ojos del color del agua cuando llueve sobre las piedras. Durante dos años había sido maestra en Valdecua, un pueblo de la meseta castellana donde el invierno duraba 9 meses y la memoria de la gente duraba toda una vida. Había enseñado a leer a los hijos de los jornaleros, a sumar con guijarros a los niños que no podían pagar la pizarra, a escribir su nombre a las mujeres que firmaban los contratos con una cruz.

Lo había hecho bien, lo había hecho con honradez y sin embargo, el padre Cipriano la había expulsado del pueblo con una mentira. No valía la pena recordar los detalles ahora. Solo importaba que era tarde, que el cielo sobre la llanura castellana se había puesto del color del hierro viejo y que la tormenta que llevaba toda la tarde, amenazando por fin, había decidido cumplir su palabra.

La lluvia cayó de golpe sin aviso, como cae siempre en esa tierra que no da medias tintas. La joven echó a correr por el camino de tierra, que en cuestión de minutos se convirtió en barro, buscando cualquier cosa que pusiera algo sólido entre ella y el aguacero. Lo que encontró fue un granero. Estaba al final de un sendero bordeado de encinas, apartado del camino principal, con las puertas de madera tan viejas que habían perdido el color y casi la forma. No era de nadie.

O eso pensó ella, o quizás era de alguien que hacía mucho que no lo usaba. Empujó la puerta con el hombro y se dio sin resistencia, con un quejido que sonó a protesta más que a bienvenida. Dentro olía a paja vieja, a tierra húmeda, a ese olor particular que tienen los lugares que han guardado cosas durante mucho tiempo y ya no guardan nada.

Se acomodó en un rincón. se envolvió con el chal que llevaba en el jatillo. Escuchó como la lluvia repicaba sobre el tejado de piedra y se quedó dormida antes de que terminara de pensar qué haría al día siguiente. La despertó una voz. No era una voz que pidiera permiso. ¿Quién está aquí? La joven abrió los ojos.

La luz del amanecer entraba oblicua por las rendijas de la puerta. Delante de ella, con una linterna en la mano que ya no hacía falta encender, había un hombre de unos 40 años, alto, con el cabello canoso en las cienes y la expresión de alguien que no está acostumbrado a encontrar respuestas que no esperaba. Vestía ropa de trabajo, pero buena.

Era el señor de la finca, aunque la joven tardó un momento en entenderlo. Se puso de pie de inmediato. No se disculpó, no agachó la cabeza. Me sorprendió la tormenta”, dijo. “Me refugié aquí porque la puerta no estaba cerrada con llave. Si es de su propiedad, le pido disculpas por el uso sin permiso. Ahora me marcho.

” Recogió el jatillo, se echó el chal sobre los hombros, caminó hacia la puerta con pasos firmes, como si tuviera un destino cierto y no un camino de barro que no llevaba a ningún sitio concreto. “El señor de la finca no se apartó.” “¿A dónde va usted?”, preguntó. No con curiosidad amable, con una especie de extrañeza, como quien ve algo que no encaja en el cuadro que tenía pensado. Al próximo pueblo.

Villa seca está a cuatro leguas. Lucé. Hubo un silencio. La joven sostuvo la mirada. Él la observó con esa atención particular que tienen los hombres que están acostumbrados a tomar decisiones y en ese momento no saben cuál tomar. ¿Cómo se llama usted?, preguntó al fin. Inés. Inés. ¿Qué más? Inés es suficiente por ahora. Otro silencio más largo.

Él bajó la linterna. Soy don Rodrigo Montalbán, dijo. Esta finca es mía y tengo una propuesta que hacerle si tiene un momento. La joven no respondió de inmediato. Lo miró, lo midió. Luego dijo, “Tengo todo el tiempo del mundo. Lo que no tengo es la obligación de aceptar nada.” Don Rodrigo asintió casi imperceptiblemente, como si esa respuesta le hubiera confirmado algo que necesitaba saber antes de seguir. La propuesta era esta.

Tenía un hijo de 7 años llamado Pablo, que desde hacía 2 años no hablaba, no era sordo, no era mudo de nacimiento. Hablaba o había hablado hasta el día en que su madre murió en el parto de lo que hubiera sido una hermana. Y la hermana también murió. Y Pablo simplemente dejó de usar las palabras como si hubiera decidido que ya no le eran de utilidad.

Los médicos que habían venido desde Salamanca decían cosas distintas y ninguna ayudaba. La institutriz anterior había durado tres semanas, la anterior a esa dos meses. Necesitaba alguien que supiera enseñar, alguien que tuviera paciencia, alguien que no llegara con miedo al silencio del niño. ¿Por qué yo?, preguntó la joven.

No me conoce de nada. La he observado durante 3 minutos”, dijo don Rodrigo. “No ha pedido perdón por estar aquí.” Ha explicado, ha ofrecido disculpas justas y ha caminado hacia la puerta con la cabeza alta. No conozco su historia, pero conozco lo que me importa conocer. La joven pensó durante un instante, “¿Cuáles serían las condiciones? habitación propia, manutención y un salario que le diré esta tarde.

A cambio, enseña a Pablo, no le exijo que lo haga hablar, le exijo que se quede el tiempo suficiente para intentarlo. Y si no funciona, entonces se marcha con lo ganado y sin deberme nada. La joven miró hacia la puerta del granero que seguía entreabierta. Afuera el camino brillaba con el barro fresco y el sol de la mañana, cuatro leguas hasta Villa Seca, un pueblo donde no conocía a nadie, un futuro que en ese momento tenía la forma exacta de lo desconocido.

Luego miró al señor de la finca. De acuerdo, dijo. Pero que quede claro desde el principio. Trabajo para el niño, no para la casa. No soy criada ni lo seré. Don Rodrigo levantó una ceja. Luego dijo, “Etidu, la que no lo entendió. Al principio fue doña Petra. Doña Petra era el ama de llaves de la finca desde hacía 20 años, una mujer de 60 y tantos con el cuerpo redondo, la voz de tono mayor y la costumbre de opinar sobre todo lo que sucedía dentro de aquellas paredes y bastante de lo que sucedía fuera.

Cuando vio llegar a la joven esa mañana, con el jatillo al hombro y los zapatos embarrados, la miró de arriba a abajo con esa expresión particular suya que podía significar tanto me parece bien como esto va a terminar mal y que casi nunca era lo primero. Y está, le dijo a la cocinera en voz no demasiado baja. La nueva institutriz, respondió la cocinera, que era una mujer callada y sensata llamada Consuelo, con las manos siempre enarinadas y el criterio siempre sereno.

Institutriz, repitió doña Petra enfatizando la palabra de tal manera que sonaba como una pregunta y como una duda al mismo tiempo. Si ha dormido en el granero como los animales, la joven, que estaba lo suficientemente cerca para haberlo oído perfectamente, no se giró. Siguió caminando hacia la escalera que le habían indicado.

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