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Emilio Azcarraga Milmo le dijo a Pedro Infante: “Así no vas a llegar a ningún lado” lo que respondió

Azcárraga finalmente levantó la mirada y señaló los periódicos. “Esto”, dijo con voz controlada, pero tensa. “Esto me tiene muy preocupado. Tú sabes cuánto dinero hemos invertido en tu carrera. Tienes contratos pendientes por cinco películas más. Tienes giras programadas por toda la República.

 Eres la imagen de tres productos comerciales importantes. Hizo una pausa dejando que las palabras pesaran. Y ahora me entero de que estás volando aviones como si fueras piloto de la Segunda Guerra Mundial. Infante respiró profundo. Don Emilio, yo tengo mi licencia. Llevo años volando. Sé lo que hago.

 Azcárraga golpeó el escritorio con la palma abierta. No me importa si tienes 10 licencias. Eres un actor, Pedro. Un galán de cine. La gente paga por verte en la pantalla, no por leer en los periódicos que te estrellaste en alguna montaña. Infante sintió que la sangre le subía a la cara. Don Emilio, con todo respeto, volar no es solo un pasatiempo para mí, es parte de quién soy.

 Azcárraga se reclinó en su silla estudiando a Infante con ojos fríos y calculadores. Pedro, déjame explicarte algo sobre este negocio. Tú no eres dueño de ti mismo. Tu cara, tu voz, tu imagen, todo eso pertenece al público ahora. Y yo soy quien administra esa relación entre tú y ese público. Cuando firmas contratos, cuando aceptas papeles, estás comprometiéndote a cuidar esa imagen.

 Infante apretó los puños sobre sus rodillas. Entiendo eso, don Emilio, pero mi vida personal es mía. Azcárraga soltó una risa seca. Tu vida personal dejó de ser tuya cuando apareciste en la portada de tu primera revista. Cada vez que subes a un avión estás poniendo en riesgo millones de pesos, cientos de empleos y la felicidad de millones de mexicanos que te adoran.

Sacó un documento de su cajón y lo deslizó por el escritorio. Esto es un comunicado de prensa. Anuncia que Pedro Infante ha decidido retirarse de la aviación para concentrarse completamente en su carrera artística. Lo publicaremos mañana en todos los periódicos. Infante miró el papel sin tocarlo. No puedo firmar eso. Sería mentir.

 Azcárraga se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un tono peligroso. Entonces, déjame ser muy claro contigo, muchacho. Si sigues volando, yo personalmente me encargaré de que no trabajes en ninguna película importante. Tengo contratos con todos los estudios principales. Una palabra mía y tu carrera se termina.

 El silencio en la oficina era denso como niebla. Infante podía escuchar su propio corazón. latiendo en sus oídos. Estaba frente al hombre más poderoso del entretenimiento mexicano, un magnate que había construido un imperio de radio, cine, pronto televisión. Un hombre que con un movimiento de mano podía crear estrellas o destruirlas.

 Para entender el poder absoluto que Emilio Azcarraga Vidaurreta tenía en ese momento, hay que entender quién era realmente este hombre. Nacido en 1895, había comenzado vendiendo autos y llantas, pero su verdadero genio estaba en entender los medios de comunicación. En 1930 fundó XCW, la voz de la América Latina desde México, la estación de radio más potente del continente que llegaba desde Texas hasta Argentina.

Controlaba la distribución de películas mexicanas en todo Estados Unidos y Latinoamérica. Era socio de RCA Víctor, la disquera más grande. Tenía contratos exclusivos con los principales estudios cinematográficos como Churubusco y Azteca Films. Si Azcárraga decidía que un artista no trabajaría, ese artista simplemente desaparecía de la industria.

No había alternativas, no había otros caminos. O aceptabas sus términos o dejabas el negocio del espectáculo completamente. Pedro Infante no siempre había sido una estrella. Había nacido en 1917 en Mazatlán. Sinaloa, hijo de un músico pobre. Desde niño había tenido dos grandes pasiones, cantar y los aviones.

 Veía pasar los viplanos sobre la playa y soñaba con volar. A los 12 años ya trabajaba como carpintero para ayudar a su familia. A los 15 se mudó a Culiacán buscando oportunidades. Ahí consiguió trabajo en una radio local cantando por las noches. Su voz cálida y sincera comenzó a llamar la atención, pero Infante nunca olvidó su otro sueño.

En 1939, con 22 años, conoció a un piloto americano retirado que daba clases de vuelo en un pequeño aeródromo cerca de Culiacán. Infante usó todos sus ahorros para pagar sus primeras lecciones. El instructor quedó impresionado con su alumno. “Este muchacho tiene instinto natural”, le dijo a otros pilotos. “Nació para volar.

Para 1943, Infante ya había llegado a Ciudad de México. Su carrera musical despegaba lentamente. Cantaba en cabarets y estaciones de radio, ganando apenas lo suficiente para vivir. Pero cada peso extra lo ahorraba para seguir tomando clases de vuelo en el aeropuerto de Valbuena. Sus amigos le decían que estaba loco gastando dinero en eso cuando apenas tenía para comer.

 “Volar me hace feliz”, les respondía simplemente. Es lo único que me hace sentir completamente libre. En 1943 llegó su gran oportunidad en el cine. El director Ismael Rodríguez lo vio cantar en una radio y lo llamó para una audición. Necesitaba un actor que supiera cantar de verdad para una película.

 Infante hizo la prueba y consiguió un papel pequeño. Luego otro y otro más. Su presencia en pantalla era magnética, no actuaba, simplemente era. La gente veía en el aún mexicano auténtico, trabajador, noble, romántico. En 1947 llegó nosotros los pobres, la película que lo convirtió en leyenda nacional. Interpretaba a Pepe el Toro, un carpintero humilde del barrio que lucha por sacar adelante a su familia.

El público se identificó completamente con ese personaje porque veían en infante a uno de los suyos. La película rompió todos los récords. Las salas de cine se llenaban. La gente hacía fila por horas para verla. Muchos regresaban tres, cuatro, cinco veces. Infante se convirtió de la noche a la mañana en el actor más famoso de México y con esa fama llegó el dinero.

 Finalmente podía darse el lujo que siempre había soñado, comprar su propio avión. En 1948 adquirió su primer cesna. Contrató instructores privados para perfeccionar su técnica. obtuvo su licencia de piloto comercial con calificaciones casi perfectas. Volaba cada vez que tenía tiempo libre entre filmaciones. Para Infante, estar en el aire era su única escapatoria de la presión constante de la fama.

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